¿Dónde reposa la faraona?

En busca de la tumba de Cleopatra

Cleopatra, reina del Antiguo Egipto

Cleopatra, reina del Antiguo Egipto

Los arqueólogos intentan resolver uno de los grandes enigmas de la arqueología: la localización del sepulcro de la última reina del Egipto faraónico. Los indicios sugieren que ésta podría hallarse bajo las aguas del antiguo puerto de Alejandría, o bien oculta en las arenas del desierto, junto al templo de Taposiris Magna.

¿Dónde está Cleopatra? En todas partes, sin duda: máquinas tragaperras, juegos de mesa, bailarinas exóticas y hasta un proyecto para detectar el nivel de contaminación del Mediterráneo inmortalizan su nombre; sus «rituales de baño y estilo de vida sibarita» inspiran la publicidad de un perfume, y un asteroide de nombre 216 Kleopatra orbita el Sol. La mujer que gobernó como último faraón de Egipto, y de quien se dice experimentó pociones letales en esclavos, envenena hoy a sus súbditos con la marca de tabaco más popular de Oriente Medio. El crítico Harold Bloom lo expresó con una frase memorable: «Cleopatra fue la primera celebridad del mundo». Si la historia es un escenario, nunca ha habido una actriz más versátil.

Hija, madre y hermana de reyes en una familia a cuyo lado los Borgia parecerían una institución benéfica. Cuando no hace las veces de test de Rorschach de las obsesiones masculinas, Cleopatra es una musa inagotable. A una reciente biografía récord de ventas han de sumársele, entre los años 1540 y 1905, cinco ballets, 45 óperas y 77 obras de teatro. Es la protagonista de al menos siete películas; en la nueva versión será interpretada por Angelina Jolie.

Y sin embargo, a pesar de su omnipresencia, Cleopatra está también ausente, oscurecida por lo que el biógrafo Michael Grant ha llamado «la niebla de ficción y vilipendio que ha rodeado su personalidad ya desde su propia época». Su célebre poder de seducción no impide que echemos en falta una imagen fiable de su rostro. Las pocas que existen se basan en efigies numismáticas poco halagüeñas. En un templo de Dandara hay un relieve de seis metros de alto que apenas revela nada, y en los museos se exponen unos cuantos bustos de mármol, la mayoría de los cuales es posible que ni siquiera sean de Cleopatra.

Bella no, pero sí atractiva

Los historiadores de la Antigüedad loaron su atractivo, no su belleza. Es innegable que supo inflamar las pasiones de dos romanos poderosos: Julio César, con quien tuvo un hijo, y Marco Antonio, su amante durante más de diez años y el padre de otros tres hijos. Pero su belleza, cuenta el historiador griego Plutarco, «no era tal que deslumbrase o dejase parados a los que la veían; pero su trato tenía un atractivo inevitable, y su figura, ayudada de su labia y de una gracia inherente a su conversación, parecía que dejaba clavado un aguijón en el ánimo. Cuando hablaba, el sonido mismo de su voz tenía cierta dulzura, y con la mayor facilidad acomodaba la lengua como un órgano de muchas cuerdas al idioma que se quisiese».

La ubicación de la tumba de Cleopatra es un misterio desde que se viese a la reina egipcia por última vez en su mausoleo, protagonizando la legendaria escena de su muerte, ataviada con las galas reales y la diadema y tumbada en lo que Plutarco describe como un lecho de oro. Tras el asesinato de César, el heredero de éste, Octavio, se disputó con Marco Antonio el control del Im­­perio romano durante más de una década; tras la derrota en Actium de Marco Antonio y Cleopatra, las fuerzas de Octavio entraron en Alejandría en verano del año 30 a.C. Cleopatra se atrincheró tras las gigantescas puertas de su mausoleo, entre acopios de oro, plata, perlas, obras de arte y otros tesoros que juró incendiar antes que dejar en manos romanas.

