Informe especial

La crisis alimentaria

El fin de la abundancia: el consumo mundial de alimentos supera con creces la producción.

crisisalimentaria

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10 de agosto de 2009

Es el más simple y natural de los actos, como respirar o caminar erguidos. Nos sentamos a la mesa, cogemos el tenedor y pinchamos un buen bocado, sin prestar atención a la procedencia de lo que tenemos en el plato, la carne viene de Irlanda; las verduras, de Marruecos; los plátanos no siempre son de Canarias, sino de Brasil o de Costa Rica; la mantequilla, de Dinamarca, y las manzanas, de China. La sociedad moderna nos ha librado de la carga de sembrar, cosechar e incluso de hornear el pan nuestro de cada día, obligándonos a cambio a pagar por él. Sólo prestamos atención cuando suben los precios. Y nuestra falta de atención puede tener graves consecuencias. El año pasado, la galopante subida del precio de los alimentos fue una señal de alarma para todo el planeta. Entre 2005 y el verano de 2008, los precios del trigo y del maíz se triplicaron, y el del arroz se multiplicó por cinco, lo que causó disturbios en más de 20 países y sumió en la pobreza a 75 millones de personas más. Pero, a diferencia de otras crisis anteriores causadas por una escasez a corto plazo, esta subida de los precios coincide con un año en que la cosecha de cereales ha sido excepcional en todo el mundo. Esta vez, el alza de los precios fue un síntoma de un problema más grave que está tensando la red mundial de producción de alimentos y que no se resolverá en un futuro próximo. En palabras sencillas, puede decirse que durante buena parte de la última década el mundo ha consumido más comida de la que ha producido. Tras años de recurrir a las reservas almacenadas, el mundo comprobó en 2007 que éstas habían caído y sólo alcanzaban para sustentar a la población mundial durante 61 días, la segunda cifra más baja registrada hasta el momento.

«El crecimiento de la productividad agrícola es de apenas un 1 o un 2 % anual –advirtió en el peor momento de la crisis Joachim von Braun, director general del Instituto Internacional de Investigación sobre Políticas Alimentarias, ubicado en Washington, D.C.–. No es suficiente para hacer frente al crecimiento de la población y satisfacer el aumento de la demanda.»

La subida de los precios es el signo más claro de que la demanda está superando la oferta, que sencillamente no hay suficiente comida. Esa «agflación» (neologismo que designa el aumento de los precios en el sector agrícola) afecta con particular dureza a los mil millones de personas que se cuentan entre las más pobres del planeta, y que gastan entre el 50 y el 70 % de sus ingresos en comida. Aunque los precios han bajado a con­secuencia de la crisis económica, se mantienen aún muy cerca de niveles récord, y los problemas de fondo (reducción de las reservas, crecimiento de la población, aumento insuficiente de la productividad) siguen sin resolverse. Se prevé que el cambio climático, con estaciones más calurosas y una progresiva escasez de agua, reduzca las futuras cosechas en gran parte del mundo, lo que aviva el fantasma de una crisis alimentaria permanente.

¿Qué tendrá que hacer entonces un mundo caluroso, superpoblado y hambriento? A esta pregunta intentan responder Von Braun y sus colegas del Grupo Consultor sobre Investigación Agrícola Internacional, una red de centros de investigación agrícola de prestigio mundial que, entre mediados de los años cincuenta y me­­diados de los noventa, ha contribuido a duplicar la producción media mundial de maíz, arroz y trigo, una hazaña extraordinaria conocida como la «revolución verde». Pero ahora que la población mundial se encamina hacia los 9.000 millones de habitantes para mediados de este siglo, estos expertos dicen que necesitamos repetir la proeza y duplicar la producción actual antes de 2030. En otras palabras, necesitamos otra revolución verde en la mitad de tiempo.

Desde que nuestros antepasados, hace cerca de 12.000 años, abandonaron la caza y la recolección para sembrar y cosechar los campos, la mejora de las técnicas agrícolas (domesticación de animales, técnicas de regadío, cultivo de arroz en terrenos inundados…) ha ido pareja a un sig­­nificativo aumento de la población mundial. Y cada vez que la oferta de alimentos se estancaba, el crecimiento de la población también se estabilizaba. Los antiguos escritores árabes y chinos ya habían observado la relación entre población y recursos alimentarios; pero sólo a finales del siglo XVII un estudioso británico intentó explicar el mecanismo exacto que vincula ambos factores, y acabó convirtiéndose quizás en el pensador más vilipendiado de la historia.

