El género determina nuestras vidas desde pequeños

Eve Conant

6 de febrero de 2017

Preguntamos a niños y niñas de todo el mundo de qué modo el género condiciona sus vidas. Estas son sus respuestas.

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Los peligros de nacer niña en distintas partes del mundo

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A los nueve años, una niña en Kenya ya sabe que sus padres la casarán a cambio de dinero con un hombre que quizá le pegue, y un niño en la India ya sabe que sus compañeros lo presionarán para que acose sexualmente a las viandantes.

A los nueve años, desde China hasta Canadá y desde Kenya hasta Brasil, los niños y las niñas sueñan a lo grande con su futuro profesional, solo que ellos no creen que su sexo sea un impedimento, mientras que ellas, casi siempre, sí.

En el punto de inflexión, en la última antesala de la infancia que comunica con la adolescencia, los niños de nueve años no piensan en estadísticas demográficas ni en promedios mundiales. Pero cuando hablan de su vida, no hay lugar a dudas: a esta edad, tanto niños como niñas están tomando nota de sus posibilidades… y de las limitaciones que les impone su sexo.

Lo peor de ser chico es que se espera que participe en el Eve-teasing, el eufemismo que en su sociedad denota el acoso a las mujeres en lugares públicos

Para conocer sus puntos de vista, National Geographic ha entrado en 80 hogares del mundo. Desde las favelas de Río de Janeiro hasta las torres de pisos de Beijing, planteamos las mismas preguntas a un variopinto elenco de niños y niñas de nueve años. A esa edad no tienen pelos en la lengua.

Muchos reconocen sin ambages que a veces les resulta difícil –y es causa de frustración, confusión, soledad– encajar en su comunidad y en el papel que se espera que interpreten. Otros avanzan derribando barreras de género.

¿Qué es lo mejor de ser chica?

Avery Jackson se retira de los ojos un mechón de pelo que tiene los colores del arcoíris y medita la respuesta. «¡Todo!».

¿Qué es lo peor de ser chica?

«Que los niños siempre te dicen: “Eso no es de niñas, es de niños”. Como la vez que hice park­our», un deporte que consiste en salvar obstáculos.
Avery vivió como niño los primeros cuatro años de su vida y sufrió lo indecible; aún le duele recordar cómo se quedó sin amigos en preescolar. Nacida y criada en Kansas City, desde 2012 vive abiertamente como niña transgénero y hoy ocupa el centro del vigente debate sobre los roles de género y los derechos de las personas.

Los adultos hablan del asunto, pero los niños como Avery también quieren tener voz en el debate. «A veces los niños de nueve años te asombran por su facilidad de palabra y su sensatez», asegura Theresa Betancourt, profesora asociada de salud infantil y derechos humanos de la Universidad Harvard.

A esa edad se enfrentan ya a una creciente responsabilidad y presión de grupo, dice, pero todavía no a la conformidad y autocensura que llegan con la adolescencia.

Sunny Bhope –que contesta mientras su ma­dre prepara arroz en una fogata de carbón en su casa cerca de Mumbai, en la India– dice que lo peor de ser chico es que se espera que participe en el Eve-teasing, el eufemismo que en su sociedad denota el acoso a las mujeres en lugares públicos. Para Yiqi Wang, de Beijing, lo mejor de ser niña es que «somos más tranquilas y responsables».


Y para Juliana Meirelles Fleury, de Río de Janeiro, que «entramos las primeras en el ascensor».

¿Cómo cambiaría tu vida si fueses una chica en vez de un chico (o un chico en vez de una chica)?

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Niñas convertidas en esposas

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En Jerusalén, Lev Hershberg responde que si fuese chica, «no le gustarían los ordenadores». Otro israelí, Shimon Perel, dice que podría jugar a la comba. Si fuesen chicos, Pooja Pawara, de las afueras de Mumbai, iría en patinete, y Yan Zhu, de la aldea china de Yaqueshui, nadaría en un río que según su abuela tiene el agua demasiado fría para las niñas. Al no ser un chico, a Luandra Montovani no la dejan jugar en las calles de su favela de Río porque hay «violencia y balas perdidas». Eriah Big Crow, una oglala lakota de Dakota del Sur, dice que no hay nada que ella no pueda hacer, porque chicos y chicas son «absolutamente iguales».

La afirmación de Eriah quizá resulte demasiado optimista para Anju Malhotra, asesora de Unicef en materia de género y desarrollo. Sobre la desi­gualdad de género, afirma: «Todavía no vemos que tenga fecha de caducidad». Pero hay progresos.