A ese mausoleo fue trasladado el primero de agosto Marco Antonio, agonizante tras clavarse su propia espada, para que pudiese morir en brazos de Cleopatra. Y tal vez fue en el mausoleo donde, unos diez días después de morir Antonio, la propia Cleopatra escapó a la humillación de verse derrotada y prisionera al suicidarse a los 39 años, supuestamente con el veneno de un áspid. El historiador romano Dion Casio dejó escrito que Cleopatra fue embalsamada al igual que Marco Antonio, y Plutarco apunta que, por orden de Octavio, la última reina de Egipto recibió sepultura junto a su consorte, el romano derrotado. Dieciséis siglos después Shakespeare proclamaba: «No habrá en la tierra un sepulcro que guarde / a una pareja tan célebre».

Y sin embargo ignoramos la ubicación de ese sepulcro. La atracción que Cleopatra ha ejercido sobre los artistas es inversamente proporcional a las exiguas aportaciones de la arqueología. Alejandría y sus inmediaciones han gozado de menos atención que otros enclaves más antiguos del curso del Nilo, tales como las pirámides de Gizeh o los monumentos de Luxor. Y no es de extrañar: terremotos, maremotos, un nivel del mar en ascenso, subsidencia del terreno, conflictos civiles y la reutilización de la piedra procedente de los antiguos edificios han aniquilado el que durante tres siglos fuera el hogar de Cleopatra y de sus antepasados. Casi la totalidad de la gloriosa Alejandría de entonces yace hoy bajo el mar, a unos seis metros de profundidad.

En las últimas décadas la arqueología se ha propuesto resolver el misterio, embarcándose de una vez en la búsqueda de la última morada de Cleopatra. Las excavaciones iniciadas en 1992 por el explorador francés Franck Goddio y su Instituto Europeo de Arqueología Submarina han permitido a los investigadores cartografiar las zonas sumergidas de la Alejandría antigua, sus muelles y explanadas, el terreno hundido que otrora ocupaban los palacios reales. Los hallazgos que han salido a la superficie (enormes esfinges de piedra, gigantescas losas de caliza, columnas y capiteles graníticos) avivan el deseo de comprender mejor el mundo de Cleopatra.«Mi sueño es encontrar una estatua de Cleopatra, con su cartucho», declara Goddio. Pero hasta la fecha, la labor submarina no ha fructificado en el descubrimiento de tumba alguna. Los únicos rastros de Cleopatra son las cajetillas vacías de los cigarrillos homónimos que flotan en el agua mientras los buzos trabajan.

Más recientemente, un templo del desierto próximo a Alejandría se ha convertido en el se­­gundo escenario de la búsqueda, guiada por la posibilidad de que una reina tan calculadora y visionaria como Cleopatra se hubiese procurado una tumba en un lugar con una significación espiritual más profunda que el centro urbano de Alejandría, un lugar sagrado donde sus restos momificados pudiesen reposar en paz junto a su amado Marco Antonio.

Buscando enTaposiris Magna

En noviembre de 2006 Zahi Hawass, a la sazón secretario general del Consejo Superior de Antigüedades de Egipto, sacó de un cajón en su despacho cairota una hoja con el membrete del hotel Nile Hilton. En ella había esbozado los elementos principales de un yacimiento arqueológico que él mismo y un equipo de científicos y excavadores habían estado explorando el año anterior. «Buscamos la tumba de Cleopatra –dijo, entusiasmado–. Es la primera vez que se emprende la búsqueda sistemática de la última reina de Egipto.» Ese rastreo en concreto empezó cuando una dominicana de nombre Kathleen Martinez contactó con Hawass en 2004 y acabó compartiendo con él una tesis de su autoría: Cleopatra podría estar enterrada en los restos de un templo próximo a Taposiris Magna, la actual Abusir, una ciudad del desierto costero, 45 kilómetros al oeste de Alejandría.

Situada entre el Mediterráneo y el lago Ma­­reotis, la milenaria Taposiris Magna fue una floreciente ciudad portuaria en la época de Cleopatra. Sus viñedos eran famosos por el caldo que producían. El geógrafo Estrabón, quien visitó Egipto en el año 25 a.C., escribe que en Taposiris se celebraba un gran festival, seguramente en honor del dios Osiris. En las cercanías había una playa rocosa, cuenta, «donde se congregan en todas las estaciones del año multitudes en la flor de la vida».