Thomas Robert Malthus, que ha dado nombre a conceptos tales como «colapso malthusiano» o «catástrofe malthusiana», era clérigo y matemático, y, según sus críticos, el típico pesimista que siempre ve la botella medio vacía. Cuando los filósofos de la Ilustración, entusiasmados por el éxito de la Revolución Francesa, comenzaron a predecir la imparable superación de la condición humana, Malthus los detuvo en seco. Según sus observaciones, la población humana crece, si nada se lo impide, en progresión geométrica, duplicándose aproximadamente cada 25 años, mientras que la producción agrícola aumenta en progresión aritmética, y por tanto mucho más lentamente. Una especie de trampa biológica que la humanidad jamás podría eludir.

«El poder de la población es infinitamente más grande que la capacidad de la tierra de producir el sustento para el hombre –escribió Malthus en su Ensayo sobre el principio de la población, publicado en 1798–. Esto implica que la dificultad para la subsistencia ejerce una constante presión restrictiva sobre la población.» Malthus pensaba que esa presión podía ser vo­­luntaria, mediante el control de la natalidad, la abstinencia sexual o el retraso de la edad para el matrimonio, o involuntaria, como las guerras, el hambre y las epidemias. Sostenía que sólo los más pobres debían recibir ayuda alimentaria, porque creía que con la asistencia pública sólo se conseguía que nacieran más niños en la miseria.

La revolución industrial y la expansión de las tierras cultivadas incrementaron de forma es­­pectacular los recursos alimentarios en Inglaterra, lo que relegó a Malthus y su teoría al olvido. Pero lo que de verdad convirtió al clérigo en el hazmerreír de los economistas modernos fue la revolución verde. Desde 1950 hasta el presente el mundo ha conocido el mayor crecimiento demográfico de la historia humana. Después de la época de Malthus, otros 6.000 millones de personas se sentaron a la mesa del planeta. Y gracias a los avances en las técnicas de producción de cereales, fue posible dar de comer a la mayoría. Finalmente, habíamos desmentido la existencia de los límites malthusianos.

O al menos eso creíamos.

La decimoquinta noche del noveno mes del calendario lunar chino, 3.680 habitantes de la aldea de Yaotian se sentaron bajo una carpa en la plaza para compartir el tradicional banquete en honor de los ancianos, compuesto de 13 platos. Grandes soperas de caldo humeante pasaban entre los comensales, así como fuentes de fideos, arroz, pescado, camarones, verduras al vapor, dim sum, pato, pollo, raíces de loto, pichón, setas negras y carne de cerdo, todo ello cocinado de infinitas maneras.

Incluso en plena recesión mundial, la situación sigue siendo relativamente favorable en la provincia sudoriental de Guangdong, donde se encuentra Yaotian, entre huertos y bloques de fábricas que han convertido la zona en una de las más prósperas de China. En tiempos de prosperidad los chinos comen carne de cerdo en abundancia. Entre 1993 y 2005, el consumo por habitante en el país más poblado del mundo aumentó un 45 %, de 24 a 34 kilos al año.

Shen Guangrong, un hombre de negocios que colabora como asesor en el sector porcino, recuerda que su padre criaba un cerdo todos los años y lo mataba para la fiesta del Año Nuevo. Era la única carne que la familia comía en 12 meses. Los cerdos del padre de Shen eran de una raza blanca y negra, una variedad resistente que no precisaba muchas atenciones y comía de todo. Pero los cerdos de la China moderna son otro cantar. Tras los sucesos de Tiananmen en 1989, punto culminante de un año de tensiones exacerbadas por el elevado precio de los alimentos, el gobierno empezó a ofrecer incentivos fiscales a las grandes granjas industriales para satisfacer la creciente demanda. Shen fue asignado a uno de los primeros centros de engorde de cerdos de China, en la cercana Shenzhen. En este tipo de explotaciones, que han proliferado en los últimos años, se crían razas especiales donde los animales son alimentados con piensos de alta tecnología preparados con maíz, harina de soja y suplementos para lograr un engorde rápido.

