Tierras raras

Los ingredientes secretos de todo

Muchos de los objetos que compramos, desde los teléfonos inteligentes hasta los coches híbridos y los taladros sin cables, están fabricados con una pizca de tierras raras, elementos exóticos que en su mayoría vienen de China.

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1 de junio de 2011

A la mayoría de nosotros nos costaría situar en un mapa Mongolia Interior, Jiangxi o Guangdong. Pero muchos de los dispositivos tecnológicos que hacen nuestra vida más fácil (teléfonos móviles, ordenadores portátiles y cientos de aparatos más) no existirían si no fuera por un desconocido grupo de elementos obtenidos, a veces de forma ilícita, en esas regiones de China.

Las tierras raras, como se denomina a esos elementos, fueron descubiertas a partir de finales del siglo XVIII en forma de minerales oxidados, de ahí que se les llame «tierras» (en aquella época la palabra inglesa para «mineral» era «tierra»). En realidad son metales, y no son raros, simplemente están dispersos en pequeñas cantidades en lugar de encontrarse concentrados en grandes depósitos. Un puñado de tierra de cualquier jardín casi siempre contiene una pizca, tal vez unas pocas partes por millón. La más escasa de las tierras raras es casi 200 veces más abundante que el oro. Pero los yacimientos lo bastante grandes y con la concentración suficiente como para que merezca la pena explotarlos son, en efecto, muy raros.

La lista de artículos que contienen tierras raras es casi interminable. Los imanes fabricados con ellas son más potentes que los normales y pesan menos. Ésta es una de las razones de que los aparatos electrónicos sean cada vez más pequeños. Las tierras raras también son esenciales para diversas tecnologías «verdes», como la de los co­­ches híbridos y las turbinas eólicas. La batería de un solo Toyota Prius contiene unos 10 kilos de lantano, y el imán de una turbina eólica grande puede contener 260 kilos o más de neodimio. Las Fuerzas Armadas de Estados Unidos necesitan tierras raras para fabricar gafas de visión nocturna, misiles de crucero y otras armas.

«Están en todas partes –dice Karl Gschneidner, técnico metalúrgico del Laboratorio Ames, en Iowa, que ha estudiado las tierras raras durante más de 50 años–. El color rojo que emiten los televisores, por ejemplo, se debe a un elemento llamado europio. El convertidor catalítico del sistema de escape de los coches contiene cerio y lantano. Pero todo esto no lo sabes si no te lo dicen. Por eso nadie se preocupaba por esos elementos mientras eran fáciles de obtener.»

Ahora mucha gente está preocupada.

 

China, que satisface el 97% de la demanda mundial de tierras raras, sacudió los mercados mundiales en otoño de 2010 cuando, en el transcurso de una crisis diplomática, interrumpió durante un mes los envíos a Japón. Se prevé que durante los próximos 10 años China reduzca pro­gresivamente las exportaciones de tierras raras para asegurar el abastecimiento de su propia industria, en rápida expansión, que ya consume el 60% de la producción nacional de estos minerales. El temor a una futura escasez ya ha provocado un drástico aumento de los precios. El disprosio, que se usa para los discos duros de los ordenadores, se vende a 467 dólares el kilo, mientras que hace ocho años el precio era de 14,93 dólares. El verano pasado, el precio del cerio casi se quintuplicó. La demanda mundial probablemente superará la oferta antes del fin de 2011, advierte Mark A. Smith, presidente y director general de Molycorp, empresa estadounidense que el año pasado reabrió una mina de tierras raras en Mountain Pass, California.

«Estamos en una fase grave de reducción de la oferta –dice Smith–. Este año la demanda será de entre 55.000 y 60.000 toneladas fuera de China, y se calcula que China exportará 24.000 to­­neladas de material. Sobreviviremos gracias a las reservas de la industria y de los Gobiernos, pero 2011 será un año muy crítico.»

La demanda no muestra signos de disminuir. Según las previsiones, en 2015 la industria mundial consumirá unas 185.000 toneladas de tierras raras, un 50% más que en 2010. Si China sigue atesorando sus reservas, ¿dónde conseguirá el resto del mundo unos elementos que han llegado a ser vitales para la tecnología moderna?

