Gadulia lohar: Los últimos nómadas de la India

Cazan, cuidan del ganado y encantan serpientes. Pero su situación es crítica. Mira las fotografías de Steve McCurry.

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Punkti, la hija de un pastor de Rajastán, nunca había vivido bajo techo. Los hombres de la familia todavía duermen al raso, para no separarse de sus animales.

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Los toques de tambor atraen al público cuando los acróbatas del grupo nómada nat actúan en las afueras de Jodhpur, en Rajastán. Ausentes del censo y sin domicilio fijo, los artistas ambulantes tienen dificultades para acceder a las ayudas oficiales.

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El rostro demoníaco y las horribles heridas pintadas en el cuerpo son puro maquillaje para lograr el éxito en el escenario. Este actor de la comunidad nómada bahurupi se dispone a entretener a los habitantes de un pueblo del estado de Maharashtra.

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Achala, pastor nómada, se identifica como rabari al llevar turbante y vestir de blanco. Los rabari son «los que viven fuera», y tradicionalmente huyen de las constricciones de aldeas y granjas.

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Los pastores itinerantes tienen cada vez menos espacios abiertos. En la región de Kutch, en Gujarat, la construcción de una planta térmica obliga a Sangbhai a desviarse con sus búfalos por carreteras y solares tapiados en busca del poco pasto que quede.

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Durante la estación seca el pastoreo decae, y los rabari alteran su rutina. Las mujeres se desloman
cavando un depósito un jornal de poco más de un euro.

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Los hombres trasquilan ovejas. Cuando vuelvan las lluvias, emprenderán el viaje con sus rebaños, a expensas de que los amos de la tierra les den acceso al agua y los pastos.

 

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Satisfecho al final del día, un pastor rabari conduce sus animales al establo donde pasarán la noche. Él dormirá junto al ganado, en un camastro llamado charpoy.

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Un niño ensaya con su sinuosa compañera de espectáculo bajo la mirada instructora de sus padres,
miembros de la comunidad vadi. Como muchos artistas nómadas, los vadi, amaestradores de serpientes, viven de la mendicidad.

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Vijay Nath, de 12 años, muestra su boa inofensiva en un campamento ocupado de Gujarat. Su familia vigila por si llega la policía: el encantamiento de serpientes está perseguido por la ley desde 1972.

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Todo lo que Ali el Mago y sus dos acompañantes necesitan para soltarse es una nube de polvo, un grupo de niños fascinados y unos padres dispuestos a tirarles a los pies unas cuantas rupias.

 

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A sus 63 años, Mangabhai, un acróbata nat, sigue pasando por un aro tachoneado de cuchillos.

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La arena enlentece el viaje en carro y a pie de un grupo de nómadas. Detrás, los hombres y el camello empujan; delante, una madre lleva en brazos a su hijo más joven. Su destino es un pueblo del Rajastán, donde los hombres practicarán una de las artes más antiguas: contar historias. Desplegarán un cartel con representaciones de los protagonistas del relato, tocarán el violín y cantarán a los dioses y monarcas.

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Quizá la lona que han recuperado de la basura para cubrir su carreta —su hogar— hable de modernidad, pero las destrezas y el estatus humilde de los gadulia lohar no han cambiado en generaciones. Antaño armeros reales, hoy los herreros fabrican y reparan herramientas en la carretera.

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Karma Tashi está interna en un colegio de la región himalaya de Ladakh, algo muy distinto a vivir en una tienda de campaña y cuidar cabras. Muchos niños nómadas desean un domicilio fijo.

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Una mujer rabari, en Gujarat, visita la tumba de un antepasado. Una central eléctrica domina lo que en otro tiempo fueron tierras de pasto alrededor de un cementerio.

