El oso de Kermode

El espíritu del bosque

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En un bosque lluvioso de la Columbia Británica donde todo está tapizado de musgo, las tuyas gigantes viven mil años y los osos negros nacen con el pelo blanco.

Una húmeda mañana de otoño en la costa de la Columbia Británica, una figura sombría se dirige pesadamente hacia la orilla. Un oso negro ha venido a comer. Es la temporada del desove de los salmones, y las co­­rrientes de la isla Gribbell bajan llenas de peces hinchados de huevas. Esta isla es una pequeña porción del Bosque Lluvioso del Gran Oso, en Canadá, uno de los bosques lluviosos templados costeros más grandes del mundo. El oso se detiene sobre una mancha de algas pardas para olfatear el aire. La llovizna y la niebla no consiguen enmascarar el olor a podredumbre. Salmones rosados y ketas yacen muertos, enredados entre los vegetales filamentos de las praderas de marea. El oso se mueve como una sombra por el paisaje, su negro pelaje se camufla con las rocas oscuras y el bosque umbrío.

Marven Robinson lo ve pero se gira sin prestarle demasiada atención. «Quizá tengamos más suerte río arriba», dice. Robinson, un hombre de 43 años, es guía de espacios naturales y miembro de la tribu gitga’at, cuyo territorio tradicional abarca la isla Gribbell. Ese oso no es lo que él busca. Él está tratando de encontrar un animal mucho más raro, una criatura venerada por los gitga’at, quienes lo llaman mooksgm’ol, el «oso espíritu», una verdadera contradicción viviente: un oso negro de color blanco.

El oso espíritu (la versión blanca del llamado oso negro de Kermode), que no es albino ni es un oso polar, es una variante blanca del oso negro norteamericano, y se encuentra casi exclusivamente en el Bosque Lluvioso del Gran Oso. Con un área de casi 65.000 kilómetros cuadrados (el tamaño de una Suiza y media), la región se ex­­tiende a lo largo de 400 kilómetros por la costa occidental de Canadá y abarca una vasta red de fiordos sumidos en la niebla, islas con gran densidad boscosa y montañas coronadas por glaciares. Grizzlies, osos negros, lobos, glotones, yubartas y orcas prosperan a lo largo de una costa que desde hace cientos de generaciones es la tierra de varias tribus indígenas, como los gitga’at. Es un lugar salvaje, misterioso y un poco fantasmagórico: aquí hay lobos que pescan, ciervos que nadan, tuyas gigantes que llevan más de mil años en pie… y osos negros de color blanco.

Robinson avanza chapoteando por un camino de barro flanqueado de helechos y oplópanax observando sigilosamente en busca de algún movimiento. Ningún oso. Encuentra un mechón de pelo blanco enganchado a la rama de un aliso. «Andan por aquí, estoy seguro», afirma. Luego señala la corteza mordisqueada: «Les gusta er­­guirse y mordisquear el árbol como para decir a los otros osos que están aquí, pescando en el río».

Pasa una hora. Robinson aguarda pacientemente sobre una roca cubierta de musgo. Entonces ve algo en la espesura. «Ahí está.»

Un oso blanco deja atrás la cubierta boscosa y avanza por una roca ribereña que sobresale del agua. Sobre el fondo oscuro del bosque lluvioso, su pelaje parece tan desaliñado como radiante. No es de un blanco impoluto, sino que parece más bien una alfombra de color crema necesitada de una limpieza en seco. El oso balancea la cabeza de lado a lado, escudriñando un remolino en busca de salmones. De pronto, antes de que pueda atrapar ni un solo pez, un oso negro sale del bosque y lo echa con cajas destempladas de su plataforma. Todo lo que hacen los osos parece desarrollarse a cámara lenta, como si intentaran conservar hasta la última caloría para el invierno que se avecina. Finalmente, el oso blanco se hunde en la espesura, y desaparece.

