Historias de las caravanas de Timbuctú

Los libros y cartas de Timbuctú son históricos, mágicos, románticos. Mira las fotografías de Brent Stirton.

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Esta representación de la mezquita del Profeta en Medina es uno de los tesoros hallados entre los miles de manuscritos centenarios.

Brent Stirton

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Un fallecimiento en una destacada familia de la ciudad congrega una multitud de asistentes, pertenecientes a los tres grupos étnicos principales de Timbuctú: tuareg, sonrai y árabes. Todos han gobernado la ciudad en algún momento de su larga historia.

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El imán Chafi inspecciona los manuscritos de su familia, algunos con más de cuatro siglos de antigüedad, después de que la lluvia destruyera su tejado. Muchas familias reciben ayuda para conservar sus bibliotecas.

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En su edad de oro Timbuctú tenía 50.000 habitantes y calles abarrotadas de caravanas de camellos kilométricas. Hoy la población se mantiene, pero las caravanas casi han pasado a la historia.

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Con plumas obtenidas de arbustos del desierto, Boubacar Sadeck (de blanco) enseña caligrafía en la azotea de su estudio. La ciudad sostuvo un floreciente negocio de calígrafos que copiaban los textos traídos por mercaderes y estudiosos.

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El erudito islámico Abdel Kader Haidara revisa unos baúles llenos de manuscritos no catalogados almacenados en su casa, que forman parte del tesoro familiar de  22.000 volúmenes. Haidara ha fundado una organización de ayuda a las familas de Timbuctú para que conserven sus propias colecciones.

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Una selección de manuscritos de una pequeña biblioteca familiar incluye un texto con diagramas astrológicos (centro). Las bibliotecas de Timbuctú contienen más de 100.000 manuscritos, y los expertos creen que hay varios miles más por descubrir.

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En la Biblioteca Mamma Haidara, la mayor colección privada de manuscritos de Timbuctú, las páginas se reparan con papel fabricado a semejanza del original. Los textos se digitalizan y se sellan en cajas herméticas.

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Un raro manuscrito tuareg del siglo XVII con una ilustración de las sandalias del Profeta. Con el tiempo muchos volúmenes similares han sido vendidos en el mercado negro y se han dispersado fuera de Mali.

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El historiador y filósofo timbucteño Ismael Diadie Haidara hace una travesía por el río Níger. Sus antepasados huyeron de Al-Andalus cuando España expulsó a los musulmanes. La historia del éxodo de los moriscos y su llegada a Mali está contenida en la obra Tarikh al-fattash, una historia del imperio de Mali y unos de los manuscritos antiguos más importantes de Timbuctú.

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La de Sankoré fue una de las tres mezquitas históricas encargadas de supervisar un sistema de escuelas privadas dirigidas por eruditos islámicos durante los siglos XV y XVI.

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Los soldados celebran el día de la independencia de Mali, el 22 de septiembre. Su espíritu festivo disfraza la tensión que se palpa fuera de la ciudad. Grupos aliados con Al-Qaeda retienen rehenes en el desierto.

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Durante el día en las callejuelas y solares de Timbuctú abundan los partidos de fútbol. De noche los niños se reúnen en las mesas de futbolín que hay por toda la ciudad. Aunque a veces se desatan tensiones entre los principales grupos étnicos de la ciudad (tuareg, sonrai y árabes), sus hijos crecen con las tres lenguas, que a menudo aprenden en esos campos de fútbol improvisados.

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En el único instituto de secundaria de Timbuctú las expectativas de las adolescentes son tan altas como sus tacones. Cada vez hay más alumnas: las becas son parte de una iniciativa nacional para reducir el 74 % de analfabetismo de Mali.

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El alba sorprende a los niños de una escuela religiosa estudiando las palabras del Corán inscritas en sus pizarras. «Leer, escribir y aprender el Corán –les dice su maestro–. Eso es lo importante.»

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Un mecánico repara un camión que transporta lajas de sal procedentes del Sahara. Aún hay caravanas de camellos en la ruta, pero los camiones soportan más carga y hacen los 1.500 kilómetros del viaje en 10 días.

