Kumbh Mela

El karma de la multitud

En el Kumbh Mela, el mayor festival religioso del mundo, una muchedumbre de millones de personas se funde en una sola.

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Kumbh Mela

Los peregrinos aguardan para bañarse a primera hora de la mañana durante el Kumbh Mela de 2013, celebrado en la ciudad india de Allahabad. A pesar del frío, el hacinamiento y que el agua está contaminada, aseguran que regresan a sus casas sintiéndose mucho mejor que cuando llegaron.

Foto: Alex Webb

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Kumbh Mela

Sobre el Ganges se tienden 18 puentes flotantes que facilitan el acceso de los millones de devotos que asisten al festival. 

Foto: Alex Webb

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Kumbh Mela

Para los miles de aspirantes a santones, el Kumbh Mela será una ceremonia de iniciación, en la que abandonarán sus intereses personales en favor del bien colectivo.

Foto: Alex Webb

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Kumbh Mela

Al final de la tarde las mujeres se bañan en el sangam, o confluencia sagrada de los ríos Ganges y Yamuna. Para muchas personas asistir al Kumbh es una experiencia única, algo que tratan de hacer antes de morir.

Foto: Alex Webb

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Kumbh Mela

El Gobierno indio pone cientos de trenes de ida y vuelta a Allahabad durante el Kumbh Mela. La salida parece ser el momento de mayor tensión; entre los peregrinos que regresan a casa puede desvanecerse el espíritu de colaboración que caracteriza el festival.

Foto: Alex Webb

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Kumbh Mela

Teñidos de oro por el sol de media tarde, los peregrinos beben del agua sagrada junto a la confluencia del Ganges y el Yamuna. No importa que el agua esté contaminada: los asistentes al Kumbh Mela creen que contiene el amrita, el néctar de la inmortalidad.

Foto: Alex Webb

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Kumbh Mela

Antes del alba, una anciana realiza la puja, una ofrenda ritual a los dioses. Los peregrinos más devotos suelen ser los de edad más avanzada. Se quedan todo el tiempo que dura el festival y prescinden de cualquier comodidad durante su estancia.

Foto: Alex Webb

28 de marzo de 2014

El 10 de febrero de 2013, una multitud humana provocó una estampida en la estación ferroviaria de Allahabad, en el norte de la India, que acabó con la vida de 36 personas. La ciudad acogía la concentración religiosa más multitudinaria del mundo, el Maha Kumbh Mela, y según las autoridades ese día el número de peregrinos había alcanzado la cifra récord de 30 millones. La estampida acaparó los titulares de prensa del mundo entero. Pero hay otra historia sobre el Maha Kumbh Mela que nadie ha contado.

Empieza dos semanas antes, a unos 6,5 kilómetros de la estación, en las riberas del Ganges. Es el día del segundo baño ritual más importante de todo el festival. El alba aún no ha despuntado, la niebla envuelve la superficie del río, y una luna llena ilumina el gentío congregado en la orilla. Hay miles de personas, pero es una multitud serena y unificada. No hay empellones, ni codazos, ni mucho menos pánico: solo un palpable sentido de la determinación a medida que se adentran en las gélidas aguas, se sumergen y vuelven a salir. Unos dejan espacio a otros, se tienden mutuamente la mano. Luego, la determinación se transforma en júbilo. «¿Cómo se siente?», pregunto a un hombre. «Rejuvenecido», responde, mientras dos, tres y hasta cuatro nuevos fieles ocupan su sitio.

Observa la escena un policía cuya misión es mantener a la muchedumbre en movimiento; se prevé que hoy se bañen aquí no menos de siete millones de personas. «Nadie podría hacer esto por sí solo –declara–. Cada uno transmite fuerza al otro.» Sus palabras ponen voz a mis pensamien­tos. De esta multitud emana energía, la sensación de que el todo representa más que la suma de sus partes. En el siglo XIX Émile Durkheim acuñó una expresión para este fenómeno: «efervescencia colectiva». El sociólogo francés creía que esa colectividad tenía un impacto positivo en la salud de los individuos. Sus ideas quedaron postergadas durante los episodios de violencia masiva del siglo XX, pero quizá dio en el clavo. ¿Hemos ma­­linterpretado el papel de las multitudes?

