El Islam en Indonesia

Un islam más tolerante hace frente al extremismo en el país con mayor población musulmana del mundo. Mira las fotografías de James Nachtwey.

1 / 14

1 / 14

islam1

islam1

La tradición dicta que las niñas vayan completamente veladas al pesantren Sunanul Husna, un colegio fundamentalista de Yakarta. El cambio hacia un islam más estricto no se ha traducido en apoyo a los militantes.

James Nachtwey

2 / 14

islam2

islam2

Dos mujeres atienden una gasolinera de Sumatra Occidental. Las crisis económicas han animado a muchas familias indonesias a no depender sólo de los salarios masculinos. Más de la mitad de las mujeres están empleadas.

James Nachtwey

3 / 14

islam3

islam3

La Mezquita Nacional de Yakarta puede acoger 120.000 fieles durante la oración del viernes. El islam llegó a la región hace un milenio. Hoy, el 86 % de los 240 millones de indonesios son musulmanes, la mayoría sunníes.

James Nachtwey

4 / 14

islam4

islam4

Ataviados con prendas que simbolizan pureza e igualdad ante Dios, unos peregrinos se disponen a partir hacia la Meca. El año pasado unos 200.000 indonesios hicieron la hajj. Sólo Arabia Saudí supera a Indonesia en número de peregrinos.

James Nachtwey

5 / 14

islam5

islam5

«Vive respetado o muere como un mártir», reza la caligrafía en rojo que exhiben en la capucha los miembros del Front Pembela Islam (FPI). Cada año, estos autoproclamados defensores del islam se congregan en los barrios de Yakarta antes y durante el mes santo del Ramadán, intimidando a los «mercaderes del vicio», como propietarios de bares y prostitutas.

James Nachtwey

6 / 14

islam6

islam6

Dos mujeres de la Patrulla de Vigilancia de la Sharia de Banda Aceh entregan una citación a hombres que no asistieron a la oración del viernes.

James Nachtwey

7 / 14

islam7

islam7

Romaeni binti Hasan Basri (segunda por la izquierda) adoptó el chador cuando cursaba el último semestre de sus estudios de teatro en el Instituto de las Artes de Yakarta. Sus amigos le tomaban el pelo: «¿Te estás dejando bigote?». Pero acabaron acostumbrándose. «La fe es un proceso –dice–. Yo pienso completarlo, con o sin chador.»

James Nachtwey

8 / 14

islam8

islam8

Imitando al Profeta, los hombres de una comuna de la secta An-Nadzir, en Sulawesi Meridional, desprecian la tecnología, llevan turbante, se tiñen el cabello como creen que hacía Mahoma y condenan todo tipo de violencia.

James Nachtwey

9 / 14

islam9

islam9

Una modelo posa en una sesión fotográfica de ME Asia, revista que desafía el conservadurismo moral indonesio. La llegada en 2006 de una versión indonesia de Playboy reabrió el debate sobre la censura y la decencia. Playboy cerró y se aprobó una nueva ley antipornografía, pero algunos editores tientan sus límites.

James Nachtwey

10 / 14

islam10

islam10

Un estudiante ciego lee en la Yayasan Raudlatul Makfufin, una escuela y fundación del sur de Yakarta que reparte coranes gratuitos en braille. Las organizaciones benéficas islámicas son vitales para los más pobres.

James Nachtwey

11 / 14

islam12

islam12

Estudiantes de Pesantren Al-Mukmin, un internado del pueblo de Ngruki, en Java central, aprenden una visión extremista del Islam. La escuela fue fundada por el conocido militante Abu Bakar Baasyr, cuyos sermones impulsaron a antiguos estudiantes a unirse a grupos responsables de los ataques terroristas acaecidos durante la última década.

James Nachtwey

12 / 14

islam12

islam12

Antes de ser ejecutado en noviembre de 2008, Mukhlas, integrante de un grupo afín a Al-Qaeda, conservaba su actitud jocosa y desafiante. En 2002 ayudó a planear los atentados de Bali que dejaron 202 muertos. No fueron los últimos: el pasado julio estallaron de nuevo las bombas. La policía ha detenido o abatido a decenas de militantes.