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Alerta por si hubiera hipopótamos, unos estibadores se bañan en el río Níger, unos 10 kilómetros al sur de Timbuctú. En otro tiempo el río llevaba esclavos y oro a la ciudad; hoy son alimentos, gasoil y turistas.

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Niños bellah juegan entre sus chozas de paja en la arenosa periferia de Timbuctú. Aunque son una minoría en Mali, los bellah, descendientes de esclavos, constituyen un importante grupo étnico en Timbuctú.

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Después de pasar el día pastando en el desierto que rodea la ciudad, un rebaño de ovejas y cabras sigue a su propietario hasta su casa en la periferia de Timbuctú. Fundada por pastores tuareg, Timbuctú todavía tiene en el comercio de ganado una de sus principales fuentes de ingresos.

Brent Stirton

28 de diciembre de 2010

En la antigua ciudad caravanera de Timbuctú, noches antes de que me entrevistara con el bibliófilo, con el morabito o con la novia del boina verde, me citaron en la azotea de una casa para conocer al tratante de sal. Me habían dicho que poseía información sobre un francés a quien unos terroristas retenían en algún lugar perdido en el desierto del norte de Mali. Los camiones del tratante cruzaban con regularidad aquel paisaje inhóspito para abastecer las minas próximas a la frontera argelina y regresar a Timbuctú con las pesadas lajas de sal. Era por tanto verosímil que supiese algo de los secuestros que prácticamente habían aniquilado el negocio turístico en la legendaria ciudad.

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Llegué a una casa de un barrio árabe tras la última llamada a la oración. Un muchacho me hizo cruzar el oscuro patio y subir la escalera de piedra que conducía a la azotea, donde el tratante de sal aguardaba sentado en un cojín. Era una figura rotunda, pero parecía minúscula al lado del gigante que había sentado a su lado, quien, al ponerse en pie para saludarme, reveló una estatura cercana a los dos metros. Llevaba la cabeza envuelta en un turbante de lino que sólo dejaba ver los ojos, y su mano, enorme y cálida, hizo desaparecer la mía.

Sin prisa intercambiamos las cortesías que desde hace siglos preceden toda conversación en Timbuctú. La paz sea contigo. Y con vosotros. ¿La familia está bien? ¿El ganado está cebado? ¿El cuerpo, fuerte? Alabado sea Alá. Acabado el preludio, el tratante de sal guardó silencio. El gigante sacó una hoja de pergamino, y con una potente voz de barítono explicó que se trataba de un fragmento de un Corán que siglos atrás había llegado a la ciudad en una caravana procedente de Medina. «Los libros –dijo, enfatizando las palabras con su enorme dedo índice– fueron en su día más apreciados que el oro y los esclavos en Timbuctú.» Encendió una linterna y se colocó sobre la nariz unas gafas muy estropeadas por el uso. Pasando las hojas cuidadosamente con sus dedos colosales, comenzó a leer en árabe mientras el tratante de sal iba traduciendo: «¿Piensan los hombres que se les dejará decir: "¡Creemos!", sin ser probados? Ya probamos a sus predecesores, y Alá conoce perfectamente a los sinceros y a los que mienten».

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Me pregunté qué tendría que ver aquello con el francés. «Mire qué finura caligráfica –dijo el gigante, señalando las delicadas volutas de tinta roja y negra, desvaída sobre la hoja amarillenta–. Se lo dejo a buen precio.» Recurrí entonces al repertorio de excusas con que solía librarme de los que vendían orfebrería de plata cerca de la mezquita. Le agradecí que me mostrara el libro y le dije que era demasiado hermoso para salir de Timbuctú. El gigante respondió educadamente con un movimiento afirmativo de cabeza, recogió el pergamino y desapareció escaleras abajo.

