Los hombres salvajes de Europa

Se transforman en osos, ciervos y diablos. Evocan la muerte, pero tienen el poder de otorgar fertilidad.

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Hombres salvajes de Europa

FRANCIA

En primavera, en los Pirineos se celebran rituales festivos en los que los hombres hacen de osos que despiertan de la hibernación. 

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PORTUGAL

Durante el carnaval de Lazarim los caretos recorren las calles del pueblo ocultos tras unas máscaras talladas a mano hasta llegar a una hoguera en la que se queman dos muñecos, el compadre y la comadre

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AUSTRIA

Cada cinco años los hombres de Telfs recogen líquenes para confeccionar los trajes de Wilder Mann (Hombre Salvaje) que lucirán en el carnaval. Antes de las festividades deben mordisquear un trozo de ese liquen. 

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ITALIA

Schnappviecher en el Martes de Carnaval.

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REPÚBLICA CHECA

Cuando san Nicolás visita las aldeas de Vysočina, le acompaña alguien disfrazado de Smrt (la Muerte), cuya guadaña alcanza a los pecadores. 

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RUMANIA

Ciervo en el día de Año Nuevo.

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FRANCIA

Oso en la Fiesta del Oso.

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POLONIA

Macidulas en el día de Año Nuevo. 

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ESPAÑA

Zezengorri en Carnaval.

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SUIZA

Sauvage en Carnaval.

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ALEMANIA

Strohmann en Carnaval.

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ITALIA

Boes en la noche de san Antonio.

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AUSTRIA

Krampus en la noche de san Nicolás.

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Hombres salvajes de Europa

REPÚBLICA CHECA

En la aldea de Nedašov, los demonios se unen a la comitiva de san Nicolás para asustar a los niños que no se han portado bien. 

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ESCOCIA

Miles de flores de cardo adornan a Burryman. El hombre que adopta este papel en la fiesta anual de Queensferry, la Ferry Fair, debe recoger los cardos él mismo. Una vez vestido, recorre la ciudad deseando suerte a los que le den dinero y whiskey. 

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Hombres salvajes de Europa

ALEMANIA

En Nochebuena, Pelzmärtle aparece en el pueblo de Bad Herrenalb con el Christkind (Niño Jesús) para reñir a los niños traviesos y darles con un palo. El traje de paja se cose una vez puesto. 

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BULGARIA

En Año Nuevo los hombres se cubren con pieles de cabra para interpretar a Kukeri, que encarna y ahuyenta los malos espíritus. Antiguamente se frotaban contra las mujeres para otorgarles fertilidad. 

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Hombres salvajes de Europa

ESPAÑA

Juantramposo, un personaje alborotador, sale el Martes de Carnaval en Alsasua, Navarra. La fiesta concluye con una multitudinaria danza de celebración. 

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Foto: Charles Fréger

20 de agosto de 2013

En Europa sigue latiendo un corazón primitivo. Bajo la apariencia de un mundo moderno, sofisticado y de un alto desarrollo tecnológico, se agazapan tradiciones populares y rituales que entroncan con las cosechas, los solsticios y el temor a la oscuridad invernal, y en los que pueden rastrearse ecos de mitos muy antiguos. En este corazón de tinieblas habitan monstruos, pero también la promesa del renacimiento primaveral, de una cosecha abundante y de recién nacidos en brazos de sus madres. Porque Europa, o algunos retazos de ella, no ha perdido el vínculo con los ritmos de la naturaleza.

Esa conexión se renueva en las fiestas que se celebran en todo el continente desde principios de diciembre hasta Pascua. Aunque estas celebraciones coinciden con las festividades de la Iglesia, la mayoría tiene su origen en rituales paganos anteriores al cristianismo, con raíces de difícil identificación. En ellas los hombres (hasta hace poco casi siempre eran hombres) visten trajes que les ocultan el rostro y la figura. Ataviados de ese modo se echan a las calles, donde el disfraz les permite cruzar la fron­­tera entre lo humano y lo animal, lo real y lo espiritual, la civilización y la naturaleza, la muerte y el renacer. Un hombre «asume una personalidad dual –explica António Carneiro, que en el carnaval portugués de Podence se oculta tras una careta diabólica–. Se convierte en algo misterioso».

El fotógrafo Charles Fréger se propuso plasmar lo que él llama «la Europa tribal» en dos inviernos de viajes por 19 países. La indumentaria varía de una región a otra e incluso de una aldea a la vecina. En el pueblo rumano de Corlata los hombres se visten de ciervos para recrear una cacería con bailarines. En Cerdeña el papel del animal sacrificial puede corresponder a cabras, ciervos, jabalíes u osos. En Austria una criatura de apariencia demoníaca, Krampus, castiga a los niños malos, en contraste con san Nicolás, que premia a los buenos.

Un hombre «asume una personalidad dual. Se convierte en algo misterioso».

Pero hay una presencia fantástica e inquietante que recorre el imaginario europeo desde hace siglos y que habita por doquier: el hombre salvaje, una criatura que se viste con pieles de animales, líquenes, paja o ramas, vive en los bosques en íntima relación con la naturaleza y es a la vez malvado y bondadoso. En Francia es l’Homme Sauvage; en Alemania, Wilder Mann; en italiano, Uomo Selvaggio; en Polonia, Macidula es la versión cómica. Medio hombre y medio bestia, el hombre salvaje representa la compleja relación que las comunidades humanas, especialmente las rurales, establecen con la naturaleza.

El oso es el equivalente animal del hombre salvaje; en algunas leyendas es su propio padre. Animal que camina erguido, el oso también hiberna. La muerte y el renacimiento simbólicos de la hibernación anuncian la llegada de la primavera con toda su abundancia. Para los participantes de estas ceremonias festivas tradicionales de muchas regiones europeas, «transformarse en oso es un modo de expresar y controlar a la bestia», dice Fréger. Tradicionalmente esas celebraciones son también un rito de paso para los jóvenes. Vestirse de oso o de hombre salvaje es una forma de «mostrar tu fuerza», explica el fotógrafo. Muchos de los trajes se adornan con cencerros en señal de virilidad.

La cuestión es si los europeos –tan civilizados– creen necesario cumplir con estos rituales para propiciar la fertilidad de la tierra, del ganado y de sus congéneres. ¿Realmente creen que los disfraces y rituales surten el efecto de repeler el mal y poner fin a la dureza del invierno? «Saben que no tiene lógica creerlo», dice Gerald Creed, quien ha estudiado las tradiciones de mascaradas en Bulgaria. Se trata de una ficción, una representación festiva con función simbólica. Y no cierran la puerta a la posibilidad de que las costumbres arcaicas tengan su razón de ser.