James Nachtwey

13 / 14

islam13

islam13

En una oficina bancaria de Yakarta, la actividad se detiene durante las oraciones del mediodía.

James Nachtwey

14 / 14

islam14

islam14

Mirando al alba, mujeres de una comuna de An-Nadzir comienzan la Fiesta del Sacrificio, conmemoración del relato coránico según el cual Dios perdonó la vida al profeta Ismael. Cuando sale el sol, sus oraciones se unen a las que elevan en pleno los musulmanes de Indonesia, tanto fundamentalistas como moderados: «Allah akbar». Alá es grande.

James Nachtwey

29 de octubre de 2009

Él mismo abre la puerta. No lleva escolta, no intenta esconderse. Abu Bakar Bashir ocupa una modesta vivienda de planta baja en el internado que ayudó a fundar en Ngruki, una plácida aldea enclavada en el interior montañoso de la principal isla indonesia, Java. A sus 71 años, Bashir es un hombre enjuto, de perilla cana y vivaces ojos oscuros que agrandan unas gafas de montura dorada. Es el presunto líder espiritual de Yemaa Islamiya, el grupo radical islamista que ha sido relacionado con al menos media docena de atentados perpetrados en Indonesia durante la última década, entre ellos las devastadoras bombas de las discotecas de Bali en 2002 y, tal vez, los atentados suicidas de este verano en hoteles de lujo de Yakarta.

Bali, la isla más bella

Más información

Bali, la isla más bella

Bashir niega tener algo que ver con la violencia y, como un hábil capo de la mafia, ha logrado que no se pueda demostrar ninguna conexión entre él y cualquiera de esos actos terroristas. Ha cumplido dos penas de prisión (menos de cuatro años en total) por delitos menores sin relación directa con los atentados. Pero el internado islámico que fundó constituyó a todas luces el nudo central de una red de yihadistas decididos a crear un Estado islámico en el Sudeste Asiático; varios ex alumnos de Ngruki han sido condenados por su participación en graves atentados. Poca duda cabe de que las enseñanzas de Bashir han inspirado cientos, quizá miles, de asesinatos y agresiones contra grupos musulmanes «disidentes» situados al margen del islam dominante. A pesar de todo, el propio Bashir en persona abre la puerta de su casa. «Pasen –dice en bahasa indonesia, el idioma oficial del país–. Tomen un zumo.»

Lleva una camisa larga y amplia, casquete blanco y un enorme reloj de pulsera. En el salón no hay asientos ni cuadros, sólo impolutas paredes blancas, un tiesto con una planta y una mesita baja con un recipiente de plástico lleno de galletas de sésamo. Se sienta en el suelo, descalzo, sobre una alfombra verde hierba. Su hijo Abdul Rahim, ya adulto, nos sirve zumo de melón.

Más información

Tradiciones funerarias en China

«En el islam no hay violencia –afirma Bashir con su voz grave y áspera, gesticulando con la mano izquierda cual director de orquesta–. Ahora bien, si nos topamos con obstáculos enemigos, entonces tenemos derecho a responder con la fuerza. Es lo que llamamos yihad. No hay vida más noble que la entregada en martirio por la yihad.» Aplaude el 11 de septiembre y los atentados de Bali. No fueron, insiste, actos terroristas, sino simplemente «reacciones contra lo que han hecho los enemigos del islam».

Indonesia, un rosario de islas al norte de Australia, ocupa una remota esquina del planisferio, pero la violencia que en ellas se vive puede acarrear consecuencias en todo el planeta. Es el país con mayor población musulmana del mundo: 207 millones de practicantes, 36 más que el se­­gundo de la lista, Pakistán, y dos terceras partes de la población musulmana de todos los países de Oriente Medio juntos. Una reciente encuesta del Pew Global Attitudes Project revela que Indonesia se cuenta entre las naciones más religiosas del mundo. También es una democracia próspera, la tercera del mundo en cuanto a población, detrás de la India y Estados Unidos.

