Jane Goodall, más de medio siglo en Gombe

Jane Goodall con David Greybeard

Jane Goodall con David Greybeard

En 1960, una entusiasta de los animales sin formación científica alguna acampó en la Reserva de Caza del Río Gombe, en Tanganyika (actual Tanzania), para observar a los chimpancés. Hoy el nombre de Jane Goodall es sinónimo de protección de esa apreciada especie. En uno de los estudios más largos y detallados sobre un animal en libertad, los chimpancés de Gombe siguen revelando sus secretos.

En la vida de la mayoría de nosotros no suele haber un momento concreto que marque nuestro destino para siempre. En la de Jane Goodall, sí. La mañana del 14 de julio de 1960, Jane desembarcó en una orilla remota de la costa oriental del lago Tanganyika. Era su primera visita a la entonces llamada Reserva de Caza del Río Gombe, una pequeña área protegida establecida por el gobierno colonial británico en 1943. Llevaba consigo una tienda, unos platos de hojalata, un vaso y unos prismáticos baratos, un cocinero africano llamado Dominic y, como compañía, y ante la insistencia de quienes temían por su seguridad en la selva de una Tanganyika próxima a la independencia, a su madre.

Se proponía estudiar a los chimpancés, o al menos intentarlo. Quienes no la conocían bien pensaron que iba a fracasar; pero una persona, el paleontólogo Louis Leakey, que la había reclutado en Nairobi para su equipo de trabajo, confiaba en su éxito. Unos pescadores acampados en la playa recibieron al grupo de Goodall y ayudaron a desembarcar el material. Jane y su madre pasaron la tarde instalando el campamento. Después, hacia las cinco, alguien anunció que había visto un chimpancé. «Fuimos, y allí estaba», escribió esa noche en su diario. Sólo lo vio de lejos y fugazmente. «Se fue en cuanto nos reunimos con los pescadores que lo habían descubierto, y aunque subimos la cuesta, no volvimos a verlo.» Pero Jane tomó nota de unas ramas dobladas y aplastadas en un árbol cercano: un nido de chimpancé. Esa fecha y ese primer nido fueron el punto de partida de una de las mayores epopeyas de la biología de campo moderna: el estudio continuado y detallado del comportamiento de los chimpancés de Gombe, realizado por Jane Goodall y otros investigadores durante más de 55 años.

En la historia de la ciencia han quedado registrados, con el mismo poder de seducción que el de una fábula, algunos de los momentos culminantes de esa epopeya. La joven Goodall no tenía ninguna titulación científica cuando empezó, ni siquiera una diplomatura menor. Había cursado estudios de administración en Inglaterra y era una joven brillante y motivada que adoraba a los animales y soñaba con estudiarlos en África. Era hija de una familia de mujeres fuertes, poco dinero y hombres ausentes.

Durante las primeras semanas en Gombe se esforzó por encontrar un método de trabajo, perdió tiempo por culpa de unas fiebres, probablemente malaria, caminó kilómetros por montañas boscosas y vio muy pocos chimpancés, hasta que un macho viejo que ya tenía pelos grises en el mentón le hizo un tentativo y sorprendente gesto de confianza. Lo llamó David Greybeard.

En parte gracias a él, hizo tres descubrimientos que sacudieron las cómodas verdades establecidas de la antropología física. Observó que los chimpancés comen carne (antes se creía que eran vegetarianos), que usan herramientas (palos que insertan en los termiteros) y que son capaces de fabricarlas (arrancando las hojas de los palos), un rasgo que se consideraba exclusivamente humano. Cada uno de esos hallazgos fue reduciendo la distancia percibida entre la inteligencia y la cultura de Homo sapiens y Pan troglodytes.

La observación de que fabricaban útiles fue la más sensacional de las tres, sobre todo en los círculos antropológicos, ya que esta capacidad se consideraba el rasgo definitorio de nuestra especie. Entusiasmado por las noticias que recibía de Jane, Louis Leakey le escribió: «Ahora deberemos redefinir las palabras “hombre” y “herramienta”, o aceptar a los chimpancés como humanos».