Los efectos son positivos para el chino medio, que aprecia la carne de cerdo y aun así come sólo alrededor del 40 % de la carne que consume un estadounidense. Pero supone un duro golpe para las reservas de cereales del planeta, porque, por muy bueno que esté el cerdo con salsa agridulce, comer carne es un modo extremadamente ineficiente de alimentarse. Para obtener de la carne de cerdo la misma cantidad de calorías que proporciona un kilo de cereales, hay que dar de co­­mer al animal cinco kilos de cereales. Al destinar cada vez más cereales a la alimentación del ganado y a la producción de biocombustibles, el consumo mundial de cereales pasó de 815 mi­­llones de toneladas en 1960 a 2.160 millones en 2008. Desde 2005, la fiebre de los biocombustibles ha hecho que aumente el consumo de cereales entre 20 y 50 millones de toneladas al año, aunque la tendencia podría cambiar debido a un menor interés por el etanol.

Ni siquiera China, segundo productor mundial de maíz, puede producir suficiente grano para alimentar a sus cerdos. La mayor parte del déficit lo cubre con soja importada de Estados Unidos o de Brasil, uno de los pocos países con posibilidades de expandir sus cultivos, aunque a costa de talar la selva. La demanda creciente de alimentos, pienso y biocombustibles ha sido uno de los principales motores de la deforestación en los trópicos. Entre 1980 y 2000, más de la mitad de las nuevas tierras cultivables en las regiones tropicales han sido arrebatadas al bosque lluvioso. Sólo en Brasil, las hectáreas destinadas al cultivo de soja en la Amazonia aumentaron un 10 % anual entre 1990 y 2005.

Parte de esa soja brasileña puede acabar en los comederos de las granjas Guangzhou Lizhi, el mayor centro de engorde de la provincia de Guangdong. Las 60 naves donde viven los cerdos se extienden junto a extensos estanques que forman parte del sistema de procesamiento de los residuos producidos por 100.000 animales. La ciudad de Guangzhou está construyendo además una flamante planta envasadora de carne donde se sacrificarán 5.000 cerdos al día. Algunos ex­­pertos pronostican que cuando China alcance los 1.500 millones de habitantes, en algún mo­­mento de los próximos 20 años, necesitará otros 200 millones de cerdos para mantener el ritmo del consumo. Y estamos hablando sólo de China. Se prevé que el consumo mundial de carne se duplicará antes de 2050. Eso significa que necesitaremos muchísimo más cereal.

No es la primera vez que el mundo se encuentra al borde de una crisis alimentaria. Con 83 años, Gurcharan Singh Kalkat tiene edad suficiente para recordar una de las peores hambrunas del siglo XX. En 1943, hasta cuatro millones de personas murieron en la «corrección malthusiana» conocida como hambruna de Bengala. Durante los dos decenios siguientes, la India tuvo que importar millones de toneladas de cereal para alimentar a su pueblo.

Entonces llegó la revolución verde. A mediados de los años sesenta, mientras la India era presa de otra nefasta sequía, un agrónomo estadounidense llamado Norman Borlaug empezó a colaborar con investigadores indios para llevar al Punjab sus variedades de trigo de alto rendimiento. Las nuevas semillas fueron un regalo del cielo, recuerda Kalkat, entonces director adjunto del Departamento de Agricultura del estado de Punjab. En 1970 los agricultores, con el mismo trabajo, casi habían triplicado la producción. «Tuvimos un gran problema porque no sabíamos qué hacer con el superávit –explica Kalkat–. Cerramos las escuelas un mes antes de lo normal, para almacenar el grano.»

Nacido en Iowa, Borlaug pretendía llevar a las regiones más pobres del planeta las técnicas agrícolas de alta productividad que habían transformado el Medio Oeste de Estados Unidos en uno de los graneros del mundo. Sus nuevas variedades enanas de trigo, con tallos robustos capaces de sostener grandes espigas cargadas de grano, fueron un avance increíble. Producían más que ninguna otra variedad de trigo conocida, siempre que hubiera agua en abundancia, fertilizantes químicos y pocos insectos y malas hierbas. Para que así fuera, el gobierno de la India subvencionó canalizaciones, fertilizantes y la perforación de pozos abisinios para regadío, y proporcionó a los agricultores electricidad gratuita para bombear el agua. Las nuevas variedades de trigo se difundieron rápidamente por toda Asia y cambiaron los tradicionales métodos de cultivo. Poco después llegaron las nuevas va­­riedades de arroz «milagroso». Gracias a la ma­­duración más rápida, los agricultores obtenían dos cosechas al año en lugar de unasola. Hoy, la doble cosecha de trigo, arroz y algodón es la norma en el Punjab, que, junto al vecino estado de Haryana, suministra más del 90 % del trigo consumido por los estados de la India incapaces de cubrir su propia demanda de cereales.

