Arqueología

En busca de la Ciudad Blanca

Un equipo de arqueólogos armados con dispositivos de escaneado láser localiza unas ruinas que creen podrían corresponder a la legendaria Ciudad Blanca

26 de abril de 2016

El 18 de febrero de 2015 un helicóptero militar despegó de una ruinosa pista cercana a la ciudad hondureña de Catamacas rumbo a las montañas de la Mosquitia (o Costa de los Mosquitos), que se erguían al nordeste. A sus pies, las granjas cedían paso gradualmente a escarpadas laderas soleadas, algunas tapizadas de selva ininterrumpida, otras parcialmente taladas para la cría de ganado. Sorteando las cumbres, el piloto se dirigió a un desfiladero en forma de V de una cresta distante.

Tras él se abría un valle rodeado de picos dentados: un paisaje prístino de esmeralda y oro, moteado por las sombras cambiantes de las nubes. Bandadas de garcetas sobrevolaban el paisaje, y las copas de los árboles bullían con las idas y venidas de monos invisibles. No había rastro de presencia humana: ni un camino, ni una columna de humo. El piloto viró y descendió, dirigiéndose a un claro junto a la margen de un río.

Entre quienes se apearon del helicóptero había un arqueólogo llamado Chris Fisher. El valle se hallaba en una región en la que desde hacía tiempo se rumoreaba que estaba la Ciudad Blanca, una ciudad mítica construida en piedra de ese color, también conocida como la Ciudad Perdida del Dios Mono. Fisher no daba crédito a tales leyendas, pero sí creía que el valle –conocido por él y sus compañeros de viaje con el sucinto nombre de T1– ocultaba las ruinas de una ciudad perdida de verdad que llevaba abandonada cinco siglos, si no más. De hecho, no solo lo creía: estaba convencido de ello.

No tenían más que buscarla.

La región de la Mosquitia, compartida por Honduras y Nicaragua, contiene el mayor bosque lluvioso de América Central, 50.000 kilómetros de vegetación impenetrable, humedales y ríos. Desde el cielo puede antojarse atractiva, pero aventurarse en ella es exponerse a incontables peligros: serpientes venenosas, jaguares hambrientos e insectos dañinos, algunos portadores de enfermedades mortales. La inhospitalidad y la naturaleza prohibida de esta tierra selvática ha contribuido sin duda a perpetuar el mito de una Ciudad Blanca escondida, pero el origen de la leyenda es un misterio.

Explora­dores, prospectores y pioneros de la aviación referían haber vislumbrado las murallas blancas de una ciudad en ruinas asomando de la selva; otros se hacían eco de los relatos registrados por Hernán Cortés en 1526 a propósito de ciudades fabulosas ocultas en el interior hondureño. Los antropólogos que convivieron con los indios misquitos, pech y tawahkas les oyeron hablar de una «Casa Blanca», un reducto en el que los in­dígenas se habían ocultado de los conquistadores españoles y del que jamás habían regresado.

La Mosquitia se encuentra en la frontera de Mesoamérica, colindante con el territorio de los mayas. Mientras que la maya es una de las antiguas culturas de América más estudiadas, los pueblos de la Mosquitia siguen estando entre los más misteriosos y son un signo de interrogación materializado en la leyenda de la Ciudad Blanca. Con el tiempo el mito llegó a formar parte de la conciencia nacional hondureña. En la década de 1930 la leyenda había cautivado también la imaginación del público estadounidense. Se emprendieron varias expediciones para localizarla, entre ellas tres organizadas por el Museo Nacional del Indio Americano de Nueva York y financiadas por George Gustav Heye, un ávido coleccionista de piezas de los nativos americanos.

Las dos primeras regresaron con rumores sobre una ciudad perdida en la que había una estatua gigante de un dios mono a la espera de ser ex­­cavada. La tercera, dirigida por un excéntrico periodista llamado Theodore Morde, llegó a Honduras en 1940. Morde salió de la selva cinco meses después con cajas repletas de piezas. «La Ciudad del Dios Mono estaba amurallada. Seguimos uno de esos muros hasta que desapareció bajo unos montículos que tienen visos de haber sido grandes edificios», escribió. Morde se negó a revelar la ubicación por miedo a que fuese objeto de saqueos, alegó, pero prometió volver al año siguiente para iniciar las excavaciones. Jamás regresó. En 1954 se ahorcó. Su ciudad, si es que existió, sigue sin ser identificada.