Fue un comentario memorable, que abrió un capítulo nuevo en la concepción del ser humano y su esencia. Cabe destacar que los tres hallazgos cruciales fueron realizados por la propia Jane (todos la llaman Jane, así que no hay razón para llamarla por su apellido) durante los primeros cuatro meses de su estudio de campo. El despegue fue rápido y espectacular, pero la verdadera importancia de su trabajo en Gombe no puede medirse con una vara tan corta.

Lo grandioso de Gombe no es que Jane Goodall «redefinió» la esencia humana, sino que logró establecer un nuevo marco para el estudio del comportamiento de los grandes simios en libertad, un marco muy exigente que tiene en cuenta tanto los rasgos individuales como los patrones colectivos. Ella creó un programa de investigación, un conjunto de procedimientos y principios éticos, y un fructífero interés intelectual que ha crecido y se ha desarrollado más allá de lo que una sola mujer hubiera podido conseguir. El proyecto Gombe ha adquirido nuevas dimensiones, ha resistido crisis, ha incorporado nuevas técnicas (cartografía por satélite, endocrinología y genética molecular) y ha empezado a estudiar aspectos que van más allá del ámbito de la conducta animal. Por ejemplo, el análisis molecular, aplicado a las muestras de heces y orina que se pueden recoger sin necesidad de capturar y manipular a los animales, aporta nuevos datos sobre las relaciones genéticas entre los chimpancés y sobre la presencia de gérmenes patógenos en algunos de ellos. Sin embargo, la dolorosa paradoja de este triunfo científico, en sus bodas de oro, es que cuanto más sabemos de los chimpancés, más nos preocupa su supervivencia.

Dos revelaciones son particularmente preocupantes. Una de ellas tiene que ver con la geografía, y la otra, con las enfermedades. La población de chimpancés más querida y mejor estudiada del mundo vive aislada en una «burbuja» de hábitat demasiado pequeña para su viabilidad a largo plazo. Y ahora algunos ejemplares están muriendo de la variedad de sida que afecta a estos primates.

El problema de cómo estudiar a los chimpancés, y de qué se puede deducir de la observación de su conducta se le planteó a Jane desde el inicio de su carrera. El dilema empezó a perfilarse después de su primera campaña sobre el terreno, cuando Leakey le comunicó otra idea brillante que conformaría su vida: lograr que la Universidad de Cambridge la admitiera en el programa de doctorado en etología.

La idea del doctorado parecía extravagante por dos motivos. En primer lugar, Jane carecía de cualquier título universitario; en segundo lugar, siempre había querido ser naturalista, o tal vez periodista, pero nunca había soñado con ser científica. «Ni siquiera sabía qué era la etología», me dijo hace poco. Una vez matriculada en Cambridge, surgieron conflictos con los veteranos del departamento a causa de ciertos principios imperantes en la disciplina. «Me llevé una sorpresa cuando me dijeron que lo había hecho todo mal. Todo.» Para entonces, disponía de datos reunidos a lo largo de 15 meses de trabajo de campo en Gombe, la mayoría de ellos obtenidos mediante la paciente observación de ejemplares a los que había puesto nombres como David Greybeard, Mike, Olly y Fifi. Esa personificación no fue bien recibida en Cambridge, donde la atribución de emociones e individualidad a los animales no humanos no se consideraba etología, sino antropomorfismo.

«Afortunadamente, me acordé de mi primer maestro, que de niña me enseñó que eso no era cierto.» Su primer maestro fue su perro Rusty. «Es imposible convivir de forma cercana con un animal dotado de un cerebro mínimamente desarrollado y no darse cuenta de que los animales tienen personalidad.» Mantuvo su oposición a los puntos de vista establecidos (si algo puede decirse de la dulce y afable Jane es que nunca da su brazo a torcer), y el 9 de febrero de 1966 obtuvo el doctorado.

