Emigrantes en el golfo Pérsico

Lejos de casa

Los trabajadores extranjeros y sus familias tienen que hacer un sacrificio inevitable: la pérdida emocional a cambio de una ganancia material

23 de abril de 2014

Cuando en la Unión de Emiratos Árabes (UEA) es mediodía, en Filipinas son las cuatro de la tarde, lo que significa que los dos hijos mayores de Teresa Cruz ya habrán vuelto del colegio y estarán en casa de su tía, que es con quien viven y quien los está criando. Teresa reside en Dubai, la ciudad más poblada de la UEA, a 6.900 kilómetros de Filipinas. Tiene 39 años y es dependienta en una tienda de moda de un estupendo centro comercial de Dubai. Su trabajo consiste en recolocar las prendas, cobrar las prendas en caja, llevar el control de los tickets de las ventas y sonreír cada vez que entra un cliente. Trabaja seis días a la semana; libra los viernes.

Por eso el viernes al mediodía es el momento que Teresa reserva para ver a su hija de 11 años y a su hijo de 8, y como la emigrante laboral que es –uno de los muchos millones de adultos que han viajado miles de kilómetros en busca de un trabajo que les permita enviar dinero a sus familias–, lo hace al estilo del emigrante moderno: en el dormitorio que comparte con otros cuatro ocupantes, acerca un taburete de plástico al escritorio de aglomerado sobre el que hay un ordenador, entra en su cuenta de Facebook, hace clic en el botón de videochat, se inclina hacia la pantalla y aguarda.

La primera vez que la acompañé en la espera, Teresa seguía en pijama pese a ser mediodía. Comparte el dormitorio con su marido, Luis, que salió de Filipinas hace años, como ella; los dos hijos menores del matrimonio, un bebé y un niño de tres años, y la persona a quien la pareja haya convencido en ese momento para hacer de niñera mientras ellos trabajan. (Los Cruz se han cambiado los nombres para proteger a la familia de posibles repercusiones.) Ese mes se trataba de una filipina joven que había huido de la casa de una familia emiratí donde trabajaba de sirvienta porque la maltrataban y que ahora ocupaba ilegalmente una litera metálica encajada entre el colchón de la familia Cruz y la puerta del dormitorio. Al bebé le estaban saliendo los dientes, y Teresa intentaba calmarlo con susurros mientras lo tenía apoyado sobre una cadera, los ojos clavados en el ordenador.

Por fin apareció un rostro en la pantalla. Pero era la hermana de Teresa. Los niños aún no ha­­bían vuelto del colegio. «Llama después de la cena», dijo en tagalo, y se desconectó.
Desanimada, Teresa fue a abrir la cuenta de Facebook de su hija, donde se quedó helada al leer «Situación sentimental: tiene una relación». Se quedó mirando la pantalla, en silencio. «A lo mejor no es en serio», dijo. En la lista de gustos y aficiones de su hija figuraban Justin Bieber y la serie de televisión Glee, además de una página de Facebook con muchos seguidores unidos por un único vínculo en común: tener un familiar convencido de que el único modo de cumplir con las obligaciones de un progenitor responsable (costear los libros de texto, garantizar que los abuelos estén bien alimentados, preparar a los niños para un futuro universitario) pasa por despedirse de los suyos y ponerse a trabajar muy lejos de casa.
Durante las semanas que compartí con Teresa en Dubai solo la vi perder la compostura en una ocasión. Fue cuando me habló de una noche de hacía más de una década. Estaba a la puerta de su casa de Filipinas y vio que todas las viviendas de la calle tenían luces de Navidad, absolutamente todas menos la suya. «Nosotros, nada de nada», recordaba. De pronto se le demudó la expresión y rompió a llorar.
«Había oído muchas cosas sobre el “Extranjero” –me contó–. Había oído que allí se podía comprar de todo.» El Extranjero era como un país en sí mismo, el lugar del que procedían los artículos más fascinantes: pulseras de oro, dentífrico Colgate, latas de carne. En el municipio donde se crió con sus diez hermanos, a una hora de Manila, se estaban construyendo casas de piedra con las remesas procedentes del Extranjero. «La nuestra era de madera y estaba viejísima», me explicó. Una vez, en pleno monzón, una pared del cuarto en el que Teresa dormía con otra hermana no resistió tanta agua y se vino abajo. «Después, cuando llegaron las Navidades, estaba frente a mi casa y me dije: “Con mi primer sueldo compraré unas luces navideñas”.»
El primer sueldo lo ganó en una tienda de calzado deportivo de su ciudad. Teresa, que acababa de terminar el instituto, no tenía suficiente para cambiar las paredes de madera por otras de piedra, más robustas, pero sí para comprar unas lucecitas de colores. Las clavó en su casa trazando con ellas el perfil de un árbol navideño. «Las puse yo sola –me dijo–. Y salí a la calle, vi las luces y pensé: “Yo puedo”.»
Esa noche Teresa concluyó que tenía arrojo suficiente para irse al Extranjero.