El tratante de sal encendió un cigarrillo. Me explicó que en realidad el gigante no deseaba desprenderse del manuscrito, una herencia de sus antepasados maternos, pero que la familia necesitaba el dinero. «Trabaja para los guías, pero ahora no hay turistas –dijo–. Los problemas del desierto nos hacen sufrir a todos.» Finalmente, mencionó el desgraciado caso del francés. «Tengo entendido que el Tuerto ha marcado un plazo.»

Durante mi estancia en Timbuctú, más de un vecino negó que la ciudad fuese insegura y me suplicó que animase «a venir a los europeos y americanos». Pero hace casi una década que el Departamento de Estado de Estados Unidos y los ministerios de asuntos exteriores de otros go­­biernos occidentales aconsejan a sus ciudadanos evitar Timbuctú y el norte de Mali en general. El peligro surge de una miscelánea de células terroristas, grupos rebeldes y bandas de contrabandistas que han explotado el desierto septentrional de Mali, un baldío sin ley cuya extensión triplica el tamaño de Francia, un dominio de arena y roca infinitas, calor y viento implacables.

El grupo que peor fama se ha granjeado es el dirigido por Mokhtar Belmokhtar, un líder argelino de Al-Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI). Se cuenta que perdió un ojo combatiendo contra los rusos en Afganistán, y hoy se le conoce en todo el desierto por su nombre de guerra, Belaouer, que en argot francés argelino significa «tuerto». Desde el año 2003, sus hombres han secuestrado a 47 occidentales. Hasta 2009, AQMI siempre había llegado a acuerdos para liberar a sus rehenes, pero cuando el Reino Unido se negó a cumplir lo exigido a cambio del turista británico Edwin Dyer, lo ejecutaron (decapitándolo, se dice en la zona). Jamás se halló el cadáver. En las semanas previas a mi llegada, Belaouer y los suyos se habían hecho con una nueva remesa de rehenes: tres cooperantes españoles, un matrimonio italiano y el ciudadano francés.

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«Belaouer es muy listo», destacó el tratante de sal. Me explicó cómo AQMI se había procurado la protección de los clanes arabófonos del desierto mediante el matrimonio de Belaouer con la hija de un jefe poderoso. Se cuenta que proporcionó combustible y neumáticos de repuesto a una patrulla militar malí que se había quedado tirada en el desierto. Estas anécdotas han despertado simpatías en la minoría árabe de Timbuctú, lo cual a su vez ha enfurecido a las etnias dominantes de la ciudad: los tuareg y los sonrai.

En la azotea refrescaba. El tratante de sal se echó una manta encima y dio una profunda calada a su cigarrillo. Hacia el norte, las luces de la ciudad cedían paso a la negrura impenetrable del desierto. Me contó que AQMI había tasado la vida del francés en la liberación de cuatro camaradas del grupo detenidos el año anterior por las autoridades malíes. El plazo para cumplir con dicha exigencia expiraba en cuatro semanas.

Le pregunté por qué el ejército malí no lanzaba una ofensiva antiterrorista. Él señaló con la brasa del cigarrillo un grupo de casas a unas cuantas calles de donde estábamos y me contó cómo los hombres de Belaouer habían asesinado a un coronel del ejército delante de sus hijos pequeños en ese barrio unos meses antes. «Los tiros se oyeron en todo Timbuctú –dijo en voz baja–. El Tuerto tiene ojos por todas partes.» Y luego, como si se le ocurriese en ese momento, añadió: «Sin duda sabe que está usted aquí».

[ El bibliófilo ]

La arena que el viento trae del desierto casi ha engullido la carretera que atraviesa el corazón de Timbuctú y lleva al hogar de Abdel Kader Haidara, reduciendo el asfalto a una sinuosa ser­piente negra. Las cabras rebuscan en la basura desparramada a lo largo de los arcenes frente a unas desvencijadas construcciones de adobe. No es la ciudad más bonita del mundo, una opinión reiterada por muchos extranjeros que llegan a ella con sueños de magnificencia desde que en 1828 René Caillié se convirtió en el primer europeo que visitó Timbuctú y vivió para contarlo. Pero sí es una ciudad vigilante: cada vez que pasa un vehículo, los niños interrumpen el partido de fútbol, las mujeres dejan de alimentar los hornos de adobe y los hombres en el mercado cortan la conversación para averiguar quién pasa. «Es importante saber quién está en la ciudad», me dijo el chófer. Turistas y tratantes de sal son sinónimo de oportunidad de negocio; los desconocidos podrían ser sinónimo de problemas.