La revolución verde iniciada por Borlaug nada tenía que ver con lo que hoy se entiende por verde, en el sentido de respeto al medio am­­biente. El uso de fertilizantes sintéticos y plaguicidas en monocultivos (extensas plantaciones de un único cultivo) es la antítesis de la agricultura biológica tan en boga en nuestros días. La frase «revolución verde» fue acuñada en 1968 por William S. Gaud, entonces administrador de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, como una alternativa a la revolución roja de Rusia, y tuvo tal éxito que en 1970 le valió a Borlaug el Premio Nobel de la Paz.

En el Punjab de hoy, sin embargo, el milagro de la revolución verde ha terminado. El crecimiento de la productividad prácticamente se ha estancado desde mediados de los años noventa. El regadío excesivo ha provocado un acusado descenso de la capa freática, explotada ahora por 1,3 millones de pozos abisinios, al tiempo que miles de hectáreas de suelo productivo se han perdido a causa de la salinización o la saturación de agua. Cuarenta años de regadío y de un uso intensivo de fertilizantes y plaguicidas han dejado su huella en los grises suelos limosos del Punjab, y en algunos casos, también en su gente.

En Bhuttiwala, un poblado de 6.000 habitantes, un anciano llamado Jagsir Singh cita otros efectos nefastos: «En los últimos cuatro años hemos tenido 49 muertes por cáncer, la mayoría de jóvenes. El agua no es buena, es venenosa. Pero la gente la sigue bebiendo».

Tras recorrer las estrechas callejuelas, Singh me presenta a Amarjeet Kaur, una mujer que du­­rante años sacó el agua para cubrir las necesidades diarias de su familia de una bomba manual en el complejo donde vive. El año pasado (ahora tiene 40) le diagnosticaron cáncer de mama. Tej Kaur, de 50 años, padece la misma enfermedad. Asegura que la cirugía no ha sido ni de lejos tan dolorosa como perder a su nieto de siete años, víctima de leucemia. Jagdev Singh es un chico de 14 años cuya columna vertebral sufre un lento proceso degenerativo. «Los médicos pronostican que no llegará a los 20 años», dice su padre.

No hay pruebas de que los plaguicidas hayan causado esos casos de cáncer, pero los investigadores han detectado restos de esas sustancias en la sangre de los campesinos del Punjab, en el agua que beben, en las verduras que comen y en la leche materna. Son tantos los que toman el tren en la región de Malwa para ir al hospital oncológico de Bikaner, que lo llaman el Expreso del Cáncer. El gobierno ha invertido millones en la instalación de plantas de tratamiento del agua por ósmosis inversa en los poblados más afectados.

Por si todo eso fuera poco, el elevado coste de los fertilizantes y plaguicidas ha endeudado a muchos agricultores punjabíes. Un estudio registró más de 1.400 suicidios de agricultores en 93 poblados entre 1988 y 2006.

«La revolución verde no nos ha traído más que desolación –afirma Jarnail Singh, maestro jubilado del poblado de Jajjal–. Ha arruinado nuestro suelo, el entorno y los acuíferos. Antes había fiestas en los pueblos y la gente se reunía para divertirse. Ahora nos reunimos en los hospitales.»

Otros, por supuesto, ven un panorama muy distinto. Rattan Lal, edafólogo de la Universidad del Estado de Ohio que se graduó en la Universidad Agrícola del Punjab en 1963, sostiene que la mayoría de los problemas derivan del abuso, y no del uso, de las técnicas de la revolución verde. Es decir, el empleo excesivo de fertilizantes, plaguicidas y agua de riego, así como la eliminación de los residuos de las cosechas, que priva al suelo de sus nutrientes. «No niego que haya problemas de calidad y escasez de agua –admite–, pero la revolución verde salvó a millones de personas. Hemos pagado un precio en agua, pero la otra opción era dejar morir a la gente.»

En términos productivos, los beneficios de la revolución verde difícilmente se pueden negar. La India no ha vuelto a padecer una hambruna desde que Borlaug introdujo sus semillas, y la producción mundial de cereales se ha más que duplicado. Según algunos investigadores, el hecho de que hoy haya 700 millones de personas más en el planeta se debe al incremento de la producción de arroz.

