Las consecuencias del exceso de pesca

Hay demasiados anzuelos en los océanos y mares del planeta. Repasamos los problemas de la pesca actual

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Barco atunero, islas Salomón.

Jonathan Clay

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Hoy los peces no tienen escapatoria. Buques industriales como este arrastrero lituano en aguas de Mauritania surcan los mares del mundo, capturando cantidades ingentes de pescado que congelan en alta mar.

Jean Gaumy /Magnum Photo

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Mares vacíos, mercados llenos
Cientos de miles de kilos de salmón, la mayor parte capturado en las bien gestionadas aguas de Alaska, pasan a diario por el mercado Pike Place de Seattle. Aunque los países ricos observen buenas prácticas en sus aguas territoriales, a menudo confían en la escasa regulación de los países en desarrollo para cubrir parte de su demanda, causando el desabastecimiento de pescado en los países pobres.

Foto:Diane Cook y Len Jenshel

Hay demasiados anzuelos en los océanos y mares del planeta. Repasamos los problemas de la pesca actual

Poco antes del alba, cerca del puerto de Honolulu tiene lugar una reunión del sector pesquero. Antes de entrar en la nave de la United Fishing Agency, unos 25 compradores se ponen parkas invernales sobre las camisas hawaianas para resistir el frío de la refrigeración. Sacan los teléfonos móviles, llaman a sus clientes de Tokyo, Los Ángeles, Honolulu (dondequiera que haya demanda de pescado caro), y esperan. Al poco rato, las grandes puertas de la fachada de la nave orientada al mar se abren y comienza un desfile de trofeos marinos dispuestos sobre palés: atunes gruesos como ruedas de carro; mar­lines y peces espada con el pico cortado, alineados como tristes vigas grises; peces luna reales de labios gruesos y enormes ojos que parecen haber sido maquillados con un eyeliner de color oro. Todos van ocupando su lugar en la sala.

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Aguas prístinas

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Los subastadores cortan muestras de la carne de los peces y las depositan sobre los vientres blancos y sin vida. Los compradores las examinan, tratando de deducir la calidad a partir del color, la claridad, la textura y la cantidad de grasa. A medida que van recibiendo instrucciones a través de los móviles, transmiten sus ofertas a los subastadores mediante enigmáticos gestos con las manos. Una hojita de papel con garabatos indescifrables aparece pegada al flanco de los peces cada vez que se cierra una venta. Una a una, todas las piezas se subastan y venden al me­­jor postor. De este modo, la riqueza marina del centro-norte del Pacífico se reparte entre algunos de los compradores más pudientes del mundo.

Todos los años se extrae de los océanos más de 77,9 millones de toneladas de pescado y marisco. Los responsables de los recursos pesqueros de­­nominan «captura mundial» a esa abrumadora cantidad de vida marina pescada en masa, y mu­­chos sostienen que ese volumen se ha mantenido relativamente estable durante la última década. Sin embargo, una investigación en curso codirigida por Daniel Pauly, científico experto en pesca de la Universidad de Columbia Británica, y Enric Sala, fellow explorer de National Geographic, indica que la captura mundial no es estable ni se reparte equitativamente entre las naciones del mundo. En su estudio, llamado SeafoodPrint («La huella de la pesca») y realizado con el apoyo de Pew Charitable Trusts y National Geographic, los investigadores proponen lo que a su juicio sería preciso hacer para salvar el mar.

Esperan que el estudio sirva para corregir una creencia errónea muy extendida: que el impacto de un país en el mar es igual a la cantidad de toneladas de pescado y marisco que captura. En realidad, ese dato ofrece una imagen distorsionada del impacto real sobre la vida marina, una unidad de medida que llaman huella de la pesca. «El problema es que cada pez es diferente –dice Pauly–. Un kilo de atún tiene una huella cien veces mayor que un kilo de sardinas.»

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Reservas marinas de Sudáfrica

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La razón de esa discrepancia es que el atún es un gran depredador, situado en lo más alto de la cadena alimentaria. Los atunes más grandes consumen cantidades enormes de peces, entre ellos depredadores intermedios como la caballa, que a su vez se alimenta de anchoas, que comen copépodos microscópicos. Un atún grande tiene que comer el equivalente de su peso corporal cada diez días, por lo que un ejemplar de 450 kilos necesita unos 15.000 peces pequeños al año. Este tipo de cadenas alimentarias está presente en todos los ecosistemas marinos, cada uno de los cuales tiene un gran depredador. Todo pez grande, ya sea un pez espada del Pacífico, un marrajo del Atlántico, un salmón real de Alaska o una merluza negra austral, depende para su subsistencia de varios eslabones de la cadena trófica.