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Me encontré con Haidara, uno de los historiadores más importantes de Timbuctú, a media mañana en el patio de piedra de la casa familiar, no lejos de la mezquita de Sankoré. Quería mostrarme la que según él era la primera prueba documental de una democracia africana, la misiva de un emisario al jeque de Masina. La temperatura se acercaba a los 38 °C, y Haidara empapó de sudor la holgada túnica de algodón mientras movía decenas de polvorientos baúles de cuero, cada uno con un tesoro de manuscritos en el in­­terior. Deshebilló la correa de uno, lo abrió y em­­pezó a revisar con sumo cuidado los cuarteados volúmenes de piel. Me alcanzó un olor acre de piel curtida y moho. «Aquí no está», murmuró.

Haidara está obsesionado con la palabra escrita. Los libros, me dijo, son parte de su alma, y los libros, está convencido, salvarán a Timbuctú. Las palabras forman los tendones y músculos que sostienen las sociedades, adujo. Es el caso del Corán, la Biblia o la Carta Internacional de Derechos Humanos, pero también de las cartas de padres a hijos, los testamentos, las bendiciones, las maldiciones. Miles y miles de palabras llenan los recodos y entresijos de la vida humana. «Y algunas de esas palabras –dijo, triunfante– sólo se encuentran en Timbuctú.»

Es un soliloquio repetido pero también un punto de vista lógico en un hombre cuya familia controla la mayor biblioteca privada de Timbuctú, con unos 22.000 manuscritos que se remontan al siglo XI y volúmenes de lo más variopinto, algunos iluminados con oro y policromía. Hay diarios repletos de subterfugios e intrigas, así como correspondencia entre soberanos y sus sátrapas, y una miríada de páginas de teología islámica, tratados jurídicos, notaciones científicas, lecturas astrológicas, remedios medicinales, gramática árabe, poesía, proverbios y conjuros mágicos. También hay papeles que dan fe de las cotidianeidades mercantiles: recibos de artículos, la lista de camellos de un mercader, inventarios de caravanas. La mayoría de los textos están es­­critos en árabe, pero algunos están en sonrai, la lengua nativa de Haidara. Otros se escribieron en tamasheq, el idioma tuareg. Puede pasarse horas entre montañas de textos, sumergido en los va­­liosos volúmenes, cada uno un minitelescopio que le permite curiosear en el pasado.

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El mosaico de Timbuctú que surge de los ma­­nuscritos de Haidara y de otros de la ciudad des­cribe un centro comercial inmensamente rico gracias a su ubicación en el cruce de dos arterias comerciales de suma importancia: las rutas caravaneras saharianas y el río Níger. Los mercaderes traían telas, especias y sal de lugares lejanos como Granada, El Cairo y La Meca para trocarlas por oro, marfil y esclavos del interior africano. A medida que se enriquecía, la ciudad erigía grandes mezquitas que atraían eruditos, quienes a su vez fundaban academias e importaban libros de uno a otro confín del mundo islámico. El resultado: fragmentos de Las mil y una noches, poesía amorosa morisca y comentarios coránicos de La Meca mezclados con relatos de intrigas cortesanas y aventuras militares de reinos africanos.

Conforme llegaban remesas de libros, ejércitos de calígrafos copiaban elaborados facsímiles para las bibliotecas privadas de los maestros locales y sus acaudalados mecenas. «¿Lo ve? –dijo Haidara–. Los libros engendran nuevos libros.»

