La muchacha afgana, una vida desvelada

Steve McCurry fotografió a "la muchacha afgana" en un campo de refugiados de Pakistán. Tras una intensa búsqueda, el fotógrafo y un equipo de National Geographic la encontraron, desvelando así la identidad de la protagonista de una de las imágenes más célebres de la historia

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Entonces y ahora

Entonces y ahora

De niña fue fotografiada por Steve McCurry en un campo de Pakistán para ilustrar el reportaje sobre los refugiados afganos que la Geographic publicó en junio de 1985.

Steve McCurry

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En 2012 era madre de tres hijas

En 2012 era madre de tres hijas

Entre ellas Alia, de un año de edad.

Steve McCurry

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niña afgana madre de tres hijos. La familia de Sharbat Gula

La familia de Sharbat Gula

De izquierda a derecha, Zahida –la hija de tres años–, el matrimonio formado por Rahmat Gul y Sharbat Gula, la pequeña Alia y Kashar Khan, hermano de Sharbat.

Steve McCurry

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buscando a la niña afgana. En busca de la muchacha afgana

En busca de la muchacha afgana

Para ayudar en la búsqueda, los residentes más antiguos del campo de Nasir Bagh (derecha) hicieron circular la fotografía de McCurry.

Steve McCurry

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Thomas Musheno. La verdad está en los ojos

La verdad está en los ojos

Para verificar que Sharbat Gula era la niña afgana fotografiada por McCurry, Thomas Musheno, inspector forense del FBI, efectuó una comparación facial entre las fotos de finales de 1984 y las tomadas recientemente. «Estoy seguro al cien por cien de que es la misma persona», dijo.

Mark Thiessen

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John Daugman, inventor del reconocimiento automático por el iris . John Daugman

John Daugman

John Daugman, inventor del reconocimiento automático por el iris y profesor de informática en la universidad inglesa de Cambridge, determinó matemáticamente que los ojos pertenecen a una misma persona. Los dibujos del iris, como las huellas dactilares, son únicos y pueden ser utilizados en procesos de identificación.

Alexandra Boulat

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posible portada de afgan girl. Fondo para jóvenes afganas de National Geographic Society

Fondo para jóvenes afganas de National Geographic Society

En Afganistán hay muchas mujeres que quieren dar a sus hijas lo mismo que Sharbat Gula: educación. National Geographic Society ha decidido crear un fondo de ayuda, el Fondo para Jóvenes Afganas. La Sociedad trabajará en colaboración con las más acreditadas organizaciones sin ánimo de lucro para desarrollar oportunidades educativas destinadas a las niñas y las jóvenes afganas. Le invitamos a participar enviando un cheque a Afghan Girls Fund, Development Office, National Geographic Society, 1145 17th Street NW, Washington, DC 20036

Steve McCurry

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10 curiosidades sobre la foto "La niña afgana" de Steve McCurry

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Ella recuerda el momento. El fotógrafo la enfocó y disparó. Recuerda su enfado. Aquel hombre era un desconocido. Nunca la habían fotografiado, y hasta que volvieron a encontrarse diecisiete años más tarde, nadie había vuelto a hacerlo.También el fotógrafo recuerda el momento. Había una luz suave. El campo de refugiados en Pakistán era un océano de tiendas. En el interior de una de ellas, la de la escuela, aquella niña fue lo primero que llamó su atención. Al percibir su timidez, la abordó en último lugar. Ella accedió a posar. «No pensé que su fotografía sería diferente de cualquier otra que había hecho ese día», recuerda de aquella mañana de 1984 que pasó documentando la odisea de los refugiados de Afganistán.

El retrato de Steve McCurry resultó ser una de esas imágenes que llegan al alma, y en junio de 1985 apareció en la portada de esta revista. Sus ojos son verde mar y en su mirada, inquieta e inquietante, se puede leer la tragedia de un país asolado por la guerra. En National Geographic fue bautizada como «la muchacha afgana», y durante diecisiete años nadie supo su nombre.

En enero, un equipo del programa EXPLORER de National Geographic Television&Film acompañó a McCurry hasta Pakistán en busca de la chica de los ojos verdes. Mostraron su fotografía por todo Nasir Bagh, el campo de refugiados aún existente en las inmediaciones de Peshawar donde se había tomado la foto. Una maestra de la escuela dijo conocer su nombre: Alam Bibi. La joven fue localizada en una aldea cercana, pero McCurry determinó que no era ella.Así lo confirmó un hombre que sí conocía a la niña de la foto. En su infancia habían estado juntos en el campo. Dijo que había regresado a Afganistán hacía varios años y que ahora vivía en las montañas cercanas a Tora Bora. Se ofreció a ir a por ella. Tardaron tres días en llegar. El pueblo está a seis horas en coche más otras tres de caminata por una frontera que devora vidas humanas. Cuando McCurry la vio aparecer, se dijo: «Es ella».