En Occidente impera la idea de que cuando las personas se integran en un grupo, renuncian a su identidad individual, así como a la capacidad de razonar y comportarse moralmente, cualidades que nos distinguen como seres humanos.
«Lo que demuestra nuestra investigación es que la pertenencia a un colectivo es crucial para la sociedad –dice el psicólogo Stephen Reicher, de la Universidad de Saint Andrews, en Escocia–. Nos ayuda a consolidar el sentimiento de quiénes somos, a forjar nuestras relaciones con los demás e incluso a determinar nuestro bienestar físico.»
Para verificar esa idea, Reicher y sus colegas vinieron a este lugar de poderosa significación cósmica para los hindúes. Aquí el sagrado Ganges confluye con el Yamuna y con un tercer río mítico, el Saraswati. Aquí, según las escrituras hindúes, una ancestral lucha entre dioses y demonios hizo que se derramara el amrita, el néctar de la inmortalidad. Y el hindú que se baña aquí, en el sangam, la confluencia de los tres ríos, lava sus pecados y se acerca un paso más al cielo.
Cada año varios millones de personas viajan en peregrinación hasta Allahabad para ejecutar este ritual en una «asamblea», o reunión, que en sánscrito se llama mela. Cada 12 años, cuando la alineación de los astros se considera especialmente propicia, la concentración adquiere un grado de magnitud mayor, y sobre la llanura alu­­vial del Ganges surge un vasto asentamiento de tiendas de campaña que acoge el Maha Kumbh Mela, o Kumbh. En 2013, el Kumbh atrajo unos 70 millones de almas a lo largo de 56 días. La mela siempre ha excitado la curiosidad de los forasteros, básicamente por sus exóticas procesiones de santones desnudos, con expresión adusta y el cuerpo cubierto de ceniza. Pero el objetivo de Reicher y sus colegas era otro: a ellos les interesaban los asistentes que venían a confundirse con el gentío, no a sobresalir del resto.
A media hora de trayecto en un todoterreno desde la confluencia del Ganges y el Yamuna, pero sin salir de la «ciudad» del Kumbh, el septuagenario Bishamber Nath Pandey y su mujer, Bimla, de 65 años, me invitan a entrar en su tienda. Unas alfombras cubren el suelo de tierra, pero por lo demás no hay apenas comodidades. Los Pandey son kalpwasis, peregrinos que acuden a la mela para pasar un mes y llevar un estilo de vida espartano durante el tiempo que estén aquí. Me describen su rutina diaria: una breve inmersión en el río antes del amanecer, una comida frugal, tareas domésticas, oración y cánticos.
«¿Han caído enfermos alguna vez durante su estancia?», les pregunto. La mayoría de los kalpwasis son ancianos, en sus tiendas no hay calefacción y de noche la temperatura cae hasta los cero grados. El Ganges, según las mediciones de las autoridades locales, está tan contaminado por las aguas residuales y los vertidos industriales que su agua no es potable ni es seguro bañarse en él (los kalpwasis hacen ambas cosas). Además, un sistema de megafonía que durante 24 horas emite música, sermones religiosos y mensajes hace que el volumen de ruido en los campamentos oscile entre 76 y 95 decibelios, lo bastante alto como para causar una pérdida auditiva permanente tras una exposición prolongada.
Pandey niega con la cabeza. Esta es su mela número 12, y siempre regresa a casa con mejor estado de ánimo que el que tenía al llegar. «Vivir rodeado de dioses», según sus propias palabras, lo ayuda a olvidar las penalidades. «Mi mente está sana, y por lo tanto mi cuerpo también.»
Antes de que empezase la mela de 2011 un colega de Stephen Reicher, Shruti Tewari, de la Universidad de Allahabad, organizó un equipo de trabajadores de campo para recorrer las áreas rurales y hacer una encuesta a 416 futuros kalpwasis sobre su salud mental y física. Consul­taron también a 127 personas que no iban a peregrinar. Un mes después de que terminase la mela regresaron para repasar los mismos cuestionarios con ambos grupos. También entrevistaron a los kalpwasis durante el festival, con objeto de recoger sus experiencias del evento.