La decadencia de Timbuctú llegó cuando uno de sus conquistadores valoró aquel patrimonio tanto como lo hacían sus propios ciudadanos. Desde que los tuareg la fundaron como campamento estacional alrededor del 1100, la ciudad pasó por las manos de varios gobernantes, los malíes, los sonrai, los fulani de Masina. Los co­­merciantes de Timbuctú solían sobornar a sus nuevos dirigentes, en su mayoría interesados en los pingües impuestos que reportaba el comercio. Pero cuando en 1591 llegó el ejército marroquí, sus soldados saquearon las bibliotecas, apresaron a los eruditos más sabios y enviaron el botín al sultán de Marruecos. Así se inició la gran dispersión de las bibliotecas de Timbuctú. Las colecciones que se salvaron quedaron desperdigadas entre las familias propietarias. Algunas fueron emparedadas en los muros de adobe de las casas; otras se enterraron en el desierto; muchas se perdieron o destruyeron en los viajes.

Fue precisamente su amor por los libros lo que llevó a Haidara a seguir los pasos de sus an­­tepasados y labrarse una carrera como erudito islámico y encabezar la iniciativa de salvar los manuscritos de la ciudad. Con las donaciones de gobiernos e instituciones privadas de todo el mundo se han construido tres bibliotecas de última generación para custodiar, restaurar y digitalizar los manuscritos de Timbuctú. Haidara dirige uno de estos nuevos centros, que alberga buena parte de la inmensa colección de su familia. Cuando el Aga Khan supo de la recuperación de los manuscritos, restauró una de las mezquitas históricas de la ciudad, y el líder libio Muammar al-Gadafi emprendió la construcción de un suntuoso complejo amurallado con vistas a albergar futuros congresos académicos.

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Pregunté a Haidara si lo que ocurre en el de­­sierto está obstaculizando el renacimiento de Timbuctú. «Los criminales, o quienesquiera que sean, son lo que menos me preocupa –dijo, señalando unas páginas llenas de agujeros–. Mis peores enemigos son las termitas.» Los expertos calculan que hay miles de manuscritos sepultados en el desierto u olvidados en escondrijos, víctimas agonizantes del calor, la podredumbre y los xilófagos. Haidara vive obsesionado por lo que podría perderse. «En mis peores pesadillas –confesó–, veo cómo un extraño texto que no he leído es devorado lentamente.»

[ El morabito ]

Después de lo que dijo el tratante de sal sobre el Tuerto, un vecino me propuso consultar con cierto morabito, una suerte de santón musulmán. Por una cantidad de dinero, podía proporcionarme un grisgrís, un saquito de cuero con un versículo coránico en su interior, que el mo­­rabito imbuiría de magia protectora. «Es el único que de verdad puede protegerlo de Belaouer», me había dicho el hombre en confianza.

Al llegar a la casa del morabito, accedí a una pequeña antecámara donde un hombre enjuto y desaliñado estaba acuclillado en el suelo de tierra. Extendió los brazos y me apretó con fuerza la mano entre las suyas. Algunas uñas le habían crecido tanto que se le curvaban como garras. «¡La paz sea contigo!», exclamó. Pero cuando le hube devuelto el saludo, no me soltó la mano. En lugar de eso, se sentó en el suelo y empezó a oscilar ligeramente hacia delante y hacia atrás, sin soltarme, mirando hacia arriba y sonriéndome. Entonces reparé en la cadena que le apresaba el tobillo. Serpenteaba por el suelo hasta una argolla encastrada en el muro de piedra.

Apareció entonces el morabito, un hombre calvo de cuarenta y muchos años, con gafas de presbicia colgadas al cuello. Con suma corrección explicó que el encadenado estaba sometiéndose a un proceso que lo liberaría de los espíritus que le nublaban el entendimiento. «Es un tratamiento de 30 días –dijo. Acarició con delicadeza el cabello del acuclillado–. Ya ha mejorado muchísimo desde que llegó.»

