Fotografías de la High Line en Nueva York, Manhattan

Una antigua línea férrea abandonada se ha convertido en un insólito parque elevado que atraviesa el corazón neoyorquino. Recorre este innovador parque de Nueva York de la mano de los fotógrafos Diane Cook y Len Jenshel

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Una antigua línea férrea abandonada se ha convertido en el parque elevado de la High Line. La densa vegetación del extremo sur contrasta con la vieja estructura de acero y con el paisaje urbano. A la derecha
se ve el hotel Standard, uno de los tres edificios que atraviesa la High Line.

Diane Cook y Len Jenshel

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Antes la High Line llegaba más lejos hacia el sur de Manhattan, pasando por varias fábricas y almacenes. Pero ese tramo más meridional fue demolido en la década de 1960, mucho antes de que a nadie se le ocurriera convertir la vía en parque.

Diane Cook y Len Jenshel

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Un beso es quizá la única razón válida para perderse las vistas de la Décima Avenida que los arquitectos proyectaron como uno de los principales puntos de interés del High Line Park. Su diseño transformó lo que podría haber sido un puente ordinario en un imponente anfiteatro urbano, con gradas de madera que descienden a un mirador justo por encima del tráfico.

Diane Cook y Len Jenshel

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El cielo estival y un vestido veraniego iluminan las sombreadas escaleras de entrada a la High Line desde la Calle 14, que se han ganado el sobrenombre de slow stairs («escaleras lentas») por las amplias plataformas entre los distintos tramos.

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El Caledonia, con sus fachadas de cristal, es uno de los muchos edificios de pisos de nueva construcción levantados junto a la High Line.

Diane Cook y Len Jenshel

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Algunos trozos de la High Line invitan a pasear por la ciudad, pero el Chelsea Market Passage, en la Calle 15, parece más una terraza, perfectamente situada para contemplar la ciudad y el río Hudson a sus pies. El momento más tranquilo es la última hora de la tarde, cuando los colores del atardecer se desvanecen en el cielo.

Diane Cook y Len Jenshel

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La obra de Valerie Hegarty titulada Autumn on the Hudson Valley With Branches («Otoño en el valle del Hudson con ramas») sirve de telón de fondo para una sesión fotográfica de moda sobre la Calle 20 Oeste, donde termina la seccion recién inaugurada del parque y comienza Chelsea Thicket.
 

Diane Cook y Len Jenshel

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El pasado otoño la compañía de danza de Naomi Goldberg Haas interpretó Autumn Crossing en el Chelsea Market Passage, un tramo cubierto de la High Line destinado a celebrar acontecimientos artísticos y otros actos públicos.

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Una camioneta vende helados a los transeúntes en las calles Gansevoort y Washington, el extremo sur de la High Line.
 

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Por encima del tráfico de la Calle 14, unos jóvenes astrónomos observan el cielo nocturno en una sesión dirigida por la Amateur Astronomers Association. Esta asociación de aficionados a la astronomía se reúne en la High Line todos los martes por la noche desde abril hasta octubre.
 

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La High Line se desliza entre las bulliciosas avenidas de Chelsea, dejando a la izquierda los iluminados edificios de los arquitectos Frank Gehry y Jean Nouvel. El edificio de Gehry es el más bajo; el de detrás, más alto, fue diseñado por Nouvel.
 

Diane Cook y Len Jenshel

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Los operarios empezaron a plantar los árboles del segundo tramo de la High Line el verano pasado para que pudieran florecer antes de la inauguración de la próxima fase del parque, esta primavera. El nuevo tramo, de 800 metros, se extiende desde la Calle 20 hasta la Calle 30.

Diane Cook y Len Jenshel

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Hasta hace poco, toda la línea férrea era una descuidada maraña de flores silvestres y malas hierbas. El tercer y último tramo, al norte de la Calle 30, todavía lo es.

Diane Cook y Len Jenshel

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El tramo norte de la High Line, sin renovar, gira hacia el oeste y llega casi hasta el río Hudson. La compañía ferroviaria CSX todavía es propietaria de esa sección, pero los Amigos de la High Line esperan que algún día forme parte del parque. Si lo consiguen, las vistas de la pirotecnia del Cuatro de Julio que disfrutaron un miembro del personal de la asociación y su acompañante estarán al alcance de todos los neoyorquinos.