Pero no deja de ser una democracia joven, todavía en pañales: poco más de una década la separa del derrocamiento del presidente que en la práctica gobernó con mano dictatorial, Suharto. El fin de su mandato otorgó a los indonesios nuevas libertades de expresión, aunque también dio rienda suelta a radicales como Bashir, cuyo extremismo se había acerado durante el largo exilio en Malaysia, adonde había huido tras ser detenido por oponerse a Suharto. En 2003, un año después de los atentados de Bali, estalló la primera bomba en el hotel J. W. Marriott de Ya­­karta; en 2004 llegó el atentado contra la embajada australiana, también en Yakarta, y en 2005 se perpetró un triple ataque suicida, de nuevo en Bali. Y hace tan sólo unos meses, poniendo punto final a un dilatado interludio durante el cual muchos expertos llegaron a creer que la amenaza terrorista se había reducido en gran medida, las bombas volvieron a explotar en el hotel Ritz-Carlton y, una vez más, en el J. W. Marriott. Son hechos aislados en una nación enorme. Pero, como dice un refrán indonesio, en una traducción aproximada, «basta una pizca de veneno para estropear toda la leche».

El dragón de Komodo, el lagarto más grande del mundo

Más información

El dragón de Komodo, el lagarto más grande del mundo

Y es que las 17.500 islas indonesias quizá se sientan a veces como canicas sobre una mesa coja. Al mínimo golpe, todas ellas salen rodando en la misma dirección. Hace bien poco, en 2005, Indonesia daba la impresión de estar escorando hacia el radicalismo islámico, alimentando así el temor occidental a verla convertida en refugio de terroristas. Desde hacía varias décadas la sociedad indonesia se había ido islamizando

a ojos vistas. Las mezquitas se abarrotaban de fieles y se popularizaba el atuendo musulmán. En la década de 1990 fueron cada vez más los distritos que promulgaban normativas inspiradas en la sharia, o ley musulmana, al tiempo que los partidos políticos islámicos ganaban sim­patizantes. Los grupos islámicos radicales que propugnaban la lucha armada para refundar Indonesia como república islámica parecían estar acallando las voces de la mayoría de los musulmanes indonesios, convencidos de que su fe puede convivir en armonía con la modernidad y los valores democráticos.

Pero en los últimos años, aunque los indonesios siguen abrazando el islam con intenso fervor en el ámbito privado, ha ido quedando claro que la mayoría no desea imposiciones religiosas en el ámbito político. «Mucha gente identifica religiosidad musulmana con radicalismo –dice Sidney Jones, especialista en Indonesia que trabaja con la ONG International Crisis Group y vive en el país desde hace más de 30 años–. En Indonesia sobran los ejemplos que rebaten esa falsa asociación.» Conforme los políticos islamistas han dado pasos hacia la regulación de los códigos de vestimenta femenina y la prohibición de actividades como el yoga, los moderados han comenzado a hacerse oír. En las elecciones parlamentarias del pasado mes de abril, los candidatos respaldados por organizaciones musulmanas obtuvieron menos del 23 % de los votos, cuando en 2004 habían cosechado el 38 %.

Pesca con tiburón

Más información

Pesca con tiburón

Aunque los recientes atentados constituyen un revés importante, últimamente suele verse en Indonesia un buen ejemplo de nación que logra poner freno al extremismo violento. En el último lustro las autoridades han detenido al menos a 200 miembros de Yemaa Islamiya, si bien es cierto que varios fugitivos peligrosos siguen en libertad. Muchos radicales prefieren ahora dedicarse a propugnar la implantación de la ley islámica. Incluso Abu Bakar Bashir se fue distanciando de las facciones más extremistas de Yemaa Islamiya desde que salió de prisión en 2006 y empezó a fomentar la lucha por la sharia como la vía de acción islamista hacia la transformación de la nación democrática en una república islámica.

Bashir cree que cualquier órgano legislativo creado por el hombre (una asamblea parlamentaria, un tribunal de justicia) es un insulto a la soberanía divina. «Alá nos ha enviado un manual sobre cómo hay que tratar a los seres humanos –afirma–. Ese manual es el Corán.» En su opinión, huelga cualquier otro código. «El islam y la democracia no pueden coexistir», concluye. Ahora que Suharto ya no está en el poder y el gobierno centralizado ha perdido fuerza, los distritos locales pueden decidir por sí mismos si implantan o no leyes basadas en la sharia. Allí donde se ha dado el paso, dice Bashir, las cosas van mejor. Mucho mejor. «Vaya a verlo usted mismo», me anima.