En décadas posteriores la labor arqueológica en la Mosquitia quedó frenada no solo por la dificultad del terreno, sino también por la creencia generalizada de que el suelo de las selvas de América Central y del Sur era tan pobre que solo podía dar sustento a cazadores-recolectores dispersos. Tal era la creencia pese a que ya en los años treinta las primeras exploraciones arqueológicas descubrieron varios asentamientos, lo que sugería que la zona había albergado una cultura extendida y sofisticada, lo cual no es de extrañar considerando que la región es una en­crucijada comercial y geográfica entre los mayas y otros mesoamericanos del norte y el oeste, y las poderosas culturas de lengua chibcha del sur.

Las gentes de la Mosquitia copiaron aspectos de la cultura maya, como el diseño de sus ciudades, un tanto parecido. Es probable que adoptaran el famoso juego de pelota mesoamericano, una competición ritual que a veces implicaba sacrificios humanos. Pero se desconoce qué relación tenían exactamente con sus vecinos. Algunos arqueólogos postulan que un grupo de guerreros mayas de Copán pudieron hacerse con el control de la Mosquitia y gobernaron como una élite a la población local. Otros creen que la cultura local simplemente abrazó las características de la impresionante civilización vecina.

Una diferencia importante entre ambas culturas radica en los materiales de construcción elegidos por los pobladores de la Mosquitia. Aún no hay pruebas de que construyesen con cantería, y en cambio se sabe que levantaban sus edificios públicos con cantos de río, tierra, madera y cañas y barro. Decorados y pintados, es posible que fuesen tan impresionantes como los grandiosos templos de los mayas. Pero una vez abandonados, la lluvia los desmoronó y se pudrieron, quedando convertidos en anodinos montículos de tierra y escombros que la vegetación engulló con rapidez. La desaparición de esta arquitectura espléndida podría ser la explicación de por qué la cultura que la creó está tan «marginada», dice Christopher Begley, quien ha llevado a cabo estudios arqueológicos en la región de la Mosquitia. Esta cultura está tan poco estudiada que ni siquiera se le ha dado una denominación formal.

«Es mucho lo que ignoramos sobre esta gran cultura. De hecho, lo ignoramos casi todo», me dijo Oscar Neil Cruz. Nacido en México, Neil es director de arqueología del Instituto Hondureño de Antropología e Historia (IHAH).

Cuando se sabe tan poco, todo es posible. A mediados de la década de 1990 un director de documentales llamado Steve Elkins quedó cautivado por la leyenda de la Ciudad Blanca y se embarcó en su búsqueda. Pasó años estudiando los relatos de exploradores, arqueólogos, bus­cadores de oro, narcotraficantes y geólogos. Marcó en los mapas las zonas de la Mosquitia que habían sido exploradas y las que no. Contrató a científicos del Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) de la NASA para analizar canti­dades ingentes de datos del Landsat e imágenes de radar de la Mosquitia en busca de señales de asentamientos antiguos.

El informe del JPL mostraba lo que podían ser rasgos «rectilíneos y curvilíneos» en tres valles, que Elkins llamó T1, T2 y T3 (siendo T la inicial de target, es decir, «objetivo»). El primero era un valle fluvial inexplorado rodeado de cumbres que forma un cuenco natural. «Se me ocurrió pensar que si yo fuese un rey, aquel sería el lugar perfecto para ocultar mi reino», declaró Elkins. Pero las imágenes no eran concluyentes; necesitaría un modo mejor de escudriñar bajo el denso dosel de la selva.

En 2010 Elkins leyó en la revista Archaeology un artículo que describía el uso de una técnica llamada lidar (acrónimo de «light detection and ranging») para levantar el plano de la ciudad maya de Caracol, en Belice. El lidar envía cientos de miles de pulsos de luz láser infrarroja al bosque lluvioso y registra el punto donde se refleja cada uno. El resultado es una nube tridimensional de puntos que, una vez procesada con software para eliminar los pulsos que inciden en los árboles y en el sotobosque y conservar solo los que llegan al suelo, da lugar a una imagen que contiene las siluetas de los posibles elementos arqueológicos. En tan solo cinco días de trabajo, el lidar reveló que Caracol era siete veces más grande de lo que se pensaba después de 25 años de exploración sobre el terreno.

