El renacimiento de Shanghai

La ciudad global de China intenta recuperar las glorias de su pasado. Y esta vez con sus propias riendas. Mira las fotografías de Fritz Hoffmann.

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Los 101 pisos del World Financial Center de Shanghai, el edificio más alto de China (arriba), la torre Jin Mao (centro) y la torre de televisión Perla de Oriente (derecha) simbolizan la creciente ambición de la ciudad.

Fritz Hoffmann

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Barbie es lo más para Lin Yinghui, quien, coronada y en plena manicura, celebra su décimo cumpleaños con sus amigas en una megatienda dedicada a la muñeca estadounidense. La tradicional vía de entrada a China de las modas e ideas occidentales siempre ha sido Shanghai, antiguo puerto comercial abierto a los extranjeros y hoy capital de las finanzas y del consumo, uno de los mercados más deseados del mundo.

Fritz Hoffmann

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La vida cotidiana discurre por este callejón de un barrio antiguo, o lilong, cuyos madrugadores vecinos hacen estiramientos, tienden la ropa y vacían los orinales. Construidas como elegantes viviendas unifamiliares, los edificios degeneraron en hacinadas casas de vecindad tras la expropiación comunista de los años cincuenta. Desde la década de 1990 el ayuntamiento ha demolido la mayoría de los lilong para dejar sitio a los rascacielos.

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Los fines de semana de verano la población acude en masa a la playa artificial de Dino Beach, un parque acuático de la periferia. La abundancia de dinero para gastar y el gusto por lo exótico hacen de Shanghai el lugar ideal para la fantasía. La urbanización Rancho Santa Fe ofrece casas al estilo de las misiones españolas de California. Otra imita una aldea inglesa. Y Disneylandia está a punto de llegar.

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Desde 1975 el número oficial de habitantes de la ciudad más poblada de China casi se ha duplicado. Más de seis millones de inmigrantes temporales elevan la cifra total a 20 millones de habitantes. Para acoger a los recién llegados y a la industria creciente, se han añadido 1.000 kilómetros al tejido urbano. El río Huangpu, surcado por barcazas mercantes, divide la próspera ciudad.

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Guardianes elegidos por el propio vecindario vigilan la calle bajo una pancarta colgada por el ayuntamiento que agradece a los vecinos su apoyo a la expropiación de este revalorizado barrio del centro de la ciudad. El hombre dijo al fotógrafo Fritz Hoffmann que no pensaban moverse de sus casas si no era a cambio de una indemnización justa.
 

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Nada es eterno. Es la lección con la que se topa la estudiante Chen Sudan cuando visita a su padre en un barrio en demolición próximo a los muelles. Obrero de la provincia de Anhui, ocupa uno de los edificios condenados. Los proyectos de renovación urbanística se han llevado por delante casi un millón de hogares.

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Unos obreros inmigrantes se toman un descanso en uno de los puentes de la ciudad. Hasta hace unos pocos años los trabajadores procedentes del resto de China eran personas ignoradas, social y políticamente hablando. Hoy las autoridades municipales reconocen el papel desempeñado por los recién llegados en la transformación de la ciudad y los llaman oficialmente «los nuevos shanghaineses».

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Un mercado nocturno perfuma el aire de olores y atiende a los oficinistas que regresan con prisas a sus rascacielos. A medida que la ciudad crece en vertical, la célebre vida callejera de Shanghai de compras, negocios y cháchara desaparece. Se dice que las autoridades, preocupadas por la higiene (y por la imagen de la ciudad), están intentando retirar a los vendedores callejeros de cara a la Expo 2010 del próximo mes de mayo.

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«Uno no es suficiente» dicen las autoridades, deseosas de fomentar un baby boom en Shanghai. Con más del 20 % de la población mayor de 60 años, el ayuntamiento anima a las familias (como estas madres de la comunidad privada de Kang Cheng) a tener un segundo hijo, una excepción a la norma china del hijo único.

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El grupo femenino de rock-punk Black Luna pueden ensayar a todo volumen en el interior de un viejo refugio antiaéreo, una de las construcciones históricas que todavía sobreviven al boom urbanístico de Shanghai.
 