Muchos científicos y agricultores creen que la solución a la actual crisis alimentaria es una segunda revolución verde, basada sobre todo en los nuevos conocimientos de la genética. Ya se conoce la secuencia casi completa de los cerca de 50.000 genes que componen el genoma del maíz y de la soja. Robert Fraley, principal director tecnológico del gigante agrícola Monsanto, está convencido de que la ingeniería genética, que permite a los fitogenetistas mejorar los cultivos añadiéndoles rasgos beneficiosos de otras especies, producirá nuevas variedades caracterizadas por una mayor productividad, menor necesidad de fertilizantes y mayor tolerancia a la sequía.

África, con sus suelos agotados, sus lluvias caprichosas y su población en aumento, bien podría ofrecernos un adelanto del futuro que aguarda a nuestra especie. Por numerosas razones (falta de infraestructuras, corrupción y mercados inaccesibles), la revolución verde nunca llegó al continente africano. De hecho, entre 1970 y 2000 en el África subsahariana la producción agrícola per cápita disminuyó, mientras que la población se multiplicaba, dejando un promedio de diez millones de toneladas anuales de déficit alimentario. Más de la cuarta parte de la población más hambrienta del mundo vive hoy en África.

El diminuto estado de Malawi, sin salida al mar y bautizado como «el cálido corazón de África», es también su corazón hambriento, el paradigma de los problemas agrícolas del continente. Habitantes de uno de los países más pobres y más densamente poblados de África, la mayoría de los 13 millones de malawianos cultiva maíz y vive con menos de dos euros al día. En 2005 las lluvias volvieron a eludir Malawi, y más de un tercio de la población necesitó ayuda alimentaria para sobrevivir. El presidente de la nación, Bingu wa Mutharika, declaró que no había sido elegido para gobernar un país de mendigos. Tras un primer intento fallido de convencer al Banco Mundial y a otros donantes para que contribuyeran a financiar proyectos inspirados en la revolución verde, el propio Bingu decidió invertir 43 millones de euros de las arcas del Estado para proporcionar semillas híbridas y fertilizantes a los agricultores pobres. Finalmente, el Banco Mundial se unió a la iniciativa y consiguió que Bingu destinara los subsidios a los agricultores más necesitados. Alrededor de 1,3 millones de familias recibieron cupones que les permitieron comprar tres kilos de semillas de maíz híbrido y dos sacos de 50 kilos de fertilizantes a un tercio de su precio de mercado.

Lo que sucedió a continuación se conoce co­­mo el «milagro de Malawi». Gracias a las semillas de buena calidad, un poco de fertilizante y el regreso de las lluvias, los campesinos lograron cosechas extraordinarias en los dos años siguientes. Se calculó que la de 2007 fue de 3,44 millones de toneladas, un récord nacional. «Pasaron de un déficit del 44 % a un superávit del 18 %, duplicando la producción –explica Pedro Sánchez, director del Programa de Agricultura Tropical de la Universidad de Columbia y asesor del gobierno de Malawi para el programa–. Al año siguiente tuvieron un superávit del 53 % y exportaron maíz a Zimbabwe. Fue un cambio espectacular.»

Tan espectacular, de hecho, que puso de ma­­nifiesto la importancia de las inversiones en agricultura para reducir la pobreza y el hambre en países como Malawi. En octubre de 2007, el Banco Mundial publicó un informe crítico con sus propias políticas en el que concluía que la agencia, los donantes internacionales y los gobiernos africanos no habían dado ayudas suficientes a los agricultores pobres africanos y que llevaban 15 años descuidando la inversión en agricultura. Después de haber desaconsejado durante decenios las inversiones públicas en agricultura y recomendar soluciones basadas en el libre mercado que rara vez se materializaban, instituciones como el Banco Mundial han cambiado su rumbo y en los últimos dos años han empezado a aportar fondos a la agricultura.