Un inconveniente del lidar es su elevado coste. El escaneo de Caracol lo había realizado el Centro Nacional de Cartografía Aérea por Láser (NCALM) de la Universidad de Houston. Solicitar al NCALM el escaneo de los 143 kilómetros cuadrados que suman los tres valles costaría unos 220.000 euros. Por suerte, a esas alturas el afán de Elkin por hallar la Ciudad Blanca había contagiado al cineasta Bill Benenson, seducido por el proyecto hasta tal punto que decidió correr él mismo con todos los gastos.

Los resultados preliminares fueron asombrosos. Parecía haber un rosario de ruinas a lo largo de varios kilómetros del valle T1. En el T3 se evidenciaba un yacimiento el doble de grande. Aunque era fácil apreciar las estructuras de mayor tamaño, el análisis a fondo de las imágenes tendría que pasar por un arqueólogo ducho en el uso del lidar. Elkins y Benenson recurrieron a Chris Fisher, especialista en Mesoamérica de la Universidad del Estado de Colorado.

Y así es como un día de febrero de 2015 Fisher dio consigo en la orilla de un río sin nombre del T1, contemplando la selva que se alzaba en la otra margen y ardiendo en deseos de penetrar en ella.

Desde el momento en que vio las imágenes de lidar, Fisher quedó fascinado. Había utilizado esta tecnología para cartografiar Angamuco, una antigua ciudad de los purépechas (o tarascos), fieros rivales de los aztecas en el área central de México desde más o menos el año 1000 hasta la llegada de los españoles a principios del siglo XVI. Mientras que las comunidades de las tierras altas mexicanas de la América precolombina estaban densamente pobladas, las tropicales tendían a desperdigarse sobre el territorio. No obstante, los yacimientos de los valles T1 y T3 parecían sustanciales; sin lugar a dudas eran los asentamientos de más entidad localizados hasta la fecha en la Mosquitia.

La zona central del T3 ocupaba cerca de cuatro kilómetros cuadrados, casi tanto como el núcleo de la ciudad maya de Copán, situada al oeste. El centro del T1 era más pequeño pero más concentrado; parecía constar de diez grandes plazas, con decenas de montículos, caminos, bancales de cultivo, canales de riego, un depósito de agua y lo que podría haber sido una pirámide. A la vista de la arquitectura ceremonial, las múltiples plazas y los movimientos de tierra que se han hecho, Fisher concluyó que ambos yacimientos casaban con la definición arqueológica de ciudad: un asentamiento en el que es evidente una compleja organización social. «Las ciudades desempeñan funciones ceremoniales especiales y se asocian con una agricultura intensiva –me explicó–. Y suelen entrañar una reconstrucción importante y monumental del entorno».

En su quijotesca búsqueda de una (probablemente) mítica Ciudad Blanca, Elkins y Benenson habían descubierto lo que parecían ser dos ciudades antiguas absolutamente reales. Con ayuda del Gobierno hondureño, reunieron un equipo capaz de internarse en la selva para cotejar sobre el terreno lo que habían identificado las imágenes de lidar. Además de Fisher, el equipo contaba con otros dos arqueólogos (entre ellos Oscar Neil Cruz), una antropóloga, un técnico de lidar, dos etnobotánicos, un geoquímico y un geógrafo. Con ellos iban los cámaras de Elkins y un equipo de National Geographic.

La logística era complicadísima: además de bregar con serpientes, insectos, barro y lluvia in­­cesante, corríamos el riesgo de contraer malaria, dengue y una amplia gama de enfermedades tropicales.
Para facilitar el avance, Elkins y Benenson habían contratado a tres exoficiales del Servicio Aéreo Especial (SAS) británico, fundadores de una empresa especializada en guiar equipos de filmación por zonas peligrosas. Habían descendido previamente sobre el lugar para despejar con machetes y motosierras una zona de aterrizaje y otra de acampada mientras el helicóptero volvía a Catamacas a por Fisher y los demás. Andrew Wood, alias Woody, jefe del equipo de soporte, me contaría después que mientras trabajaban, los animales (un tapir, gallos silvestres y monos araña) se movían o se congregaban en las copas de los árboles, aparentemente sin temor alguno. «Nunca he visto nada igual –dijo–. Creo que era la primera vez que veían un ser humano.»