Para los ciudadanos del mundo menores de 10 años, las últimas décadas han traído más igualdad entre los sexos en aspectos como el acceso a la educación primaria, dice Claudia Cappa, de Unicef. Aunque, advierte, en algunos países se siguen practicando «abortos selectivos de fetos femeninos», es decir, por razones de sexo.

A partir de los 10 años, sin embargo, esa brecha que cada día es menor se transforma en un abismo en toda regla. «En la adolescencia vemos un giro de 180 grados», dice Cappa, con «impresionantes» brechas de género en el acceso a la educación se­cundaria, por ejemplo, o en la probabilidad de contraer matrimonio prematuro o de sufrir violencia. «A esa edad se termina la infancia –afirma con rotundidad–. Pasas a ser hombre o mujer».
¿Qué quieres ser de mayor?

Lokamu Lopulmoe, una niña turkana de la Kenya rural, responde que cuando sea mayor sus padres recibirán «mi precio, y aunque el hombre al final me pegue, mis padres tendrán esa dote para consolarse».

"aunque el hombre al final me pegue, mis padres tendrán esa dote para consolarse" (Lokamu Lopulmoe, Kenya)

A 500 kilómetros de distancia, en una urbanización de Nairobi, Chanelle Wangari Mwangi imagina, desde su cuarto repleto de trofeos, un futuro muy distinto: quiere ser golfista profesional y «ayudar a los necesitados».

En Ottawa, Canadá, William Kay rebosa confianza cuando planea su futuro de «banquero, o informático, en plan genio y tal». En Beijing, Yunshu Sang quiere ser policía, «pero casi todos son hombres –dice–, así que yo no puedo».

¿Qué cosas te ponen triste?
«Ver que la gente se mata», responde la oglala lakota Tomee War Bonnet. ¿Qué ha instilado se­mejante pensamiento en la mente de una niña de nueve años? El historial de suicidios de la reserva donde vive, a veces de chicos de apenas 12 años.

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Rania Singla, de Mumbai, se entristece cuando su hermano pequeño le pega. Lamia al-Najjar, que vive en una casa improvisada en la Franja de Gaza, dice: «Siento tristeza cuando veo [cómo] han destruido nuestra casa», resultado de los combates registrados en la zona en 2014.

¿Qué es lo que te hace más feliz?
Encabezan la lista la familia, Dios, la comida y el fútbol. Y los amigos. Otras respuestas dan una idea de cuán diversas son las vidas de los niños en todo el mundo. A uno le gustan los powwows; a otro, los huevos de Pascua. Para Amber Dubue, de Ottawa, la felicidad es «tener espacio para correr»; para la carioca Maria Eduarda Cardoso Raimundo, hija de padres separados, «que mamá y papá estén conmigo, dándome abrazos y consejos».

En torno a los nueve años, dice Bede Sheppard, los niños «están desarrollando importantes sentimientos de empatía, justicia y discriminación del bien y el mal». Como vicedirector de la sección de derechos de la infancia de Human Rights Watch, Sheppard ha trabajado con niños trabajadores, refugiados y otros pequeños que viven en la precariedad. Dice que los más oprimidos y desfavorecidos a veces son los más empáticos y generosos.

El pastor turkana Lopeyok Kagete sueña con regalar dinero. Y Sunny Bhope, el niño indio que vive con toda su familia en un único habitáculo, aspira a «dar casa a todos los que no la tienen».

Cuando las niñas y los niños de nueve años hablan de sí mismos y del otro sexo no tardan en aparecer los consensos. Los niños se meten en líos más que las niñas, es algo en lo que están de acuerdo ambos grupos, y las niñas tienen que dedicar mucho tiempo a peinarse. Estos detalles son parte de su realidad, pero también lo son otros aspectos mucho más profundos.

Si pudieses cambiar algo de tu vida o del mundo, ¿qué sería?

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Clara Fraga, de Río de Janeiro, convertiría a los ladrones en «gente buena que no robase». Abby Haas echaría a «los malos» de su reserva de Dakota del Sur. Kieran Manuel Rosselli, de Ottawa, «destruiría a los terroristas». Por el tono de gravedad con que se expresan da la impresión de estar hablando con un adulto en miniatura, no con un niño. Si pudiese, Fang Wang desde China cambiaría «cómo me siento cuando estoy sola».

El deseo que más se menciona, al margen de fronteras geográficas y de género, se resume en las palabras de Avery Jackson. Si estuviese en su mano cambiar el mundo, responde esta niña, «no habría acoso escolar. Eso está muy mal».