El programa de subsidios de Malawi forma parte de un movimiento más amplio para llevar por fin a África la revolución verde. Desde 2006, la Fundación Rockefeller y la Fundación Bill y Melinda Gates han contribuido a financiar, con casi 500 millones de dólares, la Alianza por la Revolución Verde en África, centrada en llevar programas de mejora genética vegetal a las universidades africanas y suficientes fertilizantes a los campos. Sánchez, de la Universidad de Columbia, junto con el destacado economista y adalid contra la pobreza Jeffrey Sachs, ofrece ejemplos concretos de los beneficios de ese tipo de inversión en 80 pequeñas localidades agrupadas en una docena de «Aldeas del Milenio», distribuidas por varias regiones de África azotadas por el hambre. Con la ayuda de unas cuantas estrellas del rock y del cine, Sánchez y Sachs invierten unos 300.000 dólares al año en cada aldea. Eso representa, por persona, un tercio del PIB per cápita de Malawi. Muchos de los que trabajan en el área del desarrollo se preguntan si será posible mantener el programa a largo plazo.

Phelire Nkhoma es la encargada del programa agrícola en una de las dos Aldeas del Milenio de Malawi en la que viven 35.000 personas. Me describe el programa mientras nos desplazamos en una furgoneta nueva de la ONU desde su oficina, en el distrito de Zomba, a través de campos ennegrecidos por un incendio reciente y moteados con las violetas pinceladas de las jacarandas. Los aldeanos reciben gratuitamente semillas hí­­bridas y fertilizantes, con la única condición de que cuando llegue la cosecha donen tres sacos de maíz al programa de comedores escolares. También obtienen mosquiteras y fármacos contra la malaria, y disponen de una clínica con personal sanitario, un granero para guardar la cosecha y pozos de agua potable a menos de un kilómetro de cada una de las viviendas. El programa prevé la mejora de las escuelas y de las carreteras, y conexión a la red eléctrica y a Internet.

Son buenos tiempos para la Aldea del Milenio, donde Nkhoma me muestra casas nuevas de ladrillos con techos de chapa, un granero lleno de semillas y fertilizantes, y, debajo de un árbol frondoso, un centenar de hombres escuchando las explicaciones de un banquero sobre cómo solicitar un crédito agrícola.

Faison Tipoti, el jefe del poblado, se esforzó por traer el famoso proyecto a la aldea. «Cuando Jeff Sachs vino y nos preguntó qué queríamos, le respondimos que no nos diera dinero, ni ha­­rina, sino semillas híbridas y fertilizante –me cuenta–. Gracias al proyecto, tenemos además agua limpia y fresca.»

Es justo preguntarse si una repetición de la revolución verde (con sus fertilizantes sintéticos, plaguicidas y sistemas de regadío, y la novedad de las semillas modificadas genéticamente) resolvería la crisis alimentaria mundial. Según un estudio publicado el año pasado por iniciativa del Banco Mundial y de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) bajo el título «Evaluación internacional del papel del conocimiento, la ciencia y la tecnología en el desarrollo agrícola», el enorme incremento de la producción propiciado por la ciencia y la tecnología en los últimos 30 años no ha servido para mejorar el acceso a los alimentos de muchos de los pobres del mundo. El estudio, de seis años de duración y en el que han participado 400 expertos de todo el mundo, propone un cambio en el sector que conduzca a la adopción de prácticas más sostenibles y respetuosas con el medio ambiente, beneficiosas para los 900 millones de pequeños agricultores del mundo y no sólo para la gran industria agrícola.

Al legado de los suelos contaminados y los acuíferos agotados de la revolución verde hay que añadir la dependencia de los combustibles fósiles. El gas natural, por ejemplo, es uno de los componentes de los fertilizantes nitrogenados. «El único modo de que un solo agricultor alimente a 140 estadounidenses es con monocultivos –dice el profesor Michael, de la Universidad de California en Berkeley–. Y los monocultivos requieren gran cantidad de fertilizantes y plaguicidas derivados de combustibles fósiles. Eso aún era posible en una época de hidrocarburos baratos, pero esa época está llegando a su fin.»

Hasta ahora, los posibles avances en ingeniería genética capaces de mitigar la fuerte dependencia de los cultivos de la revolución verde respecto al regadío y los fertilizantes no se han materializado. Modificar las plantas para que fijen el nitrógeno por sí mismas o resistan mejor la sequía «ha resultado más difícil de lo que se creía», admite Pollan. Fraley, de Monsanto, pronostica que su compañía sacará al mercado estadounidense maíz resistente a la sequía antes de 2012. Pero la producción prevista para los años secos es apenas entre un 6 y un 10 % superior a la de las variedades corrientes, que sufren con la sequía.

