Especial fotografía

La aldea visual

El auge de redes sociales, smartphones y aplicaciones fotográficas está transformando el mundo de la fotografía.

1 / 25

1 / 25

1. La aldea visual

La aldea visual

Hwange, Zimbabwe

Foto: Charlie Shoemaker

2 / 25

2. La aldea visual

La aldea visual

El Cairo, Egipto

Foto: Laura El-Tantawy, VII Photo Mentor Program

3 / 25

3. La aldea visual

La aldea visual

Freetown, Sierra Leona

Foto: Glenna Gordon

4 / 25

4. La aldea visual

La aldea visual

Gendrassa, Sudán del Sur

Foto: Shannon Jensen

5 / 25

5. La aldea visual

La aldea visual

Campo de Refugiados de Mentao, Burkina Faso

Foto: Holly Pickett

6 / 25

6. La aldea visual

La aldea visual

Ciudad de El Cabo, Sudáfrica

Foto: Charlie Shoemaker

7 / 25

7. La aldea visual

La aldea visual

El Cairo, Egipto

Foto: Laura El-Tantawy, VII Photo Mentor Program

8 / 25

8. La aldea visual

La aldea visual

Nairobi, Kenya

Foto: Nichole Sobecki

9 / 25

9. La aldea visual

La aldea visual

Lagos, Nigeria

Foto: Glenna Gordon

10 / 25

10. La aldea visual

La aldea visual

Dembara, Senegal

Foto: Holly Pickett

11 / 25

11. La aldea visual

La aldea visual

Ciudad de El Cabo, Sudáfrica

Foto: Charlie Shoemaker

12 / 25

12. La aldea visual

La aldea visual

Duekoue, Costa de Marfil

Foto: Austin Merrill

13 / 25

13. La aldea visual

La aldea visual

Bamako, Mali

Foto: Glenna Gordon

14 / 25

14. La aldea visual

La aldea visual

Ciudad de El Cabo, Sudáfrica

Foto: Charlie Shoemaker

15 / 25

15. La aldea visual

La aldea visual

Katsina, Nigeria

Foto: Jane Hahn

16 / 25

16. La aldea visual

La aldea visual

San Pedro, Costa de Marfil

Foto: Peter DiCampo

17 / 25

17. La aldea visual

La aldea visual

Bamako, Mali

Foto: Glenna Gordon

18 / 25

18. La aldea visual

La aldea visual

Ciudad de El Cabo, Sudáfrica

Foto: Charlie Shoemaker

19 / 25

19. La aldea visual

La aldea visual

Grecia, 2006

Esta artista suiza explora sitios web donde se comparten fotografías y crea combinaciones digitales con cientos de fotos turísticas. La mayoría están tomadas desde el mismo punto, reflejo de nuestro deseo colectivo de recrear copias idealizadas de lugares emblemáticos como el Partenón.

Foto: Corinne Vionnet

20 / 25

20. La aldea visual

La aldea visual

China, 2010

Pionero en el uso del teléfono con cámara como herramienta del fotoperiodismo, a Brown le gusta el hecho de que le permite pasar desapercibido. Sus fotos tomadas con un iPhone en Libia y otros puntos candentes de la geopolítica se han publicado en todo el mundo.

Foto: Michael Christopher Brown

21 / 25

21

21

Coney Island, Nueva York, 2012  

Durante el huracán Sandy, Time cedió su feed de Instagram a cinco fotógrafos a quienes pidió que documentasen la catástrofe. Renunciar al control fue una decisión inusitada pero necesaria: con continuos apagones, Instagram era el modo más rápido de ofrecer la última hora a los lectores.

 

Foto: Benjamin Lowy Reportaje/Getty Images

22 / 25

22. La aldea visual

La aldea visual

Chicago, Illinois, 2012  

Además de su trabajo en el Chicago Tribune –que le ha valido un premio Pulitzer–, Strazzante cuelga imágenes tomadas con un teléfono móvil en un blog del periódico titulado Shooting From the Hip.

Foto: Scott Strazzante

23 / 25

23. La aldea visual

La aldea visual

Afganistán, 2011

Para un proyecto llamado Basetrack, Gardi y otros tres fotógrafos se unieron al Cuerpo de Marines de Estados Unidos y tomaron fotos de guerra con una aplicación para iPhone. Compartían las fotos con los amigos y familiares de los marines, además de con el público general, vía Facebook y otras redes sociales.

Foto: Balazs Gardi

24 / 25

24. La aldea visual

La aldea visual

Watertown, Massachusetts, 2013

Mientras la policía buscaba al sospechoso de poner las bombas en el maratón de Boston, «periodistas ciudadanos» miraban por la ventana de su casa  e informaban al mundo. La actual facilidad para compartir fotos está redefiniendo el fotoperiodismo.

Foto: Noah Fougere

25 / 25

25. La aldea visual

La aldea visual

Rv888, Finnmark, Noruega, 2010

Este artista canadiense peina las imágenes de Street View en Google Maps y selecciona las más curiosas y bonitas, como la de este reno corriendo por la carretera. Ahora estas imágenes se exhiben en galerías de arte, y plantean una pregunta: ¿qué significa ser fotógrafo? 

Foto: Google Maps/Jon Rafman, Zach Feuer Gallery, New York/M+B Gallery, Los Angeles

El auge de redes sociales, smartphones y aplicaciones fotográficas está transformando el mundo de la fotografía.

Velocidad de obturación, relación focal, sensibilidad fotográfica, ISO… Hasta hace relativamente poco tiempo un aspirante a fotógrafo tenía que dominar la mecánica de la cámara antes de soñar siquiera con crear una imagen impactante. Hoy, con la explosión de aplicaciones fotográficas para smartphones, todos nos hemos convertido en fotógrafos –y bastante buenos, de hecho–, pues las imágenes tomadas con los teléfonos móviles actuales rivalizan en calidad con las de las cámaras digitales.