Para montar el campamento base Wood había elegido una terraza elevada detrás de la zona de aterrizaje, entre árboles enormes, accesible por un puente de troncos tendido sobre un lodazal, con un terraplén de subida. Por el peligro que constituían las serpientes –la supervenenosa serpiente terciopelo es especialmente preocupante– había prohibido que nadie saliese del campamento sin escolta. Pero Fisher ardía de impaciencia; acostumbrado a trabajos de campo peligrosos, amenazaba con salir a explorar por su cuenta. Avanzada la tarde, Wood accedió a hacer un reconocimiento rápido de las ruinas. Los miembros del equipo de avanzada se reunieron junto al río, protegidos por polainas antiserpientes y apestando a repelente de insectos. Un GPS en el que Fisher había descargado los mapas de lidar les indicaba su localización exacta respecto de las presuntas ruinas.

Fisher consultaba el GPS y cantaba el camino a Wood, mientras este iba abriendo una senda por un matorral de heliconias. El bosque bullía con los sonidos de aves, ranas, sapos e insectos. Vadeamos dos lodazales –en uno de ellos el barro nos llegaba por los muslos–, ascendimos por los riscos que descollaban sobre la llanura de inundación y llegamos a la base de una escarpada prominencia engullida por la selva: el límite de la supuesta ciudad. «Subamos», dijo Fisher. Comenzaba el cotejo sobre el terreno.

Aferrándonos a lianas y raíces, ascendimos por la resbaladiza ladera tapizada de hojas. En la cima, alfombrada de una tupida vegetación, Fisher señaló una depresión rectangular, sutil pero inconfundible, en la que creyó reconocer el contorno de un edificio. Al arrodillarse para verla mejor, Neil descubrió lo que parecían ser vestigios de una construcción de tapial, un punto a favor de la interpretación de que allí hubo una pirámide de tierra. Fisher estaba eufórico. «Justo lo que pensaba –dijo–. Todo este terreno fue modificado por la mano del hombre.»

Fisher y Wood condujeron al grupo desde la pirámide hacia lo que Fisher esperaba que fuese una de las diez plazas de la ciudad. Al penetrar en la zona, hallamos un tramo de bosque allanado artificialmente, tan nivelado como un campo de fútbol. Tres de sus lados estaban limitados por montículos lineales, los restos de muros y edificios. Una zanja que atravesaba la plaza dejaba a la vista una superficie pavimentada con piedras. Al cruzar la plaza, descubrimos al fondo una hilera de piedras planas, casi como altares, posadas sobre unas rocas blancas que hacían de trípodes. Pero la densa vegetación seguía frustrando cualquier intento de imaginar el trazado o las dimensiones de aquella antigua ciudad. Anochecía, y regresamos al campamento.

Al día siguiente reanudamos la exploración, envueltos en una espesa niebla en la que reverberaban las voces de los monos aulladores. Pendían cortinas de lianas y flores colgantes. En aquel crepúsculo verdoso, rodeado de árboles inmensos y montículos mudos –vestigios de otras gentes, de otro tiempo–, sentí que se desvanecía la conexión con el presente. Un clamor en lo alto de las copas anunció el inicio de un aguacero, que nos empapó en un abrir y cerrar de ojos.

Fisher, blandiendo su machete, echó a andar hacia el norte con Neil y Juan Carlos Fernández Díaz, el técnico de lidar del equipo, para localizar más plazas. Anna Cohen, doctoranda de la Universidad de Washington, y Alicia González, la antropóloga de la expedición, se quedaron para despejar de vegetación la hilera de piedras. Hacia la tarde regresaron Fisher y su grupo; habían localizado otras tres plazas y numerosos montículos. Compartimos un buen té caliente con leche bajo el aguacero. Wood, preocupado por una posible crecida del río, ordenó el regreso al campamento. Partimos en fila india.

De pronto, el cámara Lucian Read dio el alto.

«¡Eh!, aquí hay unas piedras muy raras.»

En la base de la pirámide, asomando apenas del suelo, se distinguía la parte superior de decenas de esculturas de piedra de bella factura. Las piezas, tapizadas de musgo y vislumbradas bajo la alfombra de hojas, cobraron forma en la pe­­numbra de la selva: la amenazadora cabeza de un jaguar, una vasija de piedra decorada con la cabeza de un buitre, grandes recipientes tallados con figuras de serpientes y un conjunto de objetos que parecían tronos o mesas ornamentadas, y que en terminología arqueológica se denominan metates. Todas las piezas estaban en perfecto estado, como si nadie las hubiese tocado desde que varios siglos atrás fueran abandonadas.

