Madagascar

El corazón expoliado de Madagascar

El aislamiento geográfico de la isla creó un paraíso de riqueza biológica. Hoy, la presión demográfica y las turbulencias políticas aceleran el saqueo de sus maderas, minerales y piedras preciosas.

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29 de noviembre de 2010

El joven de pantalones cortos y camiseta sin mangas está de pie sobre su piragua, impulsándola corriente arriba con una pértiga de bambú. El río Onive es poco profundo y se mueve impetuoso contra él. Sobre su cabeza se abre un cielo encapotado que descarga cortinas de lluvia, después sol y a continuación más lluvia. El joven, llamado Remon, presta menos atención al tiempo que a los cocodrilos tumbados en la orilla.

Deslizándose en dirección opuesta pasan otros piragüistas, uno cada tres minutos. Remon los llama; ellos le devuelven el saludo. Son sus colegas del río, y todos llevan a bordo un enorme tronco oscuro de dalbergia (árbol productor de madera de palo rosa) talado ilegalmente, que transportan desde el bosque lluvioso a los almacenes de madera de Antalaha, en el nordeste de Madagascar. Allí les espera la paga. Remon hará lo mismo cuando nos deje en el límite del bosque.

A Remon no le gusta el trabajo. El maderero que lo contrata, y cuyo nombre no conoce, le ha dicho que tiene que remar todo el día sin descansar porque los guardabosques se mantendrán alejados sólo durante un tiempo limitado, antes de pedir otro soborno. Aun así, transportar los troncos es mejor que talar los árboles, el trabajo anterior de Remon. Lo dejó cuando comprendió que los riesgos se habían vuelto excesivos. Aunque la tala ilegal se practica desde hace muchos años, su intensidad aumentó repentinamente. Sin vigilancia, el bosque se llenó de pandillas organizadas que se entregaron a una orgía de deforestación, animadas por la caída del Gobierno de Madagascar en marzo de 2009 y por el apetito insaciable del mercado chino de la madera, que en apenas unos meses importó palo rosa procedente de los bosques del nordeste del país por valor de más de 145 millones de euros. Un leñador que Remon conocía había perdido toda la madera talada cuando unos bandidos lo asaltaron diciéndole: «Nosotros somos 30, y tú, uno».

Cuando la corriente se remansa, Remon en­­ciende un cigarrillo de tabaco y marihuana. Habla de los fady, los tabúes que protegieron el bosque durante siglos. Cuando un tronco aplasta la cabeza de alguien o se parte una pierna en los rápidos de un río, siempre circulan rumores inquietantes entre los ladrones de madera: «Hemos provocado la ira de nuestros antepasados. Nos están castigando». Los ancianos reprenden a Remon por expoliar las tierras sagradas.

«Muy bien –les contesta él–, pero mi familia no puede comerse los árboles.»

Antes, Remon mantenía a su familia trabajando en los campos de vainilla de las afueras de Antalaha, una ciudad costera que al igual que el resto de la isla es rica en recursos y pobre en todo lo demás. Hace dos décadas, el entonces presidente del país, Didier Ratsiraka, estaba tan orgulloso de la fama de Antalaha como capital mundial de la vainilla que envió a un alto funcionario para rendir homenaje a la localidad. «Pensaba que encontraría edificios altos y calles asfaltadas –dice Michel Lomone, un veterano exportador de vainilla–. El presidente quedó muy decepcionado con el informe que le presentó su asesor.»

Desde entonces, una sucesión de ciclones y el desplome de los precios internacionales se han combinado para deslucir el trono del que fue el reino de la vainilla. Antalaha es hoy una ciudad polvorienta y aletargada, y aunque su avenida principal, la rue de Tananarive, fue finalmente asfaltada en 2005 con fondos de la Unión Europea, todo el movimiento de la calle consiste en unos cuantos taxis destartalados, bicicletas oxidadas, gallinas, cabras y, sobre todo, peatones que caminan descalzos bajo la lluvia mientras se cubren la cabeza con las hojas colosales del llamado árbol del viajero para no mojarse.

O al menos ése era todo el movimiento hasta la primavera de 2009, cuando repentinamente las calles de la ciudad empezaron a rugir con el estruendo de las motocicletas. El único comercio de la rue de Tananarive que las vendía no tardó en agotar las existencias. Ante la demanda, una segunda tienda abrió sus puertas calle abajo y empezó a venderlas como rosquillas. Los compradores eran jóvenes escuálidos con dinero fresco, cuya procedencia todos conocían. No eran los campos de vainilla. Esos mismos jóvenes habían sido vistos en las camionetas que entraban en la ciudad, sentados a horcajadas sobre grandes pilas de madera talada de forma ilegal, para llenarse los bolsillos con la tala selectiva y sistemática de las valiosas dalbergias del bosque de Madagascar.

