Los últimos salmones de España

Hace un siglo, tras un largo viaje a través del océano, miles de salmones remontaban el casi centenar de ríos salmoneros de la cornisa cantábrica para frezar en sus cabeceras. Hoy, afectados por diversas acciones humanas, la mayoría de ellos ya no alberga salmones. La especie lucha por sobrevivir en una veintena de ríos españoles. Mira las fotografías de Juanjo Alonso y Orlando Miranda.

1 / 18

1 / 18

salmón01

salmón01

Hacia el final del verano la hembra de salmón atlántico, que ha adquirido una característica librea dorada, busca zonas de aguas tranquilas para finalizar su maduración sexual. Mientras que en los machos las mandíbulas se arquean en forma de gancho, ellas mantienen la forma redondeada de la boca.

Fotos: Juanjo Alonso y Orlando Miranda

2 / 18

Salmón02

Salmón02

La meta del largo viaje del salmón son las zonas altas de los ríos, con caudal permanente de aguas cristalinas, como es el caso del río Sella. Sobre la grava de esas aguas someras y de corrientes suaves realizarán la puesta, y los alevines hallarán refugio hasta que puedan nadar y buscar el alimento.

Juanjo Alonso y Orlando Miranda

3 / 18

Salmón03

Salmón03

En cuanto los salmones entran en los ríos, ya no vuelven a comer nada hasta que finaliza la reproducción… si es que sobreviven. Su único alimento durante este período serán las reservas que han ido acumulando en las zonas de alimentación de los mares del norte. Mientras remontan el cauce ayunarán durante meses.

Juanjo Alonso y Orlando Miranda

4 / 18

Salmón04

Salmón04

Ciclo vital del salmón
Tras la freza las hembras depositan miles de huevos que son fecundados por varios machos. Dentro del huevo, los pequeños alevines se desarrollan alimentándose del saco vitelino y eclosionan al cabo de unos 50 días.

Juanjo Alonso y Orlando Miranda

5 / 18

Salmón05

Salmón05

Ciclo vital del salmón
Los alevines apenas miden un centímetro cuando empiezan a moverse. Son poquísimos los que sobreviven. Tras eclosionar, permanecen 15 días en la grava consumiendo los restos del huevo que los albergó.

Juanjo Alonso y Orlando Miranda

6 / 18

Salmón06

Salmón06

Ciclo vital del salmón
Al año, el salmón juvenil o pinto (por los colores de su cuerpo) mide unos 15 cm. Tras permanecer un año o dos en el río realizará el esguinado, proceso en el que se producen los cambios fisiológicos necesarios para afrontar la vida en el océano.

Juanjo Alonso y Orlando Miranda

7 / 18

Salmón07

Salmón07

Ciclo vital del salmón
Tras regresar del mar el salmón, ya plenamente adulto, reside en el río y luce tonos plateados y verdeazulados. Pasará un tiempo en las pozas antes de iniciar el remonte, que lo llevará a reproducirse en la cabecera.

Juanjo Alonso y Orlando Miranda

8 / 18

Salmón09

Salmón09

Ciclo vital del salmón
Tras regresar del mar el salmón, ya plenamente adulto, reside en el río y luce tonos plateados y verdeazulados. Pasará un tiempo en las pozas antes de iniciar el remonte, que lo llevará a reproducirse en la cabecera.

Juanjo Alonso y Orlando Miranda

9 / 18

Salmón10

Salmón10

Los salmones pueden salvar desniveles naturales de hasta cuatro metros de altura. Pero si se topan con un obstáculo mayor, como una presa, no podrán llegar a la cabecera y desovarán en un tramo que seguramente será inadecuado.

Juanjo Alonso y Orlando Miranda

10 / 18

Salmón11

Salmón11

La fotografía muestra cómo ven los salmones el mundo exterior.

Juanjo Alonso y Orlando Miranda

11 / 18

Salmón12

Salmón12

El alimento básico del salmón en su fase fluvial son los insectos acuáticos, como esta ninfa plana de efemeróptero. Además de ser la fuente de proteínas necesarias para su rápido crecimiento, éstos son insectos clave en el mantenimiento del hábitat donde viven otros salmónidos.

Juanjo Alonso y Orlando Miranda

12 / 18

Salmón13

Salmón13

En otoño, el río Casaño se llena de material vegetal muerto y se inicia la acción de los descomponedores primarios, alimento básico de las pequeñas larvas de insectos que en primavera serán la fuente de energía para los alevines de salmón recién nacidos.

