Groenlandia recupera el clima de la época de los vikingos

Su población, aislada y dependiente del exterior, sueña con prados más verdes, y con el petróleo, accesible bajo un mar libre de hielo. Mira las fotografías de James Balog.

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En el fondo de un cañón de hielo, manchas de crioconita (un polvo fino y negruzco que el viento transporta y dispersa por el hielo) ensucian los bordes de las grietas, formadas cuando la afluencia masiva de agua de fusión resquebraja el hielo y luego se congela.

James Balog

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Esta imagen, tomada a unos 150 metros de altura sobre la superficie del manto de hielo de Groenlandia, muestra el antiguo lecho de un lago de fusión de 1,6 kilómetros de ancho y la oscura garganta ovalada de un pozo gigantesco, o molino, que de repente se tragó hasta la última gota.

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Desde una cima helada, Brooks Fisher, miembro del equipo del Extreme Ice Survey, comienza a descender en rápel por una cañón esculpido por el agua de fusión, que fluye hasta la base del casquete de hielo abriéndose paso a través de los molinos.

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Para documentar los cambios en el casquete de hielo, Michael Brown desciende hasta un molino, un pozo vertical o sumidero creado por la fuerza del agua de fusión.

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El agua de fusión procedente de la superficie del casquete de hielo se precipita a varios cientos de metros de profundidad en la oscuridad de un molino.

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En el vasto manto de hielo de Groenlandia, Brown inspecciona un serpenteante cañón que nace en un lago de fusión y conduce a un campo de grietas.

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El agua de fusión ha abierto un cañón de 45 metros de profundidad.

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Un ayudante de campo desciende en rápel por una grieta. A veces, el fondo de una grieta se abre en un pozo vertical, o molino, a través del cual un lago superficial puede drenar.
 

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Las manchas negras mezcladas con hielo y agua de fusión, son crioconita, fango formado por partículas procedentes de lejanos desiertos, incendios, motores diésel y centrales térmicas. La crioconita reduce el albedo del hielo, su reflectividad, lo que aumenta la absorción del calor solar.

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En un agujero abierto por la crioconita, el aire sepultado en el hielo y el gas generado por bacterias y algas subieron en burbujas a la superficie, donde quedaron atrapados por una helada nocturna.

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El agua de fusión estival se acumula en un lago.

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Al cabo de unos días, el agua se ha escurrido por un canal cubierto de nieve después de que se abriera un molino debajo del hielo.

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Remando por un lago de agua de fusión, el autor Mark Jenkins pasa sobre un molino de 29 metros de profundidad. A medida que avance la fusión, lo más probable es que la crioconita dispersa sobre el hielo circundante se concentre en una mancha más oscura, que será otro «punto caliente» para la pérdida de hielo.

James Balog

26 de mayo de 2010

Ligeramente al norte y al oeste del tormentoso extremo meridional de Groenlandia, en una abrupta ladera sobre un fiordo sembrado de icebergs que fue explorado por primera vez por Erik el Rojo hace más de mil años, prosperan plantas de ruibarbo y otras rarezas hortícolas, un pulcro césped y unos cuantos árboles (píceas, álamos, abetos y sauces). Todas estas especies crecen en el jardín de la casa de Kenneth Høegh, en Qaqortoq, un pueblo situado a 60° 43’ de latitud norte, unos 650 kilómetros al sur del círculo polar Ártico. «Anoche heló», dice Høegh una cálida mañana de julio en la que recorremos su jardín inspeccionando las plantas, mientras los mosquitos nos inspeccionan a nosotros. El puerto de Qaqortoq resplandece a nuestros pies con un brillo azul zafiro. Un iceberg del tamaño de un autobús flota a pocos metros del muelle. Casas pintadas de vivos colores, construidas con madera importada de Europa, motean las colinas de granito que se yerguen como un anfiteatro sobre el puerto.Høegh, un hombre corpulento de pelo rojizo y barba rala (que bien podría interpretar el papel de vikingo en una película), es agrónomo y fue asesor del ministro de agricultura de Groenlandia. Su familia vive en Qaqortoq desde hace más de 200 años. En una esquina del jardín, Høegh se arrodilla y mira por debajo de un plástico que protege los nabos que plantó el mes pasado.

