Hong Kong

Hong Kong, a la sombra de China

Quince años después de pasar a formar parte de la República Popular China, Hong Kong teme que su identidad cultural y su libertad se estén desvaneciendo.

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Una multitud se congrega en Victoria Park para recordar al activista democrático Szeto Wah, muerto en 2011 a los 79 años. La política china de «un país, dos sistemas» da a los hongkoneses la libertad de expresión, pero el derecho al voto está restringido.

Foto: Mark Leong

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El capitalismo desenfrenado prospera en la sede asiática del grupo financiero HSBC. Los impuestos bajos, la regulación limitada y el acceso al mercado de la China continental hacen que Hong Kong continúe siendo uno de los mejores sitios para ganar dinero.

Foto: Mark Leong

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En esta ciudad, una de las más caras del mundo, es difícil econtrar vivienda a un precio asequible, y los trabajadores con pocos recursos acaban instalándose en chabolas improvisadas en las azoteas de los edificios de barrios industriales.

Foto: Mark Leong

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Mong Kok, el distrito de luces de neón tan apreciado por los cineastas hongkoneses, es una sucesión de negocios de masajes y bares de karaoke que evoca los tiroteos entre gánsteres. Las tríadas locales, dedicadas a la extorsión y la usura, tratan de pasar inadvertidas.

Foto: Mark Leong

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En el hipódromo Happy Valley los verdaderos ganadores son los socios del elitista Club de Jockeys de Hong Kong, cuyos privilegios incluyen el acceso a zonas restringidas para examinar a los caballos. El club, el mayor contribuyente fiscal de la ciudad, controla el juego legal y la lotería.

Foto: Mark Leong

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En Hong Kong la prostitución legal prospera a puerta cerrada. Muchas prostitutas vienen del continente, como «J», de 32 años, que trabaja en su burdel individual, el único tipo de comercio sexual permitido. En dos años ha ganado suficiente dinero para invertir en bienes inmuebles.

Foto: Mark Leong

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El dragón con alas de fénix es el tatuaje de la poderosa tríada hongkonesa Sun Yee On, que según estimaciones controla alrededor de 25.000 miembros, entre ellos el hombre de este retrato. Algunos integrantes de esta banda se están introduciendo en actividades legales como la gestión de líneas de autobuses y cooperativas de taxis, para diversificar sus actividades criminales.

Foto: Mark Leong

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Las cámaras de seguridad registran todo lo que ocurre en el Chungking Mansions, 17 plantas de negocios, restaurantes y alojamientos baratos. Allí acuden yemeníes, nigerianos y paquistaníes para comprar productos fabricados en China y luego venderlos en sus respectivos países.

Foto: Mark Leong

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Una jungla de rascacielos, muchos de ellos vivienda pública, ocupa el centro de Kowloon, uno de los lugares más poblados del mundo. Pese a la flamante reputación de la ciudad, casi la mitad de su población vive en pisos de protección oficial.

Foto: Mark Leong

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La víspera de una importante carrera de caballos una multitud fuera de lo normal se agolpa en el templo Wong Tai Sin para invocar a la buena suerte quemando incienso. Cada vez llegan más turistas de la China continental para pasar un día de compras o para adquirir propiedades.

Foto: Mark Leong

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En una presentación de los nuevos relojes de Chanel, un posible comprador, con el rostro iluminado por el sensor de una cámara, se prueba un modelo de 5.000 euros. Hoy, muchos de los clientes que más gastan en Hong Kong provienen de la China continental.

Foto: Mark Leong

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Alejado de las abarrotadas calles comerciales, este callejón se esconde lejos de las tiendas principales. La economía en alza de la ciudad satisface a Beijing. Lo que molesta es el obstinado sentimiento de independencia de los hongkoneses.

Foto: Mark Leong

11 de octubre de 2012

Fotografías de Mark Leong

 

Las luces de Hong Kong centellean sobre las aguas del mar de la China Meridional, reflejando las ambiciones de la metrópoli. Sus rascacielos, símbolo de la ciudad, parecen columnas de roca fundida. Con poco terreno llano disponible y el mayor número de rascacielos del mundo, la densidad de edificios, algunos de más de cien plantas, es tan grande que parecen surgir de las laderas de las montañas como si se tratase de globos de helio. Hong Kong es una ciudad flotante: flota entre varios mundos, sobre las fluctuaciones del mercado de divisas y las cotizaciones en bolsa, sobre la especulación inmobiliaria y sobre el yuan de los chinos continentales, que llegan en masa a la ciudad como nuevos ricos. Flota sobre las capas sedimentarias de su pasado: antiguo pueblo de pescadores, guarida de piratas y colonia británica. Y en la actualidad, como región administrativa especial de China, una vez más se está transformando al compás de la fuerte presión económica y cultural. En esta urbe de más de siete millones de habitantes se percibe un creciente sentimiento de desasosiego, una inquietud radicalmente distinta a la época dorada en que fue una de las grandes capitales financieras de Asia.

Lo que ha llevado a Hong Kong de la desenfrenada ambición adquisitiva de otro tiempo a la profunda desconfianza actual es, por supuesto, la nueva China, la segunda economía del mundo, que se ha convertido en la sombra, la inferencia, la quimera y el amo supremo en cualquier conversación. Siempre vista con recelo y desprecio, pero también admirada a regañadientes. El malestar se palpa por toda la ciudad, como la bruma que se alza desde el puerto o la niebla que envuelve las calles al alba, una mezcla de confusión y miedo unida al punzante presentimiento de que la esencia de Hong Kong podría desaparecer.

«Si quiere ver el capitalismo en acción, vaya a Hong Kong», parece ser que dijo en una ocasión el economista Milton Friedman. Sin embargo, presentar esta ciudad como un paraíso del libre mercado 15 años después de que Gran Bretaña la entregara a China es simplificar, si no malinterpretar, las fuerzas ocultas que aquí operan. Es no darse cuenta de la tensión y los profundos cambios que se esconden tras su ostentosa fachada de centro financiero. Detrás de esa fa­­chada hay emigrantes en busca de asilo, prostitutas, gánsteres con estrafalarios peinados, miles de criadas indonesias que acuden a Victoria Park cada domingo y aquellos que apenas consiguen sobrevivir hacinados en apartamentos divididos en diminutos cubículos enrejados que se conocen como «casas jaula». El producto interior bruto per cápita en Hong Kong es el décimo del mundo, pero su coeficiente de Gini, un índice que mide la brecha entre ricos y pobres, también se sitúa entre los más altos.