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Las peonias y los cristantemos florecen de nuevo en los tradicionales vestidos de las mujeres de Shanghai llamados qipao. Influido por la moda occidental durante la época precomunista, el modesto y holgado quipao se convirtió en una prenda ceñida y seductora. A partir de 1949 se prohibió su uso en favor del uniforme proletario. Con el renacimiento de Shanghai, la nostalgia de un pasado refinado ha supuesto el regreso de las flores.
 

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Entre las luces en forma de dragón procedentes de un restaurante flotante, un administrativo trabaja hasta altas horas de la noche en uno de los muchos edificios bancarios del distrito de Pudong, conocido como el Wall Street de Shanghai.

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El epicentro del nuevo Shanghai, el distrito financiero Pudong, resplandece entre la niebla nocturna.

Fritz Hoffmann

La ciudad global de China intenta recuperar las glorias de su pasado. Y esta vez con sus propias riendas. Mira las fotografías de Fritz Hoffmann.

El mundo secreto que late en el refugio antiaéreo del viejo Shanghai es un universo aparte. Arriba, en la calle soleada, los obreros inmigrantes almuerzan arroz con tofu, mientras grupos de oficinistas vestidos con impecables camisas blancas pasan por delante del cartelito de la acera. Pero detrás de un escaparate que exhibe asientos de retretes de marca extranjera, una joven baja unas escaleras hacia un lugar que conoce simplemente como «el 0093».Tras franquear unas puertas metálicas a prueba de bomba, la chica (tiene 22 años y se llama Sheng Jiahui, aunque su apodo es Sammy) se interna en los pasillos mal iluminados. Una extraña penumbra verdosa inunda el búnker. En ese perpetuo crepúsculo, el 0093 sigue evocando la sofocante claustrofobia de la guerra y la revolución comunista que puso fin a la fiesta pletórica de Shanghai, cuando la fusión del Este y el Oeste convirtieron la ciudad en el París de Extremo Oriente.

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Viaje entre Beijing y Shangai

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Al entreabrirse una puerta, el pasillo retumba con una explosión de guitarra eléctrica. Dentro del reducido habitáculo, bajo un póster del legendario guitarrista Jimi Hendrix, cuatro mujeres (las otras integrantes de Black Luna, la banda punk de Sammy) comienzan el ensayo. A veces la historia toma derroteros curiosos: el búnker, ese viejo símbolo de la guerra, de una sociedad herida y amedrentada, se ha convertido en el hervidero del actual panorama musical de Shanghai. Las salas de ensayo del 0093 han incubado a más de cien grupos locales, dando nuevo ímpetu a una cultura que hoy, igual que ayer, desdibuja la frontera entre Oriente y Occidente.

Sammy se quita la chaqueta cuando el grupo empieza a desmelena rse. Orange, de 20 años, ataca la batería; Juice, de 23, arranca unos acordes a la velocidad del supersónico maglev (tren de levitación magnética) de Shanghai. Sammy canta, y su flequillo salta arriba y abajo a toda pastilla. Hija de una cantante de ópera shanghainesa tradicional, conduce el talento musical de su familia hacia una nueva dirección. «Somos pájaros recién nacidos, pero soñamos a lo grande –grita Sammy–. Que nos oiga cantar el mundo entero.»

Todas las ciudades tienen un ritmo, un latido que les imprime movimiento. En Shanghai, una de las megalópolis de crecimiento más acelerado del mundo, es fácil perderse en la percusión incesante de martillos neumáticos y martinetes, bulldozers y grúas. La proliferación de rascacielos y construcciones es parte de la asombrosa metamorfosis que la ciudad mostrará al mundo cuando se convierta en sede de la Expo 2010, la versión moderna de la Exposición Universal, en­­tre los meses de mayo y octubre. Sin wmbargo, el ascenso de la única ciudad verdaderamente internacional de China no es obra de las máquinas sino de una cultura urbana que sigue su propio compás, abriéndose a lo nuevo y a lo extranjero mientras intenta recuperar su antigua gloria.