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«¡Vaya! ¡Increíble!», exclama con una sonrisa. Las hojas están verdes y sanas. «Hacía tres o cuatro semanas que no venía a verlos. Este año no he regado el huerto. Sólo la lluvia y la nieve fundida. Es asombroso. Podemos recoger los nabos ahora mismo, sin problemas.»

La maduración temprana de unos nabos en una mañana de verano es un detalle menor; pero en un país donde alrededor del 80 % de la tierra permanece sepultada bajo un manto de hielo de hasta 3,5 kilómetros de grosor y donde hay gente que nunca ha tocado un árbol, es un detalle importante. Groenlandia se está calentando el doble de rápido que la mayor parte del mundo. Los datos de satélite revelan que su vasto casquete de hielo, que concentra casi el 7 % del agua dulce del mundo, está perdiendo unos 200 kilómetros cúbicos al año. La fusión del hielo acelera el calentamiento, ya que la tierra y el mar que quedan expuestos absorben la luz solar que antes el hielo reflejaba al espacio. Si todo el hielo de Groenlandia se derrite en los próximos siglos, el nivel del mar aumentará más de siete metros, inundando las costas de todo el planeta.

Sin embargo, en la propia Groenlandia, el cambio climático suscita a menudo más esperanzas que temores. De momento, este territorio autónomo de Dinamarca depende aún en gran medida de su antigua metrópoli colonial. Todos los años Dinamarca inyecta 456 millones de eu­­ros a la anémica economía de Groenlandia, más de 8.000 euros por habitante. Pero la fusión del Ártico promete abrir el acceso al petróleo, el gas y otros recursos minerales que podrían dar a la isla la independencia económica y política que su población anhela. Se calcula que en aguas litorales de Groenlandia hay tanto petróleo como en los yacimientos del mar del Norte. Un clima más cálido supondría además una temporada productiva más larga para el medio centenar de granjas groenlandesas y, en consecuencia, una menor dependencia de los alimentos importados. A veces parece como si Groenlandia estuviera conteniendo la respiración para ver si es verdad que se está «volviendo verde», como re­gu­­larmente anuncia la prensa internacional.

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La primera experiencia de Groenlandia con algo parecido a las campañas de prensa se produjo hace un milenio, después de que Erik el Rojo llegara procedente de Islandia con un pequeño grupo de escandinavos, también conocidos como vikingos. Erik era un prófugo de la justicia porque había matado a un hombre que se negó a devolverle unos armazones de cama que le había prestado. En el año 982 desembarcó en un fiordo cercano al actual Qaqortoq y luego regresó a Islandia para anunciar el descubrimiento de una nueva tierra a la que, según la Saga de Erik el Rojo, «llamó Groenlandia [Grønland, «tierra verde»] porque pensó que la gente se sentiría atraída por ella si tenía un nombre favorable».

La maniobra publicitaria de Erik funcionó y, con el tiempo, unos 4.000 colonos escandinavos se establecieron en Groenlandia. A pesar de su reputación de ferocidad, los vikingos eran básicamente agricultores que de vez en cuando practicaban el pillaje, el saqueo y el descubrimiento de nuevas tierras como actividades secundarias. A orillas de los resguardados fiordos del sur y el oeste de Groenlandia, se dedicaron a criar ovejas y algunas vacas, lo mismo que hacen hoy los gran­jeros groenlandeses a lo largo de los mismos fior­dos. Construyeron iglesias y cientos de granjas, y comerciaron con pieles de foca y marfil de mor­sa a cambio de la madera y el hierro de Europa. Leif, hijo de Erik, partió de una granja situada a unos 55 kilómetros al nordeste de Qaqortoq y descubrió América del Norte en torno al año 1000. Los asentamientos vikingos de Groenlandia se mantuvieron durante más de cuatro siglos. Después desaparecieron de forma abrupta.