Los hongkoneses sostienen que su ciudad se reinventa continuamente, y citan su skyline en constante transformación como ejemplo palpable de ello. «Percibimos todos estos grandes cambios, pero no sabemos cómo calificarlos», afirma Patrick Mok, coordinador del Hong Kong Memory Project, un proyecto de 5 millones de euros que intenta preservar la identidad de Hong Kong mediante la creación de un sitio web interactivo, elaborado a partir de fotografías y objetos del pasado. «El ritmo de esta ciudad es demasiado acelerado para la memoria humana.»

Sí, Hong Kong está cambiando de nuevo, ¿pero en qué y bajo la batuta de quién?

 

A poca distancia a pie de las elegantes tiendas de moda de Canton Road y del opulento Peninsula Hotel, en el distrito Tsim Sha Tsui de Kowloon, hay un destartalado edificio de 17 plantas llamado Chungking Mansions. Ocupa más de una manzana y en él viven unas 4.000 personas que constituyen una auténtica brigada internacional de compradores y vendedores. Pueden encontrarse a todas horas bajo el brillo de las luces de neón, husmeando entre los sórdidos hoteles, los restaurantes de cocina india y africana y los bazares donde se encuentra de todo, desde whisky por vasos hasta saris y alfombras para orar.

Según Gordon Mathews, un antropólogo estadounidense que lleva seis años estudiando y escribiendo sobre Chungking Mansions, cada año aterrizan allí ciudadanos de 130 nacionalidades con la esperanza de hacer grandes negocios en lo que él denomina «el gueto del centro del mundo». Y calcula que el 20 % de los teléfonos móviles que luego se venden en el África subsahariana pasan por aquí. «Este es quizás el edificio más importante del mundo para el mercado globalizado de baja gama», asegura.

Hong Kong se construyó sobre este tipo de comercio global y debe su nacimiento al opio, lo que explica en cierto modo por qué todavía hoy la frontera entre lo legal y lo ilegal es tan difusa. En el siglo xix la isla granítica que posteriormente se convertiría en Hong Kong fue avistada por los comerciantes británicos que remontaban con sus fragatas el estuario del río de las Perlas hacia Cantón (hoy Guangzhou) para intercambiar un incómodo cargamento de opio de la India.

Después, en 1839, estalló la primera guerra del opio: el Imperio manchú proclamó el fin del comercio del «barro extranjero» por parte de los «bárbaros occidentales» y confiscó 20.000 baúles llenos de opio, que destruyó en público; los británicos reaccionaron llevando sus fuerzas navales a 160 kilómetros de Pekín antes del cese de las hostilidades. En las negociaciones subsiguientes, el superintendente del comercio británico en China, Charles Elliot, reclamó Hong Kong, una isla sin valor aparente pero que él creyó podría ser beneficiosa dado el calado de su puerto. La perplejidad de la potencia imperialista fue considerable –¿no sería mejor algo un poco más arriba, en la costa?–, y la reina Vic­­toria no tuvo más remedio que admitir su desconcierto ante «la estrafalaria conducta de Charles Elliot», mientras bromeaba que su hija podría ostentar el título de princesa de Hong Kong. Bajo el gobierno británico, el chabolismo que reinaba en la isla se transformó en edificios de granito, la infraestructura colonial creció, y a orillas de un puerto en auge, que se convirtió en punto de tránsito obligado para el comercio con China, empezó a cobrar forma una ciudad.

Pero lo que realmente transformó Hong Kong en un centro del capitalismo industrial fue su resistencia a la revolución comunista china de 1949. Ante el impulso nacionalizador de Mao Zedong, los empresarios chinos emigraron y se establecieron en Hong Kong, seguidos de una oleada de refugiados en busca de trabajo. Surgió un fuerte capitalismo que transformó la ciudad en un prodigioso centro de exportaciones y en un lugar ideal para los inversores por la laxitud en la regulación de la actividad financiera.

Con el tiempo Hong Kong fue construyendo modernos y resplandecientes rascacielos junto a los conflictivos barrios populares en los que seguían proliferando la desigualdad social, la prostitución, el tráfico de drogas, el contrabando y el juego.

Chungking Mansions es un claro ejemplo del cambio. «Hoy, lo más ilegal que hay por aquí son los sin papeles que vienen a trabajar, muchos de ellos en busca de asilo», dice Mathews, quien sostiene que en lugares como Mansions es donde se trasluce la esencia del Hong Kong de los siglos xix y xx: el crisol, el puerto abierto, el bazar global sin restricciones. «Es la encarnación de lo que Hong Kong fue, es y podría ser.»

En un restaurante del Chungking Mansions conocí a un hombre que dijo ser paquistaní y respondía al nombre de «Jack Dawson», como el personaje de Leonardo DiCaprio en Titanic. Me explicó que fue amenazado en su país y vino a Hong Kong sin la documentación adecuada. Acumuló algo de capital y empezó a vender teléfonos; hoy distribuye móviles desechables «de 14 días» y gana unos 48.000 euros al año. Señaló el vestíbulo atestado de gente yendo y viniendo y dijo: «Esta es la tierra de mis sueños».

En Lockhart Road, en el distrito de Wan Chai, hay un decrépito edificio en cuyo agobiante vestíbulo se respira una atmósfera tensa, por no decir otra cosa: un grupo de adolescentes jugando con sus teléfonos y hombres trajeados y nerviosos, que evitan la mirada directa, esperando frente a la puerta del ascensor. Cuando esta se abre, una horda de hombres sale y otra entra. En cada una de las 20 plantas del edificio hay media docena de apartamentos, miniburdeles ocupados por una prostituta. Las paredes son tan finas que apenas amortiguan el ruido de los servicios que tienen lugar en su interior.

Durante la década de 1980 el negocio de la prostitución estaba en manos de las tríadas (bandas criminales que se definen según su dialecto regional, profesión y filiación política), que importaban a las chicas a Hong Kong en lanchas motoras. Estas bandas comenzaron como sociedades secretas durante un período más permisivo, pero fueron ganando prominencia en los años sesenta y principios de los setenta, la época dorada de la corrupción en Hong Kong. Los violentos filmes de John Woo sobre las tríadas reforzaron la imagen del gánster como héroe y pusieron de relieve la compleja duplicidad que pervive en esta ciudad: en las deslumbrantes torres corren ríos de dinero fruto de la especulación y los beneficios, mientras en las congestionadas y sofocantes calles las tríadas imponen sus leyes a cuchilladas y disparos.