Esta nueva facilidad ha dado pie a un afán aparentemente insaciable por captar lo mágico y lo cotidiano. Documentamos momentos del día a día con una intensidad obsesiva, y en vez de compilar las fotos en álbumes, nos dedicamos a compartirlas, hacer clic en «me gusta» y comentarlas con amigos y desconocidos del mundo entero. Hasta los fotoperiodistas están experimentando con teléfonos móviles, porque, al ser prácticamente invisibles, facilitan la plasmación de momentos que escapan al control. Además, Internet les permite esquivar los medios tradicionales y difundir su obra por su cuenta, llegando a un numeroso público gracias a redes sociales como Instagram. Es posible colgar en la red una foto tomada en Nueva York y en cuestión de segundos recibir respuesta desde Lagos.

Con tantos fotógrafos en la red todos los días del año, el gancho de una imagen dura poco. Décadas después de la guerra de Vietnam, la foto que Nick Ut tomó de Kim Phuc, la niña de nueve años quemada por napalm y corriendo desnuda por una carretera, sigue muy viva en nuestra imaginación. La imagen firmada por Eddie Adams de un general survietnamita ejecutando a un infiltrado del Vietcong cambió la percepción pública de la guerra y puede decirse que el curso de la historia. Pero si hoy hay menos imágenes memorables, no es porque haya menos fotografías buenas, sino porque las hay en cantidad.

La omnipresencia de las cámaras está transformando nuestra experiencia de lo que es noticia. Hay cámaras de vigilancia por doquier, como las que proporcionaron a la policía pistas sobre el atentado del maratón de Boston. Cuando la población se manifiesta en la plaza Tahrir o un tornado arrasa una ciudad de Oklahoma, a menudo es el ciudadano de la calle y no el fotoperiodista quien, móvil en mano, recoge las primeras imágenes. La calidad sigue importando, pero no tanto como la actualidad y su difusión instantánea.

Conforme las masas abrazan la fotografía y los medios de comunicación reclutan «periodistas ciudadanos», los estándares profesionales parecen revisarse. En la era predigital la mayoría de la gente definía la fotografía como una plasmación precisa de la realidad. Hoy hay maneras de alterar las imágenes sin que se note a simple vista. Cualquier fotografía puede manipularse para crear una imagen «mejorada» de la realidad. El espectador medio ya no es capaz de evaluar la veracidad de una imagen, como no sea dando crédito a un fotógrafo o a un medio concreto.

El asunto se complica cuando incluso los fotoperiodistas empiezan a experimentar con aplicaciones fotográficas tales como Hipstamatic o Instagram, que fomentan el uso de filtros. Se puede aumentar la saturación o el brillo de las fotos e introducir efectos de rayas o desvaídos para darles un toque artístico, hiperreal o de falsa antigüedad. Los fotógrafos que han cubierto guerras y conflictos valiéndose de aplicaciones fotográficas han creado imágenes potentes, pero también polémicas. Hay quien teme que las imágenes falsamente retro den a la guerra una pátina romántica. Con su alusión nostálgica a conflictos pretéritos, corremos el riesgo de distanciarnos de quienes libran las guerras de la actualidad. Quizás esas imágenes sean más útiles para expresar el sentir de quien estaba detrás de la lente que para documentar lo que realmente había delante de ella.

Sin embargo, la fotografía siempre ha sido más subjetiva de lo que suponemos, pues una imagen no deja de ser el resultado de una serie de decisiones: dónde situarse, qué lente usar, qué encuadrar y qué excluir del plano. ¿Manipular fotografías con los filtros de las aplicaciones les resta veracidad? Google Street View, cuyas cá­­maras toman imágenes por todo el mundo, se ha convertido en una herramienta para aquellos fotógrafos artísticos que, sentados frente a su ordenador, seleccionan escenas llamativas y las reivindican como propias. Ahora que nuestros núcleos urbanos están sembrados de cámaras de seguridad, ¿hemos llegado al punto en que las cámaras no necesitan fotógrafos y los fotógrafos ni siquiera necesitan cámaras?

Hay algo poderoso y fascinante en el experimento pansocial que nos ha impuesto la era digital. Estas nuevas herramientas nos ayudan a contar nuestras historias. Muchos profesionales de los medios se fosilizan en el mismo discurso –especializados en elecciones, guerras, catástrofes–, y en el camino dejan de percibir que las imágenes menos espectaculares de la vida cotidiana pueden ser tanto o más reveladoras.

La democratización de la fotografía podría incluso redundar en beneficio de la democracia. Cientos de millones de «periodistas ciudadanos» en potencia empequeñecen el mundo y facilitan la petición de cuentas a los políticos. De Teherán a la plaza Taksim, hoy la gente puede mostrar al mundo a qué se enfrenta, haciendo que los regímenes tengan más dificultades para ocultar sus acciones. Cuando todo el mundo tiene una cámara, el Gran Hermano no es el único que vigila.
Quizás estemos asistiendo al desarrollo de un lenguaje visual universal que podría cambiar nuestra forma de relacionarnos con los demás y con el mundo. Y como ocurre con cualquier lenguaje, habrá quien lo use para crear poesía y quien lo use para escribir la lista de la compra.
No está claro si el florecimiento de esta nueva concepción de la imagen mejorará nuestra comprensión del lenguaje visual o si nos volverá in­­sensibles a los profundos efectos que puede ejercer una fotografía bien hecha. Pero el cambio es irreversible. Esperemos que los millones de fotografías que se han tomado hoy nos ayuden a percibir lo que nos une y no lo que nos separa.