Steve McCurry

27 de enero de 2010

En su eximio pasado, los gadulia lohar forjaban las armas de los reyes hindúes. Hoy estos herreros acampan en las afueras de pequeñas aldeas indias y fabrican objetos sencillos con restos de metal. Un cálido día de febrero llegué a uno de esos campamentos en el estado de Rajastán. Llevaba pastillas de jabón para romper el hielo, pero en cuanto me acerqué me vi rodeado de hombres, mujeres y niños que me arrebataron la bolsa, desparramando los jabones por el suelo. Entonces se desencadenó un frenesí de maldiciones y brazos enredados. Esa conducta desesperada apunta a la larga historia de unos nómadas que llevan siglos, a veces milenios, recorriendo el subcontinente. Los gadulia lohar (nombre derivado de las palabras hindi gaadi, «carro», y lohar, «herrero») se cuentan entre los más conocidos; otros son pastores nómadas, como es el caso de los rabari, famosos en la India occidental por sus aparatosos turbantes y sus conocimientos sobre los camellos. También hay grupos cazadores y recolectores. Otros viven de sus servicios: vendedores de sal, adivinos, brujos, sanadores ayurvédicos. Y no faltan malabaristas, acróbatas, moleros, narradores de cuentos, encantadores de serpientes, veterinarios, tatuadores, cesteros. Los antropólogos han identificado unos 500 grupos nómadas en la India, una población total que quizás alcance los 80 millones de personas, alrededor del 7 % de los más de 1.000 millones que alberga el país.

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En su día estos grupos itinerantes estuvieron perfectamente integrados en la población india. Coexistían con los aldeanos que vivían a lo largo de sus rutas migratorias anuales. Pero en el siglo XIX las cosas empezaron a cambiar. Los administradores británicos los tacharon de vagos y maleantes, sembrando un prejuicio que sobreviviría al imperio colonial. En la India de hoy, el país del telemarketing y la juventud obsesionada por las marcas, no hay lugar para hojalateros o domadores de osos, y el bucolismo de la vida rural sucumbe ante la expansión urbana e industrial. Sin unidad de casta, idioma ni re­­gión, los nómadas son ignorados por los políticos y, a diferencia de otros grupos oprimidos, apenas se han beneficiado de las ayudas sociales.

La mera definición del término «nómada» es complicada si hablamos de la India. Muchos grupos que antes encajaban en esa categoría viven hoy sedentarizados en arrabales de chabolas. Sin embargo, la sociedad india mantiene una rígida estratificación social en la cual nacimiento suele ser sinónimo de destino. Así pues, errantes o no, los nómadas de la India comparten una historia de pobreza y exclusión que sigue viva: un grave atropello a los derechos humanos del que nunca hemos oído hablar.

Para aquellos pocos que defienden en solitario la causa de los nómadas, la solución pasa en gran medida por proporcionarles un techo, o al menos una dirección postal, lo cual les facilitaría la posibilidad de acceder a las ayudas públicas y escolarizar a los niños. Estas iniciativas, sin embargo, se han topado con la enconada re­­sistencia de aldeanos y políticos locales, quienes ven a los trashumantes como intrusos inmundos. Al margen de los obstáculos prácticos, surge una pregunta de mayor calado: ¿tienen que renunciar los nómadas a su identidad para sobrevivir?

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Después del jaleo organizado con los jabones, mis posteriores llegadas matutinas fueron menos accidentadas. Al día siguiente el campamento estaba en silencio. Junto a una humeante y rudimentaria fragua de barro, las mujeres se relevaban en el manejo de un fuelle de piel de cabra, mientras hombres y muchachos machacaban pedazos de metal sobre pequeños yunques, transformándolos en cucharones, hachas y otros objetos sencillos.

Mi intérprete y yo contamos 23 personas pertenecientes a cuatro familias lohar, todas emparentadas entre sí. Llevaban sus pertenencias en cinco carretas abiertas hechas de madera de acacia y teca, decorada con tallas de flores de loto, remaches metálicos y dibujos de esvásticas hindúes. A todos les desconcertó mi presencia, y algunos no disimularon su hostilidad. «¡No po­­demos decir ni hacer nada, usted lo escribe todo!», se quejó una mujer. Pero unos pocos me acogieron con más cordialidad. Lallu y Kailashi eran una pareja de cuarenta y tantos años (los lohar no llevan cuenta de su edad), padres de cuatro hijos. Lallu, menudo y fibroso, vestía un mugriento dhoti de algodón y llevaba pendientes de oro en forma de gota y un amuleto colgado de un cordel alrededor del cuello. Kailashi, flaca y de ojos hundidos, llevaba el esternón tatuado con símbolos del om y el cabello cubierto con un chal violeta. Ambos tenían los dientes cariados e interrumpían cada dos por tres el trabajo para encender unos cigarrillos pequeños y liados a mano, llamados bidis, en las brasas de la forja.