La verdad hoy es mucho más compleja, y menos terrible. Parte de la actividad criminal relacionada con las tríadas, como es el tráfico de drogas, se ha trasladado a la China continental. Además, las tríadas actuales, dice Alex Tsui, un antiguo agente anticorrupción, ya no se identifican con los valores de lealtad y patriotismo que impregnaban buena parte de los conflictos del pasado. Ahora todo se ha reducido al puro negocio. Con los beneficios a la vista, las tríadas están más dispuestas a colaborar entre ellas y a resolver sus diferencias alrededor de una mesa en vez de hacerlo en la calle. Operan rutas de autobuses e incluso hacen sus pinitos en la decoración de interiores, mientras continúan con sus acciones criminales del día a día. Pero la frontera entre las actividades legales y las ilegales ya no es tan clara. Los hijos de sus dirigentes van a buenos colegios y prefieren las tabletas iPad a la bronca en las calles. Los gánsteres de alto nivel están más interesados en sus carteras de inversiones y activos inmobiliarios, o en la compra de caballos de carreras, que en arriesgar su vida en un tiroteo.

«Algunos se dieron cuenta de que si incumples la ley en Hong Kong, vas a la cárcel –dice Tsui–. Pero si te alejas unos kilómetros, a Shenzhen o al propio continente, tienes carta blanca.»

Los cambios legislativos también han reducido el control de las tríadas sobre la economía sumergida. Hoy la prostitución es legal, con algunas restricciones diseñadas para mantenerla apartada del ojo público y para proteger a las trabajadoras sexuales de la explotación a la que son sometidas por las bandas criminales y los proxenetas. Eso no quiere decir que las leyes se cumplan a rajatabla, puesto que esta nueva era ha traído tal flujo de trabajadoras sexuales de la China conti­nental que el control de este comercio por parte de la policía se ha visto dificultado.

Hoy edificios enteros sin un distintivo particular en el exterior están ocupados por prostitutas que trabajan en apartamentos de una sola habitación y anuncian sus servicios en páginas web, donde son valoradas por sus clientes, que pagan unos 50 euros por 40 minutos de servicio.

En uno de esos apartamentos encuentro a una mujer dispuesta a hablar, pero no a dar su nombre. «Después de pagar el alquiler, gano más de 80.000 euros al año –dice con una voz que recuerda a Betty Boop–. Desde que me dedico a esto, he comprado tres pisos para mi familia.»

No hace falta hacer grandes cálculos para darse cuenta de que, para bien o para mal, el trabajo le sobra. El más íntimo de los actos no es otra cosa que una transacción más en una ciudad de transacciones, un servicio prestado en intervalos de 40 minutos, un intercambio de dinero que genera más dinero y es enviado a casa, a la familia en la China continental. 

Junio, más que ningún otro, es el mes en el que el fantasma chino asoma sobre Hong Kong. El aniversario de la represión de la plaza de Tiananmen (el 4 de junio de 1989) es para la ciudad el equivalente simbólico del 11 de septiembre para los estadounidenses. Dado que ocurrió en los años anteriores a la transferencia de la soberanía, la masacre de cientos de manifestantes provocó una ola de pánico en la colonia y adjudicó al Gobierno chino un papel de estado policial dispuesto a utilizar la violencia para aplastar cualquier petición de libertad de expresión.

En el elegante distrito de Causeway Bay, en la plaza frente al centro comercial llamado Times Square, Sam Wong, de 22 años, está de pie bajo unos carteles publicitarios inmensos de George Clooney luciendo un reloj de marca Omega y unas top models en poses sugestivas. Wong lleva una camiseta blanca que pone en inglés «¡Libertad Ya!», y en la cabeza, una explícita cinta en la que se puede leer «¡Huelga de Hambre!» en chino.

Wong, ya de por sí delgado, lleva 24 horas en una huelga de hambre que durará 64 horas en conmemoración del aniversario de Tiananmen. Le acompañan 18 jóvenes manifestantes instalados en improvisadas tiendas de campaña que reparten folletos y entonan canciones para reclamar mayor democracia en China y libertad para los disidentes políticos encarcelados.

La gente pasa por su lado sin tan siquiera percatarse de su presencia. Sin embargo, la noche anterior un nutrido grupo de turistas chinos se detuvo para mirar un documental sobre la plaza de Tiananmen con escenas de la masacre, que Wong les mostraba en su pequeño ordenador portátil, mientras detrás suyo una inmensa pantalla luminosa proyectaba tráileres de películas. Después de ver aquellas imágenes, algunos confesaban que acababan de enterarse de lo que había sucedido, otros cuestionaban respetuosamente lo que consideraban una versión antigubernamental de lo ocurrido. «No tememos a las personas con ideas distintas –dice Wong–. Nos da miedo que la policía abuse de su poder y nos detenga, que acaben con nuestra libertad de expresión.»

Una idea que se repite insistentemente en Hong Kong: la arbitrariedad de las autoridades, consideradas por muchos como meros títeres de las intenciones y directivas ocultas de Beijing. Pese al compromiso de China de mantener «un país, dos sistemas», lo cual garantiza el derecho de Hong Kong a conservar un sistema político y económico autónomo hasta 2047, los hongkoneses tiemblan ante la perspectiva de un mayor control por parte de Beijing, que limitaría la li­­bertad de la que siempre han gozado e impondría su voluntad hasta anular lo que les hace esencialmente diferentes.

Leung Kwok Hung, un prominente activista pro democracia y miembro del consejo legislativo de la ciudad, a quien todo el mundo conoce como Long Hair por su larga cabellera de hippy, se queja de lo que considera una limitación cada vez mayor de la libre expresión. «La policía se doblega ante Beijing, porque si dices que no a lo que quiere el Partido Comunista, ya te puedes despedir de tu futuro profesional. Esto incluye también a los funcionarios del Gobierno y a los magnates que dirigen los medios de comunicación o que quieren hacer negocios en China. Nos estamos volviendo cada vez más pasivos. La mitad de los medios de comunicación ni siquiera informan sobre nuestras protestas.»