El morabito me condujo a su sanctasanctó­rum; acompañado de mi intérprete lo seguí por un patio, dejando atrás una mujer y tres niños encandilados frente a un televisor destartalado. Nos inclinamos para salvar una cortina y entramos en un cuarto minúsculo, sin ventilación y abarrotado de libros, que olía a incienso y sudor. El morabito nos invitó a tomar asiento en una alfombra. Replegando la túnica, se arrodilló frente a nosotros y tomó una cerilla, que al instante partió en tres trozos. Los levantó hacia mí para que viese que en efecto estaba troceada y a continuación enrolló los pedazos en la bastilla de la túnica. Con una floritura ensayada digna de un experto prestidigitador, desplegó la prenda y mostró la cerilla, de nuevo entera. La había curado con sus poderes, nos dijo. El intérprete me palmeó la rodilla con entusiasmo. «Ya lo ve –dijo–, es un morabito muy poderoso.»

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El santón tomó un librillo que le cabía en la palma de la mano, encuadernado con piel de intrincados repujados. Las ajadas páginas se habían desprendido del lomo, y él fue pasándolas cuidadosamente hasta que localizó una tabla de símbolos arcanos. Nos explicó que el libro contenía conjuros para todo, desde curas para la ceguera hasta hechizos que garantizaban el enamoramiento. Consultó el volumen.

Pregunté si podía examinar el libro, pero no me permitió tocarlo. Su tío había invertido años en enseñarle sus secretos. Contenía poderes que, como las fuerzas de la naturaleza, debían ser res­petados. Explicó que sus antepasados se habían llevado el libro consigo al huir de Al-Andalus en el siglo XV tras la expulsión de los moriscos. Se establecieron en Mauritania, y él acababa de mudarse de allí con su familia. «Oí que la gente de Timbuctú no estaba contenta con los morabitos de aquí», dijo. Quise saber quiénes eran sus mejores clientes. «Las mujeres que quieren tener hijos», respondió con una sonrisa.

Sacó una calculadora pequeña, tecleó unos números y presupuestó el grisgrís en más de mil dólares. «Con él podrá atravesar todo el desierto sin que nadie le haga daño», prometió.

[ La novia del boina verde ]

La joven apareció entre los jacarandás de la terraza del café vestida con vaqueros ajustados y una camiseta rosa. Sonrió nerviosa, y enseguida comprendí por qué el boina verde se había enamorado de ella. Aisha (nombre falso) tenía 23 años y era bajita y menuda. Trabajaba de camarera. Tenía una piel azabache inmaculada, excepto por las delicadas escarificaciones rituales cerca de las sienes, que inevitablemente conducían la atención a sus grandes ojos felinos.

Nos vimos enfrente de la Llama de la Paz, un monumento construido con unas 3.000 armas de fuego semifundidas y encastradas en hormigón, que conmemora el acuerdo que en 1996 puso fin a la rebelión de los tuareg y los árabes contra el Gobierno de Mali, la última vez que la guerra en sentido estricto visitó Timbuctú.

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Aisha sacó del bolso cinco folios bien doblados y los puso en la mesa junto a la fotografía de un hombre blanco con sonrisa dentona. Tendría treinta y tantos años y vestía una túnica azulona de estilo árabe y un turbante de color añil. «Éste es David», dijo Aisha, retirando con cuidado unas motas de arena de la foto.

Se habían conocido en diciembre de 2006, cuando Estados Unidos envió un equipo de sus fuerzas especiales para adiestrar soldados malíes en la lucha contra AQMI. David la había visto por la calle y había comentado a su intérprete lo hermosa que le parecía. Éste organizó un encuentro entre ambos para que se conocieran y pronto el soldado americano y la belleza malí quedaron para merendar en las dunas de arena que rodean la ciudad y viajaron al Níger para ver a los hipopótamos congregados en los bajíos. Los ojos de Aisha se llenaron de lágrimas al recordar aquellos tiempos. Hizo una pausa para secárselas. «Él hablaba muy poco francés», dijo, riéndose al re­­cordar los problemas que tenían para entenderse.

Los padres de Aisha también procedían de culturas radicalmente distintas. Los antepasados de su madre eran sonrai y se contaban entre los intelectuales que contribuyeron a crear la tradición erudita de Timbuctú. Su padre era un fulani, descendiente de los vehementes yihadistas que se arrogaron el poder a principios del siglo XIX e impusieron la sharia en Timbuctú. Aisha veía en su relación con David la continuación de una larga tradición de mestizaje cultural. Por Timbuctú pasan muchas personas, dijo. «Si Alá las une, ¿quién tiene nada que decir?»