Juanjo Alonso y Orlando Miranda

13 / 18

Salmón14

Salmón14

Posado en el lecho del río Casaño, afluente del Cares, un salmón pinto de aproximadamente un año de edad se mantiene inmóvil y con la boca abierta de par en par. De este modo se oxigena al máximo y capta además todo el alimento que le llega arrastrado por la corriente.

Juanjo Alonso y Orlando Miranda

14 / 18

Salmón15

Salmón15

En las aguas de este afluente del Nalón, la nieve mantiene la temperatura del agua a una temperatura de alrededor de 5ºC sobre el lecho de grava donde frezarán los salmones.

Juanjo Alonso y Orlando Miranda

15 / 18

Salmón16

Salmón16

Los salmones pueden salvar obstáculos de hasta cuatro metros de altura. Si son más altos, como es el caso de esta presa situada en la cabecera del río Purón, no podrán avanzar y desovarán en lugares posiblemente poco propicios.

Juanjo Alonso y Orlando Miranda

16 / 18

Salmón17

Salmón17

Durante el remonte los salmones suelen descansar en lechos de piedra y canales pronunciados donde el agua en movimiento está cargada de oxígeno.

Juanjo Alonso y Orlando Miranda

17 / 18

Salmón18

Salmón18

Una vez en el río los salmones no volverán a comer hasta finalizar la époc de reproducción. Sobrevivirán gracias a las reservas acumuladas durante su estancia en el océano.

Juanjo Alonso y Orlando Miranda

18 / 18

Salmón19

Salmón19

Es finales de verano y esta hembra, que ha adquirido su característica librea dorada, busca una zona tranquila para finalizar el proceso de maduración sexual.

Juanjo Alonso y Orlando Miranda

29 de junio de 2010

Es otoño, y en Asturias el paisaje ha sido conquistado por los tonos marrones y rojizos que lucen ahora los árboles caducos. Algunos exhiben sus ramas totalmente desnudas. En plena etapa de renovación, han dejado caer sus hojas secas, engrosando la capa de humus esencial para infinidad de especies.El viento, puede que un ábrego procedente del sudoeste, hace caer al suelo hasta las castañas. Algunas de ellas, junto con otros frutos tardíos y hojarascas variopintas, son arrastradas hasta el lecho de uno de los pocos ríos límpidos que subsisten en la cornisa norte de nuestra geografía. Cuando esto sucede, multitud de organismos acuáticos se apresuran a investigar la materia orgánica recién incorporada a su medio, mientras que otros seres de gustos carnívoros buscan presas sobre las que depredar. Pero no todos están por la labor. Ajenos a la cotidiana y vital tarea de alimentarse, otros animales emprenden en esta época del año una historia realmente fascinante, extrema y dramática, marcada por la sempiterna lucha de las especies por perdurar. Se trata de los salmones atlánticos (Salmon salar), dedicados ahora en cuerpo y alma al proceso biológico que les permitirá traspasar sus genes a las futuras generaciones: la reproducción.

Salmón macho del Atlántico en traje de cría (Salmo salar)

Más información

Salmón macho del Atlántico en traje de cría (Salmo salar)

Uno de ellos, un salmón al que llamaremos Rita, lleva semanas sin comer, exactamente las mismas que hace que dejó el mar para adent­rarse en el río. Dedicada por completo a la extenuante actividad de remontar su cauce, nada a contracorriente hasta 6,5 kilómetros diarios. Lo que quiere es llegar a la cabecera, justo al mismo lugar donde nació. Nuestra protagonista es una hembra adulta de tres años de edad, pesa unos siete kilos (aunque cuando llegue al final de su odisea habrá perdido la mitad de su peso) y mide casi un metro de largo. Su cuerpo es plateado y en el dorso destacan tonos azules y verdes, rasgo característico de su edad, y unas manchas oscuras en ambos lados y en los opérculos, las aletas óseas que cubren las branquias. Rita nació hace tres primaveras en la cabecera de uno de los principales ríos salmoneros de España, el Cares, cuando se produjo la eclosión de las huevas que su madre enterró en el mejor lugar que pudo encontrar: fondos de grava situados en aguas transparentes, con rápidas corrientes, ricas en oxígeno y cercanas al nacimiento de este caudal en continua circulación hacia el océano.