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Los guerreros de Xian como hace 2.200 años

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Sus habitantes forman una tribu urbana distinta del resto de China en idioma, costumbres, arquitectura, gastronomía y actitud vital. Su cultura, con frecuencia llamada haipai («estilo de Shanghai»), es fruto de la historia singular de la ciudad, punto de convergencia de comerciantes extranjeros e inmigrantes chinos. Pero con los años ha llegado a ser un híbrido que diluye los conceptos de Oriente y Occidente. «A ojos de los extranjeros, Shanghai es parte de “la misteriosa China” –dice Zhou Libo, cómico shanghainés–. Para los demás chinos, es parte del extranjero.»

Con cuatro días de historia en el contexto de la milenaria China, Shanghai, a diferencia del Beijing imperial, apenas era un modesto pueblo pesquero hace 150 años. Pero un pueblo con un gran destino por delante. En un principio fue un sueño extranjero, un puerto que, abierto al comercio exterior en virtud de un tratado, despachaba té y seda a cambio de opio. Los sólidos edificios alineados en la margen del río, conocidos como el «Bund», proyectaban una imagen de potencia extranjera, no china. Llegaron oleadas de inmigrantes, que crearon una mezcla exótica de banqueros británicos, bailarinas rusas, misioneros estadounidenses, vividores franceses, refugiados judíos y enturbantados guardas sij.

En la década de 1930 Shanghai figuraba entre las diez ciudades más grandes del mundo, pero en ningún punto del globo tenía parangón: era una metrópoli mestiza con fama de paraíso para el dinero fácil y la relajación de costumbres. Británicos, franceses y americanos dividieron la ciudad en concesiones y construyeron elegantes viviendas en calles arboladas. Los comercios ofrecían el último grito en moda y artículos de lujo. El hipódromo dominaba el centro urbano; la vida nocturna ofrecía todas las opciones habidas y por haber, desde salas de baile y clubes sociales hasta fumaderos de opio y burdeles. (Hubo una época en que se dijo que Shanghai era la ciudad con más prostitutas del mundo.)

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Tal dinamismo, sin embargo, se cimentaba en los varios millones de inmigrantes chinos que llegaron a la ciudad, en buena parte refugiados y reformistas huidos de las violentas campañas rurales iniciadas a mediados del siglo XIX con la cruenta rebelión de los taiping. Los recién llegados hallaban protección en Shanghai y se ganaban la vida como comerciantes e intermediarios, culis y gánsteres. A pesar de las penurias, esos inmigrantes forjaron la primera identidad urbana moderna del país al dejar atrás un imperio continental cuya estructura seguía siendo profundamente agraria. Cierto es que las costumbres familiares no abandonaron el confucionismo, pero la indumentaria era occidental y el sistema, capitalista. «Siempre nos han acusado de adorar a los extranjeros –afirma Shen Hongfei, uno de los principales críticos culturales de Shanghai–, pero el hecho de apropiarnos de ideas procedentes de fuera nos convirtió en la zona más avanzada de China.»

El telón cayó definitivamente en 1949. En las siguientes cuatro décadas las autoridades comunistas chinas se preocuparon de que Shanghai pagara cara su vocación de moderna Babilonia. Además de forzar la partida de la élite económica y suprimir el dialecto local, Beijing comenzó a absorber la práctica totalidad de los beneficios que generaba la ciudad. Cuando en los años ochenta comenzaron las reformas económicas, Shanghai tuvo que esperar casi un decenio hasta que el régimen de Beijing permitiera por fin su desarrollo. «No dejábamos de preguntarnos: “¿Cuándo nos tocará a nosotros?”», cuenta Huang Mengqi, diseñador de moda y empresario, dueño de una tienda en el Bund.