«Antes de que empezáramos a excavar creía que Cleopatra estaría enterrada mirando hacia el palacio de Alejandría, en la zona de las tumbas reales», explicó Hawass. Pero los razonamientos de Martinez terminaron por convencerlo de que valía la pena explorar otra hipótesis: que Cleopatra tuviese la perspicacia de procurar ser enterrada con Marco Antonio en un lugar secreto donde nadie turbase su unión eterna.

Licenciada en derecho a los 19 años, Kathleen Martinez era profesora de arqueología en la Universidad de Santo Domingo, pero jamás había estado en Egipto ni manejado una paleta.Desde que era muy joven, Martinez se propuso descubrir todo lo posible sobre la reina. Se empapó de los textos canónicos, en especial la crónica plutarquiana de la alianza entre Marco Antonio y Cleopatra. Saltaba a la vista que los romanos se habían propuesto presentarla (en el peor de los casos) como una déspota hedonista y libidinosa y (en el mejor) como una política manipuladora que había sembrado la cizaña entre las facciones rivales de la potencia romana emergente en su desesperado intento de preservar la autonomía de Egipto. También existía la posibilidad de que los investigadores modernos hubiesen pasado por alto indicios importantes de la ubicación de la tumba de Cleopatra.«En las fuentes antiguas no se dice ni una sola palabra de dónde está enterrada –explica Martinez–, pero yo creo que ella misma lo dispuso todo a su manera, desde cómo vivir hasta cómo morir, e incluso la forma en que quería que descubriesen su cadáver.»

En 2004 envió un email a Hawass. No obtuvo respuesta. Como no estaba en su mano colarse en el despacho del egiptólogo oculta en una alfombra (cuenta la famosa leyenda que de este modo se las ingenió Cleopatra a los 21 años para acceder a Julio César en 48 a.C.), Martinez lo inundó de correos electrónicos, más de un centenar, calcula ella. Pero seguía sin obtener respuesta. Finalmente tomó un avión a El Cairo y consiguió entrevistarse con Hawass por mediación de un guía que había trabajado en el Consejo Superior de Antigüedades.

"Cleopatra y la fascinación de Egipto"
Foto: Centro de Exposiciones Arte Canal, Madrid

«¿Quién es usted y qué quiere?», le preguntó Hawass cuando ella se presentó en su despacho en otoño de 2004. No le explicó que estaba buscando a Cleopatra, temiendo que él la metiese en el mismo saco que a los lunáticos convencidos de que las pirámides son construcciones alienígenas. «Acceder a zonas vedadas al público», le contestó. Hawass la autorizó a visitar diversos yacimientos de Alejandría, Gizeh y El Cairo.

Martinez regresó a Egipto en marzo de 2005, y acudió a Hawass para comunicarle que la República Dominicana acababa de nombrarla embajadora cultural. Él se echó a reír y le contestó que era demasiado joven para ser embajadora. Kathleen le dijo que el año anterior había estado en Taposiris Magna y que deseaba volver. En las ruinas había restos de una iglesia copta, y los dominicanos estaban interesados en la historia del cristianismo. Hawass accedió de nuevo.

Después de fotografiar y recorrer el yacimiento, Martinez volvió a presentarse en el despacho de Hawass. «Tiene dos minutos», le concedio él. Había llegado el momento de mostrar sus cartas. Martinez le expuso su deseo de excavar en Taposiris. «Tengo una teoría», dijo, y por fin le confesó que creía que en Taposiris Magna podía estar enterrada Cleopatra.

«¿Qué?», exclamó Hawass, aferrándose a la silla. Un grupo de arqueólogos húngaros acababa de concluir una excavación en el yacimiento, y otro equipo francés había explorado las termas romanas al otro lado del muro del templo. Se proyectaba convertir Taposiris Magna en una atracción turística.