Madagascar es una isla, la cuarta del mundo en superficie (más de 585.000 kilómetros cuadrados), pero no deja de ser una isla. Aunque todas las biosferas insulares son únicas y singulares, la de Madagascar (separada de África hace unos 165 millones de años) es un caso especial. Alrededor del 90% de su flora y su fauna son endémicas. No se encuentran en ningún otro lugar del planeta. El espectáculo, podríamos llamar extraterrestre, de grandes baobabs en forma de zanahoria, lémures espectrales y «bosques» de altísimas agujas de piedra puede dejar mudo de admiración al más curtido de los viajeros.

La belleza rara y cautivadora del paisaje coexiste con una desesperación entre la población que define la vida cotidiana. Los malgaches, el grupo étnico mayoritario, tienen una expresión que suena a vitalidad dentro del fatalismo: Aleo maty rahampitso toy izay maty androany («Mejor mo­­rir mañana que hoy»). El ciudadano medio de Madagascar vive con menos de un euro al día.

Teniendo en cuenta que la población de la isla, de más de 20 millones de habitantes, crece a un ritmo de un 3% anual (una de las tasas más altas de África), la tensión entre una tierra rica y unos habitantes pobres en un territorio limitado au­­menta día a día. Preocupados por esa razón, los ecólogos han designado a Madagascar como «punto caliente de biodiversidad» y han condenado, en particular, la práctica malgache de la agricultura de roza y quema, por la que grandes franjas de bosque se incendian para ser reconvertidas en arrozales. Del mismo modo que la comunidad ecologista mundial acogió con alegría en 2002 la llegada de Marc Ravalomanana a la presidencia del país, con un programa de defensa del medio ambiente, la reacción fue de consternación en 2009, cuando un golpe militar depuso a Ravalomanana e instaló a un antiguo pinchadiscos de radio que no llegaba a la edad mínima exigida para ser presidente.

En septiembre de 2009, después de meses durante los cuales se taló diariamente madera de dalbergia por valor de hasta 350.000 euros, el nuevo Gobierno, necesitado de fondos, levantó la prohibición que pesaba sobre su exportación desde el año 2000 y legalizó la venta de las trozas almacenadas. Las presiones de la comunidad internacional obligaron al Gobierno a reinstaurar la prohibición en abril, pero la tala sigue adelante.

El resto del mundo no está en disposición de dar ninguna lección, dado su voraz apetito de los fabulosos recursos de Madagascar. El saqueo de los bosques ilustra con qué facilidad se puede alterar el frágil equilibrio entre los imperativos humanos y los ecológicos. Pero en Madagascar ese equilibrio siempre ha sido muy inestable. Varios grupos económicos extranjeros poseen la mayor parte de los derechos de prospección y explotación de las minas de oro, níquel, cobalto e ilmenita del país, así como de las minas de zafiro, que llegaron a cubrir una tercera parte de la demanda mundial. ExxonMobil inició hace cuatro años la exploración de petróleo marino en aguas profundas. Algunos de los mejores fabricantes de guitarras de Estados Unidos utilizan desde hace tiempo ébano de Madagascar para fabricar diapasones. En los últimos tiempos, el Gobierno federal de la isla ha intentado arrendar suelo arable a los surcoreanos y vender agua a Arabia Saudí. En ese clima de rapiña general, se saca mucho, pero el malgache medio se beneficia muy poco. No sorprende, por lo tanto, que los mineros del lugar despojen el suelo de piedras preciosas para venderlas en los mercados asiáticos; ni que pequeños contrabandistas saquen de la isla animales como el gecko cola de hoja o la amenazada tortuga de espolones malgache para ofrecérselos a los coleccionistas; ni que los escuálidos jóvenes de Antalaha piensen que es mejor morir mañana, después de disfrutar hoy del dinero que pagan los compradores chinos de palo rosa.

«Es bueno para la economía y malo para la ecología», opina un hombre involucrado en el tráfico ilícito de palo rosa. Pero la breve prosperidad de Antalaha ha demostrado ser engañosa. Incluso sin tener en cuenta las devastadoras consecuencias a largo plazo del expolio de los bosques (la desaparición de maderas preciosas en más de 10.000 hectáreas de los 4,5 millones de hectáreas protegidas del país; la extinción de lémures y otras especies endémicas; el aumento de la erosión del suelo, que enfanga los ríos y arrasa las tierras arables cercanas, y la pérdida de ingresos del turismo), hay otros efectos secundarios del tráfico de palo rosa que se hacen sentir de manera más inmediata. Los vecinos de Antalaha que de pronto tuvieron que empezar a esquivar motocicletas también comenzaron a notar la subida de los precios del pescado, el arroz y otros productos básicos. La razón era sencilla: menos manos en el mar y en el campo.