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La desaparición de aquellos granjeros curtidos, que además eran buenos navegantes, ofrece un ejemplo inquietante de las amenazas que puede plantear el cambio climático incluso para las culturas mejor preparadas. Los vikingos se establecieron en Groenlandia en un período ex­­cepcionalmente cálido, durante el cual en Europa se expandió la agricultura y se construyeron grandes catedrales. Pero hacia 1300, Groenlandia se volvió mucho más fría, y la vida empezó a ser cada vez más difícil. Mientras esto sucedía, a los inuit, que habían llegado desde el norte de Canadá, avanzando hacia el sur a lo largo de la costa occidental de Groenlandia del mismo modo que los vikingos habían avanzado hacia el norte, les fue mucho mejor. (La mayoría de los groenlandeses actuales son descendientes de los inuit

y de misioneros y colonos daneses llegados en el siglo XVIII.) Los inuit traían consigo trineos tirados por perros, kayaks y otros instrumentos esenciales para cazar y pescar en el Ártico. Algunos investigadores han sostenido que los colonos vikingos fracasaron por su nefasta fidelidad a las viejas costumbres escandinavas, que los llevaban a depender de animales domésticos importados en lugar de explotar los recursos locales.

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Pero indicios arqueológicos más recientes sugieren que también los vikingos estaban bien adaptados a su nuevo hogar. Thomas McGovern, antropólogo del Hunter College de Manhattan, dice que anualmente organizaban cacerías comunitarias de focas, sobre todo cuando el clima se tornó más frío y los animales domésticos empezaron a morir. Por desgracia, también las focas sucumbieron. «La foca común adulta resiste los veranos fríos, pero las crías, no», apunta McGovern. Es posible que los vikingos tuvieran que llevar sus partidas de caza más lejos de la orilla en busca de otras especies de foca, en aguas que se estaban volviendo cada vez más tormentosas.

«Sabemos que los vikingos tenían un sistema social complejo que requería mucho trabajo co­­munitario; sin embargo, uno de sus principales puntos débiles era que la mayoría de los adultos estaban obligados a salir a cazar focas –explica el antropólogo–. Un factor que pudo precipitar el fin de los vikingos en Groenlandia fue quizá la catastrófica pérdida de vidas a causa de una gran tempestad.» Los inuit eran tal vez menos vulnerables porque solían cazar en grupos pequeños. «La historia es más complicada de lo que pensábamos –advierte McGovern–. Antes nos contaban que los tontos de los vikingos se habían instalado en el norte, lo habían hecho todo mal y habían muerto. La versión moderna es algo más inquietante, pues indica que en realidad estaban bien adaptados, bien organizados y hacían las cosas correctamente, pero aun así desaparecieron.»

El último acontecimiento histórico documentado de la vida de los vikingos en Groenlandia no fue una tormenta perfecta, ni una hambruna ni un éxodo a Europa. Fue una boda celebrada en una iglesia junto a la cabecera del fiordo Hvalsey, a 15 kilómetros al nordeste de Qaqortoq. Gran parte de la iglesia sigue en pie, sobre una ladera cubierta de hierba a la sombra de una cumbre de granito.

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Una mañana del verano pasado, un jirón de niebla se demoraba en lo alto de la cara oriental de la montaña como un estandarte de gasa. Las delicadas flores violáceas del tomillo cubrían el suelo frente a la iglesia construida hace 800 años, que hoy tiene el cielo por único techo. Entre los muros de piedra, la hierba y los excrementos de oveja cubren el terreno irregular donde, el 14 de septiembre de 1408, Thorstein Olafsson contrajo matrimonio con Sigrid Bjørnsdottir. Una carta enviada de Groenlandia a Islandia en 1424 menciona la boda, pero no alude a ningún conflicto, epidemia o desastre inminente. Nunca más se tuvo noticia de los asentamientos vikingos.

Los groenlandeses de hoy, los 56.000 que pueblan la isla, aún viven en la franja rocosa que hay entre el hielo y el mar, concentrados en un puñado de pueblos de la costa occidental. Los glaciares y un litoral profundamente tallado por los fiordos hacen imposible la construcción de carreteras entre los pueblos. La gente se desplaza en barco, helicóptero, avioneta o, en invierno, en trineo. Más de la cuarta parte (unos 15.000) vive en Nuuk, la capital, unos 480 kilómetros al norte de Qaqortoq en línea recta.