«Deme dos meses –contraatacó Martinez–. Verá cómo la encuentro.»

Una saga apasionante

Cleopatra VII nació en Egipto, pero era descendiente de una estirpe de monarcas griegos que reinaba en el país del Nilo desde hacía casi tres siglos. Los Ptolomeos macedónicos son una de las dinastías más apasionantes de la historia, famosos no sólo por su riqueza y sabiduría, sino también por los cruentos desenlaces de sus rivalidades, el incesto y el fratricidio.

La dinastía de los Ptolomeos llegó al poder cuando Egipto cayó en manos de Alejandro Mag­­no, quien en un avance fulminante iniciado en el año 332 a.C. barrió el Bajo Egipto, desalojó a los odiados persas invasores y fue aclamado por los egipcios como libertador divino. Lo proclamaron faraón en la capital, Menfis. En una franja de terreno comprendida entre el Mediterráneo y el lago Mareotis trazó los cimientos de Alejandría, que haría las veces de capital egipcia durante casi un milenio.

Tras la muerte de Alejandro en 323 a.C., Egipto pasó a manos de Ptolomeo, uno de sus generales de confianza, quien, en una hábil maniobra, secuestró la carroza fúnebre que devolvía el cuerpo de Alejandro a Grecia y lo preservó en un santuario de la ciudad epónima. Ptolomeo fue coronado faraón en 304 a.C., en el aniversario de la muerte de Alejandro. Hizo ofrendas a los dioses egipcios, adoptó un nombre de entronización egipcio y se hizo retratar con los atributos de un faraón.

El mayor legado de la dinastía fue la propia Alejandría, con su avenida principal de 32 metros de ancho, sus refulgentes columnatas de caliza, sus palacios y sus templos portuarios dominados por el faro colosal de la isla de Faro, una de las Siete Maravillas del mundo antiguo. Alejandría no tardó en convertirse en la urbe más grande y sofisticada del planeta. Era un bullicioso crisol cosmopolita de egipcios, griegos, judíos, romanos, nubios y otros pueblos. Lo más granado del mundo mediterráneo acudía a estudiar en el Museion, la primera academia del mundo, y en la gran biblioteca de Alejandría.

Allí fue donde, 18 siglos antes de la revolución copernicana, Aristarco postuló su modelo heliocéntrico del sistema solar y Eratóstenes calculó la circunferencia de la Tierra. En Alejandría se tradujo por primera vez al griego la Biblia hebrea y el poeta Sotades el Obsceno descubrió los riesgos de la libertad de expresión al cometer la im­­prudencia de componer unos versos insidiosos sobre el matrimonio incestuoso de Ptolomeo II y su hermana. Lo lanzaron al mar dentro de un ataúd revestido de plomo.

El talento de los Ptolomeos para la intriga sólo era superado por su gusto por el boato más es­­pectacular. Si las descripciones del primer festival dinástico que celebraron los Ptolomeos hacia 208 a.C. son verídicas, hoy aquellos fastos habrían costado millones de euros. El desfile era una parafernalia de música, incienso, nubes de palomas, camellos cargados de canela, elefantes con botines de oro y toros con los cuernos revestidos con pan de oro. Entre las carrozas se contaba un Dioniso de cinco metros que vertía una libación desde un cáliz de oro.

¿Qué otro destino podía aguardar a aquella estirpe sino un declive estrepitoso? Para cuando en 51 a.C. ascendió al trono Cleopatra VII con 18 años, el imperio ptolemaico se desmoronaba. Se habían perdido Chipre, Cirene (en el este de Libia) y partes de Siria; el ejército romano no tardaría en acuartelarse en la misma Alejandría. Y aun así, pese a la sequía, el hambre y el estallido de conflictos civiles, Alejandría seguía siendo una ciudad rutilante comparada con la provinciana Roma. Cleopatra estaba resuelta a reavivar su imperio, pero no a costa de frenar el poder creciente de los romanos, sino haciéndose útil para ellos, surtiéndolos de naves y grano y sellando su alianza con el general romano Julio César mediante un hijo en común, Cesarión.