Se llama Sharbat Gula, y es una pashto, la más belicosa de las tribus afganas. De los pashto se dice que sólo están en paz cuando hacen la guerra, y en los ojos de Sharbat –en los de entonces y en los de ahora– arde la fiereza. Tiene 28 años, quizá 29, o 30. Nadie, ni siquiera ella, lo sabe con certeza. Los datos fluctúan como la arena en un lugar donde no existen los registros. El tiempo y la adversidad han borrado la juventud de su rostro. Su piel parece de pergamino, las líneas geométricas de su mandíbula se han atenuado, pero sus ojos todavía fulguran. «Ha tenido una vida terrible –dijo McCurry–. Muchos aquí comparten su experiencia.» Revisemos las cifras: 23 años de guerra, 1,5 millones de muertos, 3,5 millones de refugiados. Ésta es la historia de Afganistán en el último cuarto de siglo. Examinemos ahora la fotografía de la joven con ojos verde mar, unos ojos que nos desafían y, sobre todo, nos perturban. No podemos apartar la mirada de ellos.

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«No hay una sola familia que no conozca el amargo sabor de la guerra», declaraba un joven comerciante afgano en el reportaje publicado por la Geographic en 1985 con la foto de Sharbat en portada. Era una niña cuando su país cayó en las garras de la invasión soviética. Una oleada de destrucción arrasó múltiples aldeas como la suya. Con seis o siete años vio morir a sus padres bajo las bombas. De día el cielo escupía terror. Por la noche enterraban a los muertos. Y a todas horas la atravesaba el espanto que le producía el ruido de los aviones. «Nos fuimos de Afganistán por los ataques –nos contó Kashar Khan, el hermano mayor, ahondando en la narración de su vida. Es un hombre enjuto, con cara de ave rapaz y ojos penetrantes–. Había rusos por todas partes. Mataban a la gente. No nos dejaron otra opción.» Guiados por su abuela, Kashar y sus cuatro hermanas huyeron a pie hasta Pakistán. Durante una semana caminaron a través de las montañas nevadas, mendigando mantas para calentarse. «Nunca sabías cuándo vendrían los aviones –rememoró–. Nos escondíamos en las cuevas.» El viaje, que empezó con la pérdida de sus padres y un recorrido a pie a través de las montañas, terminó en una tienda de un campo de refugiados, conviviendo con extraños.

Opresión en un campo de refugiados

«A las personas habituadas al medio rural, como Sharbat, les es difícil vivir en el entorno opresivo de un campo de refugiados –explicó Rahimullah Yusufzai, periodista paquistaní que hizo de intérprete para McCurry y el equipo de televisión–. Aquí no hay intimidad. Vives a merced de otras personas.» Peor aún, vives a merced de la política de otros países. «La invasión rusa destrozó nuestras vidas», concluyó el hermano. Ésta es la tragedia actual de Afganistán. Invasión. Resistencia. Invasión. ¿Se cerrará el ciclo algún día? «Cada cambio de gobierno reaviva la esperanza –dijo Yusufzai–. Y cada vez, el pueblo afgano se ha visto traicionado por sus líderes o por unos intrusos que proclamaban ser sus amigos y salvadores.» A mediados de los años noventa, durante un cese de las hostilidades, Sharbat Gula regresó a su aldea natal en la falda de unas montañas tapizadas de nieve. Vivir en este poblado de color tierra, al final de un angosto sendero, significa subsistir, nada más. Hay bancales con cultivos de maíz, trigo y arroz, algunos nogales y un riachuelo que se precipita monte abajo, excepto en épocas de sequía, pero no hay escuela, consultorio médico, carreteras o agua corriente.

Según su propio hermano, nunca ha conocido la felicidad, quizá con la excepción del día de su boda

Así transcurre a grandes rasgos un día en la vida de Sharbat. Se levanta antes del alba y reza sus oraciones. Va a buscar agua al arroyo. Cocina, limpia, hace la colada. Cuida de sus hijas, que son el centro de su existencia. Robina tiene trece años; Zahida, tres; Alia, la pequeña, uno. Una cuarta hija murió en la primera infancia. Según su hermano, nunca ha conocido un instante de felicidad, salvo quizás el día de su boda. Su marido, Rahmat Gul, es un hombre de constitución menuda, con una sonrisa luminosa como un faro al anochecer. Sharbat recuerda haberse casado a los trece años. No, la corrige él, había cumplido los dieciséis. Fue un matrimonio concertado. Rahmat vive en Peshawar (en Afganistán escasea el empleo) y trabaja en una panadería.

