Especial fotografía

La aldea visual

El auge de redes sociales, smartphones y aplicaciones fotográficas está transformando el mundo de la fotografía.

31 de diciembre de 2013

Velocidad de obturación, relación focal, sensibilidad fotográfica, ISO… Hasta hace relativamente poco tiempo un aspirante a fotógrafo tenía que dominar la mecánica de la cámara antes de soñar siquiera con crear una imagen impactante. Hoy, con la explosión de aplicaciones fotográficas para smartphones, todos nos hemos convertido en fotógrafos –y bastante buenos, de hecho–, pues las imágenes tomadas con los teléfonos móviles actuales rivalizan en calidad con las de las cámaras digitales.

Esta nueva facilidad ha dado pie a un afán aparentemente insaciable por captar lo mágico y lo cotidiano. Documentamos momentos del día a día con una intensidad obsesiva, y en vez de compilar las fotos en álbumes, nos dedicamos a compartirlas, hacer clic en «me gusta» y comentarlas con amigos y desconocidos del mundo entero. Hasta los fotoperiodistas están experimentando con teléfonos móviles, porque, al ser prácticamente invisibles, facilitan la plasmación de momentos que escapan al control. Además, Internet les permite esquivar los medios tradicionales y difundir su obra por su cuenta, llegando a un numeroso público gracias a redes sociales como Instagram. Es posible colgar en la red una foto tomada en Nueva York y en cuestión de segundos recibir respuesta desde Lagos.

Con tantos fotógrafos en la red todos los días del año, el gancho de una imagen dura poco. Décadas después de la guerra de Vietnam, la foto que Nick Ut tomó de Kim Phuc, la niña de nueve años quemada por napalm y corriendo desnuda por una carretera, sigue muy viva en nuestra imaginación. La imagen firmada por Eddie Adams de un general survietnamita ejecutando a un infiltrado del Vietcong cambió la percepción pública de la guerra y puede decirse que el curso de la historia. Pero si hoy hay menos imágenes memorables, no es porque haya menos fotografías buenas, sino porque las hay en cantidad.

La omnipresencia de las cámaras está transformando nuestra experiencia de lo que es noticia. Hay cámaras de vigilancia por doquier, como las que proporcionaron a la policía pistas sobre el atentado del maratón de Boston. Cuando la población se manifiesta en la plaza Tahrir o un tornado arrasa una ciudad de Oklahoma, a menudo es el ciudadano de la calle y no el fotoperiodista quien, móvil en mano, recoge las primeras imágenes. La calidad sigue importando, pero no tanto como la actualidad y su difusión instantánea.

Conforme las masas abrazan la fotografía y los medios de comunicación reclutan «periodistas ciudadanos», los estándares profesionales parecen revisarse. En la era predigital la mayoría de la gente definía la fotografía como una plasmación precisa de la realidad. Hoy hay maneras de alterar las imágenes sin que se note a simple vista. Cualquier fotografía puede manipularse para crear una imagen «mejorada» de la realidad. El espectador medio ya no es capaz de evaluar la veracidad de una imagen, como no sea dando crédito a un fotógrafo o a un medio concreto.

El asunto se complica cuando incluso los fotoperiodistas empiezan a experimentar con aplicaciones fotográficas tales como Hipstamatic o Instagram, que fomentan el uso de filtros. Se puede aumentar la saturación o el brillo de las fotos e introducir efectos de rayas o desvaídos para darles un toque artístico, hiperreal o de falsa antigüedad. Los fotógrafos que han cubierto guerras y conflictos valiéndose de aplicaciones fotográficas han creado imágenes potentes, pero también polémicas. Hay quien teme que las imágenes falsamente retro den a la guerra una pátina romántica. Con su alusión nostálgica a conflictos pretéritos, corremos el riesgo de distanciarnos de quienes libran las guerras de la actualidad. Quizás esas imágenes sean más útiles para expresar el sentir de quien estaba detrás de la lente que para documentar lo que realmente había delante de ella.

Sin embargo, la fotografía siempre ha sido más subjetiva de lo que suponemos, pues una imagen no deja de ser el resultado de una serie de decisiones: dónde situarse, qué lente usar, qué encuadrar y qué excluir del plano. ¿Manipular fotografías con los filtros de las aplicaciones les resta veracidad? Google Street View, cuyas cá­­maras toman imágenes por todo el mundo, se ha convertido en una herramienta para aquellos fotógrafos artísticos que, sentados frente a su ordenador, seleccionan escenas llamativas y las reivindican como propias. Ahora que nuestros núcleos urbanos están sembrados de cámaras de seguridad, ¿hemos llegado al punto en que las cámaras no necesitan fotógrafos y los fotógrafos ni siquiera necesitan cámaras?

Hay algo poderoso y fascinante en el experimento pansocial que nos ha impuesto la era digital. Estas nuevas herramientas nos ayudan a contar nuestras historias. Muchos profesionales de los medios se fosilizan en el mismo discurso –especializados en elecciones, guerras, catástrofes–, y en el camino dejan de percibir que las imágenes menos espectaculares de la vida cotidiana pueden ser tanto o más reveladoras.

La democratización de la fotografía podría incluso redundar en beneficio de la democracia. Cientos de millones de «periodistas ciudadanos» en potencia empequeñecen el mundo y facilitan la petición de cuentas a los políticos. De Teherán a la plaza Taksim, hoy la gente puede mostrar al mundo a qué se enfrenta, haciendo que los regímenes tengan más dificultades para ocultar sus acciones. Cuando todo el mundo tiene una cámara, el Gran Hermano no es el único que vigila.
Quizás estemos asistiendo al desarrollo de un lenguaje visual universal que podría cambiar nuestra forma de relacionarnos con los demás y con el mundo. Y como ocurre con cualquier lenguaje, habrá quien lo use para crear poesía y quien lo use para escribir la lista de la compra.
No está claro si el florecimiento de esta nueva concepción de la imagen mejorará nuestra comprensión del lenguaje visual o si nos volverá in­­sensibles a los profundos efectos que puede ejercer una fotografía bien hecha. Pero el cambio es irreversible. Esperemos que los millones de fotografías que se han tomado hoy nos ayuden a percibir lo que nos une y no lo que nos separa. 

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