Más información

Historias de las caravanas de Timbuctú

La provincia de Aceh, en la proa occidental del archipiélago indonesio, es hoy probablemente más conocida por haber sufrido el embate directo del tsunami de diciembre de 2004, que acabó con la vida de más de 160.000 indonesios. Pero durante muchos siglos Aceh ha sido famosa por ser una de las regiones musulmanas más devotas de toda Asia. El epíteto oficioso de Aceh es «el porche de La Meca», y muchos de sus habitantes parecen estar sentados en ese porche de espaldas al resto de Indonesia, abrazando un islam más parecido al que se practica al otro lado del océano, en la península Arábiga. La población de Aceh observa un estricto código de conducta islámico, mucho más que en ningún otro lugar de las islas. En 1999 el gobierno nacional allanó el camino para que Aceh se convirtiese en la primera provincia del país en implantar la sharia como código penal.

Devi Faradila es una mujer de aspecto elegante, de 35 años, madre de dos hijos y parlamentaria de la provincia de Aceh. En el momento de mi visita dirigía la unidad femenina de la Patrulla de Vigilancia de la Sharia de Banda Aceh, un cuerpo municipal encargado de controlar el cumplimiento de las normas locales en la capital de la provincia. Como todos los viernes (el día en que los hombres musulmanes deben ir a la mezquita, según la ley vigente en Aceh), Faradila aprestó a su unidad para el servicio, interrumpiendo una partida de ping-pong que se jugaba en la comisaría y espabilando con un gesto ad­­monitorio a un par de agentes entretenidas en mandar mensajes de móvil.

Faradila y 13 patrulleras se encasquetaron las viseras negras que completaban el uniforme (zapatos negros, pantalones negros, blusa negra y pañuelo verde lima para la cabeza) y se montaron en una camioneta equipada con altavoces. Faradila, sentada al volante, se enfundó unos guantes de cuero, se repintó los labios y se puso unas gafas de sol espejadas. Su asistente ocupó enseguida el asiento del copiloto. El resto de las patrulleras se apretaron en el remolque.

Las ciudades caravaneras de Uzbekistán

Más información

Las ciudades caravaneras de Uzbekistán

La camioneta recorrió las calles de la ciudad a escasa velocidad mientras Faradila lanzaba una ininterrumpida serie de mensajes por los altavoces. «¡Dense pisa, señores! La oración del viernes está a punto de empezar.» «Dejen todo lo que estén haciendo. Es hora de rezar.» Los hombres de las calles y las tiendas (un vendedor de alfombras, un ebanista, un frutero, un albañil) giraron la cabeza y se quedaron mirando el vehículo. Unos cuantos consultaron el reloj. «Es viernes, día de oración obligatoria para los hombres.»

Aceh es la única provincia indonesia que cuenta con una unidad de vigilancia de la sharia; un total de 800 agentes, hombres en su mayoría, pa­­trullan la región día y noche. Pero cuando llega el mediodía del viernes, el sabbat musulmán, la tarea de hacer cumplir la sharia se deja en manos de las mujeres, que pueden rezar en casa. Faradila rodeó la inmensa mezquita que eleva sus cinco cúpulas en el centro de la ciudad y a continuación condujo hacia la costa, un panorama a la vez hermoso (con verdes montañas emergiendo del mar) e inquietante (vastas franjas convertidas en ciénagas por el tsunami). Desde el remolque una agente distinguió a una muchacha que caminaba por la acera con la cabeza al

descubierto, toda una temeridad en una ciudad en la que prácticamente todas las musulmanas llevan velo. La camioneta frenó en seco con un chirrido. «¡El velo! ¡El velo! ¡El velo!», gritaron las agentes. La adolescente indicó con gestos que pensaba cubrirse, y la camioneta se alejó.

