Kumaris, las diosas vivientes de Nepal

En el valle de Katmandú, algunas niñas newar -las llamadas kumaris- son adoradas como deidades omnipotentes.

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La kumari de Tokha –Dangol, de nueve años– se convirtió en diosa viviente siendo un bebé. Se cree que los ojos de la kumari tienden un puente entre quien la mira y lo divino. En las fiestas religiosas se le pinta la 58 frente de rojo, un signo de energía creativa.

Foto: Stephanie Sinclair

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Con sumo cuidado para no contaminarse tocando el suelo en un día en que se ha invocado el poder de la diosa, Dangol es llevada en brazos por su padre hasta un palanquín que la elevará por encima de la multitud durante la fiesta de Bisket Jatra.

Foto: Stephanie Sinclair

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Unika Vajracharya, de seis años, es entronizada en su primer día como la kumari de Patan. Sus pies reposan sobre una bandeja de ofrendas, y una deidad ofídica protege su cabeza.

Foto: Stephanie Sinclair

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Aun siendo una diosa, Resuka, la kumari de Kilagal, de dos años de edad, se niega a comer. Según la creencia, si Resuka y la kumari real de Katmandú, que vive cerca, llegan a verse algún día, sus almas abandonarán sus cuerpos.

Foto: Stephanie Sinclair

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Dangol, de nueve años, ha de vestir de rojo; la corbata escolar es la única prenda con la que se salta esta convención. En otros aspectos es una escolar más, excepto porque sus maestros y compañeros se dirigen a ella llamándola Dya Maiju: Diosa Infantil.

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En la sala de estar de su casa, Unika juega con su hermano menor mientras sus padres ponderan si presentarla a la elección de kumari. La kumari saliente ha sido destituida al alcanzar la menarquia.

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Como otras kumaris, Dangol luce un maquillaje especial en las festividades. Pero no es solo el maquillaje lo que varía en las grandes ocasiones. Antiguas kumaris han declarado sentirse más fuertes y haber irradiado calor por la frente.

Foto: Stephanie Sinclair

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En una tienda de Lagankhel y sentada en su trono, a Unika le ajustan un collar de plata al que se le atribuye la capacidad de imbuirla de poder divino. La primera misión de la nueva kumari es presenciar el baño ritual de la imagen de un dios de la lluvia.

Foto: Stephanie Sinclair

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Cuidadores, sacerdotes tántricos y otros asistentes arropan a la kumari real de Katmandú, Matina Shakya, mientras la diosa viviente recorre la capital en un templo móvil de oro de 255 años de antigüedad durante la fiesta anual de Indra Jatra.

Foto: Stephanie Sinclair

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En su tiempo libre, Unika se comporta como cualquier niña de su edad, pero jamás se la regaña. Cuando juega con su hermano pequeño y su hermana mayor, siempre manda ella. Nadie se arriesga a enojar a una diosa viviente.

Foto: Stephanie Sinclair

En el valle de Katmandú, algunas niñas newar -las llamadas kumaris- son adoradas como deidades omnipotentes.

Unika Vajracharya podría estar a un paso de la divinidad, a punto de convertirse en una de las figuras más célebres de Nepal. Tiene seis años y hoy es una simple colegiala. Pese a su timidez, en sus ojos se enciende la luz de la curiosidad. No está acostumbrada a recibir a extraños. Una sonrisa dibuja hoyuelos en sus mejillas cuando le pregunto qué hará si dentro de unas horas resulta elegida kumari, o diosa viviente, un estatus que inducirá a la gente a postrarse ante ella.

«Estar callada –responde–. No podré ir al colegio. Estudiaré en casa y vendrán a adorarme todos los días.»

Unika es nepalí del grupo étnico newar, un pueblo tibetanobirmano de Nepal. Vive en Patan, ciudad conocida oficialmente como Lalitpur, de 230.000 habitantes, mayoría budista y ubicada en el fértil valle de Katmandú, en las estribaciones del Himalaya. Los newar se enorgullecen de ser custodios de la cultura del valle, y una de sus más antiguas e importantes tradiciones es la adoración de niñas como diosas vivientes.

