Huevos diminutos

Máquinas de supervivencia, los huevos de insecto resisten y se desarrollan dondequiera que sus progenitores los depositen. Mira las fotografías de Martin Oeggerli

Vivimos engañados. Pensamos que la Tierra es nuestra, pero en realidad es de ellos. No hemos hecho más que empezar a contar sus especies. Constantemente aparecen formas nuevas en parís, londres, nueva york o en el jardín de casa, con sólo levantar una rama del suelo. No hay dos iguales. Parecen extraterrestres a nuestro lado, pero en realidad los raros somos nosotros, pues ellos son la forma de vida más común. Mientras diversos monstruos vertebrados han surgido y se han extinguido, los insectos no han dejado de aparearse, poner huevos y, así, poblar cada pantano, árbol y trozo de suelo. Hablamos de la era de los dinosaurios o de la era de los ma­­míferos, pero desde que el primer animal salió del mar a la tierra, todas las eras han sido también la era de los insectos. Son la sal de la Tierra.

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Sabemos, en parte, qué los distingue. Algunos de aquellos animales primitivos cuidaban a sus crías, como hace la mayoría de sus descendientes: las aves, los reptiles y los mamíferos, que siguen alimentando a sus pequeños y luchan para protegerlos. Los insectos, en general, se desentendieron de esas antiguas tradiciones y adoptaron costumbres más modernas.

Desarrollaron huevos cada vez más resistentes y un apéndice especial, llamado ovopositor, que algunos utilizan para hundir los huevos en la tierra. Gira una piedra y los verás. Parte un trozo de madera, y ahí están, pero no sólo ahí. Las aves se esfuerzan por encontrar un buen sitio donde anidar, pero los insectos desarrollaron la capacidad de convertir cualquier cosa (corteza, hojas, tierra, agua e incluso cuerpos ajenos) en una «guardería» para su prole. Si algo ha hecho posible la diversidad y el éxito de los insectos, ha sido el hecho de que pueden abandonar a su progenie casi en cualquier parte y aun así lograr que sobreviva, y todo gracias a esos huevos.

Empezaron siendo muy simples, lisos y redondos, pero a lo largo de 300 millones de años han adquirido formas tan variadas como los lugares donde reinan los insectos. Algunos parecen mo­­tas de polvo. Otros parecen plantas. No siempre los distingues a primera vista. Sus formas son caprichosas, con ornamentos y apéndices. Algunos respiran a través de largos tubos que extienden hasta la superficie del agua. Otros cuelgan de hilos sedosos. También los hay que vuelan con el viento o a lomos de las moscas. Tienen los colores de las piedras: turquesa, pizarra, ámbar… Es habitual que tengan apéndices, así como manchas, hélices y rayas. Lo intrincado y variado de sus diseños hace pensar en la obra de un artista obsesionado con lo diminuto, más que en la biología. Son obras maestras que la selección natural produce por millones; en el interior de cada uno de ellos hay un animal aguardando la señal para hacer eclosión.

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Aun así, el mecanismo básico de los huevos de insecto, como el de cualquier otro huevo, es reconocible. El óvulo desarrolla su envoltorio cuando aún está dentro de la hembra, y los espermatozoides deben encontrar una abertura en el mismo, llamada micropilo, y atravesarla. Los espermatozoides aguardan dentro de la hembra esa oportunidad, a veces durante años. Sólo uno, cansado pero victorioso, fecunda cada óvulo, y esa unión produce los comienzos indiferenciados de un animal, acomodado en el interior de una membrana que hace las veces de útero. Allí se forman los ojos, las antenas, el aparato bucal y el resto de los órganos. Durante el proceso, el ser que se está formando respira gracias a los aeropilos del huevo, a través de los cuales entra y sale el aire. Que todo eso suceda en el interior de una estructura no más grande que un grano de azúcar es prodigioso y a la vez de lo más corriente. Al fin y al cabo, así es como empezó la vida de casi todos los animales que han vivido en la Tierra.

Los huevos que ilustran estas páginas corresponden a unas pocas ramas del árbol filoge­nético de los insectos. Entre ellos figuran los de algunas mariposas, obligados a extremar las precauciones para defenderse de los depredadores. Por su parte, algunas plantas, como la pasionaria, desarrollan en sus hojas formas se­­mejantes a huevos de mariposa; cuando ésta ve esos «huevos», va en busca de otras plantas para hacer la puesta. La imitación no es perfecta, pero afortunadamente para las plantas, tampoco lo es la vista de los lepidópteros.

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Los huevos también deben evitar que otros insectos, los parasitoides, depositen los huevos en su interior. Hay avispas y moscas parasitoides que con sus largos ovopositores introducen su puesta en los huevos o en el cuerpo de otros in­­sectos. Casi el 10 % de las especies de insectos son parasitoides. El suyo es un estilo de vida muy rentable, castigado únicamente por la existencia de hiperparasitoides, que ponen sus huevos dentro del cuerpo de los parasitoides cuando éstos todavía están dentro del organismo o de los huevos de sus huéspedes. Muchos huevos y orugas de mariposa acaban produciendo una avispa como consecuencia de esa constante lucha por la vida. Incluso los huevos que se muestran en estas páginas pueden encerrar un misterio: en el interior de algunos puede haber jóvenes mariposas, pero en el de otros pueden ser avispas o moscas que ya se han comido su primera cena.

A veces, contra todo pronóstico, un grupo de insectos da un pequeño paso atrás y empieza a ocuparse más activamente de su prole. Los escarabajos peloteros forman bolas de excremento para que sus larvas puedan comer al nacer, y algunas cucarachas cargan a sus ninfas recién nacidas sobre el dorso. Los huevos de estos insectos han vuelto a ser redondos y sin rasgos distintivos, y por eso son más vulnerables y necesitados de protección. Aun así, sobreviven. Tal vez sean la vanguardia de lo que vendrá, del próximo reinado en ascenso. O tal vez no. Hace poco vi un escarabajo pelotero rodando su bola. Encima tenía una mosca que intentaba depositarle un huevo dentro de la cabeza.

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Hace cientos de millones de años que los in­­sectos salen de los huevos. Ahora mismo lo están haciendo, a nuestro alrededor. Si prestas atención, casi puedes oír el ruido del cascarón al res­quebrajarse mientras unas patitas diminutas, las de la larva, salen al mundo.