Diane Cook y Len Jenshel

3 de mayo de 2011

Por lo general, los parques de las grandes ciudades se consideran refugios, islas de verdor en un mar de acero y hormigón. Cuando uno se acerca a la High Line, en Chelsea, barrio del sudoeste de Manhattan, lo primero que ve es el tipo de cosa que los parques urbanos se supone intentan ocultar: unos pesados pilares de acero que sostienen una línea férrea elevada por donde en otra época circulaban trenes de carga entre fábricas y almacenes y que, al menos de lejos, más parece una reliquia abandonada que un oasis urbano. Hasta hace poco la High Line era de hecho una reliquia urbana, que además se estaba viniendo abajo. Muchos de sus vecinos, así como Rudolph Giuliani, alcalde de Nueva York entre 1994 y 2001, querían demolerla. Su equipo de gobierno, consciente de que Chelsea estaba convirtiéndose en un barrio de galerías de arte, restaurantes y lofts de diseño, consideraba que el tramo su­­perviviente de la High Line, dos kilómetros de trazado serpenteante entre Gansevoort Street y la Calle 34, era una pesada carga antiestética. Estaban convencidos de que era preciso eliminar ese retazo de un tipo de ciudad distinta para que el barrio desarrollara todo su potencial.

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Nunca las autoridades municipales han estado tan equivocadas. Casi una década después de que el gobierno de Giuliani intentara demolerla, la High Line se ha convertido en uno de los espacios públicos más innovadores y atractivos de Nueva York y quizá de todo el país. Los negros pilares de acero que antes sostenían unas vías abandonadas sirven ahora de apoyo a un parque elevado que es un poco paseo, un poco plaza pública y un poco jardín botánico. El tercio más meridional, que empieza en Gansevoort Street y llega hasta la Calle 20 Oeste, fue inaugurado en verano de 2009. Esta primavera se abrirá un segundo tramo, que extenderá el parque otras diez manzanas (más o menos un kilómetro), hasta la Calle 30. Los entusiastas del proyecto esperan que con el tiempo el parque ocupe el resto de la High Line (mapa, páginas 64-65).

Pasear por la High Line es como flotar a ocho metros por encima del suelo, en conexión con la vida callejera y a la vez muy lejos de todo. Uno puede sentarse rodeado de plantas y tomar el sol mientras admira las vistas del río Hudson, o bien recorrer el trazado de la línea férrea a su paso por viejas construcciones y junto a edificios nuevos y asombrosos. He caminado muchas ve­­ces por la High Line, y su perspectiva, diferente de la que ofrece cualquier calle, acera o parque, nunca deja de sorprenderme y deleitarme.

Nueva York es una ciudad donde las cosas buenas cuestan y donde las buenas intenciones no siempre pueden plasmarse en el proyecto fi­­nal, si es que éste llega a realizarse. La High Line es una feliz excepción, el caso raro en el que una idea maravillosa no sólo se ha llevado a la práctica sino que ha resultado mejor de lo que cualquiera habría imaginado. No es frecuente que un concepto inusualmente vanguardista para un espacio público llegue prácticamente intacto tras superar los procesos de diseño, aprobación po­­lítica y construcción. El arquitecto paisajista James Corner, de Field Operations, y el estudio de arquitectura Diller Scofidio + Renfro, unieron fuerzas para diseñar el concepto ganador, en una competición que los enfrentó a notables como Zaha Hadid, Steven Holl y el arquitecto paisajista Michael van Valkenburgh.

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Su proyecto logra un equilibrio entre el refinamiento y el carácter tosco e industrial de la High Line. «Lo visualizamos como una larga cinta serpenteante, jalonada de episodios especiales –me dijo Corner–. Queríamos mantener el espíritu de la High Line, pero al mismo tiempo incorporar variaciones.» El diseño incluye elegantes bancos de madera que parecen surgir de la superficie del parque, pero también conserva muchas vías originales, enmarcadas en porciones del pavimento y el paisaje. En colaboración con el arquitecto paisajista holandés Piet Oudolf, Corner recomendó una amplia variedad vegetal, con especial preferencia por las hierbas altas y los juncos, que evocan las flores silvestres y las malas hierbas que crecían en la High Line durante su largo abandono. (La línea, inaugurada en 1934, apenas se utilizó después de los años sesenta, aunque el último tren, cargado de pavos congelados, recorrió las vías en 1980.)