La migración en busca de oportunidades es tan antigua como la historia de la humanidad, pero seguramente nunca antes haya habido tanta gente viviendo fuera de su país natal como ahora. Cada hora de cada día se mueven cantida­des ingentes de personas y de dinero, un flujo planetario tan complejo y voluble como la me­­teorología, me­­diante el cual los países menos favorecidos se desembarazan de una población activa pobre y con ambiciones de mejorar y se benefician de las rentas que retornan. «Remesas», llaman los economistas a estas transferencias de los trabajadores a sus familias, enviadas casi al instante por los servicios de banca electrónica o entregadas en mano por mensajeros. Aunque individualmente son cantidades mínimas, las remesas agregadas constituyen un flujo de capital enorme hacia los países en vías de desarrollo. En la larga lista de las fuentes de origen de esas transferencias –las naciones más ricas, con clases pudientes deseosas de emplear extranjeros necesitados–, Estados Unidos ocupa el primer puesto.
Sin embargo, Dubai no tiene rival a la hora de concentrar la mano de obra inmigrante del siglo XXI en un entorno de película. Si uno llega por la vía habitual, desembarcando en el gran aeropuerto internacional, pasará por delante de más de cien inmigrantes laborales (o remesistas) como Teresa y Luis antes de llegar a la parada de taxi de la puerta. La joven que sirve cafés en el Starbucks es de Filipinas, o quizá de Nigeria. La limpiadora de los aseos es nepalí, o tal vez sudanesa. El taxista que pisa a fondo en la autopista hacia el centro de Dubai es del norte de Pakistán, o de Sri Lanka, o del estado indio de Kerala.
¿Y los demenciales rascacielos que se distinguen desde el taxi? Uno tiene forma de hacha gigante; otro parece una enorme bola de golf so­­bre una torre de tortitas. Todos construidos por obreros extranjeros, casi siempre sudasiáticos: llegados de la India, Nepal, Pakistán y Bangladesh. Si es de día, habrá autobuses vacíos aparcados a la sombra junto a los esqueletos de los rascacielos en construcción. Cuando caiga la noche, devolverán a los hombres a los alojamientos colectivos donde la mayoría tiene que vivir, hacinados como en un barracón penitenciario.
Que los trabajadores extranjeros soporten unas condiciones de vida difíciles es una constante en todo el mundo, pero en Dubai todo se lleva a la exageración. La historia moderna de esta ciudad comienza hace poco más de 50 años, cuando se encontró petróleo en la vecina Abu Dhabi, a la sazón un territorio independiente gobernado por un jeque. La Unión de Emiratos Árabes se fundó en 1971 como una federación nacional que incorporaba seis de esos territorios (el séptimo se sumó al año siguiente), y como Dubai tenía comparativamente poco petróleo, la familia real de la ciudad empleó su parte de las nuevas riquezas del país en transformar aquella pequeña ciudad mercante en una capital comercial que deslumbrase al mundo. La famosa pista de esquí cubierta es solo una parte de un centro comercial de Dubai, que ni siquiera es el más grande de los muchos que hay en la ciudad. Ese, el más grande, tiene un acuario de tres pisos y una pista olímpica de hockey sobre hielo. El edificio más alto del planeta está en Dubai. Donde sea que uno pose la mirada, allí todo es extravagante y nuevo.
Y puesto que los diseñadores del Dubai contemporáneo decidieron que su ciudad espectacu­lar sería construida y atendida por trabajadores no nacionales (no había suficientes emiratíes para hacerlo, ¿y por qué habría de pretender una nación recién enriquecida que sus ciudadanos sirvan mesas o echen cemento a 48 °C cuando puede pagar para que lo hagan otros?), se lanzaron a recibir inmigrantes de una forma igual de exagerada. De los 2,1 millones de habitantes de Dubai, solo alrededor del 10 % es emiratí. El resto son trabajadores eventuales conscientes de que jamás se les ofrecerá la nacionalidad.
La sociedad en la que viven, como la mayoría de los países del golfo Pérsico que hoy dependen de la mano de obra foránea, está rígidamente compartimentada: se divide por raza, sexo, clase social, país de origen, dominio del inglés. En Dubai los profesionales y directivos son mayoritariamente europeos, estadounidenses, australianos, neozelandeses y canadienses, blancos que casi siempre ganan demasiado dinero para que se les considere emigrantes remesistas. Sus sueldos les permiten llevarse consigo a las familias, moverse en Range Rover y vivir en rascacielos elegantes o en casas unifamiliares con jardín. Los remesistas cocinan para ellos y cuidan a sus hijos, limpian las calles, atienden en los centros comerciales, despachan en las farmacias, pulen el hielo de las pistas de hockey y levantan los rascacielos bajo el sol abrasador; en otras palabras, hacen que Dubai funcione, mientras envían sus salarios a miles de kilómetros.