Los hallazgos habrían disparado la efervescencia del mismísimo Durkheim. Aquellos que habían permanecido en sus pueblos no informaron de ningún cambio sustancial durante el período de estudio. Los kalpwasis, por el contrario, registraron una mejoría del 10% en su estado de salud, con una disminución del dolor y los trastornos respiratorios, menos ansiedad y un nivel más elevado de energía, efectos todos ellos comparables a los que producen algunos fármacos. Se estima que los antidepresivos reducen el peso de esta enfermedad en la sanidad pública un 10 %. Pero, como señala Reicher, los antidepresivos solo tratan la depresión, mientras que la «medicina» de la multitud parecía ser be­­neficiosa en todos los aspectos de la salud de los kalpwasis. Y lo que es más, esos beneficios duran bastante tiempo: semanas, posiblemente meses.
¿Por qué pertenecer a una colectividad es beneficioso para nuestra salud? Los psicólogos creen que la piedra angular de este efecto es la identidad compartida. «Piensas en función del “nosotros” y no del “yo”», me dice Nick Hopkins, otro de los colegas de Reicher en esta investigación, procedente de la Universidad de Dundee, en Escocia, lo que a su vez incide en la relación con los demás: «El cambio fundamental estriba en que uno deja de percibir a las personas como seres ajenos para verlas de manera más íntima». Se da y se recibe apoyo, la rivalidad se transforma en colaboración y la gente es capaz de conseguir sus objetivos mucho mejor de lo que lo haría nun­ca en solitario. Esto engendra emociones positivas que nos vuelven no solo más fuertes ante las dificultades, sino también más saludables.
Pertenecer a un grupo –al menos al tipo de grupo adecuado– podría pues beneficiar al individuo en la misma medida que lo hacen las relaciones sociales de orden más personal. Sabemos que los mecanismos de resistencia al estrés pueden ser estimulados por la interacción social, con efectos muy provechosos en los sistemas inmunitario y cardiovascular. En este sentido, las personas con mucha actividad social suelen tener en sangre un nivel inferior de moléculas relacionadas con la inflamación. Son menos propensas a morir por una dolencia cardíaca y a contraer ciertos cánceres, y hay indicios de que son menos vulnerables a la degeneración cognitiva relacionada con el envejecimiento.
Reicher establece una distinción crucial entre una multitud física y una multitud psicológica. La primera –los miles de ciudadanos que se apelotonan en el metro, por ejemplo– carece de una identidad compartida. En contraposición, mantener unas intensas relaciones sociales no es lo mismo que estar físicamente rodeado de gente; tiene muchos puntos en común con la pertenencia a una multitud psicológica, ya que supone compartir una identidad de grupo. Y los sistemas corporales no son los únicos que se ven modificados por el paso del «yo» al «nosotros».
«Pertenecer a un ente colectivo puede cambiar nuestra forma de ver el mundo –declara el psicólogo Mark Levine, colega de Reicher en la Universidad de Exeter, en Inglaterra–. Puede alterar nuestra percepción.» En las entrevistas, los kalpwasis solían describir el ruido de la mela como una circunstancia feliz. «Es el nombre de dios resonando en tus oídos», dijo uno. «¿El ruido? –se extrañó otro–. Es el auténtico Saraswati.»
La investigación de todos estos estudiosos no puede ser más oportuna. Desde el último Kumbh, que tuvo lugar en 2001, la humanidad ha superado un hito: por primera vez en la histo­ria más de la mitad de la población del planeta vive en centros urbanos. Pese a los altos índices de criminalidad, contaminación y hacinamiento en las ciudades, los científicos hablan de una «ventaja urbana» en lo que respecta a la salud. Y no solo a la salud.
Un artículo publicado en 2007 en una revista científica estadounidense argumentaba que a medida que aumenta la población de una ciudad, el grado de interacción social en esa ciudad crece también, pero más deprisa, con efectos favorables para cualquier tipo de creación, desde el arte o la cultura hasta la riqueza. «Como promedio, hay de un 10 a un 15% de beneficio extra –afirma uno de los autores del estudio, el sociólo­go Dirk Helbing, de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich–. Por lo tanto, existe una imperiosa fuerza social que nos impulsa a convivir.»