Si mezclas en una coctelera una parte de lo que sería un pintoresco pueblo groenlandés, con su fiordo y su espléndido paisaje de montañas al fondo, con cuatro partes de monótonos bloques de viviendas de estilo soviético, y añades dos semáforos, atascos de tráfico y un campo de golf de nueve hoyos, obtendrás la ciudad de Nuuk. Los deteriorados bloques de pisos son el legado de un programa de modernización aplicado en las décadas de 1950 y 1960, cuando el gobierno danés trasladó a la población de las pequeñas comunidades tradicionales a unas pocas ciudades grandes. El propósito era mejorar el acceso a la enseñanza y la sanidad, reducir costes y proporcionar mano de obra a las plantas procesadoras de bacalao, que florecieron a principios de los años sesenta pero desde entonces están en decadencia. Quizá la política dio resultados positivos, pero también dio pie a una serie de problemas sociales (alcoholismo, familias desestructuradas y suicidios) que aún azotan Groenlandia.

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Pero esta mañana, el primer día de verano de 2009, el ambiente en Nuuk es de júbilo: Groenlandia celebra el comienzo de una nueva era. En noviembre de 2008 sus ciudadanos votaron por aplastante mayoría una mayor autonomía de Dinamarca, que gobierna la isla desde el año 1721. El cambio se hará oficial esta mañana en una ceremonia en el puerto de Nuuk, el corazón de la antigua ciudad colonial. La reina Margarita II de Dinamarca reconocerá formalmente la nueva relación entre su país y Kalaallit Nunaat, como llaman los groenlandeses a su patria.

Per Rosing, un inuit de 58 años, de modales corteses, delgado y con el pelo gris recogido en una coleta, es el director del Coro Nacional de Groenlandia. «Me siento completamente feliz», afirma, llevándose la mano al corazón mientras nos dirigimos al puerto a través de una multitud, por unas calles todavía húmedas por la lluvia gélida y la nieve de la noche anterior. Un río de gente sale del Bloque P, el mayor bloque de vi­­viendas de Nuuk, que por sí solo aloja al 1 % de la población de Groenlandia. Uno de sus muros, de hormigón y sin ventanas, se ha convertido en marco para una obra de arte de un optimismo desafiante: una bandera groenlandesa roja y blanca de cuatro pisos de altura. La cosió una artista local a partir de cientos de trozos de tela.

A las 7.30 la gente está apiñada en el muelle. También hay curiosos en los tejados de las viejas casas de madera alrededor del puerto, y unos pocos contemplan la escena desde sus kayaks. La ceremonia comienza con el himno de Groenlandia, Nunarput Utoqqarsuanngoravit («¡Oh, patria ancestral!»). Al frente del coro, Rosing se vuelve hacia el público y con un gesto invita a los presentes a sumarse a la interpretación. Desde hoy, el kalaallisut, un dialecto inuit, es el idioma oficial de Groenlandia, en sustitución del danés.

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Luego, poco después de las ocho de la mañana, la reina de Dinamarca, ataviada con el traje tradicional de las mujeres casadas inuit (botas rojas de cuero de foca altas hasta los muslos, llamadas kamiks, un chal adornado con cuentas y pantalones cortos de piel de foca), hace entrega del nuevo estatuto de autonomía a Josef Tuusi Motzfeldt, el presidente del Parlamento de Groenlandia. La multitud aplaude, y en una colina sobre el puerto se dispara una salva, que llega hasta nosotros como una inyección de adrenalina.

Con el nuevo estatuto, Dinamarca todavía decide la política exterior de Groenlandia; las subvenciones anuales también siguen adelante. Pero ahora Groenlandia ejerce mayor control sobre sus asuntos internos, y en particular, sobre sus inmensos recursos minerales. Sin ellos, no habría la menor posibilidad de alcanzar algún día la independencia económica. En la actualidad la pesca representa más del 80 % de los in­­gresos por exportaciones, con los camarones y el halibut como principales pilares de la economía. Mientras que los stocks de halibut se mantienen, la población de camarones ha caído en picado. Royal Greenland, la compañía pesquera estatal, está perdiendo dinero a espuertas.