En 1968 la pequeña reserva de caza también obtuvo su propia titulación al convertirse en el Parque Nacional de Gombe. Para entonces, National Geographic Society ya financiaba una parte de la investigación de Jane, que se había casado, tenía un hijo y era famosa en todo el mundo, en parte gracias a sus reportajes en esta revista y a la imagen positiva y llena de fuerza que logró transmitir el documental Miss Goodall and the wild chimpanzees rodado para televisión.

Con el fin de asegurar la continuidad de su trabajo y recaudar fondos, convirtió su campamento en una institución, con el nombre de Centro de Investigación del Río Gombe (GSRC por sus siglas en inglés). En 1971 publicó En la senda del hombre, el relato de sus primeros estudios y aventuras en Gombe, que se convirtió en un éxito de ventas. Hacia la misma época, empezó a recibir estudiantes e investigadores de posgrado para colaborar en la recolección de datos sobre chimpancés y otros aspectos de la investigación en Gombe.

Su influencia en la primatología moderna, en la que Leakey siempre insistía con orgullo, queda reflejada en la larga lista de discípulos suyos que después realizaron una importante labor científica, entre ellos Richard Wrangham, Jim Moore, Caroline Tutin, Craig Packer, Tim Clutton-Brock, Geza Teleki, William McGrew, Anthony Collins, Shadrack Kamenya y Anne Pusey. Esta última, catedrática de antropología evolutiva de la Universidad Duke, también colabora con el Instituto Jane Goodall (fundado en 1977) como directora de su Centro de Estudios sobre Primates. Una de sus responsabilidades es custodiar los 22 archivadores reunidos a lo largo de 55 años de estudio en Gombe.

Ese período de 55 años tuvo una dramática interrupción la noche del 19 de mayo de 1975, cuando tres jóvenes estadounidenses y una holandesa fueron secuestrados por soldados rebeldes que habían atravesado el lago Tanganyika desde Zaire. Finalmente los cuatro rehenes fueron liberados, pero el Centro de Investigación del Río Gombe, me explicó Anthony Collins, dejó de considerar prudente la presencia de investigadores y colaboradores extranjeros.

Collins era entonces un joven biólogo británico de patillas frondosas y un profundo interés por los babuinos, los otros primates que abundan en Gombe. Recuerda el 19 de mayo de 1975 como «el día que cambió el mundo, al menos el de Gombe». Collins no estaba en el centro aquella noche, pero volvió enseguida para ayudar a afrontar aquel momento crítico. «No todo fue malo», me dijo. Sí lo fue el hecho de que ya no pudieran trabajar investigadores extranjeros en Gombe, ni siquiera la propia Jane, que durante varios años tuvo que visitar el lugar con escolta armada. «La parte positiva fue que la responsabilidad en la recolección de datos pasó directamente, al día siguiente, al personal tanzano.» Todos los tanzanos habían recibido al menos un año de formación en las tareas de recolección de datos pero seguían trabajando en parte como rastreadores. Entonces se produjo el secuestro y tuvieron que dar un paso al frente. «Ese día les pasamos el testigo», afirmó Collins. Hubo sólo un día sin datos.

Los conflictos humanos que desbordaban las fronteras no eran la única tribulación que afectó a Gombe. La política de los chimpancés también puede ser violenta. En 1974, la comunidad Kasakela (el principal grupo de estudio en Gombe) efectuó una serie de incursiones sanguinarias contra un subgrupo más pequeño llamado Kahama. Ese período de agresiones, conocido en los anales de Gombe como la guerra de los Cuatro Años, se saldó con la muerte de varios individuos, la aniquilación del subgrupo Kahama y la anexión de su territorio por parte del grupo Kasakela. Incluso en el seno de esta comunidad, las luchas entre los machos por la posición alfa mezclan la violencia física con las maniobras políticas, y entre las hembras se han dado casos de madres que matan al hijo de una hembra rival. «Cuando llegué a Gombe, pensaba que los chimpancés eran más amables que nosotros–escribió Jane–. Pero el tiempo me ha demostrado lo contrario. Pueden ser igual de horribles.»