Kailashi seguía avergonzada por el alboroto de los jabones. «Yo seré pobre, pero tengo mi ética –dijo–. Esta gente ha olvidado lo que es eso.»

Su hija mayor, Kanya, fue a por un catre de cuerda y me invitó a tomar asiento. Tenía unos 20 años, era vivaz y de una belleza llamativa, con pómulos pronunciados y cejas bien depiladas. Tenía también una fuerte personalidad. «¡Deja de atosigarlo!», regañó a uno de sus primos cuando el muchacho persistía en importunarme para que le regalase algo. Kanya acababa de volver con los suyos tras huir de un marido maltratador.

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Pregunté a Lallu de dónde era, esperando que mencionase su lugar de nacimiento, o tal vez la ciudad en la que la familia acampaba durante el verano, cuando hace demasiado calor para viajar, pero nombró un lugar que nunca había visto.

«De Chittaurgarh», dijo. Y acto seguido elevó el puño en una especie de saludo.

Chittaurgarh es una colosal fortaleza de arenisca que se yergue en una meseta del sur de Rajastán. Construida en el siglo VII, fue capital de Mewar, un poderoso reino de los guerreros hindúes de casta alta conocidos como rajputs. Los lohar también son rajputs, según su tradición oral. Sirvieron al reino en calidad de armeros, pero en 1568 Chittaurgarh fue conquistada por Akbar, el gran emperador mongol, y los lohar huyeron.

Avergonzados, se entregaron a una vida de trashumancia y sacrificio, y juraron que nunca volverían a hacer noche en una aldea, encender una lámpara después del anochecer ni usar una cuerda para sacar agua de un pozo, unos votos que se conocen como el Juramento. (También juraron prescindir de lechos cómodos, y aún hoy viajan con los catres puestos al revés, en cumplimiento simbólico de su ancestral promesa.)

Pero pese a sus promesas, de algún modo tenían que ganarse la vida, así que dieron un uso más prosaico a su destreza en la fragua. Sus menajes de cocina y aperos de labranza eran muy apreciados por su durabilidad y, antes de que llegasen las fábricas y las importaciones chinas de bajo precio, tuvieron gran demanda.

En su día la India fue un hervidero de trabajadores itinerantes de ramos diversos. Muchos de ellos fueron descritos con detalle por primera vez por un funcionario británico, Denzil Ibbetson, en un informe de 1883 basado en el censo de la región de Punjab. Entre ellos citó a los qalandari («su ostensible ocupación es la de hacer camino con osos, monos y otros animales amaestrados»), los nats («acrobacias y trucos de baja estofa»), los gagra («captura, cuidado y aplicación de sanguijuelas») y los kanjar («curación de forún­culos»). «No son de trato agradable –concluía Ibbetson–, y no tenemos por qué relacionarnos con ellos más que de paso.»Las observaciones de Ibbetson reflejaban los prejuicios de la época y la creencia generalizada en Gran Bretaña de que los nómadas, y en especial la gente de piel morena y de lengua romaní conocida como gitanos, eran unos incorregibles apóstoles de la corrupción. Tal actitud se contagió con facilidad al subcontinente. En 1871 las autoridades coloniales aprobaron una normativa de infausta fama, la Ley de Tribus Criminales, que identificaba a decenas de grupos nómadas como delincuentes por naturaleza. Las familias itinerantes estaban obligadas a registrarse en las comisarías de policía, y miles de hombres, mujeres y niños fueron concentrados por la fuerza en campos de trabajo, algunos de ellos dirigidos por el Ejército de Salvación, según cuenta la socióloga india Meena Radhakrishna en su libro Deshonrados por la historia.

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Tras la independencia, alcanzada en 1947, la ley fue sustituida por una medida comparable aunque menos draconiana: la Ley de Delincuentes Habituales. El estigma de criminalidad pervive todavía hoy. «Nunca hubiera imaginado que los descendientes de estas comunidades serían víctimas exactamente de los mismos prejuicios –afirma Radhakrishna–. No es que ellos no de­­seen integrarse en la sociedad: simplemente es que no se lo permiten.»

Las mujeres estaban preparando la cena. En la fogata, Kanya cocía chapatis, el pan ácimo que nunca puede faltar en la India, mientras Kailashi majaba en un mortero los pimientos picantes para un pisto de verduras. Se acercaba la noche y tenían que darse prisa, dada la prohibición de encender lámparas. Los lohar llevaban unos días en la aldea y aún no sabían cuánto tiempo se que­darían. Dependía de si había o no trabajo.