Pero, en el fondo, esta no es una historia de empleo, masa salarial y PIB, sino de amor: de vínculos familiares, de obligaciones y lealtades enfrentadas, de lo enormemente difícil que es satisfacer las necesidades materiales y afectivas de los seres queridos en una economía globalizada que a veces parece diseñada adrede para separar familias. La mayoría de los trabajadores extranjeros protagonizan historias de amor de algún tipo, y en Dubai, que tiene una de las concentraciones más altas de mano de obra foránea del mundo, los Cruz son conscientes de su excepcional fortuna: pueden cohabitar como el matrimonio que son. Durante una temporada vivieron con todos sus hijos, algo rarísimo entre la población remesista, pero con la llegada del cuarto bebé la situación los superó. Fue Luis, que había estado casado anteriormente y ya tenía una hija en Filipinas, quien envió a los niños mayores con su tía. Siempre que pregunté a Teresa por la pérdida de contacto físico con sus dos hijos mayores, se quedaba inexpresiva e inmóvil. «Es muy duro», decía. Y también: «Creo que con mi hermana tienen una buena familia». Y: «Así se criarán como filipinos».
En la iglesia católica de Saint Mary el viernes por la tarde la misa se celebra en tagalo. En otros horarios se puede asistir a misas en inglés, y en cingalés, francés, tamil, árabe, malabar y konkaní; estos dos últimos son idiomas de la India. Un viernes Teresa y Luis escuchaban por megafonía a Tomasito Veneración, el sacerdote asignado a los filipinos de la parroquia. Un par de días antes había aprendido una palabra nueva, decía el padre Tom en tagalo, «gamofobia», el miedo al compromiso sentimental.
No seáis gamófobos, predicaba el padre Tom. Que no se diga que la familia del emigrante es fuerte pero que vosotros, los propios emigrantes, sois débiles. Teresa y Luis se miraron; el cura no hacía alusión expresa al adulterio, pero ellos entendieron a qué se refería. Casi todos los filipinos de la UEA tienen amigos o familiares en su país de origen o en el Golfo que inician una relación extramatrimonial para sobrellevar la separación del cónyuge, sin dejar de enviar remesa tras remesa. «No olvidéis a los que dejasteis en casa –predicaba el padre Tom–. No olvidéis la razón por la que estáis aquí.»