Así pues, la atención ya ha empezado a desplazarse hacia pequeños proyectos con escasa financiación, dispersos por África y Asia. Algunos los llaman agroecología, otros, agricultura sostenible, pero la idea que los inspira es revolucionaria: no concentrarnos en el mero incremento de la productividad a cualquier precio, sino considerar las repercusiones ambientales y sociales de la agricultura. Vandana Shiva, física nuclear reconvertida en agroecologista, es una de las críticas más despiadadas de la revolución verde en la India. «Yo lo llamo el monocultivo mental –dice–. Sólo pueden pensar en la producción de trigo y arroz, pero la cesta de alimentos es cada vez más pobre. Antes de la revolución verde, en el Punjab había 250 cultivos distintos.» Shiva sostiene que las explotaciones agrícolas más pequeñas y biológicamente diversificadas pueden producir más alimentos usando menos productos derivados del petróleo. Sus investigaciones han demostrado que el uso de compost, en lugar de fertilizantes derivados del gas natural, aumenta la materia orgánica en el suelo, lo que retiene el carbono y la humedad, dos ventajas cruciales en tiempos de cambio climático.

En el norte de Malawi hay un proyecto que está obteniendo resultados muy similares al de las Aldeas del Milenio, pero a unos costes muy reducidos. Aquí, en el poblado de Ekwendeni, no hay semillas de maíz híbrido, ni fertilizantes gratuitos, ni carreteras nuevas. En lugar de eso, el proyecto Suelos, Alimentos y Comunidades Saludables (SFHC por sus siglas en inglés) distribuye semillas de leguminosas, difunde recetas y ofrece asesoramiento técnico para cultivar pro­ductos nutritivos como los cacahuetes, el guandú y la soja, los cuales enriquecen el suelo (fijando el nitrógeno) y mejoran la dieta de los niños. El programa se inició en el año 2000 en el hospital de Ekwendeni, donde se registraban índices muy altos de malnutrición. Los estudios indicaron que el culpable era el monocultivo de maíz, que había reducido la productividad de los pequeños agricultores a causa del agotamiento de los suelos y el elevado precio de los fertilizantes.

Boyd Zimba, asistente de coordinación del proyecto, y Zacharia Nkhonya, supervisor de seguridad alimentaria, recorren en furgoneta la accidentada carretera, hablando de lo que consideran los aspectos negativos del milagro de Malawi. «En primer lugar, la subvención para fertilizantes no puede durar mucho más –dice Nkhonya–. En segundo lugar, no alcanza para todos. Y en tercer lugar, sólo llega una vez al año, mientras que el beneficio de las leguminosas es a largo plazo: los suelos mejoran de año en año, a diferencia de lo que sucede con los fertilizantes.»

En el pequeño poblado de Encongolweni, un grupo de agricultores del SFHC nos recibe con una canción sobre los platos que preparan con soja y guandú. En su centro de reuniones, nos hablan de lo mucho que ha cambiado sus vidas el cultivo de leguminosas. La historia de Ackim Mhone es ilustrativa. Mediante la rotación de sus cultivos con leguminosas, ha duplicado la producción de maíz en su pequeña parcela y ha reducido a la mitad el uso de fertilizantes. Con los ahorros, ha podido comprar animales y mejorar su casa. Una investigación canadiense observó que, en un plazo de ocho años, los niños de más de 7.000 familias participantes en el proyecto presentaban un significativo aumento de peso, lo que confirmaba la relación entre la salud del suelo y la de los malawianos.

Por eso, a Rachel Bezner Kerr, coordinadora de investigación del proyecto, le resulta alarmante que las fundaciones con más recursos estén promoviendo una nueva revolución verde en África. «Ésta no es la solución –afirma–. Me pa­­rece muy preocupante. Con eso sólo logran que los agricultores dependan de suministros caros, procedentes de lugares lejanos y que generan ingresos para las grandes empresas, en lugar de fomentar los métodos sostenibles, que aprovechan los recursos y las habilidades locales.»

Sea cual fuere el modelo que acabe por imponerse (la agricultura como práctica ecológica diversificada, como industria de alta tecnología o como una combinación de ambas), la perspectiva de lograr suficiente comida en la mesa de 9.000 millones de personas para el año 2050 es abrumadora. Ya hoy son 2.000 millones de personas las que viven en las regiones más áridas del planeta, y se prevé que el cambio climático aumente la aridificación y rebaje todavía más la productividad agrícola de esas zonas. Por muy alto que sea su potencial productivo, las plantas necesitan agua para crecer. Y en un futuro no muy lejano, cada año puede ser un año de sequía en gran parte del planeta.