En su despacho repleto de libros, Long Hair declara que lo han detenido más de 20 veces, condenado una docena de ellas y encarcelado cuatro. Intenta defender lo que considera son las cuestiones más importantes de la identidad hong­­konesa: la libre expresión y la independencia de los medios de comunicación, cuestiones que durante el «no intervencionismo positivo» del gobierno británico se dieron por sentadas y que ahora entran en mayor o menor conflicto con el Partido Comunista de China. Long Hair teme que pueda crearse un peligroso vacío. Pero en sus momentos más optimistas, confía en el hecho de que Hong Kong es un importante baluarte de las libertades civiles, y que si se le presiona lo suficiente, será capaz de enfrentarse a China.

Las manifestaciones del 4 de junio del año pasado, las únicas que se permitieron en toda China, fueron especialmente intensas a raíz de la polémica detención del artista chino Ai Wei­wei, cuya obra provocadora y cuyos actos de protesta social le han valido represalias por parte del Gobierno chino. (Fue detenido y acusado de evasión de impuestos cuando estaba a punto de subirse a un avión rumbo a Hong Kong.)

Varias decenas de miles de personas se reunieron en Victoria Park para una vigilia a la luz de las velas. Según los organizadores acudieron unas 150.000 personas, aunque la policía calculó la mitad. El motivo de la protesta podía leerse en la marea de camisetas, pancartas e insignias con el lema: «¿Quién teme a Ai Weiwei?». Hubo canciones («Somos la nueva juventud, y no tenemos miedo»), discursos y una pantalla de vídeo que mostraba mensajes grabados por algunas madres de las víctimas de la plaza de Tiananmen, todos invocando el recuerdo y la solidaridad. A ratos era desgarrador, melodramático; otros era conmovedor y con una gran dosis de esperanza. Pero tal vez lo más turbador era el convencimiento entre los manifestantes de que lo que había sucedido en Tiananmen podía repetirse cualquier día en Victoria Park, donde ellos mismos podían ser las siguientes víctimas.

Al acabar la manifestación un grupo de jóvenes manifestantes lo recogió todo, fregó el pavimento a conciencia y retiró toda la cera derretida. Ningún desorden, ninguna apelación a ocupar un lugar público o tirar cócteles Molotov. Una manifestación en el más puro «estilo Hong Kong», es decir, respetuosa e intensa de principio a fin, pero extrañamente complaciente y sin provocaciones finales.

En el parque, cada vez más vacío tras la protesta de la tarde, conocí a un hombre que acarreaba una bolsa llena de panfletos y folletos, algunos de los cuales ensalzaban el movimiento pro democracia o exigían la puesta en libertad de los disidentes políticos encarcelados, entre ellos el premio Nobel Liu Xiaobo, y a miembros de Falun Gong. «El Partido Comunista me odia», declaró. Miembro de una familia de terratenientes chinos, emigró a Hong Kong en 1951, con 17 años, para escapar del Gobierno de Mao Zedong. Algunos de sus tíos habían sido encarcelados, mientras que otro se convirtió en funcionario del Partido Comunista. «Nuestra familia ha estado en todos los bandos», dijo. A los 50 años se jubiló del negocio de la joyería y desde entonces vuelve a su aldea natal en la provincia de Guangdong una vez al mes. «Riño a los comunistas y predico la forma de democracia vigente en Hong Kong», exclamó. ¿Qué pensaba hacer con todos esos folletos que llevaba en la bolsa? «Llevarlos de vuelta a China», respondió.

MIENTRAS LOS HONGKONESES intentan exportar con discreción sus ideas políticas a la China continental, son los chinos continentales quienes han mantenido la ciudad a flote con su poder económico, especialmente después de la parálisis que sufrió tras la epidemia de gripe aviar en 1997 y la de SARS en 2003. «La tienda Rolex de Times Square vende 200 relojes al día, sobre todo a los chinos continentales», dice Francis Cheng, un reputado organizador de eventos de algunas de las mejores marcas y asistente personal de Pansy Ho, la conocida multimillonaria que dirige el imperio del juego MGM China. En el pasado Hong Kong enviaba ayuda alimentaria a China y los hongkoneses sostenían el mercado inmobiliario continental a través de sus inversiones, pero ahora las cosas han cambiado: China ayuda a Hong Kong a mantenerse viva y los residentes del continente acuden en tropel a la metrópoli para comprar casas y bienes.

«Cuando era pequeño nos sentíamos superiores a los chinos», dice Cheng. En Hong Kong la gente bromea sobre los nuevos ricos del continente que frecuentan los restaurantes más exclusivos e insisten en que les llenen la copa de vino hasta arriba. Se dice que en una ocasión uno de ellos entró en una tienda de lujo con una bolsa llena de dinero y soltó: «Quiero lo más caro». Relatos como este alimentan el estereotipo de los chinos ah chan, o paletos, pero como señala Cheng, lo cierto es que hoy se forman largas colas a las puertas de las nueve boutiques que Gucci tiene en Hong Kong, lo que demuestra una demanda aparentemente interminable. «Siempre habrá un nuevo grupo de provincianos continentales que se haya enriquecido.»

Este desplazamiento del poder adquisitivo ha exacerbado hasta tal punto la crisis de identidad de la ciudad que ahora son los chinos continentales quienes se refieren a sus hermanos hong­koneses como kong chan, o provincianos de Hong Kong. Según una encuesta reciente del Programa de Opinión Pública de la Universidad de Hong Kong, la mayor parte de sus residentes se consideran antes que nada hongkoneses, lo cual pone en evidencia el resentimiento creciente hacia los chinos del continente, que fueron calificados por un anuncio de un periódico hong­konés como la «plaga de langostas» que invade el territorio. El año pasado casi la mitad de los bebés nacidos en los afamados hospitales de Hong Kong eran de padres procedentes del continente, lo que suscitó las protestas de las madres hongkonesas preocupadas ante la perspectiva de que a lo largo de 2012, el auspicioso Año del Dragón (con un previsible aumento de la tasa de natalidad), el sistema hospitalario de Hong Kong, ya gravado en exceso, no sea capaz de asumir toda la demanda.

La tensión crece en la ciudad flotante. «Los visitantes ven Hong Kong como una esmeralda incrustada en una montaña –dice Alex Tsui–, pero es una urbe enferma. La cabeza no le funciona bien, las piernas le fallan y anda con dificultad.»