«Están en el bosque –dice Michel Lomone, el exportador de vainilla–. Todos han ido al bosque.»

Para ir de Antalaha al bosque (es decir, al Parque Nacional de Masoala, el más grande de Madagascar), hay que hacer un viaje que nadie emprendería si no fuera por necesidad. La aventura comienza con un trayecto en coche de tres horas hacia el sudoeste por pistas de tierra; a continuación, un viaje de cuatro horas en piragua para remontar el río Onive; luego, una marcha de cuatro horas a pie por los arrozales, y otras dos a lo largo de una resbaladiza senda que sube y baja por el espinazo de granito de un denso bosque primario. De ese modo se llega a Masoala. Pero para encontrar dalbergias que aún no hayan sido taladas, hay que adentrarse más en el bosque, durante muchas horas.

El parque limita al sudoeste con la bahía de Antongil, donde las yubartas paren ruidosamente a sus crías entre julio y septiembre. En el vientre verde y salvaje de esas 235.000 hectáreas de bosque lluvioso tropical, la obstinación del in­­truso puede verse recompensada con fugaces apariciones de orquídeas, plantas carnívoras o águilas culebreras azores, o tal vez del deslumbrante camaleón de Parson o del lémur rufo rojo. Masoala ofrece una variedad aparentemente infinita de hierbas medicinales, bayas silvestres y leña a los aldeanos de los alrededores, que en­­tran y salen a diario del bosque, descalzos, cantando y conversando entre ellos. En cambio, los jóvenes llegados de la ciudad para hacer negocio parecen perdidos en medio de la espesura húmeda y misteriosa. Acampan durante semanas en pequeños grupos junto a los árboles que han marcado para talar, y sobreviven con arroz y café hasta que llega el jefe, que inspecciona la dalbergia y da la orden. Trabajan con hachas. En cuestión de horas, un árbol que echó raíces hace tal vez 500 años yace abatido en el suelo. Los leñadores le arrancan la corteza blanca hasta que sólo queda a la vista el característico corazón violáceo, y entonces parten el palo rosa en trozas de unos dos metros de largo. Otro equipo de dos hombres ata esas trozas con sogas y las arrastra hasta la orilla del río, una proeza que les llevará dos días y les reportará entre 7 y 14 euros por troza, según la distancia que recorra la preciada madera. Mientras avanzo con dificultad, de vez en cuando me sale al paso la discordante aparición de dos estoicas figuras arrastrando un tronco de 180 kilos por una pendiente imposible, o bajándolo por una cascada, o atravesando con él una ciénaga de arenas movedizas. Es un trabajo de proporciones bíblicas, pero lo hacen por dinero. Lo mismo que el hombre que los espera junto al río y que amarrará la troza a un radeau, una balsa hecha a mano, para bajarla flotando por los rápidos (a 18 euros la troza). O que el barquero que aguarda al radeau donde terminan los rápidos (12 euros la troza), el guardabosques que ha aceptado un soborno de los traficantes de madera para hacer la vista gorda (145 euros por dos semanas) o los policías de los puestos de control montados en la carretera que va a Antalaha (14 euros por agente). El perjuicio para el bosque va mucho más allá de la pérdida de las valiosas maderas. Por cada troza de madera dura de palo rosa, se talan cuatro o cinco árboles de madera ligera para fabricar la balsa que la transportará río abajo.

El hombre que cautivó a Occidente con su promesa de inaugurar una nueva era de conciencia ecológica con el lema Madagascar naturellement fue Marc Ravalomanana, antiguo vendedor de yogur que llegó a alcalde de Antananarivo, la capital del país, derrotó en las elecciones al presidente socialista Ratsiraka y fundó en 2002 el partido Tiako I Madagasikara («Amo Madagascar»). Construyó carreteras y hospitales, repartió uniformes escolares y cortó simbólicamente el cordón umbilical que unía al país con la vieja potencia colonial francesa al cambiar la moneda nacional, el franco malgache, por el ariary. Además, reforzó la prohibición de la agricultura de roza y quema (aunque por desgracia sin efectos visibles), anunció el Plan de Acción de Madagascar para fomentar la biodiversidad y se comprometió a triplicar la superficie de áreas protegidas. Declaraciones como «nuestro recurso más im­­portante es el medio ambiente» eran música para los oídos de los grupos verdes.

