Lençóis Maranhenses: un mar de dunas en el noreste de Brasil

El mágico paisaje arenoso de la costa nororiental de Brasil no es un espejismo. Los peces nadan en las lagunas y las cabras pacen en este mágico paisaje arenoso de Brasil

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dunasbrasil01. Lençóis Maranhenses

Lençóis Maranhenses

Franjas de dunas embalsan las lluvias.

Foto: George Steinmetz

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dunasbrasil02. La laguna Azul

La laguna Azul

La laguna Azul, una popular atracción turística, resplandece al pie de unas dunas que parecen de azúcar en el Parque Nacional Lençóis Maranhenses, situado a hora y media en coche (seguida de una larga caminata) de la localidad brasileña de Barreirinhas.

Foto: George Steinmetz

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dunasbrasil03. Barreirinhas, Brasil

Barreirinhas, Brasil

En una tierra aún empapada tras la estación lluviosa, un río teñido por los taninos de un bosque cercano vetea la arena.

Foto: George Steinmetz

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dunasbrasil04. Parque Nacional Lençóis Maranhenses

Parque Nacional Lençóis Maranhenses

La flora acuática flota sobre unos tallos nadadores.

Foto: George Steinmetz

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dunasbrasil05. Río Negro

Río Negro

El agua oscura por los taninos inspiró el nombre del río Negro, que serpentea entre las arenas vírgenes. Las prósperas comunidades de algas de las lagunas del parque pueden teñir el agua de verde o de azul.

Foto: George Steinmetz

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dunasbrasil06. La bendición del agua

La bendición del agua

Durante los fértiles meses lluviosos, las cabras pacen en libertad la vegetación silvestre; cuando llega la estación seca, los habitantes del parque reúnen el rebaño.

Foto: George Steinmetz

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dunasbrasil07. Pesca estacional

Pesca estacional

Los pescadores amarran sus embarcaciones en un campamento estacional en el límite occidental del parque. En la estación seca, se dedican a la agricultura. Cuando llegan las lluvias y plantar se hace más difícil, abandonan sus poblados en el borde de las dunas y se dirigen a sus campamentos en la playa. Desde allí arrojan las redes o bien zarpan mar adentro.

Foto: George Steinmetz

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dunasbrasil08. Lucha con la arena

Lucha con la arena

Los vientos incesantes han dejado unas finas acanaladuras en la parte superior de una duna y han arrastrado arena hacia un manglar, sofocando unos árboles que ahora no son más que troncos desnudos.

Foto: George Steinmetz

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dunasbrasil09. Vehículo a motor no permitidos

Vehículo a motor no permitidos

Las blancas arenas y las aguas centelleantes del parque albergan aves que nidifican, tortugas y peces. Sin embargo el equilibrio ecológico es frágil. Los excursionistas y los ciclistas pueden recorrer las dunas, los vehículos motorizados, no.

Foto: George Steinmetz

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dunasbrasil10. Olas de arena

Olas de arena

Las olas de arena, compactadas por un aguacero nocturno, se suceden a lo largo del camino de un pescador que pedalea al alba con su captura para trocarla por víveres. La duna se secará en un día, y el viento empezará a remodelarla una vez más.

Foto: George Steinmetz

El mágico paisaje arenoso de la costa nororiental de Brasil no es un espejismo. Los peces nadan en las lagunas y las cabras pacen en este mágico paisaje arenoso de Brasil

A vista de pájaro, las dunas parecen sábanas blancas tendidas al viento vespertino. De hecho, el nombre de este lugar, Lençóis Maranhenses, significa «sábanas de Maranhão», el estado de la costa del nordeste de Brasil donde se encuentran las dunas con forma de media luna. Al margen del topónimo, es un desierto mágico, con ola tras ola de arena blanca y resplandeciente, bancos de peces plateados que nadan en charcas pluviales azules y verdes, pastores que salvan formidables dunas con sus rebaños de cabras y pescadores que se hacen a la mar guiados sólo por las estrellas y los fantasmas de antiguos naufragios.

«Parece un mundo paralelo», dice Carolina Alvite, antigua directora del parque nacional de 1.550 kilómetros cuadrados creado hace 30 años para proteger este insólito ecosistema. Es como si el mar que baña las Bahamas se materializase de pronto como un espejismo en medio del Sahara. Sólo que en este desierto el espejismo es real.