En una ciudad de trabajadores extranjeros, estas son las historias más comunes: por qué estás aquí, a quién dejaste atrás. A menudo son calcadas. Mis hijas, mi marido, mis padres, mi hermano, que se ha quedado en el pueblo y me temo que anda con drogas. Porque yo quería que ese hermano mío fuese al instituto. Porque aunque dormimos ocho en un dormitorio para cuatro, el patrono me paga el alojamiento y así tengo más dinero para enviar a casa. Porque el jefe no me paga el alojamiento, pero ahorro en el alquiler al compartir no solo el cuarto, sino también el catre; el que trabaja de día duerme de noche y al revés. Porque mi mujer estaba embarazada y no sabíamos qué iba a ser del bebé.
Porque así me enseñó mi padre que se mantiene a la familia, cuando nos dejó hace 30 años para ganar cuatro veces más y mandar el dinero a casa.
En algunos vecindarios de Manila prácticamente no hay un escaparate que no esté empapelado de propuestas migratorias. ARABIA SAUDÍ, 30 preparadores de sándwiches. HONG KONG, 150 asistentas del hogar. DUBAI, monitora de zona infantil, envasadores de hortalizas. Alicatador, arrocero, limpiadora (buena presencia), tallador de hielo/frutas. Los anuncios que lanzan el anzuelo a los filipinos proponen destinos de todo el mundo, pero los más destacados prometen trabajo en los países del Golfo, sobre todo para los colectivos con menos estudios.
Cuando Luis era pequeño, su padre aceptó un empleo de ese estilo: soldador en Dubai. Nunca volvió a vivir en Filipinas; ahora, muy de vez en cuando, regresa a casa en vacaciones para estar unos días con la mujer que todavía es su esposa (la legislación filipina prohíbe el divorcio). Luis y sus cuatro hermanos se criaron sin saber lo que era tener un padre en casa. Lo pasaron muy mal. «Lo acompañábamos todos al aeropuerto –me contó–. Había que darle un beso y un abrazo. Eso era lo peor. Todos llorando.»
Como muchos países en los que no se ha erradicado la pobreza, Filipinas ha terminado por depender de esa emigración regular. Se ha acuñado un acrónimo oficial, a menudo acompañado de loas al heroico sacrificio por el bien de la nación y la familia: los OFW, overseas filipino workers, trabajadores filipinos en el extranjero. En el aeropuerto de Manila hay un centro específico para los OFW, que se suma a las múltiples oficinas públicas que en todo el país se ocupan de este colectivo, como el Servicio Filipino de Empleo Exterior, o el Servicio de Bienestar de los Trabajadores en el Exterior, ambos con cientos de empleados.
A los 22 años Luis estaba casado, ya era padre y vivía en la misma ciudad deprimente en la que se había criado, al sur de Manila. Trabajaba en la construcción, a tres euros la jornada. Bastaba para sobrevivir. Pero no para mantener a los su­­yos con holgura, como había hecho su padre. En tagalo se usa una expresión, «katas ng Saudi», que literalmente significa «el jugo exprimido a Arabia Saudí»; los filipinos la usan para referirse a la abundancia posibilitada por las remesas del Extranjero –buen calzado, paredes resistentes–, aun cuando esas comodidades sean en realidad katas ng Dubai o katas ng Qatar.
El amplio hogar de la familia Cruz es hoy un rico escaparate de katas ng Saudi: sofás tapizados, cuartos espaciosos, un reproductor de DVD, terrazas cubiertas desde las que se ven las redes de pesca que un primo mantiene sumergidas permanentemente. Dos hermanas de Luis han ido a la universidad. Una estudia odontología.
Fue Luis padre quien en una visita a casa, tras estudiar la situación del hijo y observar que su primera esposa parecía estar desentendiéndose del matrimonio, le propuso que buscase un trabajo mejor en Dubai. «Sabía en qué situación estaba. Y mi madre me llevó a la agencia de colocaciones», me contó Luis.
Todavía recuerda la primera remesa que envió a Filipinas, cuando apenas llevaba unas semanas trabajando en Dubai: el equivalente a 250 euros, lo que habría ganado en casi tres meses de haberse quedado en Filipinas. Remitía el dinero directamente a su madre, que lo gastaba en su propia manutención y en la de la hija y las hermanas de Luis. Luis descubrió que podía ganar más si trabajaba todos los días, prescindiendo del descanso semanal. En su primer empleo utilizaba un soplete en pleno desierto. «Sin guantes no podías coger ni la gorra –recordó–. Aquello era abrasador.»
Sentía una soledad abrumadora. Pero ganaba muchísimo dinero. Tenía la compañía de su pa­­dre. Al poco tiempo Tomás, su hermano menor, casado como él, dio por imposible prosperar en Filipinas y se trasladó también a Dubai, dejando en casa a su mujer y a su hija.