Lamentablemente, cada vez quedan menos ríos como éste en España, donde se halla la distribución más meridional de la especie, y por eso el salmón, propio de los ríos de Galicia y de la cordillera Cantábrica, está en franca regresión. De los 90 ríos salmoneros que existían en el siglo pasado, hoy queda apenas una quincena. En ellos, la contaminación de las aguas, las presas que interrumpen los cursos fluviales impidiendo que los salmones lleguen a los frezaderos, y la sobrepesca han seguido diezmando la especie. Ahora hay menos de una tercera parte de los salmones que había en la década de 1960. Si entonces las capturas alcanzaron los 6.000 ejemplares, en los años noventa la cifra no superó los 1.900, y en 2009 fueron alrededor de 600. El declive ha sido bárbaro. En el siglo XVII la tasa de salmones capturados en el río Bidasoa fue de alrededor de 1.500 ejemplares; hoy la media es de 35, aunque el año pasado sólo se pescaron 10.

Pese a las dificultades, la vida sigue, y desde hace meses nuestro salmón nada infatigable río arriba. Con los ovarios repletos de millares de huevos (entre 1.500 y 2.000 por cada kilo de su propio peso), busca con determinación el lugar donde nació. Sigue, aunque parezca increíble, unos rastros químicos que recuerda de cuando era un diminuto alevín. La misión de Rita es muy concreta: dejar allí su legado para la posteridad, los huevos de los que nacerá su progenie. Aunque ella no llegará a verla, porque frezar será probablemente lo último que haga antes de morir.

El salmón atlántico

Más información

El salmón atlántico

«Aún hoy algunas etapas de la vida del salmón son un misterio no resuelto –dice Manu Esteve, biólogo marino e investigador de la Universidad de Toronto, Canadá, donde estudia la evolución de la familia de los salmónidos–. No nos explicamos, por ejemplo, cómo algunos de ellos entran en el río meses antes de la freza y pasan hasta un año sin alimentarse.» Manu, que desde hace años filma la freza de los salmones en distintos lugares del mundo, es un apasionado de esta familia de peces que también incluye, entre otros, a las truchas. Resulta fácil de comprender. Cuando uno descubre la vida privada de este pez anádromo (que nace en el río, migra al océano y vuelve a su lugar natal para reproducirse), no deja de asombrarse de la complejidad que vertebra la etología de la especie.

Indiferente a la mirada de los humanos, Rita vive enfrascada en la época más intensa de su vida. Desde que empezó a moverse torpemente con apenas cuatro milímetros de longitud, se ha espabilado para sobrevivir, lo cual ya es mucho. Tras eclosionar, estuvo durante un par de semanas alimentándose de los restos del saco vitelino donde se desarrolló, y al año ya medía alrededor de 14 centímetros. Logró mantenerse viva durante su primer año de existencia en el río, una etapa muy crítica. Luciendo esas manchas rojas típicas de su fase juvenil, capturó un sinfín de macroinvertebrados, tales como crustáceos, insectos y lombrices, y creció lo suficiente para acometer la siguiente etapa, el esguinado. Un proceso du­­rante el cual los salmones se tornan plateados y desarrollan las adaptaciones fisiológicas necesarias para afrontar la vida en el océano.

Los paisajes más bonitos de Asturias

Más información

Los paisajes más bonitos de Asturias

«Pasar de un medio dulceacuícola a otro ex­­tremadamente salino conlleva serios problemas de osmorregulación, lo que significa que los salmones deben reequilibrar la proporción de agua y sales disueltas que hay en el interior de las células de su cuerpo en relación con la que hay en el medio exterior –explica Esteve–. De no conseguirlo, sufrirían un choque osmótico. Cuando un ser vivo es expuesto bruscamente a un medio con una concentración de sales muy superior a la existente en su organismo, sus cé­­lulas tienden a perder líquido para equilibrar ambas disoluciones, lo que conlleva una grave deshidratación. Incluso puede romperse la membrana celular y producirse la muerte.»

Por este motivo, distintos órganos de los salmones han evolucionado para funcionar de formas diferentes en el río y en el mar. Pero no sólo eso. Cuando un salmón entra en contacto con aguas salinas, bebe muchísimo para incorporar la sal necesaria a su organismo, y de vuelta en el río hace lo contrario: apenas ingiere agua.