Aunque China monopoliza la minería de las tierras raras con el 48% de las reservas mundiales, hay  yacimientos en otros países: Estados Unidos tiene el 13%, y Rusia, Australia y Canadá también poseen depósitos importantes. Hasta la década de 1980, Estados Unidos lideraba la lista de productores de tierras raras. «Hubo un tiempo en que producíamos 20.000 toneladas al año, cuando el mercado era de 30.000 toneladas –dice Smith–. Controlábamos más del 60% del mercado mundial.»

El dominio estadounidense acabó a mediados de los años ochenta. China llevaba varias décadas desarrollando técnicas para la separación de las tierras raras (una tarea complicada porque químicamente son muy similares), e irrumpió con fuerza en el mercado mundial. Con apoyo estatal, mano de obra barata y una legislación medioambiental laxa o inexistente, pronto desplazó a sus competidores. La mina de Mountain Pass fue clausurada en 2002, y Baotou, una ciudad de Mongolia Interior, se convirtió en la nueva capital mundial de las tierras raras. Las minas de Baotou contienen alrededor del 80% de las reservas de China, dice Chen Zhanheng, director del departamento científico de la Sociedad China de Tierras Raras, en Beijing. Pero Baotou ha pagado un precio muy alto por su supremacía. De hecho, algunos de los productos más benignos con el medio ambiente y más avanzados desde el punto de vista tecnológico tienen un origen bastante sucio.

Las minas de tierras raras suelen contener también elementos radiactivos, como uranio y torio. Al parecer, los habitantes de algunos pueblos cercanos a Baotou han tenido que ser reubicados porque sus reservas de agua y sus cultivos se habían contaminado con desechos de las mi­­nas. Cada año las minas cercanas a Baotou producen unos diez millones de toneladas de aguas residuales, que en gran parte son muy ácidas o radiactivas, y la mayoría de ellas no recibe ningún tratamiento. Chen sostiene, sin embargo, que el Gobierno chino está haciendo un esfuerzo para hacer más limpia esta industria.

«El Gobierno ya ha impuesto normativas estrictas para proteger el medio ambiente y acabar con las técnicas atrasadas y los equipos y productos anticuados –me informó Chen–. Las industrias que no apliquen las medidas de protección ambiental serán clausuradas o tendrán que fusionarse con compañías más grandes.»

Es posible que finalmente el Gobierno chino consiga regular la gran industria de la minería de las tierras raras en torno a Baotou, pero algunas minas más pequeñas del sur de China serán más difíciles de controlar, sobre todo porque ya están funcionando al margen de la ley. Grupos mafiosos violentos operan decenas de minas altamente contaminantes (y lucrativas) de tierras raras en las provincias de Jiangxi y Guangdong. Xinhua, la agencia oficial de noticias china, ha informado de que en 2008 las bandas de delincuentes sacaron ilícitamente 20.000 toneladas de tierras raras del país, casi un tercio del total de las exportaciones de ese año. Si tenemos un teléfono inteligente o un televisor de pantalla plana, podría contener tierras raras sacadas de contrabando del sur de China.

«La gente no entiende hasta qué punto llega la corrupción del sistema en China, donde los miembros locales del partido ayudan y amparan a los delincuentes», afirma Alan Crawley, director general de Pacific Ores Metals & Chemicals, una sociedad de comercio exterior ubicada en Hong Kong. Crawley habla por experiencia. La mafia de Guangdong asesinó hace 11 años a uno de sus colegas.

El mundo intenta ahora encontrar otras fuentes de abastecimiento. El desarrollo de minas de tierras raras en Estados Unidos, Australia, Rusia y otros países podría reducir el negocio de los contrabandistas. Según Chen, el actual dominio del mercado por parte de China no es conveniente a largo plazo para la propia China. «La situación es insostenible –señala–, tanto para el sector de las tierras raras en China como para la industria mundial de la alta tecnología.»