En la argumentación que respalda esta ventaja urbana queda implícito, como es lógico, que la infraestructura de la ciudad debe ser capaz de proporcionarla: la efervescencia colectiva no hará más sanas a las personas si el agua que beben está contaminada. Las historias tanto del Kumbh como del hayy islámico, otro acontecimiento religioso de gran relevancia, abundan en brotes de enfermedades contagiosas, estampidas y otros incidentes de masas. Aunque estas amenazas están presentes, los avances en materia sanitaria y en el conocimiento de las dinámicas de grupo van limitando su impacto.
En 2013 no hubo brotes de enfermedades contagiosas graves en Allahabad. La «ciudad» del Kumbh ocupó más de 25 kilómetros cuadrados. La zona habitada se dividió en 14 sectores, cada uno con su propio hospital, comisaría de policía, red viaria, tiendas de comestibles y suministro de electricidad y agua potable, una hazaña formidable si tenemos en cuenta que no se pudo empezar a construir hasta el mes de noviembre anterior, una vez que se hubieron retirado las aguas de inundación después del monzón. «Increíblemente bien organizado, increíblemente limpio, dirigido con mucha eficacia», fue el veredicto de Rahul Mehrotra, un profesor de diseño y planificación urbanística en la Universidad Harvard que asistió al festival.
Las autoridades del Kumbh proyectan los planos teniendo en mente la gestión de la movilidad de los asistentes. Por poner un ejemplo, las rutas de salida de los lugares destinados al baño son más o menos el doble de anchas que las de acceso. En 2013 la supervisión de la movilidad recayó en Alok Sharma, inspector general de policía para la circunscripción de Allahabad, a cuyo mando se puso una fuerza policial y paramilitar de 14.000 hombres. Cuando lo conocí a principios de febrero, me explicó que su estrategia básica consistía en desplazar y dividir a la muchedumbre mediante una serie de desvíos que evitasen los atascos en los «puntos calientes».
Uno de esos puntos era la estación de ferrocarril más concurrida, así que la policía decidió controlar la llegada de los trenes. «Se me informa de cualquier convoy superior a 500 pasajeros porque tengo que hacerle sitio», dijo Sharma. Pero también le preocupaban los 18 puentes flotantes tendidos sobre los ríos; si una masa de gente intentaba cruzarlos a la vez, era fácil que se formase un tapón. «Podemos identificar los puntos calientes –concluyó–, pero no prever cuándo ni en cuál de ellos puede pasar algo.»
Nadie había previsto la estampida en la estación de tren del 10 de febrero. El día de la trage­dia, Reicher ya estaba de regreso en su país, pero me acordé de una entrevista que él y sus colegas habían preparado en la que se pedía a una kalpwasi que describiese sus sentimientos en la estación atestada de gente. «La gente cree que es más fuerte que tú, que puede zarandearte a su capricho», respondió la mujer. Luego le preguntaron qué había sentido en la mela propiamente dicha: «Todo el mundo se preocupa por ti. Te tratan con educación».
En un correo electrónico enviado desde Saint Andrews, Reicher escribió que una posible causa de la estampida pudo haber sido que los peregrinos ya no formaban parte de una multitud psicológica. Las personas que los rodeaban ya no formaban parte de un todo más amplio, sino que eran meros contrincantes a la caza de un asiento en el tren con destino a casa.
Los psicólogos no niegan el hecho de que suceden desgracias en las masificaciones humanas. Si un grupo tiene una finalidad destructiva, esta será su meta. Pero, aducen, la efervescencia colectiva puede también ser una poderosa fuente de bondades, cualidad que algunos han pasado por alto. Cuando en 2009 conocí a Mark Levine, él acababa de ultimar un análisis a partir de unas imágenes de circuito cerrado de televisión sobre el conflicto propiciado por el consumo de alcohol en diversos lugares públicos de una ciudad británica. Su conclusión fue que la actitud de los transeúntes era decisiva para que un enfrentamiento adquiriese o no tintes violentos.