Así y todo, esta sigue siendo una historia de amor, y bastante feliz para lo que se estila en las crónicas de la emigración. Cuando Luis estaba trabajando ya en el golfo Pérsico, Teresa bordaba las entrevistas en la agencia de colocaciones. En Dubai, cuando llegó a los centros comerciales a los que primero la destinaron, veía de refilón las obras polvorientas que cortaban de raíz cualquier conato de autocompasión. Ella tenía aire acondicionado en el trabajo y los primeros meses disfrutó del lujo de compartir habitación con una sola compañera, una atención especial que reciben muchas nuevas remesistas. Aquella residencia era el lugar más agradable en el que jamás había vivido.
Se alegraba de no estar atrapada en el solitario exilio de las criadas domésticas. Las filipinas, con su buen inglés y su fama de ser amables y de confianza, son muy demandadas para el servicio del hogar; casi la mitad de las personas que salen de Filipinas para trabajar en el extranjero son mujeres, muchas de ellas separadas de sus propias familias por la demanda internacional de niñeras, enfermeras y auxiliares geriátricas. Pero Teresa había oído lo suficiente sobre la vida de las criadas emigrantes para comprender que aquello no era para ella. Las más afortunadas daban con buenos patronos que las trataban con respeto, pero demasiadas veces los relatos eran deprimentes: asueto inexistente, aislamiento ab­­soluto, agresiones verbales por parte de la señora de la casa, abusos sexuales por parte del señor.
Además Teresa tenía su propio móvil; otra cosa que se comentaba era que los patronos confiscaban el teléfono a las criadas para que estuviesen más centradas y fuesen más dependientes. Cada vez que acudía a una oficina de cambio para proceder con la gratificante transacción que hacía aparecer su sueldo emiratí en Filipinas convertido en pesos, Teresa se quedaba con lo justo para adquirir alimentos y otros imprescindibles, y al cabo del tiempo, en alguna ocasión especial, alguna joyita de oro.
Y como en Dubai había tantos filipinos, Teresa encontró amigos, gente joven que, como ella, cambiaban las residencias de empleados por apartamentos en los que vivían tan apretados como felices. Caldo de cultivo para los romances. Romances complicados, eso sí; la mayoría de los hombres seguían vinculados legalmente a las familias por cuyo bien habían emigrado.
Cuando Teresa conoció a Luis en una fiesta de cumpleaños, él seguía casado. Pero era guapo, alto y de sonrisa dulce, y aunque en su país el divorcio es ilegal, con voluntad puede obtenerse la anulación. (Cuando pregunté al padre Tom cuántas solicitudes de anulación recibe en Saint Mary, suspiró hondo. «No lo sabe usted bien, esto parece una fábrica», dijo.)
Y así fue cómo Teresa, que había cruzado cuatro husos horarios para que los suyos pudiesen vivir en una casa que no se viniese abajo con las lluvias, se casó con un hombre que podía explicarle lo que sentía un niño al ver a su padre una vez cada dos años. Pero Luis era adaptable y resistente, igual que ella, y actualmente se ha granjeado un puesto a cubierto en el complejo industrial donde antes fue soldador. Le gusta cocinar, algo en lo que Teresa no es muy ducha.
En su trabajo, mientras recorre con discreción los pasillos del comercio, Teresa ha aprendido a identificar a las criadas filipinas descontentas, que atienden proles ajenas mientras sus autoritarias jefas se adelantan para mirar los modelos a la venta. A veces, en un gesto muy arriesgado, les susurra algo en tagalo a espaldas de la señora: «Hola, kabayan. Hola, amiga compatriota». ¿Qué tal estás? ¿Es muy duro tu trabajo? ¿Por qué no vuelves a casa? «Me dicen: “No puedo. Mi familia necesita”.»