Robinson observa. Lleva 15 años con los osos blancos de Kermode, pero su interés por ellos se conserva intacto. «Este oso en particular es muy sumiso –dice–. A veces me da rabia, porque soy muy protector. Una vez vi que un oso negro joven atacaba a uno blanco de edad más avanzada. Estuve a punto de intervenir y ahuyentar al negro con el repelente de pimienta. Una reacción instintiva. Al final, el blanco se irguió sobre las patas traseras y lo echó.» Robinson sonríe, como reconociendo lo absurdo que resulta que un hombre intervenga en una pelea entre osos; pero su mirada revela que lo habría hecho.

Robinson no es el único. Ese mismo instinto protector se manifiesta en todo el Bosque Lluvioso del Gran Oso. Es uno de los factores que ha hecho posible la supervivencia del oso blanco de Kermode.

«Nuestra gente nunca ha cazado al oso blanco», asegura Helen Clifton, sentada en su cocina de Hartley Bay, un pequeño pueblo de pescadores. De voz sonora y carácter fuerte, Helen, de 86 años, es la matriarca de un clan de los gitga’at, una de las 14 tribus que componen el pueblo (o nación indígena, como denominan en Canadá a los pueblos nativos) tshimshian, de la costa noroccidental de la Columbia Británica. La carne de oso no era un alimento habitual, nos dice Helen, pero los cazadores indígenas empezaron a cazar más osos negros a finales del siglo XVIII, cuando los comerciantes europeos llevaron el comercio de pieles a la región. Sin embargo, in­­cluso en aquella época, matar un oso de color blanco era tabú, y la tradición se ha mantenido durante generaciones. «Ni siquiera podíamos mencionar al oso espíritu en la mesa», recuerda.

Esa costumbre de mantener los labios sellados respecto al tema fue quizás una manera temprana de proteger el medio ambiente. Al no hablar del oso, y mucho menos cazarlo, los gitga’at y las tribus vecinas evitaron que los comerciantes de pieles conocieran su existencia. Incluso hoy, los gitga’at y los kitasoo/xai’xais protegen a sus osos durante la temporada de caza. «No es buena idea venir a cazar al oso negro en nuestro territorio –dice Robinson, yerno de Helen–. Nunca se sabe. Los osos podrían devolver los disparos.»

Esa actitud ha sido decisiva. Durante décadas la presencia de furtivos y cazadores de trofeos, así como de varios aserraderos y una planta enlatadora, hizo que la población de grizzlies del Bosque Lluvioso del Gran Oso se redujera y que los que quedaron se volvieran asustadizos. Ahora las industrias ya no están, y ya nadie ha vuelto a cazar grizzlies en algunas partes del bosque. Los osos se están recuperando. «Cuando empecé, ver un grizzly era todo un acontecimiento –me dijo Doug Stewart, responsable de pesca en el Gran Oso, que lleva más de 35 años vigilando la época del desove en el bosque–. Ahora, a veces ves hasta cinco en una mañana.»

De hecho, gozan de tan buena salud, que algunos se preguntan si su recuperación no estará alejando a los osos negros (y entre ellos a algunos de color blanco) de los mejores lugares de pesca de los ríos. «Si ves un grizzly, no verás un oso ne­­gro, ni de color negro ni blanco –asegura Doug Neasloss, guía de fauna de la tribu kitasoo/xai’­xais–. El oso negro se aleja del grizzly.»

Esa observación abre una interesante posibilidad: quizás el grizzly haya contribuido a que el gen de la especie de Kermode (tanto de los ejemplares blancos como de los negros) se concentre en las islas Princesa Real y Gribbell. «Grizzlies y osos negros conviven en todas partes menos en estas islas más pequeñas –dice Thomas Reim­chen, biólogo de la Universidad de Victoria–. Allí no hay suficiente hábitat para los grizzlies, que necesitan grandes estuarios cubiertos de hierba, hábitat subalpino y territorios enormes.»

Pero las islas sí ofrecen algo más: la mirada protectora de los humanos. «A los jóvenes les digo que si ven un oso espíritu, no vayan a contarlo por la radio –dice Helen Clifton–. Si quieren, que digan que han visto a mooksgm’ol. Sus amigos lo entenderán, y los osos estarán a salvo.»