Egipto: del politeísmo al monoteísmo

Más información

Egipto: del politeísmo al monoteísmo

A medida que se acercaba la hora de la oración, las admoniciones de Faradila fueron perdiendo delicadeza. «¡Cierra la tienda!» «¡Ya estás yendo a la mezquita más cercana!» La camioneta se detuvo delante de un ruinoso edificio de dos plantas, pescadería y estudio de pintura, un conocido local de bebedores. El equipo descendió del vehículo de un salto. En un abrir y cerrar de ojos agarraron a dos hombres. Eran pescaderos, adujeron ellos, y olían demasiado mal para presentarse en una mezquita abarrotada de gente. Pese a sus excusas, las mujeres les entregaron sendas citaciones.

Un folleto distribuido por doquier, que lleva por título Breve repaso al islam de la sharia en Aceh (en la portada se ve un hombre que está siendo azotado a latigazos), presenta las reglas de forma esquemática. Si te pillan apostando, de seis a doce latigazos. Por alternar de manera im­­propia con el sexo opuesto, de tres a nueve latigazos. Por consumir alcohol, 40 latigazos. Por saltarse la oración tres viernes seguidos, tres latigazos. El látigo, según se explica en el folleto, debe ser de ratán y tener un grosor de entre 0,6 y 0,8 centímetros. En la central de la Patrulla de Vigilancia de la Sharia de Banda Aceh había dos látigos expuestos, largos como un bastón y flexibles como un matamoscas. Había un álbum de fotos con imágenes de los castigos; desde 2005 se han aplicado más de cien series de latigazos. El hombre que los propina viste túnica granate, guantes blancos y una capucha que le cubre la cara. Las aglomeraciones de público son enormes. Según las encuestas, aunque la mayoría de los indonesios afirman desear que la sharia constituya los cimientos de la vida pública, no acaban de ver con buenos ojos la imposición de semejantes castigos corporales. Fuera de Aceh la adopción de normativas de base religiosa ha sido fragmentaria; algunos distritos han prohibido el juego o el consumo de alcohol, o han impuesto la obligación de llevar velo. En muchos casos, no obstante, se trata de normas implantadas por políticos laicos que ven en las normativas islámicas un modo de ganarse las simpatías de los votantes más devotos o de distraer la atención de la perenne corrupción. En el futuro, predicen los expertos, subirse al carro islámico tal vez no tenga tanta fuerza populista como hace tres o cuatro años.

Excepto, quizás, en Aceh, que parece estar acelerando su islamización, hasta el punto de que ha estudiado la posibilidad de instaurar la amputación quirúrgica de las manos de acuerdo con el castigo coránico del latrocinio. A Faradila le parecería magnífico. La sharia, insistió, ha hecho de Banda Aceh un lugar más respetuoso y mucho más seguro. A ella le gustaría ver una ampliación legislativa. «Cortar manos en los casos pertinentes serviría para ejemplarizar –explicó–. Se reduciría muchísimo la delincuencia.» También aplaudiría la lapidación de los adúlteros. «Cuando abrazas el islam –me dijo–, has de abrazar todas sus leyes.»

El lago Turkana: ¿últimos ritos en el mar de Jade?

Más información

El lago Turkana: ¿últimos ritos en el mar de Jade?

El Islam fundamentalista es una importación relativamente reciente en Indonesia, donde du­­rante mucho tiempo ha prevalecido una forma relajada, aunque no menos fervorosa, de la religión. «El islam sonriente», suele llamársele. El islam llegó por la vía que suele llevar las innovaciones a las islas: por mar. El suelo volcánico del archipiélago es ideal para el cultivo de especias, y en el siglo xii la mayoría de los mercaderes que llevaban a Occidente la pimienta, el clavo y la nuez moscada de Indonesia eran musulmanes de Oriente Medio. La conversión al islam era ventajosa para los productores indonesios, cuyos socios comerciales preferían tratar con correligionarios.

La islamización de Indonesia fue gradual y pacífica. La expansión que en Oriente Medio se saldó en un frenético siglo en el que corrieron ríos de sangre se desarrolló en Indonesia a lo largo de medio milenio. Diseminadas en casi 5.000 kilómetros de océano, las islas estaban ocupadas por cientos de etnias y religiones distintas. El islam contribuyó a cohesionar en una cultura regional única pueblos que antes estaban separados. Para cuando la Compañía neerlandesa de las Indias orientales se hizo con el control del mercado especiero en el siglo xvii, el islam se había extendido a la práctica totalidad de las sociedades costeras indonesias. «El islam funcionó tan bien en Indonesia porque logró incorporar la cultura y las religiones preexistentes –explica Syafii Anwar, director ejecutivo del Centro Internacional para el Islam y el Pluralismo, con sede en Yakarta–. Hasta la arquitectura de las mezquitas incorporó el estilo autóctono.»

