Japón bajo el agua

Explora la sorprendente diversidad marina en las aguas que rodean Japón. Fotos de Brian Skerry.

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En busca de plancton, un cardumen de peces murciélago teira patrulla cerca de la superficie frente a las islas Bonin, un archipiélago subtropical de Japón. El mar adquiere un color turquesa a última hora de la tarde, cuando los rayos rojos del sol poniente se dispersan y debilitan.

Brian Skerry

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El ayudante del fotógrafo se agarra a un fragmento de la capa de hielo que en invierno cubre el mar que rodea la península de Shiretoko y puede alcanzar hasta 7,50 metros de grosor. Hace diez años el mar estaba congelado unos 90 días al año; en la actualidad el promedio es de 65 días.

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Frente a la península de Izu, un gobio pigmeo amarillo se asoma a la ventana de su casa, una lata de refresco, testimonio de los 127 millones de personas que viven junto al mar.

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Una morena se desliza entre las ramas de un coral blando en las cálidas aguas de la bahía de Suruga, situada a 115 kilómetros al sudoeste de Tokyo. Honda y estrecha, la bahía alcanza más de 2.400 metros de profundidad.

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De no ser por sus ojos negros y redondos, este diminuto pez llamado gobio pasaría desapercibido en el tronco de un coral blando que habita en las aguas templadas de la península de Izu.

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En un arrecife coralino de las islas Bonin, la madriguera abandonada de un gusano sirve de hogar para un cangrejo ermitaño. A diferencia de sus parientes móviles que recorren el arrecife en busca de comida, el ermitaño se mantiene en su guarida y atrapa plancton con sus antenas plumosas.

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Esta criatura translúcida, apodada ángel de mar, es un caracol cuyo pie se ha transformado en un par de alas natatorias. De unos 2,5 centímetros de longitud, es un alimento importante para las ballenas y peces que viven en las gélidas aguas de la costa norte de Japón.

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Bajo el hielo, las espinas de un centollo de Alaska del tamaño de una moneda se encuentran con las púas de una erizada estrella de mar, al pasar por encima de ésta. Dentro de doce años, el crustáceo será tan grande como una rueda de tractor.

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En la bahía de Suruga, una ramificación de un tipo de coral llamado de látigo de mar proporciona un lugar donde vivir a dos camarones, camuflados entre los pólipos. En fila india, el macho, más pequeño, marcha por delante de la hembra.

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Esta hembra de tiburón toro, fotografiada frente a las islas Bonin, pronto dará a luz. Durante los nueve meses de gestación, las dos crías de mayor tamaño se habrán comido a sus hermanos para sobrevivir, una modalidad de canibalismo intrauterino única de esta especie.

 

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En las aguas someras de Hokkaido, un pez furtivo barbudo se arrastra por la reluciente arena volcánica del fondo, ayudándose con las aletas pectorales. Sólo las hembras de esta especie de agua fría presentan esta distintiva «nariz de Pinocho».

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Un pez lagarto captura un bocado en el fondo arenoso de la bahía de Suruga, donde las aguas son templadas. La boca y la lengua de este pez están repletas de dientes pequeños y afilados, que impiden que sus presas se escapen.

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Tunicados morados filtran los nutrientes del agua. Aún no tienen nombre científico y viven en una única cueva, detrás de una roca, en la isla Chichi-shima.

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Un pez mariposa dedalma hace una pausa para que un lábrido limpiador bicolor le asee la piel. A los japoneses les fascina la semejanza entre los dibujos blancos y negros del pez mariposa y los motivos de un quimono de samurái.

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Los penetrantes ojos de un pigargo gigante buscan el destello de los arenques entre los témpanos, cerca de la península de Shiretoko.

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Lo que parece una maraña de cables enredados es en realidad un bosque de látigos de mar de aguas profundas en la bahía de Suruga. Cada rama está cuajada de pólipos que extienden los tentáculos diminutos en la corriente para atrapar el alimento a la deriva.

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Una playa volcánica de la bahía de Toyama resplandece con un fulgor azul eléctrico. La luz procede de las hembras de calamar centelleante, que desovan en primavera, mueren y son arrastradas hasta la costa, con los tentáculos encendidos como si fueran millones de LEDs azules.

Brian Skerry

Explora la sorprendente diversidad marina en las aguas que rodean Japón. Fotos de Brian Skerry.

Los rayos de sol se cuelan por las grietas del hielo. Los trozos más gruesos, enjoyados por las algas, resplandecen con un brillo esmeralda. Los personajes de este reino helado salen a escena: un translúcido caracol nadador azul, un pez rosa cuya cola se asemeja al abanico de una geisha, un escorpeniforme que parece un Pokémon. Es el mundo submarino que aguarda a Brian Skerry, quien camina pesadamente por la playa cercana a Rausu, un pueblo de pescadores del extremo nororiental de Japón. Enfundado en un traje de neopreno y cámara en mano, se zambulle entre los témpanos hacia las profundidades del mar de Ojotsk, junto a la península de Shiretoko.Mucha gente cree que Japón es un grupo compacto de islas grandes, pero en realidad se extiende sobre un área de más de 2.400 kilómetros e incluye más de 5.000 islas. En su alternancia con el mar a través de distancias tan vastas, la tierra abarca al menos tres ecosistemas diferentes. En el frío norte, pigargos gigantes de dos metros de envergadura alar y centollos de Alaska frecuentan los mares helados de la remota península de Shiretoko. En las templadas aguas centrales de la península de Izu y la bahía de Toyama, a pocas horas por carretera de los rascacielos de Tokyo, enjambres de calamares centelleantes nadan entre bosques de corales blandos. En el cálido sur, delicados peces mariposa conviven con enormes tiburones toro en los arrecifes coralinos del archipiélago de las Bonin, un conjunto de más de 30 islas a unos 800 kilómetros al sur de Tokyo.

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Las consecuencias del exceso de pesca

Las corrientes oceánicas, que bañan las costas japonesas con aguas que van de -1 a 30 ºC, son esenciales para la diversidad marina y son la causa de que el país ostente dos récords mundiales: la poderosa Kuroshio transporta agua cálida hacia el norte, lo que hace posible que los arrecifes coralinos prosperen donde en condiciones normales no existirían; y la corriente oriental de Sajalín lleva agua fría a Japón, lo que contribuye a que la península de Shiretoko sea el punto más meridional donde el mar se congela en invierno.

Además de controlar la temperatura del agua, estas corrientes transportan vida marina desde puntos distantes. La volcánica costa de Japón se caracteriza por la abundancia de calas y bahías, explica Robert van Woesik, profesor del Instituto de Tecnología de Florida. En las islas rodeadas por arrecifes coralinos, las lagunas «funcionan como guantes de béisbol, donde quedan atrapadas las larvas de corales y de peces».

Como en gran parte de los océanos del mundo, esos ecosistemas corren peligro. Japón está rellenando sus lagunas para ganar tierra al mar. Sin lagunas, las larvas de peces, corales y cangrejos pasan de largo, en lugar de asentarse en ellas. Pero de momento la biodiversidad oceánica sigue prosperando. Cuando Brian Skerry sale de las frías aguas, agradece que haya una casa de té junto a la playa. Se quita el equipo y entra en calor con una sopa de miso. Fuera está nevando. Mientras, el escorpeniforme sigue nadando, y el hielo brilla bajo el mar con un brillo verdoso.