El proceso de selección entraña un ritual secreto que estará vedado incluso a los propios padres de Unika. Le pregunto si está nerviosa. «No –contesta alegremente–. Solo impaciente.»
Cuando salimos de su casa –un viejo edificio de ladrillo y madera, de techos bajos, situado en el barrio de Thabu– Unika va saltando por las callejuelas, tirando de la mano de su madre, Sabita, y de su hermana mayor, Biphasa. No hay que andar mucho para llegar al Hakha Bahal, el patio en torno al cual residen desde hace siglos miembros de su extensa familia, donde se congregan para celebrar los ritos y festividades religiosas y donde tendrá lugar la primera parte de la selección. Unika lleva su sudadera favorita: con capucha, amarilla y con un Snoopy en la espalda. Si es elegida, esta será una de las últimas veces que podrá ponérsela. Las diosas vivientes solo pueden vestir de rojo, el color de la energía creativa, por lo general reservado a las mujeres casadas.
Las kumaris son reverenciadas en la comunidad newar. Se les atribuyen poderes premonitorios y la capacidad de curar enfermos, hacer realidad deseos concretos e impartir bendiciones de protección y prosperidad. Y por encima de todo se las considera un puente inmediato entre este mundo y el divino, capaz de generar en sus devotos el maitri bhavana, un ánimo de bondad benevolente hacia todo y hacia todos.
La tradición se remonta al siglo X como mínimo, cuando en todo el sur de Asia niños y niñas hacían de agentes de adivinación en rituales hinduistas y budistas. La conexión con lo divino y la facultad de predecir el futuro que se les atribuía despertaban especial interés en los gobernantes de Asia. Siglos más tarde la tradición fue adoptada por los pueblos de la periferia del subcontinente indio –Cachemira, Assam, Bengala, Tamil Nadu y Nepal–, seguidores de religiones subversivas que hacían hincapié en el poder femenino (el shakti) y la posesión tántrica, un estado inducido por invocaciones y rituales mágicos en el cual los humanos supuestamente alcanzan la posibilidad de transformarse en divinidades dotadas de poderes sobrenaturales.
Solo en el remoto corazón montañoso de Nepal la práctica de glorificar a las niñas prepúberes (en nepalí, «kumari» significa «niña virgen») como diosas vivientes durante varios años llegó a convertirse en un culto profundamente arraigado, y solo en Nepal sigue manteniéndose la tradición con la misma fuerza. Los budistas newar ven en la kumari la encarnación de la deidad femenina suprema Vajradevi. Para los hindúes la kumari encarna a la gran diosa Taleju, una versión de Durga.
Hoy solo hay diez kumaris en todo Nepal, nueve de ellas en el valle de Katmandú. Siguen eligiéndose en el seno de familias vinculadas a determinados bahals, un tipo de patio en torno al cual residen familias newar tradicionales, y todos sus antepasados tienen que proceder de una casta elevada. Ser elegida para el puesto se considera el honor supremo, que puede traducirse en innumerables bendiciones para la familia de la kumari. Ello explica que, pese a la carga financiera y los enormes sacrificios personales que implica mantener a una niña dándole consideración de diosa viviente en el mundo moderno, y pese a los problemas de readaptación que tendrá la kumari cuando alcance la pubertad y deba retomar su vida normal, ciertas familias sigan estando más que dispuestas a presentar a sus hijas como candidatas.