Los lohar nunca habían pisado una escuela. Hacían sus necesidades en el campo y dormían al raso, excepto en la estación del monzón, época en que toldaban las carretas y las rodeaban de muretes de barro para prevenir inundaciones. Cuando llegué, Kanya supuso, a pesar de mi piel blanca, que era oriundo de Jaipur; la capital del estado, a 65 kilómetros de distancia, marcaba la frontera geográfica de su experiencia. «¡Ahhh! –dijo cuando le expliqué que había ido en avión hasta allí–. Vino usted en un cheel gaadi.» En un carro-águila.

Al igual que otros grupos nómadas, los gadulia lohar han sido objeto de ocasionales intentos de rehabilitación. En 1955, el primer ministro Jawaharlal Nehru afirmó en un famoso discurso pronunciado en Chittaurgarh que con el establecimiento de la soberanía india quedaba restablecido el honor de los herreros, a quienes instaba a abandonar la trashumancia. Miles de ellos, desplazados a la fortaleza en carros de bueyes y en tren, vieron cómo Nehru ponía del derecho un catre invertido en un gesto simbólico, y los invitaba a entrar atravesando un puente tapizado con pétalos de rosa. En las inmediaciones se abrió un internado para niños lohar y se pu­­sieron en marcha planes de alojamiento y empleo.

Las iniciativas no llegaron muy lejos. Un asentamiento en el que los herreros aprendían técnicas agrícolas fue abandonado tras la muerte por enfermedad de dos chicas, interpretada como una advertencia para aquellos que osaban violar la tradición lohar. Otras iniciativas sucumbieron a corruptelas y una organización deficiente.

Pero la causa de los nómadas siguió viva gracias a los grupos pro derechos humanos, y en 2005 el Parlamento indio constituyó una comisión provisional para aliviar su situación. El presidente de la comisión, Balkrishna Renke, no podría estar más cualificado para el cargo: nacido en el seno de un grupo mendicante, había pasado su infancia recorriendo las aldeas de la India occidental, cantando a cambio de comida, hasta que una organización de beneficencia se hizo cargo de él y lo escolarizó.

Para Renke el objetivo está claro. «Si quieren gozar del derecho de ciudadanía, instruirse y participar del progreso moderno, tienen que se­­dentarizarse», declara, consciente de la magnitud de ese reto. El sistema de bienestar social de la India, endeble pero en expansión, hace tiempo que se propuso resolver las desigualdades de casta. Como los nómadas están dispersos en un gran número de castas, gozan de muy pocas ayudas de integración social (y de ninguna influencia política), que sí han correspondido a otros grupos perseguidos, como es el caso de los intocables. «Son un pueblo mudo», se queja Renke.

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Tras una semana al lado de los lohar, empecé a entender uno de los motivos por los que son un pueblo sin voz, social o política: no eran una compañía precisamente fácil. Aunque desde el principio les dejé claro que no iba a darles dinero, intenté congraciarme con ellos haciéndoles algún obsequio (casi siempre sacos de lentejas y harina) e invitándolos con regularidad a una taza del chai, un té aromatizado con hierbas, que despachaba un vendedor callejero. Pero para algunos nunca era suficiente. Kartar, el hermano mayor de Lallu, me agobiaba constantemente para que le comprase kalakand, una especie de flan de queso, y se enfurruñaba cuando no lo conseguía. Su esposa, Pooni, no se quedaba corta. «¡Dame dinero para chai!», me dijo una mañana a modo de buenos días. Cada vez que la miraba, tiraba de su túnica harapienta o me hacía saber que le apetecía un bidi lleván­dose dos dedos a los labios como si estuviera fumando. Así que trataba de no cruzar mi mirada con la de ella.

Hasta Lallu, quien según Kailashi era «muy vergonzoso para mendigar», perdió conmigo esa vergüenza más de una vez.

«Ayer no comí porque se me murió la gallina –me dijo una tarde–. Qué triste me puse.»

Le expresé mis condolencias.

«Y una gallina nueva cuesta 300 rupias.»

Yo asentí, acompañándolo en el sentimiento.

«Así que dame 100.»