¿Necesita qué?, podría preguntarse el espectador menos avisado. Y más todavía, ¿lo necesita más de lo que te necesita a ti? Pero todos los remesistas saben que la necesidad es una realidad compleja con tendencia a metastatizarse. Comida, educación, sanidad y unos muros que no se vengan abajo son cosas que todas las familias necesitan; otra necesidad es el orgullo. La reforma de la vivienda familiar no es un proyecto que pueda dejarse a medias. Desde el momento en que se cambia al niño a un colegio más caro, se sabe que habrá que pagarle los estudios muchos años; una hija o una hermana comprometida a gusto de todos necesitará dinero (y seguramente una dote, si es india) para casarse como es debido. Tanto en Dubai como en Filipinas oí lamentos sobre el círculo vicioso de expectativas y dependencia, las posesiones que se materializan como sustitutos del progenitor ausente, la presunción de que el trabajador emigrado es un cajero automático que no puede desenchufarse. En una ocasión, viajando con unos amigos por la zona de Filipinas de donde era oriundo Luis, me encontré con un conocido suyo que había regresado de permiso desde Najran (Arabia Saudí); allí desempeñaba un trabajo monótono y sudoroso en la cocina de un restaurante, donde casi nunca le dirigían la palabra como no fuera para darle órdenes a gritos. Cuando le pregunté qué tal la experiencia de volver a convivir con su esposa una temporada, sacudió la cabeza. «Cada semana que estoy aquí es una semana menos que cobro –dijo–. Está deseando que me vuelva.»
La prensa y los defensores de los derechos humanos dan fe periódicamente de la situación que viven los emigrantes que envían remesas: sueldos impagados, lugares de trabajo peligrosos, alojamientos míseros, confiscación ilegal de pasaportes. Pero la UEA no facilita esa labor in­­formativa. Algunas organizaciones no gubernamentales tienen prohibido actuar en el país, y la prensa nacional anda con pies de plomo para no ofender a las autoridades emiratíes, prestas a la hora de cortar de raíz cualquier forma de queja organizada. Los defensores de la UEA alegan que sigue siendo uno de los países del Golfo que mejor acoge a los extranjeros: las mujeres visten como quieren, proliferan los templos de religiones distintas al islam y las calles son seguras tanto para los turistas como para los residentes.
«Todas las ciudades globales tienen problemas parecidos –me dijo Abdulkhaleq Abdulla, profesor universitario de ciencias políticas ya retirado–. Todas las ciudades globales se construyen con mano de obra extranjera y barata. Dubai representa lo mejor y lo peor de la globalización: lo mejor porque es una ciudad muy tolerante, una ciudad muy liberal y abierta. Pero también es escenario de grandes sufrimientos, de mucha miseria y mucha explotación. ¿Con qué cristal desea verlo? ¿Con el rosa o con el negro? Yo me inclino por usar los dos.»
El infalible as en la manga con el que cuenta la UEA para imponer docilidad a su población activa es la amenaza de deportación: como se te ocurra crearnos dificultades, inmigrante desagradecido, te devolvemos de una patada a la existencia menos lucrativa que dejaste en tu país. Esto ocurre en todas las naciones receptoras de mano de obra, entre ellas Estados Unidos, y tanto en Dubai como en Filipinas no dejaron de repetirme que los remesistas emigran porque quieren, porque han calibrado cuidadosamente sus propias posibilidades, según ellos mismos las entienden, y ponderado las diversas formas de ayudar lo más posible a sus seres queridos.
Una escena en el aeropuerto de Manila: una terminal de llegadas atestada, cientos de personas apretándose y empujándose para alcanzar a ver a los primeros pasajeros que empiezan a salir. Sucedió hace unos 13 años, la primera vez que Teresa volvía a casa tras estar fuera tres años. Al reconocer entre la multitud a un hermano, y luego a otro, y luego a una hermana y a varios sobrinos, se quedó de piedra: todos los familiares que al partir la habían despedido sin inmutarse se habían apretujado en coches prestados para ir a recibirla. En el carrito del equipaje que empujaba hacia ellos, encima de todo, llevaba una enorme caja de cartón que contenía un televisor en color. «En casa teníamos uno pequeño en blanco y negro –me explicó Teresa–. Pero yo me dije: “Quiero comprar uno de 25 pulgadas”. Vi la cara de alegría que ponían al ver aquella tele.»
La estancia en la que está colocado el televisor –la sala– se ha reforzado por entero a lo largo de estos años. La reforma se hizo poco a poco; los padres le iban explicando por conferencia cómo cada pocos meses se invertía en la obra un poco más del dinero que remitía. Primero la sala. Luego la cocina. Luego el dormitorio, con las viejas esteras de bambú en el suelo. «Poquito a poquito –dijo Teresa–, la hicieron de piedra.»