Unika se presenta a kumari por segunda vez. La primera tenía dos años, demasiado pequeña para recordar los rituales esotéricos del proceso de selección. Si su familia se ha prestado a presentarla de nuevo es en parte por la ilusión que le hace a la propia Unika. Está deseando poder vestirse de kumari, con el cabello recogido en un moño alto, los ojos perfilados con gruesas rayas de kohl hasta las sienes y, los días festivos, una tika carmesí pintada en la frente con un agni chakchuu –el tercer ojo, conocido como el ojo de fuego– plateado mirando fijamente desde el centro. El deseo de vestir las galas de kumari se considera en sí algo especial, un signo de que tal vez el destino –o karma– la está llamando.
Masinu, abuela de Unika, teme que la niña se lleve una desilusión si esta vez tampoco la eligen. «Espero que sí. No quiero verla triste.»
El padre de Unika, Ramesh, dueño de una pequeña zapatería, tiene otras inquietudes. «Me preocupa el gasto –me dice–. Y las exigencias de pureza que se le impondrán a toda la familia.»
Una kumari es una responsabilidad onerosa para todos, una responsabilidad que en primer lugar recae sobre Ramesh, quien mantiene a la familia. La kumari debe engalanarse a diario con ropas y maquillajes especiales y, como mínimo dos veces al año, hay que confeccionarle nuevos trajes de fiesta con tejidos caros. En la casa hay que reservar una habitación –un lujo inestimable en una ciudad superpoblada– para convertirla en sala de la puja (o adoración) y equiparla con un trono desde el que la diosa pueda recibir a sus devotos. Todas las mañanas la familia ha de celebrar ante ella las nitya puja, o rituales diarios de adoración. La kumari no puede salir de casa si no es para asistir a los festivales y ceremonias religiosas, y siempre tiene que ser transportada en brazos o en un palanquín para que en ningún momento toque el suelo con los pies. Solo puede comer ciertos alimentos, de los que se excluyen los prohibidos, como el pollo o los huevos de gallina. Todo cuanto contenga la vivienda ha de mantenerse puro conforme a los rituales pertinentes. Nadie que tenga contacto con ella puede llevar algo de cuero. Y sobre todo, la kumari no puede sangrar. Según la creencia, el espíritu de la diosa –el shakti– que entra en el cuerpo de la niña cuando se convierte en kumari la abando­naría en caso de hemorragia. Hasta el arañazo más superficial podría poner fin a su reinado. La diosa viviente es invariablemente destronada en cuanto tiene la primera menstruación.
A Ramesh también le preocupa el futuro de su hija si es elegida. Al término de su reinado se esperará de ella que retome la vida normal, pero después de años de agasajos y reclusión la transición de diosa a simple mortal no siempre es fácil. Además están los inquietantes rumores sobre las perspectivas matrimoniales de las que han sido diosas vivientes. «Los hombres tienen recelos supersticiosos de casarse con exkumaris –explica Ramesh–. Creen que sufrirán accidentes terribles si piden su mano.» Se dice que el espíritu de la diosa puede seguir viviendo en la antigua kumari, incluso después de los ritos de limpieza a los que se somete cuando deja de serlo. Hay quien cree que de la vagina de una exkumari sale una serpiente que devora al desventurado que tenga relaciones sexuales con ella.
En Patan, solo las niñas pertenecientes al linaje budista de la familia que vive en el complejo del Hakha Bahal pueden llegar a ser kumaris.
Y ha sido el poder de persuasión de los ancianos del bahal y el deseo de mantener viva la tradición lo que ha llevado a la candidatura de Unika.
«Debemos perpetuar las costumbres de nuestros antepasados –me dice Sabita–. Es nuestro deber aportar una diosa viviente de nuestra comunidad.» En el valle de Katmandú la gente siente una gran veneración por el pasado, un sentimiento de que en tiempos pretéritos existía una conexión más íntima con los dioses y que por esa razón deben seguirse las antiguas tradiciones, a pesar de que en pleno siglo XXI esas tradiciones ya no se comprendan.

 