Para evitar que sus súbditos le reprochasen sus escarceos con Roma, Cleopatra abrazó las tradiciones de Egipto. Se dice que fue la primera reina ptolemaica que se molestó en aprender la lengua vernácula. Si bien en una hábil maniobra política los dirigentes extranjeros solían adoptar las divinidades autóctonas y apaciguar así al poderoso estamento religioso, los Ptolomeos sentían un interés genuino por el sentido egipcio del Más Allá. Esa fascinación cristalizó en una religión híbrida grecoegipcia que halló su máxima expresión en el culto a Serapis, glosa griega de la leyenda egipcia de Osiris e Isis.

Según ésta, uno de los mitos fundacionales de la religión egipcia, Osiris, asesinado por su hermano Seth, acabó cortado en pedazos que se desperdigaron por todo Egipto. Con el poder obtenido mediante engaños a Ra, el dios Sol, Isis, esposa y hermana de Osiris, pudo resucitar a su hermano-esposo el tiempo suficiente para concebir un hijo, Horus, quien finalmente vengó la muerte de su padre al matar a Seth.

En tiempos de Cleopatra el culto a la diosa Isis llevaba siglos extendiéndose por el Mediterráneo. Para fortalecer su posición, Cleopatra procuró vincularse a la gran Isis (y asociar la identidad de Marco Antonio con la de Osiris) y ser venerada como diosa. Se hacía retratar en pinturas y estatuas como la diosa madre universal. A partir del año 37 a.C., Cleopatra empezó a materializar su ambición de engrandecer el imperio cuando Antonio devolvió una serie de territorios a Egipto y puso en sus tronos a los hijos de Cleopatra. Apenas cuatro años antes de su suicidio y del fin del Imperio egipcio, en 34 a.C., la reina se presentó con el sagrado atavío de Isis en un festival celebrado en Alejandría para celebrar la victoria de Marco Antonio en Armenia.

La estrecha identificación de Cleopatra con Isis, y su poder real como manifestación de la gran diosa de la maternidad, la fertilidad y la magia, fue la pista que llevó a Kathleen Martinez hasta Taposiris Magna. Partiendo de las descripciones del antiguo Egipto legadas por Estrabón, esbozó un mapa de posibles puntos de enterramiento, centrándose en 21 lugares asociados con la leyenda de Isis y Osiris y visitando todos los que pudo localizar.

«Llegué a la conclusión de que Taposiris Magna podría albergar la tumba oculta de Cleopatra porque entiendo que su muerte fue un acto ritual de profunda significación religiosa, llevado a cabo conforme a una ceremonia muy estricta y espiritual –explica Martinez–. Cleopatra negoció con Octavio para que la autorizase a enterrar a Marco Antonio en Egipto. Deseaba reposar con él porque quería encarnar la leyenda de Isis y Osiris. El verdadero significado del culto osiríaco pasa por la obtención de la inmortalidad. Una vez muertos, los dioses permitirían a Cleopatra vivir con Marco Antonio en otra forma de existencia, una vida eterna en mutua compañía.»

Tras estudiar más de una decena de templos, Martinez se dirigió al oeste de Alejandría para explorar las ruinas que había comenzado a considerar la última, y mejor, posibilidad de éxito de su teoría. El templo de Taposiris Magna había sido datado del reinado de Ptolomeo II, aunque podría ser todavía más antiguo. El sufijo -osiris del nombre apuntaba a la naturaleza sagrada del lugar, uno de los como mínimo 14 enclaves de Egipto en los que la leyenda sitúa un enterramiento del cuerpo de Osiris, o de alguno de sus pedazos.

Con el mar Mediterráneo a la derecha y el lago Mareotis a la izquierda, Martinez pensó en la posibilidad de que Cleopatra hubiese recorrido una ruta semejante, al elegir como última morada aquel lugar estratégico que en los últimos días de su vida se hallaba dentro de los límites de la Alejandría antigua, libre todavía del dominio de los romanos. «Cuando vi el lugar, se me aceleró el corazón», recuerda Martinez. Al recorrer las ruinas, al acariciar los bloques de caliza del muro del templo, pensó: ¡es aquí, tiene que ser aquí!