El turno de Shanghai ya ha llegado. Propulsada por años de un crecimiento más rápido que el del resto de China, y una cultura de nuevo abierta al mundo exterior, la ciudad ansía recuperar las glorias del pasado, pero esta vez ella llevará sus propias riendas. Hace 20 años, desde los edificios europeos del Bund se divisaba en la margen opuesta del Huangpu un paraje agrícola salpicado de fábricas. Hoy es un bosque de rascacielos, entre ellos el World Financial Center, de 101 pisos. En total, la ciudad ha incorporado más de 4.000 torres. Teniendo en cuenta que en el pasado fue feudo de rickshaws y bicicletas, el dato estadístico más extraordinario no es vertical, sino horizontal: casi 2.500 kilómetros de avenidas y circunvalaciones se han tendido en y alrededor de Shanghai en los últimos 10 años.

Y ahora llega la Expo 2010, una iniciativa en franca decadencia que Shanghai confía en resucitar como lanzadera mundial. Es una apuesta arriesgada, pero se dice que la ciudad ha puesto sobre la mesa unos 30.000 millones de euros, más de lo que se gastó Beijing en los Juegos Olímpicos de 2008. El grueso de la inversión se ha destinado a infraestructuras, como dos nuevas terminales aeroportuarias, la ampliación del metro y la remodelación del Bund. Pero en plena crisis económica mundial, ¿acudirán los 70 millones de visitantes previstos? Shanghai también abriga una ambición mayor: ser la capital mundial del siglo XXI. «Si hay alguna ciudad con posibilidades, ésa es Shanghai –afirma Xiangming Chen, profesor de la Universidad Fudan–. Pero con la construcción urbanística no basta. Hay una cuestión más importante: cómo reconstruir la conciencia de comunidad que se ha perdido al derribar lo antiguo y levantar lo nuevo.»

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Jin Qijing simula no haber oído la rata que corretea por la tubería de su habitación. La mesa está servida (un plato dulce y sustancioso de cerdo estofado, el hongshaorou, muy del gusto local) y la elegante señora de 91 años de edad, con su abultado peinado canoso, no quiere estropear la cena familiar.

Huelga recordarle a Jin que las condiciones de su lilong, el barrio tradicional característico de Shanghai, se han degradado desde que se instaló en él en 1937, siendo una adolescente. Por entonces su lilong, uno de los miles que hay en la ciudad, en los que las típicas casas chinas con patio se modificaron para construirlas en los apretados callejones de estilo europeo, no desmerecía su nombre: Baoxing Cun, «la ciudadela del tesoro y la prosperidad». En cada casa vivía una familia, en muchos casos con una servidumbre de criados y conductores de rickshaw.

Hoy son ocho las familias que se apretujan en los dos pisos de la vivienda de Jin, una por habitación. No hay agua corriente. La cocina de Jin es un hornillo eléctrico instalado en un inestable balcón improvisado. Pese a todo, cuando el nieto le propuso que se mudara con su marido a un moderno complejo de apartamentos de la periferia, ella se negó. «¿En qué otro sitio encontraría esta vida de vecindad?», se pregunta.

Los barrios antiguos de Shanghai están desa­pareciendo. En 1949 al menos tres cuartas partes de los shanghaineses vivían en un lilong; hoy son una minoría. Dos lilong contiguos a Baoxing Cun han sido demolidos; uno para dejar paso a una autopista elevada, el otro para una subestación de conmutación eléctrica que alimentará la Expo 2010. Aun así, los abarrotados callejones de Baoxing Cun siguen evocando el espíritu comunal que hizo del lilong la esencia de la cultura shanghainesa. Por la mañana, de camino al mercado al aire libre, Jin pasa por delante de la tienda de shengjian bao, unos bollos dulces rellenos de cerdo que se toman de desayuno. Charla con una vecina que tiende la colada en uno de los postes que decoran el callejón, mientras un señor, todavía en pijama, riega las plantas. «¡Ya estoy aquí!», grita Jin cuando sube las escaleras sin luz en dirección a su habitación del segundo piso. Los vecinos se asoman desde sus habitaciones para saludarla.

Por la tarde Jin y sus amigas de toda la vida se reúnen en la calle con sus taburetes de madera, un ritual cotidiano que repiten desde hace decenios. Las mujeres charlan en dialecto shanghainés y los vecinos que pasan por ahí se detienen para escuchar, bromear y meter baza.

