Okupas salvajes

Érase una vez una casa

En Finlandia había unas casitas de campo preciosas. La gente se marchó. Y los animales las ocuparon.

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Érase una vez una casa

Una cría de zorro se asoma por la gatera de una cabaña en ruinas.

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Foto: Kai Fagerström

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Érase una vez una casa

Esta ardilla roja era uno de los nuevos vecinos de Fagerström.

Foto: Kai Fagerström

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Érase una vez una casa

Tras explorar una destartalada casa de campo, vacía desde que un incendio mató a su anciano propietario, Fagerström empezó a documentar a sus nuevos vecinos. El proyecto de diez años culminó en el libro The House in the Woods, publicado en inglés, finlandés y alemán. 

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Érase una vez una casa

Una noche de verano una familia de tejones entra en la cocina accediendo por un túnel que ellos mismos han excavado debajo de la chimenea. Fagerström tardó cuatro años en pillar a estos animales nocturnos y esquivos. Para hacer esta foto, instaló la cámara en el alféizar de una ventana y se quedó varias horas fuera, subido a una escalera, hasta que disparó el obturador por control remoto. 

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Foto: Kai Fagerström

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Érase una vez una casa

Muchas veces consigue una foto por casualidad, como cuando un mochuelo alpino entró volando por una ventana rota. «Me miró y golpeó las garras contra el suelo, como diciendo: “Lárgate. Este sitio es mío”.» 

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Foto: Kai Fagerström

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Érase una vez una casa

Normalmente, Fagerström imagina la foto y luego planifica la toma. Instala la cámara en el ángulo perfecto, echa unos cacahuetes a modo de cebo y espera a que los animales entren en el encuadre, como la ardilla que asoma por la puerta. «A veces tengo suerte, pero a menudo me lleva toda la noche», dice el fotógrafo, que trabaja con luz natural porque no tiene flash. Muchas veces consigue una foto por casualidad

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Foto: Kai Fagerström

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Érase una vez una casa

Fagerström tardó varias noches en retratar a su perro mirando fijamente a un topillo rojo.

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Foto: Kai Fagerström

20 de marzo de 2013

Fue el aire de desolación lo que atrajo a Kai Fagerström a las viviendas abandonadas que había cerca de la casa de verano de su familia, en la comunidad rural finlandesa de Suomusjärvi. Cuando miró a través de las ventanas rotas y las grietas de las puertas, vio unas huellas diminutas: ratones, tejones y otros intrusos salvajes se habían acomodado en las casas tras la muerte o el traslado de los propietarios. «Entrar en esas casas es como retroceder en el tiempo. El pasado persiste en los rincones –dice este fotógrafo aficionado de 48 años, que trabaja como agente inmobiliario en Salo–. Pero me gusta pensar que la natura­leza está recuperando los lugares que cedió a las personas.»