Las razones del declive del camarón, conocido aquí como «oro rosa», no están claras. Søren Rys­gaard, director del Centro de Investigación Climática de Groenlandia, advierte que el clima de la isla, además de calentarse, se está volviendo más impredecible. El aumento de la temperatura del mar puede haber alterado la sincronización entre la eclosión de las larvas de camarones y la proliferación del fitoplancton del que se alimentan; pero nadie lo sabe con seguridad. Los pescadores esperan que con el calentamiento del mar vuelva el bacalao. Pero tras una leve recupe­ración, la población ha vuelto a descender.

«El estilo de vida tradicional en Groenlandia se basaba en la estabilidad», dice Rysgaard. Aparte del sur, azotado siempre por las borrascas del Atlántico, el clima de la isla, aunque extremadamente frío, nunca deparaba sorpresas. El vasto manto de hielo, con su correspondiente masa de aire frío y denso, imponía la estabilidad en la mayor parte del territorio. «En invierno podíamos cazar o pescar con los trineos sobre el hielo marino. En verano cazábamos con los kayaks. Ahora la inestabilidad típica del sur de Groenlandia se está desplazando también al norte.»

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Johannes Mathæussen, un inuit de 47 años que se dedica a la pesca del halibut, ha sido testigo directo de esos cambios. Vive en Ilulissat (palabra groenlandesa que significa «icebergs»), una localidad de 4.500 habitantes y casi el mismo número de perros de trineo situada 300 ki­­lómetros al norte del círculo polar Ártico. Un día de finales de junio, en que el cielo estaba muy encapotado, zarpamos del puerto de Ilulissat a bordo de la barca de 4,50 metros de eslora de Mathæussen, la embarcación típica de los pescadores de halibut de la zona. Pasamos con el motor en marcha junto a un gran buque arrastrero dedicado a la pesca de camarones. La pesca estival todavía es buena para ellos, pero el invierno empieza a plantearles problemas.

«Hace 20 años, en invierno, podíamos ir en coche a la isla Disko conduciendo sobre el hielo –recuerda Mathæussen, apuntando con el dedo una isla grande a unos 15 kilómetros de la costa–. En 10 de los últimos 12 años la bahía no se ha congelado en invierno.» Cuando la bahía se congelaba, Mathæussen y otros pescadores pre­paraban los trineos y se iban a pescar sobre el hielo, unos 15 kilómetros fiordo arriba. «Pasaba allí un día y una noche y volvía con entre 100 y 250 kilos de halibut en el trineo. Ahora la pesca invernal en el fiordo es peligrosa si llevas mucha carga; el hielo es demasiado delgado.»

Mathæussen dirige el barco hacia un cañón abierto en el hielo que se desplaza imperceptiblemente hacia el mar. Los icebergs más altos se yerguen 60 metros por encima de nosotros y rozan el fondo del mar, 180 metros más abajo. Cada uno tiene su propia topografía de colinas, acantilados, cavernas y arroyos de bordes blancos y pulidos por los torrentes de agua de fusión. Todo ese hielo procede del Jakobshavn Isbræ, también llamado Sermeq Kujalleq, o «glaciar del sur», que drena el 7 % del casquete de hielo de Groenlandia y envía más icebergs al mar que cualquier otro glaciar del hemisferio Norte. (El iceberg que hundió el Titanic probablemente tenía allí su origen.) En los últimos diez años, el Sermeq Kujalleq ha retrocedido más de 15 kilómetros fiordo arriba, y ahora es la principal atracción turística de Groenlandia: 19.375 personas lo visitaron en 2008 para ver el calentamiento del planeta en acción. Aun así, el turismo ocupa un segundo lugar, muy por detrás de la pesca; la temporada es breve, hay pocas plazas hoteleras y el viaje es caro.

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Los cimientos de la futura economía de Groenlandia se encuentran más allá de la isla Disko, casi en el horizonte del espectacular caladero de Mathæussen: allí es donde está el petróleo. Actualmente, el mar frente al tramo central de la costa occidental suele mantenerse libre de hielo durante casi la mitad del año, un mes más que hace 25 años. Ante la mayor facilidad para trabajar en aguas de Groenlandia, ExxonMobil, Chevron y otras compañías petroleras han ad­­quirido licencias de exploración. La compañía escocesa Cairn Energy tiene previsto perforar este año sus primeros pozos de exploración.