Dos semanas después de conocerse, David le pidió que se fuese con él a Estados Unidos. Quería llevarse también al hijo de dos años que ella había tenido de una relación anterior y empezar con ellos una nueva vida. Cuando la familia de Aisha se enteró, su tío dijo a David que si quería casarse con una musulmana, tendría que convertirse. Para su sorpresa, David accedió.

Tres noches antes de Navidad, David salió de la base de las fuerzas especiales después del toque de queda y se reunió con uno de los hermanos de Aisha, quien lo condujo por las calles oscuras y laberínticas hasta la casa de un imán. Por me­­dio de un intérprete el imán indicó al americano que se postrase en dirección a La Meca y recitase la shahadah tres veces: «No hay más Dios que Alá, y Mahoma es su profeta». Dio al soldado un Corán y la enseñanza de rezar cinco veces al día y buscar el camino de Alá en su vida.

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Cuando David regresó a la base, sus mandos estaban esperándolo. Lo arrestaron por infringir las normas de seguridad. Durante la semana siguiente no se le permitió hablar con otros boinas verdes ni ver a Aisha, pero consiguió enviarle tres cartas a escondidas. Una de ellas empieza así: «Queridísima [Aisha]: La paz sea contigo. Te amo. Soy musulmán. Creo que Alá me trajo aquí para conocerte». Y continúa: «No puedo salir de la casa americana. Pero no importa. Los americanos no pueden separarme de Alá, ni hacer que deje de quererte. Allahu Akbar. Vuelvo a Estados Unidos el viernes».

Aisha nunca volvió a verlo. David le envió dos correos electrónicos desde Estados Unidos. En el último le decía que el ejército lo enviaba a Iraq y que tenía miedo de lo que pudiera pasarle. Ella siguió escribiéndole, pero al cabo de un mes empezaron a llegarle los mensajes devueltos.

Mientras hablaba, Aisha advirtió que las lágrimas habían caído sobre las cartas. Pasó la mano sobre ellas y con esmero dobló los documentos. Dijo que seguiría esperando a que David fuese a buscarla. «Vive en Carolina del Norte», dijo.

Traté de animarla, bromeando con que debía procurar que Abdel Kader Haidara no se enterase de que tenía aquellas cartas. Al fin y al cabo son también manuscritos de Timbuctú, así que sin duda las querrá para su biblioteca. Ella volvió a limpiarse las lágrimas. «Si consigo estar con David, él puede quedarse con las cartas.»

[ Finales inciertos ]

Un mes después de abandonar Timbuctú, las autoridades malíes, presionadas por el Gobierno francés, liberaron a cuatro sospechosos de AQMI a cambio del francés. El matrimonio italiano fue puesto en libertad, y también los cooperantes españoles. En el ínterin, AQMI ha secuestrado a otros seis ciudadanos franceses. Uno fue ejecutado. Al imprimir estas líneas los otros cinco siguen retenidos en algún lugar del desierto. El morabito y su familia desaparecieron de su casa. Corrió la voz de que el Tuerto lo había reclutado como morabito personal.

Envié un correo electrónico a David, que es­­taba destacado en Iraq, ya fuera de las fuerzas especiales. Me contestó al cabo de unos días. «Aquella época fue muy complicada para mí, y el recuerdo todavía me persigue». Añadía: «No he olvidado a las personas que conocí allí, todo lo contrario, pienso en ellas muchas veces».

Telefoneé a Aisha para comunicarle que David estaba vivo. Eso fue hace meses. No he sabido nada más de él, pero Aisha todavía me llama para preguntar si tengo noticias. A veces el rugido de los camiones de sal ahoga su voz; otras oigo a unos niños jugando o la llamada a la oración. A veces se echa a llorar, pero no tengo respuestas para la muchacha de Timbuctú.