En 1935 el viajero británico Anthony de Cosson había llamado a Taposiris Magna «el monumento más magnífico al norte de las Pirámides que nos ha legado la Antigüedad». Lo sorprendente era que el yacimiento apenas se había in­­vestigado. En 1905 Evaristo Breccia, el célebre arqueólogo italiano, había excavado los cimientos de una pequeña basílica copta del siglo IV d.C. en el patio interior del recinto, por lo demás vacío, y había descubierto una zona de baños romanos. En 1998 un equipo húngaro dirigido por Győző Vörös halló pruebas de que había existido una estructura columnada dentro del recinto que identificaron (erróneamente, como se vería después) como un templo de Isis.

Cuando en 2004 se publicó el libro de Vörös Taposiris Magna, había constancia de que el templo había conocido tres identidades: santuario ptolemaico, fuerte romano e iglesia copta. Pero, ¿qué más ocultaba su historia? Zahi Hawass comenzó a estudiar la posibilidad de que un busto de granito negro que representa a Isis, exhumado por Vörös en Taposiris Magna, fuese una imagen de la propia Cleopatra. En octubre de 2005 se emprendió la excavación.

Una mañana cálida y soleada de mayo de 2010, Kathleen Martinez trabajaba en el templo con camisa de manga larga, pañuelo en la cabeza y guantes de lana. «No sé por qué, pero siempre que vengo aquí tengo frío», dijo. Los dos meses de excavación que había solicitado se habían alargado a tres, y esos tres meses se habían convertido en cinco años.

En el lecho de roca que ocupa el centro del yacimiento una serie de fragmentos de columnas mostraba los contornos de lo que Hawass y Martinez han identificado como un templo consagrado no a Isis, sino a Osiris. Su orientación seguía el eje este-oeste. En un ángulo del extremo norte apenas se adivinaban los restos de una capilla a Isis; al sur, un foso rectangular: «Esto era el lago sagrado», señaló Martinez.

Dice el tópico que en cualquier lugar de Egipto puedes hundir una pala en la tierra y encontrar algún tesoro asombroso de un pasado inmemorial. Cuando Martinez y su equipo empezaron a sondear el terreno en 2005, la arqueóloga estaba menos interesada en obtener enseguida el premio gordo (la tumba de Cleopatra) que en reunir pruebas suficientes para consolidar su tesis de que merecía la pena buscarlo en Taposiris Magna. Confiaba en poder demostrar que el templo se contaba entre los más sagrados de su época, que estaba dedicado al culto de Osiris e Isis y que habían existido túneles que salvaban los muros exteriores. El primer año se saldó con la localización de un pozo y una serie de túneles y cámaras subterráneos. «Una de las preguntas clave es por qué abrieron túneles de semejantes dimensiones», dice hoy la arqueóloga.

En la temporada 2006-2007 el equipo egipcio-dominicano localizó tres pequeños depósitos fundacionales en la esquina noroccidental del templo osiríaco, a apenas unos centímetros de donde había dejado de excavar la expedición magiar. Los depósitos vinculaban sin lugar a dudas el templo de Osiris con el reinado de Ptolomeo IV, es decir, un siglo y medio antes de Cleopatra. En 2007, un nuevo hallazgo reforzó la teoría de que el lugar era de capital importancia para los griegos del antiguo Egipto: el equipo de excavación encontró el esqueleto de una embarazada muerta en el parto. Los diminutos huesecillos del neonato seguían entre las caderas del esqueleto. La madre tenía la mandíbula distendida, señal de su agonía, y en la mano derecha aferraba un pequeño busto en mármol blanco de Alejandro Magno. «La mujer es un misterio», dice Martinez.