Anochece. Los edificios, alineados como velas, se iluminan. Los transbordadores surcan las aguas de la bahía. Los aviones planean sobre nuestras cabezas como pterodáctilos plateados. Las calles parecen ríos de consumidores. Hong Kong, la ciudad que contiene otras cien ciudades, parece tan agitada como siempre, y en plena transformación una vez más.

«La gente se sorprende cuando les muestro fotografías de los arrozales que había aquí en la década de 1970 –dice Patrick Mok, el guardián de la memoria de la ciudad–. Entonces vivíamos en la calle, en los mercados abiertos. Después, la vida se trasladó a los centros comerciales, a espacios cerrados con aire acondicionado. Ahora ya no estamos seguros de qué nos depara el futuro, pero tenemos la profunda sensación de que nuestra identidad está desapareciendo.» j

kljlkjen la costa del Mar de la China Meridional, la metrópolis de Hong Kong brilla resplandeciente, sus icónicos rascacielos parecen columnas de hierro y en la bahía se ven reflejadas todas las frías tonalidades de azul y fucsia de sus ambiciones urbanas. En una exigua superficie de terreno plano se alza una tremenda densidad de edificios de más de cien plantas, que parecen globos hinchados de helio surgiendo de la ladera de la montaña. Es una ciudad flotante: flota entre mundos, sobre tasas de intercambio fluctuantes y OPVs, sobre la especulación inmobiliaria y el yuan de los chinos continentales, que llegan a sus costas en masa atraídos por el dinero nuevo. Flota sobre las capas sedimentadas de su pasado: antiguo pueblo pescador, guarida de piratas, colonia británica. En la actualidad es una región administrativa especial de China, y una vez más se está rehaciendo bajo la presión económica. En esta urbe de más de siete millones de habitantes se percibe un creciente sentimiento de desasosiego, una inquietud directamente opuesta a los felices días en los que fue una de las grandes capitales de negocios de Asia.

Lo que ha llevado a Hong Kong desde el vertiginoso deseo adquisitivo de antaño a la paranoia más profunda es, por supuesto, la nueva China, la segunda economía más grande del mundo, que se ha convertido en la sombra, la inferencia, la quimera y el supremo hacedor en toda conversación local. Siempre vista con desconfianza y desprecio, pero también admirada con temor reverencial. El malestar se palpa por toda la ciudad, como la misma bruma que se alza desde el puerto o desde las calles humeantes al alba, una mezcla de confusión y miedo junto con el punzante presentimiento de que la esencia de Hong Kong podría desparecer.

Se dice que el economista Milton Friedman dijo en una ocasión: «Si quieres ver al capitalismo en acción, ves a Hong Kong». Sin embargo, idealizar esta ciudad hoy día como el próspero paraíso de libre mercado, quince años después de que Gran Bretaña la entregara a China, es simplificar, si no malinterpretar, las fuerzas cada vez más oscuras que aquí operan. Es no darse cuenta de la tensión y el movimiento tectónico que se dan por debajo de su ostentosa fachada de centro financiero. En la marginalidad encontramos a los emigrantes en busca de asilo; las prostitutas; los gánsteres con sus estrafalarios peinados; las miles de criadas indonesias que acuden en masa al parque Victoria cada domingo –su preciado día de descanso; y aquellos quienes apenas consiguen sobrevivir y viven hacinados en bloques de pisos separados por meros tabiques, que se conocen por «casas jaula» por su diminuto tamaño. El producto interior neto per cápita en Hong Kong es el décimo del mundo, pero su coeficiente de Gini, un índice que mide la brecha entre ricos y pobres, también se encuentra entre los más altos.

Los hongkoneses dicen que su ciudad se reinventa cada par de años, y citan su skyline, que está en constante transformación, como ejemplo palpable de ello. «Sufrimos todos estos grandes cambios, pero no sabemos cómo calificarlos», dice Patrick Mok, el coordinador del Proyecto de la Memoria de Hong Kong, una organización con 6,4 millones de dólares que atiende al problema de identidad que sufre Hong Kong mediante la creación de sitios web interactivos, elaborados a partir de fotografías y objetos antiguos. «El ritmo de esta ciudad va demasiado deprisa para la memoria humana».

Sí, Hong Kong está cambiando de nuevo, ¿pero en qué y bajo qué batuta?

 

A poca distancia a pie de las elegantes tiendas de moda de Canton Road y del opulento Peninsula Hotel en el distrito Tsim Sha Tsui de Kowloon, hay un destartalado edificio de 17 pisos llamado Chungking Mansions de más de una manzana, donde se albergan 4.000 personas que constituyen una auténtica brigada globalizada de compradores y vendedores. Pueden encontrarse a todas horas bajo el brillo de los neones, husmeando entre los sórdidos hoteles, los restaurantes de cocina africana y curris indios, y los bazares donde se encuentra de todo, desde whisky por vasos hasta saris y alfombras para orar.

Gordon Mathews, un antropólogo estadounidense que lleva seis años estudiando y escribiendo sobre Chungking Mansions, dice que cada año aterrizan allí 130 nacionalidades diferentes con la esperanza de realizar grandes negocios en lo que él denomina «el gueto del centro del mundo». Cuando se construyó, Chungking Mansions era el dominio de los inmigrantes chinos, que hoy en día ya han marchado, puesto que su situación social ha mejorado lo suficiente. En la actualidad «parece un club de hombres del tercer mundo», dice Mathews, quien calcula que el 20 por ciento de los teléfonos móviles que luego se venden en África subsahariana provienen por ahí. «Éste es quizá edificio más importante del mundo para el mercado globalizado de baja gama», afirma.

Hong Kong se construyó bajo este tipo de comercio global, y debe su nacimiento al opio, lo cual quizá explica por qué hasta hoy en día está tan difuso el límite entre lo legal y lo ilegal. Cuando en el siglo XIX, los comerciantes británicos viajaban a China en fragatas, con ganas de intercambiar el abundante opio indio que traían, vieron la isla de granito que después se convertiría en Hong Kong cuando subían por el estuario del río Perla hacia Guangdong.

Después llegó la primera guerra del opio en 1839: el imperio Manchú proclamó el fin del comercio del «barro extranjero» por parte de los «bárbaros ajenos», y confiscaron 20.000 baúles llenos de opio, que destruyeron en público; la represalia británica fue acercar sus fuerzas navales hasta los 160 kilómetros de Pekín, antes del cese total de las hostilidades.