Pero Rita ya pasó por todo eso. Aunque poca cosa podemos contarles de lo que hizo en su etapa oceánica: su rastro se perdió durante dos largos años. «Sabemos muy poco de la vida de los salmones mientras están en el mar –afirma Manu Esteve–. Sólo que tienden a permanecer cerca de la superficie y que se reúnen en las zonas más ricas para alimentarse de krill, peces, cefalópodos y crustáceos.» Durante su migración oceánica recorren grandes distancias, incluso llegan a alcanzar las aguas subárticas del Atlántico Norte, y es en el mar donde alcanzan las primeras etapas de la madurez sexual, aunque el proceso no concluye hasta que regresan al río. «De todos modos, la fidelidad al río natal no es del 100 %. Un pequeño porcentaje se “equivoca” de río, lo que ha propiciado la dispersión de la especie a ambos lados del Atlántico», añade.

Parque Nacional Olympic, campeón de la naturaleza

Más información

Parque Nacional Olympic, campeón de la naturaleza

Los días pasan, y nuestro salmón está cada vez más delgado. Saltando, ha superado barreras de casi cuatro metros de altura. Las aguas donde nació ya están muy cerca. Allí, Rita lo sabe por instinto, se encuentran los lugares ideales para frezar. De vez en cuando se cruza con otros ejemplares de su especie. Otros salmones, ma­­chos y hembras, que realizan la misma trayectoria. Nadan río arriba sin parar. Ha habido algún momento crítico, como la acometida de una nutria que consiguió atrapar dos salmones rezagados y muy debilitados. Pero Rita está fuerte y logró escapar con garbo gracias a la energía con la que sostiene esa carrera frenética.

Una mañana de mediados de noviembre, por fin alcanza las aguas someras de la cabecera, consiguiendo superar todos los obstáculos de la selección natural. Los machos ya están esperando, dispuestos a fecundar los huevos. No será fácil. Deberán competir y pelear con otros salmones de su mismo sexo e incluso con machos de trucha, que intentarán también rociar con su esperma la puesta, a la que son capaces de fecundar. Pero deberán esperar todavía un rato. Rita está ahora eligiendo el lugar donde desovar, batiendo el terreno y excavando una cama de freza de unos dos metros de diámetro. En ella escarba los nidos, unos surcos elípticos de 10 a 15 centímetros de profundidad, donde depositará y enterrará sus huevos. Los machos están atentos a todos sus movimientos e intentan posicionarse. Rita acelerará o ralentizará la puesta dependiendo de lo atraída que se sienta por los machos que la cortejan. De repente uno de ellos consigue una posición privilegiada. Con sus mandíbulas, que en la época de reproducción presentan forma de gancho, ahuyenta y muerde a sus adversarios, y a la vez corteja a la hembra mediante una serie de temblores, o quiverings. «Son unos movimientos que estimulan el desove de la hembra. Es un proceso muy rápido. La suelta de los huevos y del esperma apenas dura diez segundos», explica Felipe Melero, naturalista experto en salmones y colaborador de Esteve desde hace muchos años. Durante la freza, los machos se atacan de forma violenta en una «fiesta» a la que suelen sumarse los vironeros, un tipo de machos de pequeño tamaño que no han ido al mar y que son precozmente maduros. «Con tan sólo 50 gramos de peso, intentan fecundar a hembras adultas. Con frecuencia mueren por los ataques de los machos adultos, pero a veces logran fecundar toda la puesta», añade Melero.

Más información

Paraísos fluviales, los ríos más salvajes de Estados Unidos

Una vez fecundados, Rita entierra los huevos para protegerlos de las corrientes y los depredadores. Tras descansar un rato, excava otro nido para una nueva puesta, y así sigue hasta desovar millares de huevos. Después, extenuada, se dejará arrastrar inmóvil por las corrientes. Lo más probable es que muera, aunque puede que Rita sea uno de esos salmones zancados, como se denomina a las hembras (los machos mueren todos por lo general) que sobreviven a este proceso para volver al mar en primavera y reiniciar su ciclo de vida. Quién sabe.

Lo que es seguro es que nuestra «chica» ha puesto a buen recaudo a su prole y que, tras unos 55 días, su descendencia iniciará su andadura por el río. Algunos alevines, poquísimos, lograrán llegar al mar, y dentro de un año o dos regresarán para remontar este cauce que, esperemos, esté en las mejores condiciones para acogerlos y brindarles la oportunidad de sobrevivir.