Los científicos saben cómo nacen blancos algunos osos negros, pero no saben exactamente por qué. El fenómeno, denominado kermodismo, está causado por una mutación recesiva del gen MC1R, el mismo que se asocia con el pelo rojizo y la piel blanca en los humanos. Para que un osezno nazca blanco, debe heredarlo de sus dos progenitores, que no necesariamente tienen que ser blancos. Basta con que sean portadores de la mutación recesiva. Por este motivo no es raro que nazca un oso blanco de dos osos negros.

El pelaje blanco sólo se observa en uno de cada 40 a 100 osos negros de la costa continental de la Columbia Británica, pero el rasgo es especialmente frecuente en determinadas islas del Bosque Lluvioso del Gran Oso. En la isla Princesa Real, uno de cada diez osos negros es blanco; en la isla Gribbell, al norte de la anterior, uno de cada tres.

No está claro cómo surgió el rasgo. Una teoría es la «hipótesis del oso glacial», según la cual el kermodismo es una adaptación que ha persistido desde la última glaciación, que en esta región acabó hace 11.000 años. En aquella época la ma­­yor parte del actual territorio de la Columbia Británica aún estaba cubierto de hielo, y es probable que el pelaje blanco facilitara el camuflaje. Pero la teoría del oso glacial hace que nos planteemos una pregunta: ¿por qué no desapareció el rasgo cuando los glaciares retrocedieron?

Para averiguar más cosas, Doug Neasloss y yo vamos a buscar osos a la isla Princesa Real. «No queremos sobresaltarlos», dice este guía que trabaja en el territorio de los kitasoo/xai’xais. Con un repelente de pimienta a prueba de osos colgado del cinturón, Neasloss se adentra en el bosque. Bajo el dosel, todo es suave y silencioso. Los líquenes dejan caer gotas de agua desde las ramas de las tsugas, las tuyas y los tejos. Las botas de goma de mi compañero no dejan huella en el esponjoso suelo alfombrado de musgo.

Neasloss se instala debajo de una tsuga y se ajusta la capucha para protegerse de la lluvia. Dice que hace poco vio un oso blanco por allí cerca, aunque eso no es garantía de que vuelva. Apenas pasadas las tres, señala la ribera opuesta del río. Un oso blanco avanza pesadamente hacia la orilla. Es más grande y confiado que el de la isla Gribbell. Se sitúa sobre una pequeña poza, mete dos patas en el agua y sale con un rechoncho salmón keta de un metro de largo.

Los investigadores han demostrado recientemente que el pelo blanco del oso negro de Kermode le confiere cierta ventaja para pescar. Aunque al caer la noche los de color blanco tienen el mismo éxito que los de color negro, los científicos Reimchen y Dan Klinka, de la Universidad de Victoria, han observado diferencias durante el día. Los osos blancos atrapan salmones en uno de cada tres intentos, mientras que los negros lo logran la cuarta parte de las veces. «Los salmones se preocupan menos por un objeto blanco, visto desde debajo del agua», supone Reimchen. Quizá sea ése uno de los motivos por los que el pelaje blanco se ha conservado hasta nuestros días. Si el salmón es la principal fuente de grasa y proteínas de los osos del litoral, una hembra con éxito en la pesca puede hartarse de salmones y almacenar más grasa para el invierno, lo que potencialmente aumentaría el número de crías.

Mientras sigue lloviendo en la isla Princesa Real, Neasloss y yo observamos cómo el oso espíritu devora salmones. Cuando hay tal abundancia, los osos pueden volverse quisquillosos. Algunos comen sólo las cabezas. Otros desgarran los vientres para devorar las huevas. Los hay muy glotones. «Una vez vi uno que se comió 80 salmones de una sentada», dice Neasloss. Pero el oso que tenemos delante prefiere cenar solo. Con el salmón entre los dientes, se da media vuelta y corre hacia algún lugar escondido. Veinte mi­­nutos después regresa, atrapa otro pez y se lo lleva al bosque. Y así sigue durante horas, hasta que la luz del día se desvanece del cielo.