Suspiré.

Aun así, los lohar no dejaban de inspirarme admiración. Eran diestros artesanos, trabajadores, y su oficio era para ellos una fuente de orgullo. Una tarde se presentó en el campamento una anciana de la aldea, que quería comprar un cu­­charón. «Yo le cobro un poco más, pero mi material es de calidad», le aseguró Kartar. Acuclillado a la sombra de un nim, calentó un trozo de hierro hasta ponerlo al rojo vivo; luego, valiéndose de unas tenazas, lo sujetó sobre un yunque mientras Pooni, con los pies bien plantados en el suelo, lo aplanaba con una maza. Cuando el metal estuvo fino y maleable, Kartar echó mano a una maza más pequeña y con suma destreza fue creando la forma del cucharón, con su largo mango. A fuerza de golpes dio a la superficie un acabado brillante, con pequeños hoyos decorativos.

Por último limó los bordes y entregó el utensilio a la señora con un floreo y una expresión de respeto. «Tenga, abuela», le dijo, y a cambio recibió 30 rupias, unos 55 céntimos.

Los lohar daban valor a su artesanía porque también se lo daban a su identidad. Todos conocían la historia de Chittaurgarh, y cuando un niño se echaba a llorar los adultos lo mandaban callar diciendo: «No llores, eres un lohar».

Llevaba varios días preguntando a los lohar cuándo pensaban levantar el campamento, y la respuesta yiempre era la misma: «Mañana». Y un buen día resultó ser mañana. Llegué al campamento temprano y me los encontré cargando las carretas. Guardaban las herramientas en com­partimentos, uncían los bueyes, plegaban las mantas y las cargaban junto con los catres, las ollas ennegrecidas y aquellos miembros de la familia que, por su corta edad o estado de salud, no podían ir a pie. Por fin, en respuesta a alguna señal tácita, la destartalada caravana emprendió la marcha. El tráfico que avanzaba en sentido contrario, casi todo motocicletas y carricoches caseros propulsados a gasoil llamados jugards, cedía el paso a medida que los lohar avanzaban por la estrecha carretera dejando atrás cultivos de mostaza y ondulantes campos de trigo otoñal.

Resultaba difícil no dejarse cautivar por una estampa tan pintoresca. Al fin y al cabo, aquella era una tribu perdida que seguía en movimiento. Si uno se abstraía del chisporroteo de los Hondas made in India y de las torres de telecomunicaciones, los lohar eran casi indistinguibles de los orgullosos artesanos rajput que huyeron de Chittaurgarh hacía casi medio milenio. ¿A qué tendrían que renunciar estos medievales viajeros del tiempo si abandonasen su nomadismo y se integrasen en la uniformidad social? Si hablamos de cultura y tradiciones, probablemente a todo.

El precio parecía altísimo. Todos los lohar que conocí se aferraban a su identidad nómada, pero al mismo tiempo dejaban claro que si vivían en la carretera, era porque no tenían más remedio.

«Si tuviese tierras y una casa, sería el hombre más feliz del mundo», me confesó Lallu una noche. También Kanya suspiraba por las comodidades de una vivienda que nunca había conocido. Era fácil comprender su anhelo. Incluso en aquel paraje rural de Rajastán, era evidente la rápida transformación económica de la India a la vista de los teléfonos móviles que llevaban muchos de los clientes de los lohar y las antenas parabólicas que despuntaban en algunas casas. No era de extrañar que también ellos desearan participar de la nueva prosperidad. Además, eran más conscientes de ello que nunca. Como otros grupos nómadas del norte de Rajastán, los lohar han recibido aliento por parte de los activistas que defienden su derecho a ser dueños de la tierra y que los animan a solicitar suelo y viviendas a las administraciones locales. Además de darles un techo, la solución también satisfaría la norma de la burocracia india según la cual hay que acreditar un domicilio permanente para obtener ayudas oficiales, desde aceite de cocina subvencionado hasta atención médica gratuita.

Pero hasta la fecha los esfuerzos han caído en saco roto. Las autoridades de un municipio al que los lohar solicitaron tierras respondieron que no tenían terrenos disponibles, y que en caso de tenerlos, dudaban que ellos los quisieran. «Esos no quieren establecerse –dijo un funcionario–. Les gusta vivir en la carretera.»