Gombe nunca fue un paraíso. También las enfermedades han hecho estragos. En 1966 hubo un brote de una infección muy virulenta (probablemente poliomielitis, transmitida por los humanos), y seis chimpancés murieron o desaparecieron, mientras que otros seis quedaron parcialmente paralíticos. Dos años más tarde desaparecieron David Greybeard y otros cuatro individuos durante un brote de un trastorno respiratorio (quizá gripe, o tal vez neumonía bacteriana). Otros nueve chimpancés murieron de neumonía a principios de 1987. Esos episodios, que ponen de manifiesto la vulnerabilidad de los chimpancés a los patógenos transmitidos por los humanos, justifican la viva preocupación que suscitan las enfermedades infecciosas entre los científicos de Gombe.

Los cambios del entorno fuera de los límites del parque han hecho que esa preocupación aumente. A lo largo de las décadas, la gente de las aldeas cercanas ha luchado por llevar una vida normal: cortar leña en las abruptas faldas de las montañas, sembrar en esas mismas laderas, quemar los matorrales durante la estación seca para obtener ceniza fertilizante, tener hijos e intentar darles de comer.

A principios de la década de 1990 la deforestación y la erosión de la tierra habían hecho del Parque Nacional de Gombe una isla ecológica rodeada de actividad humana por tres de sus lados (el cuarto es el lago Tanganyika). Dentro de esa isla vivían no más de un centenar de chimpancés. Según todos los postulados de la biología de la conservación, el número era insuficiente para constituir una población viable a largo plazo, evitar los efectos negativos de la endogamia y resistir la siguiente epidemia, que podía ser más contagiosa que la poliomielitis y más mortífera que la gripe. Jane comprendió que, además de seguir estudiando una valiosa población de monos que podía tener los días contados, era preciso hacer algo. No sólo por los chimpancés, sino también por la gente.

En un pueblo cercano conoció a George Strunden, un agricultor de origen alemán con cuyo apoyo fundó TACARE (acrónimo en inglés del proyecto de Captación, Reforestación y Educación del Lago Tanganyika), que en sus comienzos, en 1995, estableció tres viveros de árboles en 24 localidades. El objetivo era detener el proceso de deforestación de las laderas, proteger las cuencas hidrológicas que nutren los pueblos y, quizá con el tiempo, volver a unir Gombe con otras zonas de bosque (algunas de las cuales también albergan chimpancés), ayudando a los lugareños a plantar árboles. Hay, por ejemplo, una pequeña población de chimpancés en una mancha de bosque llamada Kwitanga, a unos 15 kilómetros al este de Gombe. Unos 80 kilómetros al sudeste, otro ecosistema llamado Masito-Ugalla alberga más de 500 ejemplares. Si se pudiera unir cualquiera de las dos áreas con Gombe mediante corredores reforestados, los chimpancés se beneficiarían del mayor intercambio genético y del aumento de la población, aunque, por otro lado, también podrían sufrir el contagio de enfermedades.

Los obstáculos pueden parecer insuperables, pero con cautela y paciencia, Jane y los suyos han logrado algunos avances alentadores que se han materializado en cooperación comunitaria, disminución de la quema y regeneración de los bosques.

La segunda mañana de mi visita a Gombe, en una senda no muy alejada de la casa donde Jane ha vivido de forma intermitente desde principios de los años setenta, vi un grupo de chimpancés.