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En realidad, según un criterio estrictamente geográfico, Lençóis no es un verdadero desierto, indica Antonio Cordeiro Feitosa, geógrafo de la Universidad Federal de Maranhão. La región recibe unos 1.200 milímetros de lluvia al año. Por definición, en un desierto las precipitaciones no superan los 250 milímetros anuales.

Y es la presencia de agua lo que hace posible este paisaje de arena. Dos ríos cercanos, el Parnaíba y el Preguiças, arrastran arena desde el interior del continente hasta el Atlántico, donde las corrientes oceánicas la empujan hacia el oeste. Buena parte del sedimento queda depositado en los 70 kilómetros de línea de costa del parque. Durante la estación seca, sobre todo en octubre y noviembre, un pertinaz viento del nordeste transporta la arena hasta 48 kilómetros tierra adentro, esculpiendo dunas con forma de media luna que llegan a medir 39 metros de altura y se extienden hasta donde alcanza la vista. Cordeiro también es testigo del movimiento perpetuo de Lençóis Maranhenses. En ciertos puntos las dunas pueden avanzar hasta 20 metros al año. «El paisaje se transforma radicalmente con cada ciclo estacional», dice el geógrafo.

Todos los años nacen nuevas lagunas cuando, de enero a junio, las lluvias colman los valles interdunares. Algunas de estas masas de agua temporales superan los 90 metros de largo y alcanzan los 3 metros de profundidad. A principios de julio, época en que están a su nivel máximo, las lagunas pueden quedar interconectadas cuando ríos como el Negro atraviesan las dunas. De este modo los peces tienen una ruta migratoria a las lagunas, donde se alimentan de otros peces o de larvas de insectos enterradas en la arena. Unas pocas ictioespecies, como la tararira -Hoplias malabaricus- incluso pasan la estación seca aletargadas en el barro, del que emergen cuando vuelven los aguaceros. Al final de la estación lluviosa, las lagunas empiezan a evaporarse bajo el calor tropical; el nivel de agua puede bajar a un ritmo de hasta un metro al mes.

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Peces e insectos no están solos. Además de la población concentrada en los pueblos que hay alrededor de las dunas, otros 90 hombres, mujeres y niños viven repartidos en dos oasis, Queimada dos Britos y Baixa Grande, en cabañas de adobe con techumbre de palma. Como las propias dunas, varían sus rutinas con las estaciones. En la seca crían pollos, cabras y vacas, cultivan mandioca, habas y anacardos, y extraen fibras de burití y carnauba, unas palmeras de la restinga -o vegetación costera- que crece cerca de las dunas. Cuando llegan las lluvias y plantar se hace más difícil, los habitantes de los oasis se desplazan al mar e instalan campamentos pesqueros en la playa. Allí venden sábalo salado y otros pescados a los comerciantes, que luego los venden en las ciudades.

En 2002 se asfaltó una autopista entre la capital de Maranhão, São Luís, y Barreirinhas, una población rural que hoy se publicita como puerta de entrada al parque. Desde entonces, el turismo se ha incrementado, con más de 60.000 visitantes al año, y la conducción de todoterrenos por las dunas se ha convertido en una grave preocupación para los responsables del parque.

«Está prohibido ir en vehículo por las dunas», explica Alvite, a quien inquieta que una actividad tan imprudente ponga en peligro a los correlimos y charranes migratorios, amén de las aves que anidan en la zona. Como iniciativa de promoción de un turismo más sostenible, en 2009 ella encabezó una caminata de 65 kilómetros de punta a punta del parque en busca de fauna dunar, como el jicotea de Maranhão (Trachemys adiutrix), el armadillo amarillo -Euphractus sexcinctus- y la zarigüeya orejiblanca, Didelphis albiventris.

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No es de extrañar que los forasteros quieran visitar este paraje de ensueño, el campo de dunas costeras más grande de Brasil. Su belleza en constante movimiento sorprende incluso a quienes mejor lo conocen. Manoel Brito, difunto patriarca de Queimada dos Britos, tenía un rebaño de unas 500 cabras que se movían en libertad por la arena. Al recorrer las dunas con su rebaño, se maravillaba ante el dinamismo de las arenas. «Aquí todo parece siempre igual –me dijo en una ocasión–. Pero, si te fijas bien, todos los días ves que la arena se ha movido. Dios creó estas montañas blancas e hizo que el viento jugase con ellas eternamente.»