Idéntica respuesta recibieron en Thana Ghazi, a unos 95 kilómetros de Jaipur, donde las autoridades municipales habían cedido de mala gana a una docena de familias lohar unos terrenos contiguos al ramal de una transitada avenida de la ciudad. Los herreros se instalaron en casas de ladrillo de un solo dormitorio, con las carretas y las fraguas delante de la fachada. Cinco años después el ayuntamiento seguía sin llevarles suministro eléctrico y había denegado la solicitud de construcción de una letrina común.

El pradhan, el alto cargo electo del distrito, confirmó que se había opuesto a dotar el asentamiento de servicios porque pensaba que no debía haberse permitido que los lohar se afincasen allí. El lugar estaba cerca de un albergue femenino y de un instituto, explicó, y estarían mucho mejor en algún descampado de las afueras.

Unos días después de interesarme por el caso, unos obreros se presentaron en el asentamiento y comenzaron a cablear las casas para conectarlas al tendido eléctrico. Algunos habitantes de la ciudad no hicieron esfuerzo alguno por disimular su hostilidad. Una tarde, cuando salía del lugar con un trabajador de una organización benéfica, tres adolescentes nos abuchearon desde el tejado del instituto que había al lado. «¿Qué pensáis que vais a hacer por ellos? –gritó uno de ellos–. Son nómadas, y siempre serán nómadas.»

Estábamos a principios de marzo, y Lallu, Kailashi y su clan tenían casi encima la cosecha de primavera. Los trigales se tornaban dorados bajo un sol que cada día quemaba con más fuerza. En el campamento de la nueva aldea, los lohar se refugiaban bajo la sombra de los carros y se refrescaban con el agua de un pozo cercano.

La primavera suele ser época de esperanza en el Rajastán rural, pero ese año Kanya estaba atemorizada. Sus padres habían decidido que después de la fiesta hindú de Akha Teej, celebrada en abril, volvería con su marido y su familia política. «El chico es muy malo», me había dicho. Contaba que tanto él como su suegra la obligaban a trabajar todo el día con los fuelles, y que le pegaban si se resistía. Pero Kanya sabía que el divorcio era impensable para una mujer como ella. «No puedo hacer nada –dijo–. Si me quedo, sufriré. Si me voy, sufriré. Todo es cosa del destino.»

La impotencia de Kanya es mayor por el hecho de ser mujer, pero es compartida, en diferentes medidas, por todos los lohar, cuya inferioridad social los sitúa en una posición vulnerable frente a las presiones y los prejuicios de la India rural. Un día, al llegar al campamento, me enteré de que la víspera los lohar habían recibido la visita de los partidarios del Rashtriya Swayamsevak Sangh, o RSS, el principal grupo nacionalista hindú de la India. Unos extremistas del grupo habían oído que yo andaba por allí; daban por hecho que era un misionero cristiano y amenazaban con darme una paliza. Los lohar, aterrorizados, me rogaron que me fuese.

Al final conseguí aclarar que mi objetivo era periodístico, no evangelizador. Los empleados del RSS local se disculparon e incluso me acompañaron a visitar a los lohar, que para entonces se habían trasladado por segunda vez, a un pastizal de las afueras de otra aldea. El RSS instó a los lohar a colaborar, pero lo cierto es que mi relación con los herreros nunca se recuperó del todo.

Recelosos desde el principio, después de lo ocurrido con el RSS no veían ningún motivo para seguir soportándome. «Nos diste un puñado de harina, ¡y mira cuánto escribes! –me dijo Kartar, fulminándome con la mirada–. Vete de una vez. Ya estamos hartos de ti.»

Un día cogí el coche y fui a verlos desde Jaipur en un último intento de reconciliación. Por desgracia no estaban Lallu y Kailashi para apoyarme: habían ido en autobús a la capital de Rajastán, donde Kailashi confiaba en recibir tratamiento para la tos y la fiebre que arrastraba desde hacía tiempo. Los demás ni siquiera querían hablar conmigo. Entendí la indirecta y regresé al coche.

Antes de irme, me giré y contemplé a los lohar por última vez. El negocio había aflojado y las fraguas estaban frías. Al día siguiente, o quizás al otro, cargarían las carretas y emprenderían viaje, como habían hecho tantas veces. Pero ahora parecían apáticos y cansados. Como viajeros que hubiesen alcanzado el final del camino.