Al principio de las dos décadas y media en que la High Line estuvo en desuso, un fanático de los ferrocarriles llamado Peter Obletz adquirió la estructura elevada por diez dólares a Conrail con la intención de restaurarla para que volvieran a circular trenes por ella. Sus derechos de propiedad dieron pie a una batalla jurídica que duró cinco años, y que perdió. Obletz mu­­rió en 1996, pero en cierto sentido puede considerarse uno de los padres espirituales de la conservación de la High Line. También lo es el fotógrafo Joel Sternfeld, quien durante los años de abandono tomó imágenes asombrosas de la vía férrea como una cinta de verdor que serpenteaba por un paisaje industrial. Ampliamente difundidas, sus fotografías contribuyeron a recabar el apoyo necesario para salvar la línea para uso público. Sternfeld demostró que ese tosco objeto industrial podía parecer un parque.

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Pero los auténticos héroes de la historia fueron dos hombres que se conocieron en una asamblea sobre el futuro de la High Line en 1999: Joshua David, un escritor de 36 años que vivía en la Calle 21 Oeste, cerca del tramo central de la línea, y Robert Hammond, un artista de 29 años que se ganaba la vida trabajando para nuevas empresas tecnológicas y vivía en Greenwich Village a pocas calles del extremo sur de la misma.

«Leí un artículo en el New York Times que anunciaba la demolición de la High Line y pensé si no habría nadie que intentara salvarla –me contó Hammond–. Yo estaba enamorado de la estructura de acero, de los remaches, de la ruina. Supuse que algún grupo de ciudadanos trataría de conservarla. Vi que el tema estaba en el orden del día de la reunión del distrito y fui a ver qué pasaba. Josh estaba sentado a mi lado. Éramos los únicos interesados en protegerla.»

«La empresa del ferrocarril había enviado unos representantes que mostraron varios planes para reutilizarla –explicó David–. La gente se enfureció, porque sólo querían demolerla. Entonces Robert y yo empezamos a hablar. No podíamos creer que la gente se enfadara tanto.»

David y Hammond pidieron a los empleados del ferrocarril que los llevaran a ver la High Line. «Cuando subimos, vimos dos kilómetros y me­­dio de flores silvestres en medio de Manhattan», dijo Hammond. «Los neoyorquinos soñamos con espacios abiertos. Es una fantasía habitual cuando vives en un estudio diminuto», añadió David.

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Asombrados por la enormidad del espacio, los dos hombres se reafirmaron en su intención de evitar que demolieran la línea elevada. En el otoño de 1999 fundaron la asociación Amigos de la High Line. Al principio sus ambiciones eran modestas. «Sólo queríamos que Giuliani impidiera la demolición –dijo Hammond–. Pero la conservación fue sólo el primer paso, y al poco tiempo empezamos a darnos cuenta de que podíamos crear un nuevo espacio público.»

La organización siguió avanzando lentamente. Entonces se produjo el atentado de 2001 contra el World Trade Center. «Pensamos que nadie prestaría atención a la High Line –siguió contando–, pero el creciente interés por la planificación y el diseño urbanos surgido a raíz del proyecto para la Zona Cero aumentó el interés en nuestro propio proyecto. La gente sentía que era algo positivo que se podía hacer.» En 2002 los Amigos de la High Line encargaron un estudio de viabilidad económica, que concluyó que, al contrario de lo que afirmaba el gobierno de Giuliani, el parque no sería un obstáculo para el desarrollo del barrio, sino que lo favorecería. Poco tiempo antes, una línea férrea abandonada en el este de París había sido reconvertida con éxito en un parque lineal llamado Promenade Plantée, lo que proporcionó un precedente serio a la idea que el grupo tenía para la High Line.

Puede que los Amigos de la High Line fueran una asociación de barrio, pero sus aspiraciones enraizaban firmemente con una de las comunidades más sofisticadas del mundo en cuanto a arte y diseño. En 2003 los dos promotores de la iniciativa decidieron convocar una «competición de ideas». No se trataba de un concurso arquitectónico formal sino más bien de una invitación para que todo el que quisiera presentara una idea o un diseño sobre el futuro de la High Line. Esperaban un par de decenas de propuestas presentadas por neoyorquinos, pero hubo 720 participantes de 36 países.