Para conocer con exactitud el impacto de los diferentes países sobre los recursos del mar, los investigadores del estudio SeafoodPrint nece­sitaban un criterio para comparar los distintos tipos de peces capturados. Para ello, decidieron medir la cantidad de «producción primaria» (or­­ganismos microscópicos situados en la base de la cadena trófica marina) necesaria para producir un kilo de cada especie marina. Observaron que un kilo de atún rojo, por ejemplo, puede re­­querir 1.000 kilos o más de producción primaria.

Para calcular el verdadero impacto de cada país en el mar, el equipo de investigación no sólo debía tener en cuenta lo que pescaba, sino lo que consumían sus habitantes. «Un país puede ad­­quirir producción primaria mediante la pesca, o también mediante el comercio –dice Pauly–. Lo importante es la enorme capacidad de los países ricos para adquirir producción primaria.»

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Recorrido por la preciosa costa de Menorca

Los países poderosos suelen comprar mucho pescado, sobre todo depredadores de máximo nivel como el atún. Japón captura menos de cinco millones de toneladas de pescado al año, un 29% menos de lo que pescaba entre 1996 y 2006. Pero los japoneses consumen nueve millones de toneladas al año, que se traducen en unos 582 millones de toneladas de producción primaria. Aunque el consumidor chino medio come por lo general pescado más pequeño que el japonés medio, la enorme población de China hace que la huella de la pesca de este país sea la mayor del mundo: 694 millones de toneladas de producción primaria. Estados Unidos, con mucha población y a la vez con tendencia a consumir grandes depredadores, se sitúa en tercer lugar: 348,5 millones de toneladas de producción primaria. Y las dimensiones de la huella de los tres países va en aumento. Según Pauly, el estudio no sólo indica que las cantidades son enormes, sino básicamente insostenibles.

La medida exacta de esa insostenibilidad puede verse en el análisis del comercio pesquero mundial realizado por Wilf Swartz, economista colaborador del estudio SeafoodPrint. Como muestran los mapas de la página 80, el consumo mundial de la producción primaria del océano cambió radicalmente entre los años cincuenta y principios de este siglo. En la década de 1950 se explotaba un área mucho menor de los océanos para cubrir nuestras necesidades. Pero aumentó la demanda de grandes depredadores en los países ricos, que excedieron la capacidad de producción primaria de sus zonas económicas ex­­clusivas (las franjas marinas que se extienden hasta una distancia de 200 millas náuticas de la costa). Como resultado, hubo que explotar áreas cada vez más grandes de los océanos para mantener el suministro constante o en aumento.

Las áreas que están situadas fuera de esas zonas exclusivas son lo que se conoce como «alta mar». Esos vastos territorios, los últimos sin dueño en la Tierra, son técnicamente propiedad de nadie y de todos. Las capturas en alta mar se han multiplicado casi por diez con respecto al volumen de 1950, desde 1,6 millones de toneladas hasta unos 13 millones de toneladas. El valioso atún, depredador del máximo nivel y con una huella enorme, constituye gran parte de esas capturas.

Los países ricos que compran la mayor parte de los productos de estas pesquerías están en la práctica privatizándolas. Los países pobres simplemente no se pueden permitir comprar especies de alto valor. Además, sus habitantes pueden salir perdiendo si sus gobiernos llegan a acuerdos pesqueros o comerciales con naciones más ricas. En esos acuerdos, los recursos pesqueros del lugar se venden al extranjero y no son accesibles a sus ciudadanos, que probablemente tienen mayor necesidad de comerlos y más derecho a reclamarlos.

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Aunque en los supermercados de los países desarrollados nunca falta el pescado, el estudio SeafoodPrint indica que tal abundancia es en gran medida ilusoria porque responde a dos fenómenos preocupantes: la expansión de las zonas de alta mar que antes no se explotaban y hoy se han convertido en caladeros activos y mo­­nopolizados, y la venta al mejor postor de los recursos pesqueros de los países pobres. La demanda mundial de productos del mar ha hecho que las flotas pesqueras lleguen a todos los caladeros vírgenes del mundo. No queda un rincón del océano sin explotar. Pero ni siquiera eso es suficiente. Un aumento sin precedentes de la capacidad pesquera amenaza con agotar las reservas de todos los caladeros, los antiguos y los nuevos. Un informe del Banco Mundial y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) ha llegado recientemente a la conclusión de que en el océano no hay suficientes peces para resistir el ritmo actual de explotación. De hecho, indica que aunque redujéramos a la mitad los barcos, anzuelos y redes, la pesca seguiría siendo excesiva.