Esta tarde, la conversación de las señoras se ve ensombrecida por la especulación. «No dejan de decir que los siguientes en la lista de demoliciones somos nosotros», dice Jin. A ella le preo­cupa que la demolición de Baoxing Cun disperse a sus amigas en distintos barrios periféricos. «Quién sabe cuánto tiempo nos queda», dice.

Shanghai se ha preocupado más que otras ciudades chinas por conservar su arquitectura histórica, evitando que las máquinas demoledoras acaben con cientos de mansiones y sedes bancarias de la época precomunista. Con todo, sólo hay unos pocos lilong en la lista de zonas protegidas. Ruan Yisan, profesor de planificación urbanística de la Universidad Tongji, ha organizado una campaña para salvar estos viejos centinelas de la historia de Shanghai. «El gobierno debería echar abajo la pobreza, no la historia –declara–. Mejorar la calidad de vida de la población no tiene nada de malo, pero eso no significa que debamos tirar a la basura nuestro patrimonio.»

No hace mucho se presentó de improviso en Baoxing Cun una brigada municipal para dar al barrio una mano de pintura color crema. El lavado de cara no va muy lejos cuando se trata de disimular las lamentables condiciones del vecindario. Así y todo, Jin se contenta con saber que Baoxing Cun no va a demolerse al menos hasta que termine la Expo 2010.

Dejarse llevar por la corriente nunca ha sido el estilo de Zhang Xin. Nacida en un lilong de Shanghai hace 42 años, en plena Revolución Cultural, a esta artista conceptual le encanta provocar al público con imágenes de intelectuales chinos representados como aves enjauladas y ser crítica con su ciudad natal. «Sufrimos la psicología del colonialismo –declara–. Nos enorgullece que fuéramos dignos de colonización.»

Por eso algunos de sus amigos se sorprendieron cuando Zhang se sumó a la estampida hacia los barrios residenciales periféricos. Varios mi­­llones de shanghaineses han abandonado el núcleo urbano en los últimos 15 años, catapultados por la destrucción del lilong y por años de soñar en balde con un espacio propio. La familia de Zhang vive en un piso de tres dormitorios en un complejo de rascacielos con cuidadas extensiones de césped y un parque de juegos para su hija de siete años, Jiazhen. Una especie de urbanización privada al estilo occidental, lejos de la animada vida callejera que Zhang conoció en el lilong de su infancia.

Las promociones inmobiliarias y la migración a la periferia han aliviado la congestión urbana de Shanghai, triplicando el espacio habitable per cápita en 30 años. Sin embargo, esa transformación está resquebrajando la cultura shanghainesa. Los vecinos de los barrios residenciales no suelen conocerse entre sí, a pesar de algunas iniciativas comunitarias como ligas deportivas y grupos infantiles de juego.

Una de las víctimas de esta huida urbana es el dialecto local de Shanghai. Rico y con un acento marcadamente gutural, ha ido perdiendo terreno desde la década de 1950, cuando Beijing lanzó su campaña de unificación nacional bajo el mandarín estandarizado. En los populosos lilong el dialecto siguió vivo; en los nuevos barrios residenciales de la periferia, las familias suelen retirarse a sus espacios privados, de espaldas unas a las otras. Aun así, muchos shanghaineses orgullosos de su lengua la emplean aún a modo de código secreto para indicar su origen o para cerrar tratos ventajosos en las tiendas de la ciudad.

Para Zhang, el encanto de la periferia no tardó en desvanecerse. Este año la artista y su familia regresan al centro. «Mis mejores recuerdos me llevan invariablemente a los sonidos que oía a los seis años cuando me despertaba en el lilong –explica–. La charla de la calle, los vendedores ambulantes ofreciendo gambas: la vida real.»