Hubo gritos de asombro. Los expedicionarios se arremolinaban en torno a ellas, chocando unos con otros. Fisher se puso al mando enseguida, ordenó a todo el mundo que se retirase y acordonó la zona. Pero estaba tan emocionado como los otros, si no más. Aunque en otras partes de la Mosquitia se conocían objetos parecidos, la mayoría eran piezas sueltas halladas tiempo atrás por Morde y compañía o desenterradas y extraídas por lugareños o por saqueadores. Sin duda no había noticia de un tesoro semejante. Asomaban del suelo 52 objetos, y quién sabe cuántos aguardaban bajo tierra.

«Es una potente exhibición ritual –afirmó Fisher–. Sacaron de la circulación objetos preciados como estos y los dejaron aquí, tal vez a modo de ofrenda.»

En los días subsiguientes el equipo de arqueólogos registró cada pieza in situ. Con un lidar montado sobre un trípode, Fernández escaneó también los objetos para obtener imágenes tridimensionales de todos ellos. Nadie tocó nada, no se desenterró lo más mínimo: eso tendría que esperar a otra ocasión, cuando el equipo volviese con las herramientas y el tiempo necesarios para efectuar una excavación en condiciones.

Mientras escribo estas líneas se planifica otra expedición de mayor envergadura, con el apoyo total del Gobierno de Honduras. Azotada por el narcotráfico y la violencia que este conlleva, Honduras es un país pobre necesitado de buenas noticias. La Ciudad Blanca tal vez sea una leyenda, pero cualquier hallazgo que otorgue visos de realidad al mito genera gran entusiasmo; es causa de orgullo colectivo, una afirmación de la vinculación del pueblo con su pasado precolombino. Al enterarse del hallazgo, Juan Orlando Hernández, presidente de Honduras, ordenó que una unidad militar protegiese el ya­cimiento de los saqueadores las 24 horas. Semanas después viajó al lugar en helicóptero para verlo en persona y expresó el compromiso de que su Gobierno hará «lo que haga falta» para avanzar no solo en la investigación y protección del legado cultural del valle, sino también del patrimonio ecológico de la región circundante.

La investigación acaba de empezar. La mayor parte del valle T1 sigue pendiente de estudio, y las ruinas todavía mayores del T3 ni siquiera se han examinado. Y quién sabe qué secretos ocultará la selva que cubre el resto de la Mosquitia. En los últimos años se ha producido un cambio fundamental en el concepto arqueológico de la ocupación humana de los parajes tropicales. Antes se hablaba de asentamientos minúsculos y muy desperdigados sobre un territorio deshabitado en su mayor parte. Hoy se cree que existían asentamientos muy poblados, separados unos de otros por mucho menos espacio vacío.

«Incluso en este remoto entorno selvático, donde nadie lo esperaba, hubo grandes poblaciones viviendo en ciudades–explicó Fisher–. De miles de personas.»

Lo que aún nos queda por saber de los antiguos habitantes de la Mosquitia es prácticamente infinito, pero el plazo para entenderlo quizá no lo sea. En febrero, cuando regresábamos del T1 a Catamacas, llevábamos apenas unos kilómetros de vuelo cuando el tapiz ininterrumpido de bosque lluvioso empezó a ceder paso a laderas con zonas arrasadas para la cría de ganado. Virgilio Paredes, director del IHAH, bajo cuyos auspicios se llevó a cabo la expedición, calcula que al ritmo actual, la corta a tala rasa alcanzará el valle T1 en ocho años o menos, destruyendo sus posibles tesoros culturales y exponiendo otros a saqueos indiscriminados. El presidente Hernández ha prometido proteger la región contra la deforestación y contra los saqueos, un compromiso en cuyo marco ha fundado la Reserva del Legado Patrimonial de la Mosquitia, un área de unos 2.030 kilómetros cuadrados que rodean los valles estudiados con lidar. Pero la cuestión es peliaguda. Aunque la tala es ilegal –en teoría la zona está protegida como parte de las reservas de la biosfera de Tawahka Asangni y de Río Plátano–, en esta región hondureña la ganadería es una importante muleta económica y una tradición muy apreciada.
Si los hallazgos en el T1 inclinan la balanza hacia la preservación, entonces no tendrá mayor importancia que la Ciudad Blanca sea real o mítica. Su búsqueda ya ha dado frutos.

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