En la Edad Media casi todas las poblaciones del valle de Katmandú tenían su propia kumari. En las ciudades de Katmandú, Bhaktapur y Patan había una prácticamente en cada vecindad, además de una kumari «real» especial, venerada por los antiguos reyes hindúes. Desde entonces muchas tradiciones han desaparecido, algunas en las últimas décadas. En el Mu Bahal, a cinco minutos a pie al norte de la plaza Durbar de Kat­mandú, los devotos adoran un trono vacío desde que en 1972 se retiró su última kumari. La kumari de Patan es una kumari real y representa una de las tradiciones de diosas vivientes del valle. En los últimos años la tradición ha sido criticada por defensores de los derechos humanos que ven en ella una forma de maltrato infantil que frustra la libertad y la educación de las niñas, en especial de las kumaris reales de Katmandú y Patan, las cuales deben respetar unas normas de pureza y segregación muy severas.
Sin embargo en 2008 el tribunal supremo de Nepal rechazó la petición de una mujer newar de que se prohibiese la tradición, apelando a su significado cultural y religioso. Cuatro kumaris –en Katmandú, Patan, Bhaktapur y Nuwakot, una fortaleza situada en la ruta comercial que une el Tibet con el valle– reciben apoyo del Gobierno en forma de un estipendio mensual mientras ejercen como tales y una pensión vitalicia desde el momento en que se retiran. No obstante, la subvención apenas cubre el gasto de indumentaria y material para el culto.
El Hakha Bahal, con sus imponentes pagodas, sus plataformas de madera para el descanso y su altar de bronce repujado en honor al buda Akshobhya (hoy encerrado en una antiestética jaula metálica antirrobo), es un hervidero de gente cuando llego acompañando a Unika, Sabita y Biphasa. Entre la muchedumbre de es­pecta­dores y partidarios está Anjila Vajracharya, la otra candidata a kumari junto con Unika; tiene tres años y, quizás en un alarde de optimismo, se ha vestido para la ocasión de color rojo, como una kumari.
Ananta Jwalananda Rajopadhyaya, el principal sacerdote del templo de Taleju (contiguo al antiguo palacio real donde los reyes de Patan adoraban a la kumari real, en quien veían a la diosa de su linaje, Taleju), aguarda en el patio. Es la primera vez, me dice con tristeza el sacerdote de 77 años, que solo hay dos candidatas a la elección final. Tener tres habría sido más alenta­dor. Achaca a la planificación familiar que cada vez haya menos niñas entre las que elegir y añade que los padres son cada vez más reticentes. «Hoy la gente no está acostumbrada a seguir las disciplinas religiosas. Se distraen con otras cosas.»
Rajopadhyaya lamenta que pocos de los hoy presentes sepan identificar los 32 lakshina, o signos de perfección. Dicta la tradición que los sacerdotes deben examinar a las candidatas para identificar dichos signos (muslos de ciervo, pecho de león, cuello de caracola, cuerpo de baniano, tez dorada, suave voz de pato, etcétera), indicios de que están ante un bodhisattva, o ser iluminado. «Hoy nos limitamos a pedir a los padres que se aseguren de que sus hijas están sanas y no tienen defectos o marcas de nacimiento –dice–. Luego revisamos su horóscopo.»
Cada newar tiene su horóscopo, trazado en el nacimiento por un astrólogo. El horóscopo, un rollo de complejos cuadros y diagramas pintados a mano que se custodia en una caja fuerte en el cuarto que la familia dedica a la adoración, consigna el nombre privado de la persona y los signos astrológicos que se cree determinarán su vida. El de la candidata no debe revelar augurios poco propicios. El signo más favorable de la kumari es el pavo real, símbolo de la diosa.
Rajopadhyaya se lleva a ambas niñas a un cuarto cerrado en una esquina del patio para proceder en privado al primer paso de la selección. La finalidad es reducir a tres el número de las candidatas, pero al haber solo dos, se convierte en un mero trámite liquidado en un par de minutos.
La elección final es competencia de su esposa Maiya, y tiene lugar en la casa del matrimonio, un edificio de hormigón a medio construir en el barrio del Pim Bahal, al norte del Hakha Bahal. A la cuarentena de personas que nos desplazamos hasta allí en procesión –curiosos y partidarios de cada niña a la zaga del sacerdote, las dos candidatas a kumari y sus familias– nos lleva diez minutos llegar, esquivando el tráfico por la avenida principal de Patan.
Preparada tras haber meditado, Maiya espera en un cuarto vacío del piso de arriba con la parafernalia ritual –lámpara, recipiente de agua, guirnaldas de flores, bandejas de puja, cuencos de cuajada, arroz roto (llamado baji) servido en hojas, entre otras cosas– dispuesta en una zona del suelo de hormigón previamente untado con una mezcla purificante de arcilla roja y excremento de vaca. A las niñas, separadas de sus madres, se las sienta en sendos cojines rojos ante Maiya. La pequeña Anjila está emocionada y no deja de saltar de su cojín al de Unika una y otra vez. Unika está absolutamente inmóvil, pero su mirada recorre la estancia a la velocidad del rayo. Todos los espectadores, entre ellos las madres de las candidatas, reciben la orden de salir. Solo Maiya y una nuera suya que hace las veces de ayudante se quedan con las candidatas.
Desde fuera, apretujados en unas escaleras que empiezan a estar en penumbra a medida que se acerca la noche, percibimos el murmullo de los mantras, el tintineo de una campanilla y el aroma a incienso procedentes del cuarto cerrado. Instantes después oímos que Anjila se pone a gemir. Cuando se abre la puerta, está histérica y corre a los brazos de su madre. Unika continúa en perfecta compostura sobre el cojín. Se respira un aire de liberación después de tan agónico sus­pense. Con creciente aplomo, la kumari electa empieza a recibir las ofrendas de sus devotos, que, uno por uno, se arrodillan e inclinan la cabeza hasta sus pies. A partir de ahora nadie la llamará Unika, sino Dya Maiju: Diosa Infantil. No solo su actitud serena confirma a los fieles que la diosa reside en ella: para enorme placer del sacerdote, el horóscopo de la elegida, revisado momentos antes de que comenzara el ritual, contiene el portentoso signo del pavo real.