Corre con los gastos médicos de la familia; el dólar diario que gana se esfuma como el humo. El asma de su mujer, que no tolera el calor y la polución de Peshawar en verano, limita su estancia en la ciudad junto a su esposo a los meses de invierno. El resto del año vive en las montañas. Yusufzai comentó que a los trece años debió de abrazar el purdah, la vida de reclusión adoptada por muchas mujeres islámicas al llegar a la pubertad. «Dejan de mostrarse en público», dijo. En la calle viste un burka de color morado que la aísla del mundo y de las miradas de cualquier hombre que no sea su marido. «Es una prenda hermosa, no una maldición», puntualizó. Al ser entrevistada, se refugió tras el chal negro que envolvía su rostro, como si al hacerlo intentara evaporarse. Sus ojos despedían ira. No tenía costumbre de someterse a las preguntas de unos extraños.

¿Se había sentido segura alguna vez? «No. Pero se vivía mejor con los talibanes. Al menos había paz y orden.»

¿Llegó a ver su fotografía de niña? «No.»

Sharbat Gula puede escribir su nombre, pero no sabe leer. Abriga la esperanza de dar a sus hijas una educación. «Quiero que mis pequeñas tengan cultura –dijo–. Me hubiera gustado terminar los estudios, pero no pudo ser. Lo sentí mucho cuando tuve que emigrar.» Dice un proverbio afgano que la educación es la luz que ilumina los ojos. A ella le han negado esa luz, y posiblemente también sea demasiado tarde para su hija de trece años, pero las otras dos aún tienen una oportunidad. La reunión de la mujer de los ojos verdes con el fotógrafo estuvo presidida por la reserva. En el universo de las mujeres casadas, la tradición cultural es estricta. No debía mirar, y menos aún sonreír, a ningún hombre que no fuera su esposo. Según McCurry, su rostro se mantuvo inexpresivo. Sharbat no comprende por qué su retrato ha conmovido al mundo de tal modo. Ignora el poder de esos ojos.

¡Pensar que había tan pocas probabilidades! Pocas probabilidades de que estuviera viva. De que lograsen encontrarla. De que hubiera resistido a la adversidad. Sin duda, el espíritu puede llegar a atrofiarse frente a tantas vicisitudes. Le preguntaron cómo había sobrevivido. La respuesta brotó impregnada de una certeza inquebrantable. «Ha sido la voluntad de Dios», dijo Sharbat Gula. Vi sus ojos por el objetivo de la cámara. Siguen siendo los mismos. Tiene la tez curtida, surcada de arrugas, pero esta mujer es tan asombrosa como la niña que fotografié hace 17 años. Entonces y ahora, nos comunicamos a través de la lente. Esta vez le resultó más fácil mirar al objetivo que a mí. Como mujer casada, no debe posar los ojos en un hombre que no sea su marido. Nuestra conversación fue breve, y en ella no afloró emoción alguna. Le expliqué el enorme impacto que ha tenido su fotografía. He recibido cartas de personas de todo el mundo que, inspiradas por aquella imagen, han trabajado como voluntarias en campos de refugiados o realizado tareas humanitarias en Afganistán.

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Cuando vio la foto por primera vez, se avergonzó de los agujeros del chal rojo. Dijo que se lo había quemado en unos fogones. Le satisface haber sido fuente de inspiración, pero no creo que la fotografía signifique nada para ella. Lo único que le importa son su marido y sus hijas. Recuerdo el estruendo y la confusión en este campo de refugiados hace 17 años. Sabía que las muchachas afganas, a quienes les faltaban sólo unos años para desaparecer tras el velo tradicional, podían ser reacias a dejarse retratar por un occidental del sexo masculino. Así pues, pedí permiso a la maestra para entrar en la escuela y hacer un reportaje de sus alumnas. Sharbat, la más tímida de todas, dijo que podía fotografiarla, y le disparé varias tomas. Cuando vi la película, me sorprendió el clima de silencio y sosiego que reflejaba. En aquella época los soviéticos llevaban cinco años en suelo afgano, era pues un momento concreto en el tiempo. Sin embargo, la fotografía reflejaba un momento intemporal. Se extendió la idea de que la imagen era emblemática de lo que estaba ocurriendo en Afganistán. Pero mucha gente ignora el contexto histórico de la fotografía, y aun así reacciona ante esa mirada.

Me reconforta saber que aquella muchacha ha sobrevivido y ha logrado forjarse una vida. Espero que el hecho de haberla encontrado sea beneficioso para ella y su familia. Me gustaría que dentro de diez años mire atrás y se alegre de esta circunstancia. Por mi parte, tengo intención de seguir sus pasos el resto de mi vida. El gobierno local va a desmantelar el campo de refugiados para construir una urbanización. Habría resultado imposible localizarla dentro de un año, pues para dar con ella sólo disponíamos de unos contactos en el campo. Afganistán ha pasado las dos últimas décadas en el peor oscurantismo. La reaparición de esta mujer tal vez sea profética, un signo esperanzador. Habrá que esperar para saberlo.