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Mientras Nueva York se recuperaba del golpe del 11-S, los Amigos de la High Line seguían creciendo. Empezaron a atraer la atención de jó­­venes gestores de fondos de inversión y ejecutivos inmobiliarios con inclinaciones filantrópicas, personas aún no lo bastante influyentes como para formar parte de los consejos de administración de las principales instituciones culturales de la ciudad pero ansiosos por dejar huella. La High Line era justo lo que necesitaban. El acto anual de recaudación de fondos, celebrado en ve­­rano, se convirtió en una de las causas favoritas de la ciudad y en una de las pocas con una masa importante de partidarios menores de 40 años.

También ayudó que Michael Bloomberg, su­­cesor de Giuliani en la alcaldía, mirase con buenos ojos la salvación de la High Line. Bloomberg, un multimillonario que desde hacía tiempo había sido uno de los principales mecenas de las instituciones culturales de la ciudad, ofreció su apoyo al plan para la vía elevada. La ciudad llegó a un acuerdo con los Amigos de la High Line y empezó a trabajar con la asociación para diseñar y construir lo que sería un nuevo parque.

En 2005 la directora del Departamento de Urbanismo, Amanda Burden, elaboró un plan de ordenación urbana para el área en el que estableció requisitos para los nuevos edificios que se estaban construyendo. Cuando la nueva normativa entró en vigor, la zona en torno a la vía elevada se había convertido en uno de los barrios más de moda de la ciudad. Se construían edificios firmados por prestigiosos arquitectos, como la sede de IAC, diseñada por Frank Gehry. En la primavera de 2006 se retiró el primer tramo de vía (el equivalente a la ceremonia de colocación de la primera piedra) y empezaron las obras.

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Desde la inauguración del primer tramo de la High Line en junio de 2009, el parque urbano elevado se ha convertido en una de las principales atracciones turísticas de la ciudad. Aunque continúa siendo un parque de barrio. Un soleado día del otoño pasado en que salí a caminar con Hammond comprobé que una sección pensada por los diseñadores como una especie de solárium estaba atestada de gente, y que había tantos vecinos usando el espacio como si fuera su playa como visitantes disfrutando del paseo.

Después del solárium, el primer tramo de la High Line describe una curva y pasa por debajo de tres edificios, convirtiéndose brevemente en túnel, para luego abrirse a las vistas de los rasca­cielos de la ciudad y el río Hudson. En el punto donde cruza la Décima Avenida, la High Line se transforma de nuevo, esta vez en anfiteatro suspendido sobre la avenida, donde puedes sentarte y contemplar el tráfico que pasa por debajo.

La ruta recupera su trazado recto en el segundo tramo, al norte de la Calle 20, lo que supuso para los diseñadores un reto muy distinto. «El trayecto es abierto, con vistas a la ciudad, y de repente te encuentras caminando entre dos pa­­redes –me dijo Corner–. Teníamos que intentar que no pareciera un pasillo.» El arquitecto decidió empezar el segundo tramo con una vegetación mucho más densa que cualquiera de los jardines del primer tramo, con la idea de que las plantas suavizaran la sensación de constreñimiento. La presencia de la vegetación se acentúa a lo largo de una manzana o dos, y luego se reduce hasta que el espacio se convierte en una especie de prado. Después viene lo que el diseñador llama el «paso elevado»: una estructura metá­lica que levanta el sendero y lo hace pasar por encima de un abigarrado paisaje vegetal. Al norte hay otra área con asientos, desde la cual se puede contemplar la calle que pasa por debajo a través de un enorme marco blanco que evoca las vallas publicitarias que antaño adornaban los edificios. Un poco más allá, una larga sección del paseo está bordeada de flores silvestres.

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El día que visité el tramo nuevo con Robert Hammond, ya se había plantado casi toda la ve­­getación. Aunque aún seguían las obras, el am­­biente era extrañamente silencioso. Recorrimos todo el tramo nuevo. Hammond me dijo que el silencio le recordaba la High Line tal como era al principio, antes de que empezaran a llegar los visitantes. «Pensé que la echaría de menos tal como era entonces», dijo. Pero confiesa que el tremendo éxito de la High Line le ha proporcionado una satisfacción muy superior al placer de ver vacía la vieja estructura de acero.