Samita Vajracharya, la kumari saliente, brilló por su ausencia durante la elección en el Hakha Bahal. Su casa da al mismo patio, pero estaba tan afectada por el fin de su reinado, que se produjo cinco semanas antes al haber tenido la primera menstruación, que no fue capaz de asistir.
Meses después me entrevisto con Samita, de 12 años, en la casa de su amiga Chanira Vajracharya en la transitada avenida principal, a unos metros del Hakha Bahal. Chanira había sido kumari de Patan antes que Samita. Sus familias siempre habían tenido amistad, pero compartir la experiencia de haber sido diosas vivientes ha estrechado aún más el lazo entre las niñas.
Nos sentamos juntas en el suelo sobre unos cojines planos, rodeadas de fotografías de antiguas kumaris enmarcadas en las paredes. Con mallas negras y una camiseta naranja, Samita, virtuosa del sarod –un tipo de laúd– viene de clase de música. La ha llevado (como siempre) su madre, pues no se atreve a enfrentarse sola al gentío, el tráfico, el transporte público, el ruido, el suelo irregular. Los extraños también la in­­quietan. Aunque recibe mis preguntas con una sonrisa, no despega los labios.
«Cuando eres kumari nunca hablas con extraños –explica Chanira mientras Samita se empeña en bajar la mirada–. Yo tardé cerca de un año en poder conversar con un desconocido. Incluso hoy, estando en la universidad, me cuesta exponer los trabajos delante de toda la clase.»
Chanira tiene 19 años y está estudiando en la Universidad de Katmandú administración de empresas. Instruida en casa por profesores particulares que ofrecían gratis sus servicios mientras ella fue kumari, obtuvo el graduado escolar con matrícula de honor. Inteligente, expresiva, con un impresionante dominio del inglés, resulta difícil imaginar que en algún momento haya tenido dificultades para hablar con nadie.
«Yo tuve la menstruación a los 15 años, así que para entonces ya me la esperaba –dice Chanira–, pero a Samita le llegó a los 12 y el choque fue más brusco. Es un momento de muchas emociones. Cuando cedes las galas y el trono de diosa, te sientes como si alguien hubiese muerto. Estás de luto.»
¿Cómo lo vivió Samita?, pregunto. Chanira repite la pregunta en newari bajando la voz y traduce concienzudamente las respuestas que musita su amiga.
Para Samita, las primeras semanas tras la elección de su sucesora fueron muy dolorosas. Lo ideal es que la kumari viva junto a su bahal ancestral. La familia de Unika estuvo un mes alojada en casa de Samita mientras acondicionaban la vivienda contigua. Todos los días Samita veía a los devotos esperando su turno en la sala de estar de su propia casa mientras otra niña ocupaba el trono en la que fuera su antigua sala de la puja.
Ahora Unika y su familia –y con ellos el trono de kumari– están instalados en la casa de al lado. Samita está escolarizada y avanza a buen ritmo. Tiene amigas, algunas de las cuales la visitaban en los tres años y medio que fue kumari. Pero aún sueña a veces que sigue siéndolo, y al despertar siente una punzada de añoranza.
¿Qué quiere ser ella cuando termine los estudios?, pregunto. Chanira traduce la respuesta murmurada por Samita. «Dedicarse a la música.» Y el matrimonio, ¿queda descartado, verdad?, pregunto, recordando lo que Ramesh había relatado sobre los terribles accidentes que sufren los maridos de las exkumaris.
«Esos rumores de que te mueres si te casas con una exkumari son falsos –responde Chanira–. Es un mito que siempre repite la prensa.» En realidad casi todas las exkumaris en edad de contraer matrimonio, tanto en Patan como en Katmandú y en el resto del valle, están casadas.
«Ser kumari es un don. Soy afortunada de que me eligieran –añade Chanira–. Pero habría que aumentar la subvención oficial de las kumaris para costear los gastos de los rituales y la educación. Y brindarles ayuda psicológica para explicarles cómo les cambiará la vida cuando dejen de ser kumaris. Me gustaría que hubiese una red de exkumaris que apoyase a las que acaban de retirarse. Me preocupa que, si no se hacen esos cambios, la tradición desaparezca.»
Más tarde Chanira me lleva ante la nueva diosa viviente de Patan. A la kumari se le iluminan los ojos cuando entro en la sala de puja. Está en el trono dorado, con un cetro de plata a cada lado y un dosel de cobras de oro protegiéndola.
En el rostro que tengo delante reconozco a Unika, pero me resulta difícil creer que sea la misma niña que conocí hace cinco meses de camino al proceso de selección. Me traspasa con la mirada, envuelta en un aura imperial que me hace sentir como si la niña fuese yo. Al cuello lleva un amuleto de plata. Los pies, adornados con ajorcas de cascabeles de plata y tintados de bermellón, reposan sobre una bandeja de ofrendas de bronce, entre arroz y pétalos de flores. Arrodillada ante ella, le ofrezco un cuaderno de colorear, ceras y una modesta donación en rupias nepalíes. Con destreza ella mete los dedos en un plato que tiene a su lado para mojarlos con pasta de bermellón, y yo alargo el cuello para ofrecerle la frente y recibir su bendición.