«Hemos expedido 13 licencias que cubren 130.000 kilómetros cuadrados frente a la costa oeste, una extensión que triplica el tamaño de Dinamarca continental –me dice Jørn Skov Nielsen, director de la Oficina de Minerales y Petróleo de Groenlandia, una lluviosa tarde en un centro de conferencias de Nuuk–. Con suerte, quizá podamos empezar a producir dentro de diez años. Tenemos unas previsiones impresionantes para el noroeste y el nordeste de Groenlandia: 50.000 millones de barriles de petróleo y gas.» Con el precio del crudo a más de 80 dólares el barril, esas reservas valdrían más de cuatro billones de dólares, una riqueza inesperada que podría financiar la independencia del país.

Para algunos groenlandeses el negocio sería fáustico. Sofie Petersen, la obispo luterana, tiene un despacho con vistas al puerto en una de las pocas casas antiguas de madera que aún se conservan en Nuuk. En lo alto de la colina se yergue la estatua de Hans Egede, un misionero luterano que llegó en 1721 en busca de supervivientes de los antiguos asentamientos vikingos. No los en­­contró, pero fundó Nuuk, Godthåb para los da­­neses, y puso en marcha la colonización danesa de Groenlandia y la conversión de su población al cristianismo. Como casi todos los groenlandeses, Sofie tiene nombre danés, pero es una inuit.

«Creo que el petróleo perjudicará nuestro estilo de vida –afirma–. Claro que todos necesitamos dinero, pero, ¿a costa de vender nuestra alma? ¿Qué pasará si todos nos hacemos millonarios pero no podemos legar Groenlandia a nuestros nietos tal como la conocemos? Yo prefiero tener poco dinero y dejar esta tierra en herencia a nuestros nietos.»

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«El petróleo plantea un gran dilema, porque los pueblos del Ártico son los más expuestos al cambio climático», dice Kuupik Kleist, el nuevo y popular primer ministro de Groenlandia. Apodado a veces «el Leonard Cohen de Groenlandia» (ha grabado varios discos), Kleist, de 52 años, tiene aspecto de intelectual. La ironía de que su país se convierta en un gran productor de la sustancia que está contribuyendo a derretir su casquete de hielo no se le escapa.

«Necesitamos una economía más fuerte –asegura–, y tenemos que aprovechar las oportunidades que el petróleo nos pueda brindar. Los ecologistas de todo el mundo nos aconsejan que no explotemos las reservas petrolíferas; pero en estos momentos los ingresos de la pesca están en pleno descenso, y no tenemos otro recurso tan prometedor como el petróleo.»

En realidad hay otro recurso con un potencial enorme, pero plantea problemas similares. La compañía australiana Greenland Minerals & Energy Ltd. ha descubierto lo que podría ser el mayor yacimiento de tierras raras del mundo en una meseta sobre la localidad de Narsaq, en el sur de Groenlandia. Las tierras raras son básicas para una amplia variedad de tecnologías verdes (baterías de automóviles híbridos, bombillas de bajo consumo y turbinas eólicas), y actualmente China controla más del 95 % de la oferta mundial.

La explotación del yacimiento de Narsaq su­­pondría un desplazamiento de los mercados mundiales y la transformación de la economía groenlandesa. John Mair, director ejecutivo de Greenland Minerals & Energy, dice que las reservas de Narsaq podrían alimentar la explotación minera a gran escala durante más de 50 años y crear cientos de puestos de trabajo en una ciudad que ha sufrido el colapso de la pesca del bacalao. Su compañía tiene ahora mismo a decenas de empleados realizando prospecciones sobre el terreno. Pero hay un obstáculo importante para la explotación: el mineral contiene vetas de uranio, y la legislación groenlandesa prohíbe sin excepciones la minería del uranio. «No hemos cambiado esas leyes, ni tenemos previsto hacerlo», dice Kleist. Parece ser que no hay ningún camino fácil hacia una Groenlandia más verde, en ningún sentido de la palabra.