Se desplazaban sin prisa por la ladera en busca del desayuno. En el grupo había varios individuos con nombres, o al menos con historias familiares, que yo conocía. Estaban Gremlin (hija de Melissa, que era una hembra joven cuando llegó Jane); Gaia, hija de Gremlin (con una cría agarrada al cuerpo); Golden, la hermana pequeña de Gaia; Pax (hijo de Passion, de notorios hábitos caníbales), y Fudge (hijo de Fanni, nieto de Fifi y bisnieto de Flo, la adorable matriarca con una fea narizota que se hizo famosa gracias a los primeros libros de Jane). También estaba Titan, un macho muy grande de 15 años, con un gran futuro por delante. Según las normas del Parque Nacional de Gombe, los visitantes no deben acercarse a un chimpancé, pero a veces lo difícil es evitar que los chimpancés se le acerquen a uno. Cuando el corpulento Titan vino confiado hacia nosotros por el sendero, nos apretujamos al borde del camino para dejarlo pasar a escasos centímetros. Toda una vida de familiaridad con inofensivos investigadores humanos, armados de cuadernos y hojas de registro, lo había vuelto indiferente.

Otro signo de despreocupación fue que Gremlin defecara en la senda a escasa distancia de donde estábamos, y que más tarde Golden hiciera lo mismo. En cuanto los chimpancés se alejaron, el investigador Samson Shadrack Pindu se puso unos guantes de látex y se inclinó sobre las heces verdes y fibrosas de Gremlin para coger una muestra e introducirla en un tubo, que etiquetó con la fecha, hora, localización y nombre de la chimpancé. Ese tubo y otros similares, con muestras fecales mensuales del máximo número de chimpancés, van al laboratorio de Beatrice Hahn en la Universidad de Alabama en Birmingham, que desde hace diez años estudia el virus de la inmunodeficiencia en simios de Gombe.

El virus de la inmunodeficiencia en simios que afecta a los chimpancés, conocido por las siglas VIScpz, es el precursor y el origen del VIH-1, el virus causante de la mayoría de los casos de sida en humanos. (También hay un VIH-2.) Pese a su nombre, el VIScpz nunca había sido identificado como causante de fallo del sistema inmunitario en chimpancés salvajes hasta que Hahn combinó sus conocimientos de genética molecular con los datos registrados en Gombe. De hecho, se creía que el VIScpz era inofensivo para los chimpancés, y muchos se preguntaban por qué había causado una pandemia tan mortífera en los humanos. ¿Quizás unas pocas mutaciones fatídicas habían convertido un virus inocuo de los chimpancés en un asesino para los humanos? Fue preciso modificar esa hipótesis tras la publicación en 2009 de un artículo en la revista Nature, con Brandon F. Keele (entonces en el laboratorio de Hahn) como primer autor, y Beatrice Hahn y Jane Goodall entre los coautores. El artículo de Keele revelaba que los chimpancés seropositivos de Gombe tenían un riesgo de muerte a determinada edad entre 10 y 16 veces superior al de sus congéneres seronegativos. Se han hallado además tres cadáveres seropositivos, cuyos tejidos muestran unas señales de deterioro similares a las que provoca el sida, según los estudios moleculares de laboratorio. Las conclusiones no invitan al optimismo. Los datos parecen indicar que una enfermedad semejante al sida está matando a algunos chimpancés de Gombe.

De todos los vínculos, rasgos comunes y similitudes que unen nuestra especie con la suya, tal vez ésta sea la revelación más inquietante. «Asusta pensar que los chimpancés parecen estar muriendo más jóvenes –me dijo Jane–. ¿Desde cuándo padecen esta enfermedad? ¿De dónde ha salido? ¿Cómo afecta a otras poblaciones?» Para garantizar la supervivencia de los chimpancés en toda África, es urgente dar respuesta a esas preguntas.

Este triste descubrimiento puede tener, sin embargo, importantes repercusiones para la investigación sobre el sida en humanos. Anthony Collins señaló que si bien el VIS se ha observado en otras comunidades de chimpancés, «ninguna de ellas es una población habituada a los observadores humanos, ni menos aún con información genealógica de un período de tiempo significativo, ni tan dócil que permita tomar muestras mensuales de cada individuo». Al cabo de un momento, añadió: «Es triste que el virus esté aquí, pero podremos aprender mucho de su presencia».