Sin embargo, cuando la reorganización del orden mundial que se produjo a consecuencia de la segunda guerra mundial abrió la puerta a la independencia del dominio neerlandés, el primer presidente indonesio, Sukarno, decidió no establecer una confesión estatal oficial. La creación de una república islámica, pensaba, alienaría a la minoría no musulmana; el propio Sukarno era hijo de madre de ascendencia hindú balinesa y de padre musulmán. El segundo presidente, Suharto, asumió el poder en 1966 a raíz de una explosión de violencia anticomunista que se saldó con medio millón de muertos, y durante un tiempo fue capaz de contener las hostilidades y fomentar el crecimiento económico. Pero su régimen fue represivo y militarista. En 1998 Suharto renunció a su cargo inducido por un movimiento a favor de la democracia, de liderazgo estudiantil y corte mayoritariamente mu­­sulmán, respaldado por millones de partidarios, un episodio en el que algunos historiadores ven un hito del islam contemporáneo.

Arde Indonesia: orangutanes en peligro

Más información

Arde Indonesia: orangutanes en peligro

Pero el fin del régimen de Suharto también agravó el cisma que dividía a la comunidad mu­­sulmana entre quienes defendían la fusión tradicional del islam con las creencias propias de la nación y los que estaban decididos a «purificarlo», neutralizando su sabor regional. La discrepancia sigue viva en la actualidad, alimentada en parte por ideas y prácticas nacidas del estricto wahhabismo saudí, que ha fundado universidades e internados islámicos en toda Indonesia.

Con todo, en la mayor parte del país el islam continúa fundiéndose con una gran variedad de creencias y tradiciones indígenas. La percusión rítmica, otrora asociada única y exclusivamente a las ceremonias nativas, se utiliza con frecuencia antes de la llamada musulmana a la oración, como prolegómeno a la fórmula estándar que se difunde desde los minaretes de las mezquitas. Un grupo islámico de la isla de Lombok llega incluso a consumir un vino de palma de elaboración tradicional en sus celebraciones, por más que el Corán repruebe la ingestión de cualquier tipo de alcohol.

Un tigre mira a la cámara trampa que él mismo ha accionado mientras caza, Sumatra, Indonesia

Más información

Un tigre mira a la cámara trampa que él mismo ha accionado mientras caza, Sumatra, Indonesia

Tal vez la expresión por excelencia del islam sonriente se halle en Yakarta, la anárquica y caótica capital de Indonesia donde se construyen fastuosos cines y centros comerciales con nombres como Hypermart o Blitzmegaplex y lujosas torres de apartamentos junto a superpoblados barrios de chabolas. Aquí, en una callejuela de gravilla, se encuentra el polvoriento y desordenado gabinete de Ki Demit. Ki es el tratamiento honorífico dado a los místicos indonesios. Ki Demit, cuyo nombre significa Pequeño Espíritu, tiene 28 años y cara de niño, y es hijo de otro ki (Gran Espíritu), además de nieto y bisnieto de místicos. «Desciendo del linaje más mágico de toda Indonesia», afirma.

En casi todo Oriente Medio tal afirmación sería una herejía (el islam prohíbe toda manifestación paranormal no atribuida a Alá), pero en la sala de espera de Ki Demit hay un batik negro en el que está inscrito su catálogo de hechizos. Entre ellos, el santet (enviar un maleficio), el pelet (conseguir un amante), el kekebalan (inmunidad ante el daño físico) y el kejantanan (brío en la cama). Una de las paredes está llena de fotos de famosos (estrellas de telenovela, cantantes, actores) que han buscado su ayuda o la de su padre.