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Los groenlandeses llaman en broma Sineriak Banaaneqarfik, «la costa de las Bananas», al litoral entre Narsaq y Qaqortoq. Hoy los nietos de los cazadores inuit labran allí los campos, a orillas de los fiordos donde en otro tiempo tuvieron sus granjas los vikingos. Si en algún sitio Groenlandia se está volviendo más verde, es en esta costa. Pero en cuanto me reúno con el agrónomo Kenneth Høegh, me recomienda que olvide todo lo que he leído acerca de la repentina bonanza agrícola de la isla. «Cosecha ártica», rezaba un titular. «Prosperan las patatas en Groenlandia», decía otro. Es cierto que ya crecen patatas en Groenlandia. Pero aún no son muchas.

Una espléndida mañana de julio, Høegh y yo navegamos a 25 nudos por el fiordo a cuyas orillas se estableció hace un milenio Erik el Rojo. Nuestro destino es Ipiutaq, donde viven tres personas. Kalista Poulsen nos espera en un promontorio rocoso al pie de su granja, en la orilla septentrional del fiordo. Incluso con su mono de trabajo, Poulsen parece más un intelectual que un granjero. Es delgado, lleva gafas y habla un inglés con un acento que curiosamente parece francés. Su tatarabuelo fue angakkoq, o chamán, uno de los últimos de Groenlandia.

Atravesamos los prados de gramíneas de Poulsen. En comparación con las grises paredes desnudas del fiordo, los cultivos forrajeros parecen casi fluorescentes. En septiembre, Poulsen comprará sus primeras ovejas, los animales que crían casi todos los granjeros groenlandeses, principalmente por su carne. Adquirió la granja en 2005, cuando el mundo empezaba a hablar de una Groenlandia menos fría y más benigna.

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Desde el punto de vista de Poulsen, la promesa parece remota. «Éste es mi campo de batalla», me confiesa, mientras caminamos con dificultad por un terreno fangoso y lleno de piedras que está preparando para el cultivo con una retroexcavadora y un tractor transportados hasta la granja en una vieja lancha militar de desembarco. Cuando le pregunto si cree que el calentamiento global les facilitará la vida a él o a su hija, su rostro adquiere una expresión infeliz, casi de dolor.

«El año pasado casi tuvimos una catástrofe –me cuenta–. Fue tan seco que la cosecha fue sólo la mitad de lo normal. No creo que podamos confiar en tener un tiempo normal. Si se vuelve más cálido, tendremos que regar más e invertir en un sistema de regadío. En invierno no nieva como era habitual; llueve, y después hiela. No es bueno para la hierba, que queda expuesta al frío.»

A la hora del almuerzo, en su casa de madera blanca, se resuelve el misterio del acento de Poulsen: su mujer, Agathe Devisme, es francesa. Saboreando el menú de fusión de culturas que ha preparado (gratén de camarones y pez gato, piel cruda de ballena, o mattak, y tarta de manzana con hierba angélica), recuerdo la cena algo más rústica que saboreé unas noches antes en Qaqortoq en un banquete anual al que asistieron casi todas las familias de la costa de las Bananas. Después de la cena un inuit de pelo blanco se puso a tocar el acordeón, y todos los presentes en la sala, unas 450 personas, entrelazaron los brazos y empezaron a balancearse de un lado a otro, mientras entonaban una canción tradicional groenlandesa:

Verano, verano, ¡qué maravilla!

¡Qué increíble dicha!

Se ha ido el hielo,

se ha ido la escarcha…

Tras despedirnos de los Poulsen, Høegh y yo navegamos de vuelta por el fiordo, con el føn (el viento que sopla desde el casquete de hielo) de popa. Høegh me había dicho que le gustaría que todas las granjas de Groenlandia pudieran producir la mayor parte del forraje invernal para sus vacas y ovejas; muchas de ellas no sólo no producen lo suficiente para alimentar a sus compatriotas, sino que importan más de la mitad del forraje de Europa. Esa noche, en casa de Høegh, miramos su huerto por la ventana. El føn sopla con más fiereza. Láminas horizontales de lluvia aplastan sus plantas de ruibarbo y sus nabos. Los árboles se doblegan como suplicando a unos dioses implacables. «¡Maldición! –dice Høegh en voz baja–. Aquí el tiempo es despiadado. Siempre será despiadado.»