Existe una canción popular en tagalo sobre la vida de un remesista, grabada hace 25 años por Roel Cortez y titulada Napakasakit Kuya Eddie. Teresa se lanzó al ordenador para buscarla en YouTube cuando le dije que nunca la había oído. En la pantalla apareció la silueta de un pequeño bote amarrado a una boya en un mar dorado.
«Te traduzco –me dijo Teresa. La música fue subiendo, la letra corría en la pantalla–: Aquí estoy, en medio del país árabe, trabajando sin parar. En este horno de calor… la mano cría callos y la tez se oscurece.»
Estaba absorta, cantando y traduciendo, apresurándose para seguir el ritmo en inglés. «Cuando duerme, no deja de pensar en adelantarse al tiempo, para poder volver a casa –prosiguió–. Y está muy contento porque le ha escrito su hijo, pero entonces se queda helado y se le saltan las lágrimas: “¡Papá! Ven a casa, ¡rápido! ¡Mamá está con otro!”»
«Qué difícil es, hermano Eddie –cantaba Teresa, mientras mecía al bebé de encías doloridas–. ¿Qué ha pasado con mi vida?»
El bebé se tranquilizó y Teresa se lo pasó al marido. El pequeño de tres años estaba tum-bado en el colchón, viendo dibujos animados. Dentro de unos años, cuando ya no quepan en el colchón, también ellos se irán a Filipinas. Los Cruz disponen de asombrosos dispositivos de comunicación que los emigrantes de la generación de sus padres nunca tuvieron: móviles con mensajería instantánea, Facebook, aplicaciones de ámbito internacional, y el ordenador junto al que ahora aguardaban Teresa y Luis, con el bebé.
Pero esa tarde de viernes, cuando por fin aparecieron en una ventana de vídeo los hijos ma­­yores, sentados muy juntos en un sofá, tuve la impresión de que aquellos padres, que dirigían risas, señales y saludos a la pantalla, debían de hallar especial consuelo en compartir aquel exiguo alojamiento con dos cuerpecitos vulnerables que todavía podían abrazar.

Outbrain