En busca de la humanidad: el objetivo de un fotógrafo

SteveMcCurry_fotografo

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Steve McCurry

Hay una lección que aprendo una y otra vez: no obsesionarme con la idea preconcebida que tenemos de cómo es «realmente» el lugar de destino. En la vida y en el trabajo, el viaje es el destino. Mi viaje en la fotografía empezó en 1978, cuando, tras licenciarme en la universidad y trabajar para un periódico del área de Filadelfia, decidí emprender un viaje a la India de una duración prevista de dos meses. ¿Por qué la India? La belleza y el caos me cautivaron. El rico mosaico de color, religiones, lenguas e indumentarias resultó para mí un mundo completamente nuevo. Desde entonces, he ido a la India más de 85 veces y he viajado por Asia y por todo el mundo, documentando el pulso vibrante de la civilización, sus contrastes, sus adversidades y su perseverancia. En las últimas décadas la India ha experimentado transformaciones espectaculares, pero la constante presencia de la miseria es una realidad que no puede ser ignorada. Ver la división entre la nueva India y la India tradicional invita a la reflexión. Otra lección aprendida: por muy extremas que sean las circunstancias, por muy pobre que sea la gente, incluso en los lugares más desesperados perdura una inagotable batalla por la vida.

Las escenas que he presenciado en la India son un festín para el fotógrafo: celebraciones multitudinarias que se extienden hasta donde alcanza la vista; antiguas tradiciones que exigen ser reverenciadas con solemnidad; rostros tatuados con profundos surcos; dibujos estampados en los vestidos y antiguos símbolos pintados en los muros. En la India, como en el resto de Asia, el vínculo con el pasado parece mantener las creencias firmemente en su sitio mientras la modernidad avanza en dirección opuesta. Estoy constantemente intrigado por la confluencia de la tradición y el cambio, una confluencia que se puede captar en los momentos más inesperados.

Pero incluso el hallazgo fortuito requiere tiempo. Parte de mi trabajo es el resultado de paciencia y perspicacia. En la vida diaria, la «tiranía» de lo inmediato suele distraernos de lo esencial: pocas veces nos fijamos en la emoción que refleja la mirada de un niño, o de qué modo la luz esculpe una acción entre las sombras. A veces, una escena exige a la cámara esperar a que «el momento» aparezca en el visor; normalmente las mejores imágenes implican una espera. Otras fotografías requieren apartarse de nuestro objetivo inmediato. En una ocasión en que estaba fotografiando el monzón en la India, iba en coche a través de una tormenta de arena. Un grupo de mujeres se habían acurrucado juntas para protegerse junto a un árbol. Cantaban una rogativa por la lluvia. A pesar del peligro que la tormenta suponía para mi equipo, sabía que ésta sería una foto importante.

Superar las barreras lingüísticas es otro aspecto de la fotografía que requiere paciencia, y también imaginación. Siempre me sorprende cuánto se puede comunicar con el lenguaje corporal, con humor… y a veces con un traductor. A menudo, una buena imagen es el resultado de haber establecido un buen nivel de comodidad con alguien. Para realizar un retrato es esencial la sensibilidad hacia los demás y sus emociones.

En 1984 fotografié a unas escolares que estaban en clase en una tienda de un campo de refugiados de Peshawar, en Pakistán. Una joven me llamó inmediatamente la atención, pero era muy tímida, por lo que fue la última a quien fotografié. Cuando vi la película, me sorprendió lo tranquila que parecía. El retrato de Sharbat Gula, conocido desde entonces como «la muchacha afgana», recibió los honores de la portada de National Geographic en 1985. Su férrea dignidad se convirtió en un símbolo de la resistencia ante la adversidad y de un pueblo que ha sobrevivido a las invasiones, la guerra civil, la pobreza y la enfermedad.

Mi primera visita a Afganistán tuvo lugar en 1979, antes de la invasión soviética y varios años antes de realizar ese retrato. Había oído las atrocidades que se estaban cometiendo; quería ver la situación por mí mismo y explicarla. Crucé la frontera desde Pakistán disfrazado y oculté la película cosiéndola en mis vestidos. Fue entonces cuando mis fotografías fueron vistas en todo el mundo por primera vez.

Nunca me propuse ser fotógrafo de guerra. Lo que quería era dar la misma importancia a todos los elementos de un tema: gente, cultura, paisaje y conflicto. En Afganistán estaba especialmente interesado en cómo afectaba la violencia en la población; la guerra era el telón de fondo. Sigo yendo a Afganistán más o menos una vez al año y muchas cosas siguen igual. Allí parece representarse un drama permanente. Es un lugar salvaje, incontrolable e imprevisible, con paisajes impresionantes y gente sorprendente.

A través de mis imágenes, la gente puede trasladarse a lugares a los que muy pocos pueden ir. Lo desconocido es uno de los atractivos del viaje: el descubrimiento de lo delicioso, lo sorprendente y lo nuevo. A veces, presenciar algo realmente fuera de lo normal (hombres que se flagelan a sí mismos con cuchillos durante un ritual, o el desbordamiento emocional de la fe en una procesión religiosa) puede inquietarnos o conmovernos, y puede también llevarnos a hallar sosiego en nuestras propias convicciones. Hay innumerables maneras de practicar la fe y vivir la vida. Con frecuencia damos por sentado que nosotros somos la «normalidad», pero cuanto más viajamos, más nos damos cuenta de que todo es relativo: los otros a menudo piensan que los raros somos nosotros.

Espero que, de alguna forma, mis imágenes inspiren cierta empatía, compasión y tolerancia hacia la miríada de culturas y credos que hacen que nuestro mundo sea tan apasionante. Por el camino he aprendido que es un privilegio visitar rincones tan remotos del planeta y lograr que, a través de mis fotografías, gente de todas partes del mundo conecte con otras personas y acontecimientos tan ajenos a sus vidas. Siento una enorme gratitud por ese privilegio, y por el extraordinario viaje que ha significado.