En las negociaciones subsiguientes, el superintendente del comercio británico en China, Charles Elliot, pidió Hong Kong, una isla sin valor aparente alguno, pero que él creyó podría ser lucrativa dada la profundidad de las aguas de su puerto. Los imperialistas entraron en pánico –¿no sería mejor algo un poco más arriba, en la costa?– y la reina Victoria no tuvo más remedio que admitir su desconcierto ante «la estrafalaria conducta de Charles Elliot», mientras bromeaba que su hija podría ostentar el título de princesa de Hong Kong. Bajo el gobierno británico, el chabolismo que reinaba en la isla se transformó en edificios de granito, la infraestructura colonial creció, y empezó a formarse una urbe a orillas de un puerto en auge, que se convirtió en punto de tránsito obligado para el comercio con China.

Sin embargo, lo que transformó a Hong Kong en un centro industrializado del capitalismo fue su resistencia a la revolución comunista china de 1949. Frente al impulso nacionalizador de Mao Zedong, los industrialistas chinos emigraron y se restablecieron en Hong Kong; además empezaron a llegar multitud de refugiados en busca de trabajo. Surgió un robusto capitalismo que transformó la ciudad en una prodigiosa exportadora y en un lugar de regulación muy laxa, ideal para los inversores.

Con el tiempo, Hong Kong fue construyendo los resplandecientes rascacielos –algunos obra de renombrados arquitectos internacionales, como I.M. Pei y Norman Foster– además del otro desarrollo urbano, más conflictivo, donde tras la fachada moderna seguía proliferando el malestar social, como la prostitución, el tráfico de drogas, el contrabando y el juego.

Chungking Mansions es un claro ejemplo del cambio. «Lo más ilegal que hay por aquí son los sin papeles que vienen a trabajar, muchos de ellos en busca de asilo», dice Mattews, que sostiene que en lugares como Mansions es donde Hong Kong cumple su propia promesa, por lo menos en parte, puesto que evoca una versión más antigua de sí misma, la de los siglos XIX y XX: el crisol, el puerto abierto, el bazar global sin restricciones. «Es la verdadera encarnación de lo que Hong Kong fue, es y podría ser».

En una tienda de curris de Chungking Mansions conocí a un hombre que decía ser de Pakistán y respondía al nombre de «Jack Dawson», como el personaje de Leonardo DiCaprio en Titanic. Me explicó que fue amenazado en su país y vino a Hong Kong sin la documentación adecuada. Acumuló algo de capital y empezó a vender teléfonos; actualmente distribuye móviles desechables «de 14 días» y gana $60.000 al año. Señaló hacia el vestíbulo atestado de gente yendo y viniendo, y dijo: «Esta es la tierra de mis sueños».

En Lockhart Road, en el distrito de Wan Chai, el ambiente dentro del agobiante vestíbulo de un decrépito edificio es muy tenso, por no decir otra cosa: chicos adolescentes jugando a video juegos en sus teléfonos y hombres trajeados y nerviosos, que evitan la mirada directa, mientras esperan frente a las puertas del ascensor. Cuando éstas se abren, una horda de hombres sale y otra entra. Cada piso de este edificio de 20 plantas cuenta con media docena de apartamentos que son como mini burdeles de una sola mujer, de paredes tan finas que apenas amortiguan la cháchara y otros sonidos pertinentes de los servicios que tienen lugar en su interior.

Durante los años 80, las tríadas –bandas criminales que se definen según su dialecto, profesión y filiación política– facilitaban el tráfico humano, sobre todo importando trabajadoras sexuales a Hong Kong en lanchas motoras. Estas bandas comenzaron como sociedades secretas durante un período más permisiva, pero fueron ganando prominencia en las década de los 60 y principios de los 70, época dorada de la corrupción hongkonesa. Los violentos filmes sobre las tríadas de John Woo reforzaron la imagen del gánster como héroe, mientras subrayaban la complejidad que pervive en esta ciudad: en las deslumbrantes torres el dinero fluye entre los especuladores de guante blanco, mientras que en las congestionadas y sofocantes calles, las tríadas apuñalan, bombardean y amputan la sociedad.

La verdad, hoy día, es mucho más compleja –y menos desesperante. Parte de la actividad relacionada con las tríadas, como el tráfico de drogas, se ha trasladado al continente. Además, las tríadas actuales, dice Alex Tsui, un antiguo oficial de la anti-corrupción, ya no arrastran los vestigios de lealtad y patriotismo que causaban parte del conflicto. Ahora todo se ha reducido al puro negocio. Con los beneficios a la vista, las tríadas están más dispuestas a colaborar entre ellas, y ya no resuelven sus contiendas en la calle, sino sentadas alrededor de una mesa. Operan rutas de autobuses e incluso hacen sus pinitos en la decoración de interiores, mientras continúan con sus bravuconadas del día a día. Pero la frontera se ha desdibujado. Los hijos de sus dirigentes van a buenos colegios y prefieren jugar con sus nuevas tabletas iPad a ir intimidándose mutuamente en las calles. A los gánsteres de alto nivel les interesan más sus inversiones y portafolios inmobiliarios, o la compra de caballos, que arriesgar su vida en un tiroteo callejero.

«Algunos se dieron cuenta de que, en Hong Kong, si incumples la ley, vas a la cárcel», dice Tsui. «Pero si te alejas unas 20 millas, a Shenzhen o al propio continente, tienes carta blanca». Un experto en tríadas, Kent Lee, añade: «Los que se han quedado no son tan violentos y se mueven más por temas económicos».

Los cambios en las leyes también han minimizado la importancia de las tríadas en la economía sumergida. En la actualidad, la prostitución es legal, con algunas restricciones diseñadas para mantenerla apartada del ojo público y para proteger a las trabajadoras sexuales de las tríadas y de los proxenetas que intentan enriquecerse como intermediarios. No es que no se cumplan todas las leyes, pero ha comenzado una nueva era que ha aumentado el flujo de trabajadoras sexuales provenientes del continente chino, a tal escala que se ha dificultado el control del comercio sexual por parte de la policía.

Ahora hay edificios enteros, sin distintivo particular en el exterior, en los que hay planta tras planta de apartamentos de una sola habitación llenos de trabajadoras sexuales que anuncian sus servicios en páginas web, donde son valoradas por sus clientes, quienes pagan alrededor de $60 por 40 minutos de servicio.