Estudios recientes del clima indican que las olas de calor extremo, como la que en 2003 ma­­logró las cosechas y se cobró miles de víctimas en Europa occidental, probablemente serán muy frecuentes en las regiones tropicales y subtropicales antes del final del siglo. Los glaciares del Himalaya que hoy suministran agua a cientos de millones de personas, así como al ganado y las tierras agrícolas en China y la India, se están fundiendo con rapidez y podrían desaparecer por completo antes de 2035. En el peor de los casos, la producción de algunos cereales podría reducirse entre un 10 y un 15 % en el sur de Asia meridional antes de 2030. Los pronósticos son aún más sombríos para el sur de África, una re­­gión que ya padece escasez de agua e inseguridad alimentaria, donde la cosecha de maíz, un bien fundamental, podría disminuir entre un 30 y un 47 % si se cumplen los peores augurios. Mientras tanto, sigue sonando el tic-tac del reloj demográfico a un ritmo de 2,5 bocas más que alimentar cada segundo, lo que significa unas 4.500 más en el tiempo que se emplea en leer este artículo.

Y todo esto nos conduce, inevitablemente, de nuevo a Malthus.

En un frío día de otoño visito la Biblioteca Británica para consultar la primera edición del libro que aún suscita encendidos debates. El Ensayo sobre el principio de la población de Malthus parece un libro de texto. Su prosa firme y clara da voz a un humilde párroco que esperaba, por encima de todo, estar equivocado.

«Los que dicen que Malthus se equivocaba es porque no lo han leído –afirma Tim Dyson, profesor de demografía de la Escuela de Economía de Londres–. Su punto de vista no era muy diferente del que asumió Adam Smith en el primer volumen de La riqueza de las naciones. Nin­guna persona sensata cuestiona la idea de que las sociedades tienen que vivir dentro de lo permitido por sus recursos, ni pone en duda que la capacidad de cualquier sociedad para aumentar esos recursos está en último término limitada.»

Aunque en sus textos Malthus hacía hincapié en los «controles positivos» que frenan el aumento de la población, como el hambre, las epidemias y la guerra, los «controles preventivos» podrían tener mayor importancia. El aumento de la mano de obra, explicaba, hace disminuir los salarios, lo que obliga a que los jóvenes retrasen el matrimonio hasta ser capaces de mantener una familia. El matrimonio en edad más avanzada reduce las tasas de fecundidad y es una poderosa fuerza restrictiva del crecimiento de la población. Se ha demostrado que ése fue el mecanismo básico que reguló el crecimiento de la población en Europa occidental durante los 300 años que precedieron a la revolución industrial.

Aun así, cuando hace poco Reino Unido emitió un nuevo billete de 20 libras, puso en el reverso la imagen de Adam Smith, no la de Malthus, que no encaja con el espíritu del momento. Hoy no queremos oír hablar de límites. Pero a medida que nos acercamos a los 9.000 millones de habitantes en el planeta, todos ansiosos de tener las mismas oportunidades, resulta cada vez más arriesgado hacer caso omiso de esos límites.

Ninguno de los grandes economistas del pa­­sado previó la revolución industrial ni la con­siguiente transformación de la economía y de la agricultura. La energía barata y fácilmente accesible contenida en el carbón (y, más tarde, en otros combustibles fósiles) impulsó el crecimiento de la producción alimentaria, de la riqueza personal y de la población hasta unos niveles que el planeta nunca había conocido antes. Respecto a la época de Malthus, la población mundial se ha multiplicado por siete. Sin embargo, el hambre, la carestía y la malnutrición aún nos acompañan, tal como Malthus predijo que sucedería.

«Hace años trabajé con un demógrafo chino –cuenta Dyson–. Un día me señaló los dos ideogramas que hay dibujados sobre la puerta de su oficina, que componen la palabra “población”. Uno significa “persona” y el otro, “boca abierta”. Aquello me impresionó. En último término, tiene que haber un equilibrio entre la población y los recursos. Y la idea de que podemos seguir creciendo indefinidamente es ridícula.»

Tal vez Malthus, desde la cripta donde reposa en la abadía de Bath, esté sacudiendo solemnemente un dedo huesudo, mientras nos dice: «Ya os lo advertí».