Los clientes de Ki Demit se sientan en el suelo, con las piernas cruzadas, delante de él; en el techo chirría un ventilador y la sala está llena de velas, frascos de perfume, cuentas de oración y cuchillos antiguos. «Puedo leer la mente de las personas, y ver el futuro –asegura–. Pero no pretendo competir con Dios. Soy sólo su intermediario.» Acaba muchas sesiones entregando al cliente un puñado de flores secas que, según dice, están imbuidas de poderes sobrenaturales. Cuando el cliente toma un baño con ellas, explica, comienza el hechizo. «Soy un buen musulmán –insiste–. Rezo cinco veces al día y observo el Ramadán. Pero mucho antes de que el islam llegase a Indonesia, mis ancestros ya practicaban estos rituales. Mi padre me instruyó para que fuese un ki y, cuando yo tenga un hijo, también lo instruiré a él. Profeso el islam, pero no por ello me desentiendo de mis poderes.»

En la otra punta de la ciudad está el estudio de televisión en el que la cantante y presentadora televisiva Dorce Gamalama grababa su programa diario hasta que terminó el pasado mayo. Es la Oprah Winfrey de Indonesia, archiconocida por su apodo, Bunda, que significa «madre». Grababa su programa ante un público formado en su mayoría por mujeres de mediana edad y cabellos cubiertos por el velo. Por lo visto sus fans más fervientes son las musulmanas conservadoras, quizá porque la propia Dorce, debajo de esa fachada de dinámica energía y sonrisas cargadas de megavatios que despliega para el show, es una devota musulmana. Cerca de su casa en Yakarta se ha construido su propia mezquita.

Ah, y otro detalle: Dorce nació hombre. Es transexual. Ha vivido con su «dolencia», como lo llama ella, toda la vida y se sometió a una operación de cambio de sexo a los veintitantos años. Se ha casado dos veces, ambas con hombres. Posee 300 pares de zapatos y un millar de pelucas. Canta, baila y cuenta chistes ligeramente subidos de tono. No se le caen los anillos si de vez en cuando tiene que darse un batacazo para divertir a su público. Su programa de entrevistas, por el que han pasado estrellas del celuloide, músicos y atletas, marcaba el tono de la comunicación en Indonesia; en cierto modo el ser diferente le permitía expresar sin tapujos lo que en circunstancias ordinarias se habría callado. Hablaba con naturalidad de los problemas matrimoniales, se refería con franqueza al sexo.

Un día en su camerino, después de un programa, se descalzó con dos puntapiés y atendió a la riada de fans que deseaban felicitarla. Un muchacho de 19 años le dijo: «Me gusta tu programa porque eres guapa». Una señora de 90 le hizo saber que sólo quería darle un beso. Mientras tanto, ella hablaba sin cesar, recordando sus inicios en el mundo del espectáculo, cuando trabajaba de animadora aérea en vuelos chárter con destino a La Meca. Indonesia es el único lugar del mundo en el que una cómica transexual se considera un espectáculo apropiado para amenizar a los peregrinos del hayy.

«Soy una persona normal –me dijo Dorce–. Me comporto como una mujer. ¡Hasta soy un poco mojigata! Conmigo, nada de sexo antes del matrimonio.» Cuando le pregunté si su fe siempre estaba por encima de su carrera profesional, pareció ofenderse. «Mi vida –respondió– es para Dios.»

Eso es lo que dice todo el mundo: el islamista radical, el místico, la vigilante de la sharia, la estrella televisiva. Los une su devoción a Dios; los separa la concepción de cómo conviene expresarla. La versión del islam (el tolerante islam sonriente o la versión austera y a veces violenta propugnada por los extremistas) que consiga convencer a la siguiente generación podría determinar el camino de Indonesia y quizá conformar un ejemplo para el futuro del islam en todo el mundo. Un buen lugar para averiguar hacia qué lado se inclina es cualquiera de los internados islámicos del país, y especialmente el que se halla al final de una bucólica vereda de Ngruki, donde imparte sus clases Abu Bakar Bashir.

Unos 1.500 alumnos, un porcentaje algo superior de chicas que de chicos, están matriculados en el colegio, donde se imparten cursos de secundaria y bachillerato. Los alumnos pernoctan en dormitorios de entre 20 y 30 camas cada uno, y duermen en colchones dispuestos en el suelo.