En el piso de arriba encuentro a una mujer dispuesta a hablar, aunque no a dar su nombre. «Después de pagar el alquiler, gano unos $100.000 al año», dice con una voz que recuerda a Betty Boop, vestida con un salto de cama de color rosa y pronunciado escote, en una habitación cubierta con espejos de arriba abajo, y donde el suelo del baño está siempre mojado por las constantes duchas entre clientes. «Desde que hago esto, he comprado tres pisos para mi familia», nos comunica orgullosa.

Haciendo números, uno se da cuenta que, para bien o para mal, es una mujer trabajadora. Y comparando este mundo con el hollywoodiense y engañoso retrato del exotismo de una película como The World of Suzie Wong («Contigo es diferente», le dice Suzie, la prostituta, al personaje de William Holden. «Siento algo en el corazón»), uno también se da cuenta que este acto tan íntimo no deja de ser una transacción más en una ciudad de transacciones, un servicio prestado en intervalos de 40 minutos, dinero intercambiado, beneficios empleados, dinero ganado para generar más dinero –y enviado a casa, a la familia, al continente chino.

En ningún otro mes como en junio se asoma tanto el fantasma chino sobre Hong Kong. El aniversario de la ofensiva de la plaza de Tiananmen –el 4 de junio de 1989– representa el 11 de septiembre simbólico de Hong Kong. Dado que ocurrió en los años anteriores a la entrega, la masacre de cientos de manifestantes provocó una ola de pánico a través de la colonia, colocando al gobierno chino en el rol de estado policial dispuesto a llegar al extremo para aplastar cualquier petición de libertad de expresión.

En el elegante distrito de Causeway Bay, en la plaza de cemento frente a Times Square, Sam Wong, de 22 años, está de pie bajo un inmenso cartel publicitario de George Clooney luciendo un reloj de marca Omega con unas supermodelos en poses sugestivas. Wong lleva una camiseta blanca que pone en inglés «Libertad Ya!» y en la cabeza una explícita cinta en la que se puede leer «Huelga de Hambre!» en chino.

Wong, que ya es delgado de por sí y luce una barba incipiente, lleva 24 horas en una huelga de hambre que durará 64 horas, en conmemoración del aniversario de Tiananmen. Le acompañan 18 jóvenes manifestantes en un improvisado poblado de tiendas de campaña, en la que se reparten folletos y se entonan canciones que reclaman mayor democracia en China y libertad para los disidentes políticos encarcelados.

Los consumidores pasan por su lado sin tan siquiera percatarse de su presencia. Sin embargo, la noche anterior, un gran grupo de turistas chinos pararon para mirar un documental sobre la Plaza de Tiananmen, que él enseña en la pantalla de su ordenador, donde pudieron ver escenas de la masacre. Todo ello ocurre bajo una inmensa pantalla JumboTron donde se exhiben tráileres de películas. Tras la proyección, algunos se quedaron para discutirla; había quien confesaba acabar de enterarse de lo que había ocurrido, otros cuestionaban respetuosamente lo que consideraban era la versión anti-gubernamental de los manifestantes. «No tememos a las personas de ideas distintas», dice Wong. «Nos da miedo que la policía abuse de su poder y nos arreste, que acaben con nuestra libertad de expresión».

Hoy día, esta idea se repite insistentemente en Hong Kong: la imprevisibilidad de las autoridades, que muchos creen son meros títeres de las intenciones y directivas ocultas de sus amos en Pekín. A pesar del compromiso por parte de China de mantener «un país, dos sistemas», lo cual garantiza el derecho de Hong Kong de mantener un sistema político y económico autónomo hasta el 2047, los residentes se amilanan ante el espectro del control chino; lo ven como algo que limita la libertad y la espontaneidad que les caracterizan e impone una voluntad ajena que intenta escarnecer aquello que los hace esencialmente diferentes.

Leung Kwok Hung, un prominente activista pro-democrático y miembro del consejo legislativo, a quien todo el mundo conoce como Long Hair [El melenas] por su larga cabellera, reprocha lo que ve como una creciente prohibición en contra de la libre expresión. «La policía se doblega ante Pekín, porque si dices que no a lo que quiere el Partido Comunista, le estás diciendo que no a tu futuro profesional», explica. «Esto incluye también a los oficiales gubernamentales y a los magnates que dirigen los medios de comunicación o que quieren hacer negocios con China. Nos estamos volviendo cada vez más pasivos. La mitad de los medios de comunicación ni siquiera informan sobre nuestras protestas».

Vestido con una camiseta de Che Guevara y escuchando a Richie Havens en su despacho, repleto de libros, Long Hair declara que ha sido arrestado más de 20 veces a través de los años, condenado una docena de ellas y encarcelado, cuatro. Intenta defender lo que considera son las cuestiones más importantes de la identidad de Hong Kong: la libre expresión, los medios de comunicación independientes –todas cuestiones que bajo el «no-intervencionismo positivo» del gobierno británico se han dado por sentadas y ahora entran en mayor o menor conflicto con el Partido Comunista de China. Dado que Hong Kong no es una democracia autónoma plenamente desarrollada, Long Hair teme que puede crearse un peligroso vacío. Pero, en sus momentos más optimistas, confía en que Hong Kong es un importante baluarte de las libertades civiles y que si se le presiona lo suficiente, será capaz de enfrentarse a China.

Las protestas del 4 de junio del año pasado –las únicas que se permitieron en toda China– se intensificaron a raíz de la polémica detención del artista chino, Ai Weiwei, cuya provocadora obra y actos de protesta social le han valido represalias por parte del gobierno chino. (Fue arrestado y acusado de evasión de impuestos, cuando estaba a punto de subirse a un avión rumbo a Hong Kong). Hubo manifestaciones propagandistas en East Point Road; un hombre invitaba a todo el mundo a escribir sus protestas en notas post-it que después se enganchaba por el cuerpo; una mujer prendía fuego a un polvo de hierbas sobre la palma de su mano y extinguía las llamas justo antes de que le quemaran la carne.

Decenas de miles de personas se reunieron en Victoria Park para una vigilia a la luz de las velas. Según los organizadores, acudieron 150.000 personas, mientras que la policía calculó que fueron la mitad. La relevancia de la protesta fue subrayada por la profusión de camisetas, pancartas e insignias que ponían «¿Quién teme a Ai Weiwei?» Hubieron canciones («Somos la nueva juventud, y no aceptamos miedo»), discursos y una pantalla de vídeo que mostraba mensajes grabados por algunas madres de las víctimas de la plaza de Tiananmen, todos invocando el recuerdo y la solidaridad. Era a la vez desgarrador, melodramático, fascinante y esperanzador, pero lo que lo hacía más emocionante era la verdadera sensación entre los manifestantes de que lo que había ocurrido en Tiananmen podría repetirse cualquier día en Victoria Park, donde ellos mismos podrían ser las siguientes víctimas.