En otras palabras, si existe una violencia po­­tencial, la multitud puede ejercer una influencia tranquilizadora; esta tesis desbarataba las anteriores investigaciones sobre el llamado «efecto transeúnte», que sugerían que algunas personas renuncian a su responsabilidad individual en medio de una muchedumbre, contemplando impotentes los horrores que se despliegan ante sus ojos. En su investigación conjunta, Reicher y sus colegas han estudiado la afluencia masiva a actos religiosos, partidos de fútbol, desfiles políticos y festivales de música.
«Vivir de acuerdo con tus convicciones ad­­quiere un sesgo distinto en una aglomeración de kalpwasis que entre los asistentes a un concierto de rock –dice Reicher–, pero el proceso subyacente es el mismo.» En el reportaje que cubría la inauguración del festival de Woodstock en 1969, la revista Life citaba el comentario de uno de los organizadores: «Aquí seremos ciento y la madre. Si queremos que sea un éxito, más nos vale pensar que el tipo que tenemos al lado es nuestro hermano». Así lo hicieron, y los tres días del festival se recuerdan tanto por el ambiente de paz y amor como por el barro, la escasez de comida y los embotellamientos de tráfico.
«Si el Kumbh es un éxito, es gracias a una combinación de buenas infraestructuras y colaboración psicológica», asegura Reicher. Pero en las sociedades industriales más modernas se ha desestimado el poder de la colaboración, y tal vez estemos pagando ya las consecuencias.
En Estados Unidos, por ejemplo, la esperanza de vida ha aumentado en los últimos 50 años, pero no a un ritmo tan rápido como en otros países desarrollados. Como resultado de ello la esperanza de vida de los estadounidenses ha descendido en el ranking mundial, de tal manera que ahora Estados Unidos ocupa un lugar cercano a Chile y Polonia, países que gastan mucho menos dinero en sanidad. Una explicación plausible, apunta Lisa Berkman, epidemióloga social en Harvard, es que los estadounidenses se han ido aislando socialmente, en ellos se ha deteriorado el sentido de comunidad. «Hemos perdido de vista que somos animales sociales», recalca.
El mensaje tácito es, pues, «ama a tu vecino, porque él te espoleará para alcanzar mayores logros», como Vashisht Narayan Mishra, profesor retirado y kalpwasi de 69 años, me explicó. Le había preguntado cómo reunió el valor para zambullirse en el agua una mañana gélida. «Ver bañarse a personas más viejas que yo es un estímulo que me inspira», dijo. «¿Y quién las inspira a ellas?», inquirí. Su respuesta fue tajante: «Dios».
Ahí está la dificultad: unirse a una multitud psicológica no es tan fácil como simplemente querer pertenecer a ella. Al mirar el río de caudal oscuro y turbulento, y sabiendo lo que sé sobre su contenido de restos fecales, no puedo convencerme a mí misma de que lo que ven mis ojos es el néctar de la inmortalidad. ¿Significa eso que uno tiene que nacer en el seno de una identidad grupal para ser capaz de compartirla? Lo cierto es que no: las conversiones existen.
En un rincón de la «megaciudad instantá-nea» del Kumbh me encuentro con Geeta Ahuja, quien me refiere su conversión. Antigua ejecutiva de General Electric, fue una «escéptica por naturaleza que practicaba todos los vicios» hasta que en 2007 asistió a la charla de un sabio hindú en Dallas. «Habló de lo efímero de las relaciones en el mundo material –me contó–. Aquello me tocó la fibra sensible.» Se hizo discípula suya, y su vida cobró sentido.
«En el Bhagavad Gita –me ilustra Geeta, en referencia a un antiguo poema épico de la India– está escrito que la amistad de personas que no creen en la búsqueda de la verdad eterna es una mala compañía.» Sus espectaculares ojos delineados con kohl centellean mientras intenta definir la sensación de estar rodeada de gente que persigue lo mismo que ella. La palabra elegida es «exaltación». Pero si el Kumbh no significa nada para mí, me advierte, me parecerá «un caleidoscopio del vacío, un Las Vegas, un Disneylandia, solo una feria más».
No obstante, uno puede maravillarse ante el poder de la efervescencia colectiva sin necesidad de convertirse, como le sucedió a un hombre en la mela de 1896. «Es fantástica la fuerza de una fe como esta–escribió–, que puede inducir a multitudes de ancianos y endebles y de jóvenes y frágiles a emprender, sin el menor titubeo o queja, viajes tan increíbles y soportar las tribulaciones sin lamentarse.» El hombre era estadounidense. Se llamaba Mark Twain.