Con los mismos datos, algunos científicos ven un panorama diferente del que describe Daniel Pauly. Ray Hilborn, de la Universidad de Wash­ington, no cree que la situación sea tan grave. «A Daniel le gusta enseñar un gráfico que sugiere que entre el 60 y el 70% de los stocks del mundo están sobreexplotados o al borde del colapso –declara–, pero el análisis de la FAO y el estudio independiente que yo he realizado indican que la cifra es más bien del 30%.»

Mientras tanto, muchos países intentan compensar el creciente déficit pesquero mundial con la cría de grandes depredadores, como atunes y salmones, lo que contribuye a mantener la ilusión de abundancia en el mercado. Pero hay un gran problema en ese enfoque: casi todos los peces de piscifactoría consumen piensos y aceites derivados de peces más pequeños. También en este caso pueden ser útiles los criterios de SeafoodPrint. Si los investigadores son capaces de calcular el valor ecológico del pescado salvaje consumido por las piscifactorías, podrán de­­terminar el verdadero impacto de la acuicultura.

Con estos instrumentos, los responsables de las políticas estarán en mejores condiciones de determinar quiénes extraen, y qué, del mar, y si sus prácticas son justas y sostenibles. En el plano mundial, el estudio SeafoodPrint pone claramente de manifiesto que los países ricos subestiman en gran medida su impacto. Si eso no cambia, la abundancia de pescado en nuestros mercados podría tener los días contados.

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¿Qué utilidad a largo plazo puede tener Sea­foodPrint? ¿Podría alguna versión de este estudio servir de guía para un acuerdo de conservación por el cual se asigne a los países una cuota de producción primaria del mar y se los multe o se les aplique alguna otra sanción si la superan?

Pauly apunta que conocemos varias maneras de disminuir nuestro impacto en el mar: reducir a la mitad las flotas pesqueras, establecer grandes zonas donde la pesca esté prohibida y limitar el uso de peces salvajes para fabricar piensos de piscifactoría. Por desgracia, el sector pesquero a menudo bloquea los intentos de reforma.

El estudio SeafoodPrint también podría servir como guía para que el consumidor eluda el bloqueo y emprenda el camino hacia unos mares saludables y llenos de vida. Actualmente hay muchas campañas a favor de la pesca sostenible que instan a comer especies de los niveles más bajos de la cadena trófica. Aconsejan comprar tilapia en lugar de salmón, entre los peces de piscifactoría, porque la tilapia es básicamente herbívora y su producción consume menos harina de pescado; elegir bacalao negro capturado con trampa en lugar de merluza negra austral pescada con palangre, arte que produce mayores capturas incidentales, y evitar el consumo de grandes depredadores como el atún rojo, porque su número es demasiado reducido para soportar la pesca.

El problema es que los océanos han alcanzado un punto crítico. Ya no basta un simple cambio de dieta si queremos que los peces se recuperen y multipliquen en los años venideros. Pauly y otros biólogos especializados en conservación creen que las recomendaciones deben transformarse en obligaciones. Sostienen que si los tratados fijan metas para el consumo de pescado y marisco en cada país, los ciudadanos podrán pedir cuentas a sus gobiernos si no cumplen los objetivos fijados. Estrategias parecidas han dado buenos resultados en ecosistemas terrestres, en el comercio de artículos como las pieles o el marfil. En su opinión, el mar merece un esfuerzo similar.

«Actualmente sólo el 1% del océano está protegido, en comparación con el 12% de la tierra firme –añade Enric Sala–, y sólo una fracción de ese 1% goza de protección total.» Por eso National Geographic se asocia con gobiernos, empresas, organizaciones conservacionistas y ciudadanos para promover las reservas marinas y contribuir a reducir el impacto de la pesca en todo el mundo.

Pero ni Pauly, ni Sala ni el resto del equipo de SeafoodPrint quieren destruir la industria pesquera, ni eliminar las piscifactorías ni prohibir el consumo de pescado. Lo que buscan es un cambio en las prácticas del sector. Quieren hacer saber a la opinión pública que los procedimientos actuales de la pesca y la acuicultura no son sostenibles y que los partidarios de que todo siga tal como está no tienen en cuenta las consecuencias ecológicas y económicas de su postura. Mediante el cálculo preciso del impacto de cada país en el mar, la huella de la pesca puede sentar las bases para un cambio eficaz, que permita la renovación de la menguante riqueza de los océanos. Pauly cree que de ese modo los países podrían compartir de forma equitativa, en un futuro no muy lejano, los tesoros de un océano recuperado, en lugar de disputarse con avidez los despojos cuando se haya producido el colapso.