Después, un grupo de jóvenes manifestantes lo recogieron todo, fregaron concienzudamente el pavimento y con espátulas retiraron toda la cera derretida. No se produjo ningún exceso, ni apelación alguna a manifestarse o a tirar cócteles Molotov. Se trataba de una protesta al estilo local, es decir, respetuosa, concreta y enfática hasta su término, pero extrañamente displicente y sin ninguna provocación final.

En el parque, cada vez más vacío tras la protesta de la tarde, conocí a un hombre con un abanico rojo que llevaba puestos unos pantalones cortos de color azul. Acarreaba una bolsa llena de panfletos y folletos, algunos de los cuales ensalzaban el movimiento pro-democrático o exigían la puesta en libertad de los disidentes políticos encarcelados, entre ellos al ganador del Premio Nobel Liu Xiaobo, y a miembros de Falun Gong. «El Partido Comunista me odia», proclamaba.

Era miembro de una familia de terratenientes chinos y emigró a Hong Kong en 1951, a los 17 años, para escapar del gobierno de Mao Zedong. Algunos de sus tíos habían sido encarcelados, mientras que otro de ellos se convirtió en oficial del Partido Comunista. «Nuestra familia ha estado en todos los bandos», dice. A los 50 años se jubiló del negocio de las joyas y desde entonces, una vez al mes, vuelve a su aldea natal en la provincia de Guangdong. «Riño a los comunistas», dice, «y predico la democracia de Hong Kong». ¿Qué pensaba hacer con todos los folletos que llevaba en la bolsa? «Llevarlos de vuelta a China», dijo.

Mientras los hongkoneses están sutilmente exportando sus ideas políticas a China, son los residentes del continente quienes han mantenido la ciudad a flote con su poder económico, especialmente después de la parálisis que sufrió tras la epidemia de fiebre aviar en 1997 y la crisis de SARS en 2003. «La tienda de Rolex de Times Square vende 200 relojes al día, sobre todo a los continentales», declara Francis Cheng, un reputado organizador de eventos de algunas de las mejores marcas y asistente personal de Pansy Ho, la conocida billonaria que dirige el imperio del juego MGM China. Antes se enviaban paquetes de comida de Hong Kong hacia China, y eran los hongkoneses quienes sostenían el mercado inmobiliario continental a través de sus inversiones, pero ahora las cosas han cambiado y es China la que ayuda a Hong Kong a mantenerse viva; los residentes del continente acuden en tropel a la metrópolis para comprar propiedades y bienes, muchas veces en efectivo, ya que las transacciones con tarjeta de crédito siguen representando en China una fracción de las ventas al por menor.

«Cuando yo era pequeño nos sentíamos superiores a los chinos», dice Cheng. En Hong Kong la gente bromea sobre los nuevos ricos del continente que frecuentan los restaurantes más exclusivos e insisten en que se les llenen la copa de vino hasta arriba. Se dice que, en una ocasión, uno de ellos entró en una tienda de lujo con una bolsa cargada de efectivo y soltó: «¿Donde está lo más caro?» Relatos como este apoyan el estereotipo de los chinos como ah chan, o paletos, pero, tal como señala Cheng, hoy día se forman largas colas frente a las nueve boutiques de Gucci, lo que demuestra una demanda creciente. «Siempre habrá un nuevo grupo de provincianos continentales que se han enriquecido», dice.

Este cambio en el poder adquisitivo ha exacerbado hasta tal punto la crisis de identidad de Hong Kong que ahora son los chinos quienes se refieren a sus hermanos hongkoneses como kong chan, o provincianos de Hong Kong. El Programa de Opinión Pública de la Universidad de Hong Kong dice que en una encuesta reciente la mayor parte de sus residentes se consideran en primera instancia hongkoneses, lo cual pone en evidencia el creciente resentimiento hacia los chinos, que fueron calificados por un anuncio de un periódico hongkonés como la «plaga de langostas» que revolotean por todo el territorio. Casi la mitad de los bebés nacidos en los reconocidos hospitales de Hong Kong el año pasado eran de padres procedentes del continente, lo cual acució protestas por parte de las madres hongkonesas preocupadas que, en el auspicioso año del dragón, cuando es seguro que aumentará la tasa de natalidad, el sistema hospitalario de Hong Kong, ya gravado en exceso, será incapaz de asumir toda la demanda.

En una tienda de Dolce & Gabbana recién inaugurada, se les prohibió tomar fotografías a los residentes de Hong Kong frente al escaparate de la tienda. Como respuesta, más de mil hongkoneses se reunieron en la calle delante de la tienda para exigir una disculpa, mientras desahogaban su frustración por ser tratados como ciudadanos de segunda en su propia casa.

La tensión crece paulatinamente en la ciudad flotante. «Los visitantes ven Hong Kong como la ciudad de esmeralda sobre la montaña», dice Alex Tsui, «pero es una urbe enferma. La cabeza no le funciona bien. Las extremidades le fallan. El movimiento de sus de piernas está descompensado».

De vuelta en Times Square, Sam Wong está llegando al final de su huelga de hambre tan débil y fatigado que se refugia en su tienda de campaña, se sostiene la cabeza con las manos y cierra los ojos mientras el flujo constante de viandantes pasa indiferente por su lado. Cree que alguien debe dar la cara y enfrentarse a China, aunque esté deseando que finalice su protesta.

Anochece; se iluminan los edificios, alineados como velas. Los aviones planean por encima de nuestras cabezas como pterodáctilos plateados, las calles parecen ríos de consumidores. Hong Kong, ciudad de cien ciudades, parece tan agitada como siempre, y en plena transformación una vez más.

«La gente se queda muy sorprendida cuando les enseño fotografías de los arrozales que había aquí en la década de 1970», dice Patrick Mok, el guardián de la memoria. «Entonces vivíamos en la calle, en los mercados abiertos. Después, todo se trasladó a los interiores, a los centros comerciales, tras las puertas cerradas, en espacios con aire acondicionado. Ahora ya no estamos muy seguros de quién seremos en el futuro, pero sí notamos que nos estamos transformando».