Los nuevos métodos de la genética molecular no aportan sólo noticias tristes acerca de las enfermedades, sino también la emocionante posibilidad de desentrañar ciertos misterios de la dinámica social y la evolución de los chimpancés. Por ejemplo: ¿quiénes son los padres en Gombe? La maternidad es evidente, y la estrecha relación entre madres y crías ha sido muy bien estudiada por la propia Jane, Anne Pusey y otros investigadores. Pero como las hembras suelen aparearse promiscuamente con varios machos, la paternidad es bastante más difícil de determinar. La cuestión de la identidad paterna tiene que ver con otro interrogante: ¿qué relación hay entre la competencia masculina por la posición jerárquica y el éxito reproductor?

Analizando el ADN de las muestras fecales recogidas por el equipo de campo, una joven científica llamada Emily Wroblewski ha encontrado una respuesta. Descubrió que los machos de mayor estatus realmente consiguen tener más descendencia, pero observó que algunos machos que ocupan un escalafón inferior tampoco salen del todo mal parados. La estrategia de estos últimos consiste en invertir esfuerzos en una relación de compañerismo (consortship en inglés), es decir, pasar un período exclusivo de vida en pareja, que implica desplazarse juntos y copular a menudo, por lo general con una de las hembras más jóvenes y menos deseables.

Jane ya había pronosticado ese hallazgo 20 años antes, a partir de datos de la observación. «El macho que inicia y mantiene con éxito una relación de compañerismo con una hembra fértil –escribió– tendrá más probabilidades de engendrar un hijo con ella que las que tendría como miembro del grupo, aun siendo alfa.»

Movida por imperativos de más vasto alcance, Jane puso fin a su carrera de bióloga de campo en 1986, poco después de la publicación de su gran obra científica, Los chimpancés de Gombe. Desde entonces ha sido una defensora a ultranza de sus causas, conferenciante itinerante y, en síntesis, una mujer impulsada por una poderosa misión. La primera de las causas que defendió, derivada directamente de los años transcurridos en Gombe, fue mejorar el trato espantoso que padecían los chimpancés en muchos laboratorios de investigación médica. Combinando sus firmes convicciones morales con su encanto personal y su diplomacia, consiguió muchos y notables éxitos. Creó refugios para liberar chimpancés que habían vivido en cautividad, entre ellos muchos ejemplares jóvenes, huérfanos a causa del lamentable negocio de la «carne de selva». Creó un programa educativo llamado Roots & Shoots («raíces y brotes»), que anima a los jóvenes de todo el mundo a participar en proyectos que fomentan el interés por la fauna, el medio ambiente y las comunidades humanas. Fue durante este período cuando se convirtió en exploradora residente de National Geographic Society. Hoy viaja sin cesar, 300 días al año, ofreciendo innumerables entrevistas y charlas en escuelas y universidades, y dando conferencias en centros importantes. Además, recauda fondos para que el Instituto Jane Goodall pueda seguir adelante. De vez en cuando hace una escapada al bosque o a las praderas para ver chimpancés, grullas canadienses o hurones de pies negros, y recuperar energías y algo de serenidad.

Hace 50 años, Louis Leakey la envió a estudiar los chimpancés porque creía que su conducta podía arrojar luz sobre nuestros antepasados humanos. Jane ignoró esa parte de su misión y estudió a los chimpancés por sí mismos, por su propio interés y valor. Al hacerlo, creó instituciones y oportunidades que han demostrado ser fecundas para el trabajo de otros científicos, así como un brillante ejemplo personal que ha impulsado a muchos jóvenes a emprender el camino de la ciencia y la conservación.

Es importante recordar que Gombe, después de medio siglo, es mucho más que la vida y la obra de Jane Goodall. Pero hay algo indudable: su vida y su obra son extraordinarias.