En seis años Taposiris Magna se convirtió en uno de los yacimientos arqueológicos más activos de todo Egipto. Se han recuperado más de mil objetos, 200 de los cuales se consideran significativos: cerámica, monedas, joyas de oro, cabezas de estatuas (seguramente destrozadas por los cristianos primitivos). Entre los hallazgos más importantes figuraba una gran necrópolis extramuros, un indicio de que los súbditos de algún monarca quisieron ser enterrados cerca de los restos regios.

Sin embargo, la tumba de Cleopatra sigue esquivando a quienes la buscan, como un tentador espejismo, y la teoría acerca de quién descansa en Taposiris Magna sigue basándose en especulaciones y argumentaciones plausibles más que en hechos. ¿No cabe pensar que, con un reino en un proceso de desintegración tan galopante, Cleopatra no tuvo tiempo de erigir semejante tumba secreta?

Los detractores de la teoría de Martinez aducen que en el mundo de la arqueología raras veces quien anuncia que va a encontrar algo acaba hallándolo de veras. «No hay pruebas de que Cleopatra intentase ocultar su tumba, ni de que albergase semejante deseo –señala Duane Roller, prestigioso especialista en Cleopatra–. Habría sido difícil ocultársela a Octavio, quien la enterró en persona. Todas las pruebas apuntan a que fue sepultada con sus ancestros. El material que la asocia con Taposiris Magna no es significativo porque puede encontrarse en muchos otros lugares de Egipto.»

«Estoy de acuerdo en que Octavio conoció y autorizó el lugar de enterramiento –responde Martinez–, pero yo creo, y es sólo una teoría, que una vez completado el proceso de momificación, los sacerdotes de Taposiris Magna enterraron a Cleopatra y a Marco Antonio en otro sitio sin la aprobación de los romanos, un sitio oculto bajo el patio del templo.»

Si algún día se localiza la tumba de Cleopatra, el impacto que causará la noticia sólo será comparable con el que se vivió en 1922 cuando Howard Carter abrió la de Tutankamón. Pero, ¿servirá el hallazgo de su tumba, por no hablar del de su cuerpo, para obtener un mejor conocimiento de la mujer que reinó como último faraón de Egipto? Por un lado, parece innegable que sí. En los últimos cien años prácticamente lo único que se ha podido añadir al registro ar­­queológico es lo que los expertos consideran un fragmento de la caligrafía de Cleopatra: un trozo de papiro que concede una exención fiscal a un ciudadano romano en el Egipto del año 33 a.C.

Por otro lado, encontrar esa tumba quizás empobrezca lo que Shakespeare llamó «su in­­finita variedad». Liberada de su cuerpo, moviéndose sin trabas en el mundo del mito, más cercana al contexto que al texto, Cleopatra goza de la libertad de ser un personaje distinto en cada ocasión, y probablemente ahí radica el secreto de su vitalidad. Ninguna otra figura de la Antigüedad se antoja tan versátil en sus ambigüedades, tan moderna en sus contradicciones.

Era mediodía en la excavación, y el equipo se había trasladado a la sombra para comer. Estábamos sentados en lo alto del pilono del templo, a pleno sol, contemplando el mar a lo lejos. Se respiraba una atmósfera de quietud, un atisbo de eternidad, como si estuviésemos en presencia de las antiguas divinidades egipcias: Ra, señor que gobierna la tierra, el cielo y el Más Allá, e Isis, que salvó a Osiris con engaños a Ra para que le revelase su nombre secreto.

La búsqueda de Cleopatra no le ha salido barata a Martinez. Cerró su próspero bufete de abogacía en Santo Domingo e invirtió buena parte de sus ahorros en el proyecto. Se mudó a un apartamento de Alejandría, donde ha empezado a estudiar árabe. No es una vida fácil, lejos de los suyos. A principios de este año, durante la revolución, un grupo de hombres la increpó mientras trabajaba en las excavaciones. Por ahora el trabajo en las ruinas ha quedado en suspenso. Ella confía en retomarlo en otoño.

«Creo que vamos a localizar nuestro objetivo –dice–. La diferencia es que ahora buscamos en la tierra, no en los libros.»