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Shaolín, el alma del kung-fu

Chen Dandan pasa los días colgado a decenas de metros de altura en el centro de Shanghai, construyendo uno de los rascacielos más modernos de la urbe. Pero lo que realmente da vértigo a este obrero inmigrante de 26 años es volver a casa a pie por Nanjing Road, la calle comercial más deslumbrante de la ciudad. Con su mono azul y un casco amarillo de seguridad, Chen contempla boquiabierto un escaparate de Gucci. En un lugar llamado Tomorrow Square, se come con los ojos un Ferrari rojo que cuesta unos 80 años de su sueldo, unos 2.500 euros anuales. «Toda esa gente tendrá mucho dinero –dice–, pero quienes construimos Shanghai somos nosotros.»

Como en anteriores momentos de expansión, el actual boom de la construcción no sería posible sin inversión extranjera y sin la afluencia de au­­ténticos ejércitos de obreros inmigrantes. Una tercera parte de los 20 millones de habitantes de Shanghai son inmigrantes sin permiso de residencia, y sin algunos de los beneficios que eso conlleva. Muchos de estos waidiren («gente de fuera») viven en comunidades bien asentadas, algunos con sus propios colegios privados para hacerse cargo de unos niños cuyo estatus de «sin papeles» les impide acceder a la escuela pública. Otros, como Chen, conforman una población flotante en los escalones más bajos de la sociedad.

En el Shanghai de los viejos tiempos casi todos los inmigrantes pasaron a formar parte de la cultura de la ciudad, se establecieron en los lilong y aprendieron el dialecto local. Hoy es raro que se produzca semejante integración. Chen lleva dos años en Shanghai, pero como nunca se ha planteado establecerse permanentemente, no ha aprendido una sola palabra de shanghainés. La mayor parte de lo que gana lo envía a su familia, que vive en la cercana provincia de Jiangsu.

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Al final de su recorrido por Nanjing Road, Chen sube a los «dormitorios» de los obreros, unos cuartos de contrachapado improvisados en el tercer piso de un rascacielos en construcción. Al otro lado de la calle se alzan los 22 pisos del Park Hotel, el edificio más alto de Asia cuando se estaba construyendo, a principios de los años treinta, y hoy símbolo de las viejas aspiraciones cosmopolitas de Shanghai. También lo levantó mano de obra inmigrante. Quizá Chen no sea bienvenido en Shanghai durante la Expo 2010. Durante esos seis meses se pararán todas las obras, y la mayoría de los trabajadores serán enviados de vuelta a su casa. Pero Chen piensa regresar. «Mientras Shanghai siga creciendo, siempre hará falta gente como yo», dice.

Cuando Sammy no está bajo tierra tocando rock punk, es fácil encontrarla en el apartamento del piso 24 que comparte con otras cuatro chicas solteras en una nueva torre del centro. Desde la ventana de su habitación señala más allá de la jungla de rascacielos en obras, cubiertos con malla verde. Allí, al otro lado del río Huangpu, está la pirámide invertida que hará las veces de pabellón central de la Expo 2010.

La explosión urbanística de Shanghai continuará hasta mucho después de la exposición. Tanta demolición y construcción pone de manifiesto un rasgo inequívoco del carácter shanghainés: la obsesión por lo nuevo. A diferencia de otras regiones de China, que sienten el peso de una historia milenaria, la joven Shanghai no deja de buscar la vanguardia. Las compañeras de grupo de Sammy definen a su compañera como «la chica shanghainesa por antonomasia», no sólo porque busca en el extranjero inspiración en materia de música, moda y estilo de vida, sino sobre todo por la naturalidad con la que combina las nuevas ideas con su carácter propio.

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Cuando Black Luna se hizo una serie de fotografías promocionales, las roqueras se ataviaron con emperifollados vestidos de fiesta, y Sammy se puso una gargantilla estilo años treinta. «Queríamos reflejar el glamour del viejo Shanghai», explica. Pero no estamos ante un ejercicio de nostalgia. Hablamos de un grupo musical shanghainés que, para estar a la última, saquea la historia en busca de un nuevo estilo cool. En esta ciudad de renovación constante, el ritmo es tan rápido que el pasado puede convertirse en futuro. Una vez más.