Noor Huda Ismail estudió en Ngruki. Ahora tiene 36 años y es experto en asuntos de seguridad del Sudeste Asiático. Lo he contratado para que me ayude a organizar las entrevistas para este reportaje. Tras el primer atentado de Bali, dice Ismail, el gobierno indonesio envió un equipo de investigadores a Ngruki. Los resultados no fueron concluyentes. «El programa de estudios no incluía ninguna referencia expresa al terrorismo –explica Ismail–. La fachada pública de Ngruki no tenía nada de particular. No había nada clandestino, a menos que fueras “seleccionado”.»

Durante su estancia en Ngruki, Ismail fue seleccionado. «Me adoctrinaban fuera del aula –relata–. Todo empezó con pequeñas reuniones, conversaciones entre alumno y maestro durante las horas de deportes o cuando salíamos de excursión. Me decían que nuestros enemigos son fuertes.» Era un candidato ideal, cree él, porque hablaba inglés y árabe.

«Cuando estaba a punto de acabar los estudios –prosigue–, me invitaron a casa de uno de los profesores. Me senté en el suelo, sobre una esterilla. No había mucha luz. Éramos tres alumnos. El mensaje era que el islam es la única salvación posible, y que si quería ir al cielo, debía entrar en el escuadrón. Tenía 15 años.» Un compañero de dormitorio de Ismail era Hutumo Pamungkas, que en la actualidad cumple cadena perpetua por su participación en los atentados de Bali. «Lo asombroso es que no hubiese más chicos que se entregasen al extremismo», dice Ismail.

Robert W. Hefner, antropólogo versado en la política musulmana en Indonesia, cree que el extremismo islámico ha perdido buena parte de su pujanza en el archipiélago, aunque quizá resulte imposible erradicar por completo los atentados. Gran parte del mérito corresponde a la policía indonesia, que no sólo ha detenido a cientos de islamistas violentos sino que asimismo ha conseguido «desradicalizar» a más de un extremista encarcelado ofreciéndole visitas conyugales y becas para sus hijos. Pero el cambio es también el resultado de décadas de trabajo de los docentes islámicos para introducir reformas en sus escuelas. Desde 2004 todos los estudiantes que acceden al sistema islámico estatal están obligados a cursar asignaturas de educación cívica, derechos humanos y democracia. Incluso Ngruki, pese a su reputación de vivero de radicales, acepta las directrices del gobierno.

"La malaria ha matado más que la peste y el tifus juntos"

Más información

"La malaria ha matado más que la peste y el tifus juntos"

Es posible que Indonesia sea demasiado amplia y diversa para adherirse a una definición única y estricta del islam. Hasta una realidad tan laica como la versión indonesia de Operación Triunfo puede servir de escaparate para mostrar la variedad islámica del país. En una temporada reciente del programa llegaron a la final dos musulmanas. Una llevaba velo; la otra, no. A nadie parecía importarle. Al fin y al cabo, el lema nacional es «Bhinneka tunggal ika»: unidad en la diversidad.

«El islam en Indonesia es un enorme toldo que cobija el diálogo de todas las voces», dice Robin Bush, de la Fundación Asia. Los grupos extremistas, señala, pueden recibir una atención mediática desproporcionada y aterrorizar a la población para que no los denuncien en público. Hasta pueden introducir terroristas suicidas en hoteles. Pero su mano no alcanza la urna electoral.

Aunque podría alcanzarla. La perenne corrupción gubernamental, un nuevo líder al estilo de Suharto, un imán carismático capaz de movilizar a los desafectos: cualquier evolución podría desplazar los equilibrios indonesios. «Si nuestro gobierno laico no responde a las necesidades de la gente, Yemaa Islamiya no tendrá dificultades para reclutar carne de cañón –advierte Ismail–. Creo que vamos a estar en constante movimiento –añade–. Cuando las influencias occidentales sean excesivas, los elementos islamistas harán ruido. Cuando las voces islamistas se alcen demasiado, las sensibilidades más seculares les saldrán al paso. Siempre será así. Subir y bajar. Subir y bajar. Bienvenidos a Indonesia.»