Lamentablemente, otros «planes de acción» muy diferentes parecían desarrollarse fuera de la vista del público. Existen sospechas de que el presidente confiscaba a los magnates de la madera el palo rosa talado para venderlo después en su propio beneficio. En presencia de periodistas, pidió una comisión del 10% sobre los costes de exploración de una compañía petrolera. Mientras la cartera del presidente engordaba, el poder adquisitivo de sus compatriotas caía en picado. Miles de manifestantes tomaron por asalto el pa­­lacio presidencial el 7 de febrero de 2009. Fueron repelidos con disparos, y hubo al menos 30 muertos. Un mes después, los militares depusieron a Ravalomanana, que huyó a Swazilandia. Ya en el exilio, fue juzgado y condenado por confiscar terreno municipal para su negocio familiar y por comprar con fondos públicos un avión de 43 millones de euros al sobrino de Walt Disney.

La comunidad internacional se negó a reconocer el nuevo Gobierno, encabezado por Andry Rajoelina, ex alcalde de Antananarivo, de 34 años. El Banco Mundial, la ONU, USAID y otras organizaciones retiraron las ayudas, y Madagascar recibió 110 millones de dólares de la Millennium Challenge Corporation para ser expulsado del programa apenas cuatro años después. Los países occidentales recomendaron a sus ciudadanos no viajar a Madagascar. La tendencia verde de Ravalomanana había sufrido un brusco revés. El nuevo Gobierno no tenía dinero para hacer cumplir las normas de los parques nacionales.

Hubo un grupo visiblemente encantado con el rumbo que tomaron los acontecimientos. El 17 de marzo de 2009, día en que Ravalomanana firmó su dimisión, 20.000 personas llenaron el estadio de fútbol de Antalaha. Se asaron 12 ce­­búes, corrió la cerveza, y la gente bailó toda la noche con música en directo. La factura corrió a cargo de los 13 barones de la madera de la región. El bosque ya no estaba protegido. Era de ellos.

El magnate de la madera está sentado detrás de un escritorio de ébano, en una silla de palisandro, rodeado de revestimientos de palisandro en el suelo, las paredes y el techo. Aunque sus padres llegaron de China en la década de 1930 y, como él mismo reconoce, «a los chinos les en­­loquece el palo rosa», él nació cerca de Antalaha y prefiere el color rojo amarronado del palisandro, madera procedente de una especie de dalbergia estrechamente emparentada con las dalbergias de las que se obtiene el palo rosa, cuyo color rojizo es más intenso. Su oficina huele a vainilla, por su proximidad al almacén, lleno de fardos listos para ser exportados. El chirrido de las sierras procede del almacén de madera, donde hay pilas de palo rosa a la vista de todos.

Se llama Roger Thunam, y muchos creen que es uno de los mayores comerciantes de palo rosa de Madagascar. Es un hombre de mediana edad y rasgos inequívocamente asiáticos, que hace gala de la serenidad propia de las personas muy poderosas. La reducida comunidad china del país está bien integrada en la sociedad. Thunam es la prueba: es una figura familiar en Antalaha, una mano amiga a quien recurrir cuando un lugareño necesita dinero para un funeral y, desde luego, la persona indicada para ir a ver cuando se busca un empleo bien remunerado. Pese a los muchos pagos realizados a lo largo de la cadena maderera (a los leñadores, arrastreros, balseros, barqueros, capataces, conductores de camiones y agentes de los puestos de control de carretera hasta los puertos de Iharana y Toamasina), el mejor bocado se lo llevan hombres como éste, quien, según confiesa, no puede recordar cuándo fue la última vez que estuvo en el bosque.

«Thunam no es un hombre de negocios, es un traficante –dice un funcionario local–. Tala lo que no es suyo. Roba al bosque, que es del pueblo. Y ahora a otros les parece aceptable llevarse lo que está prohibido.» Como era de esperar, Thunam cuenta una historia muy diferente. Nacido en una familia dedicada al negocio de la vainilla, expandió sus actividades hacia la madera hace 30 años. Dice que desde entonces el Gobierno le ha concedido varias licencias.De hecho, el Gobierno levanta la prohibición de exportar palo rosa cada vez que un ciclón hace estragos en el bosque del litoral oriental de Madagascar para que los árboles dañados por la tormenta puedan ser talados y comercializados. Esa política fluctuante permite a los barones de la madera almacenar trozas obtenidas ilícitamente mientras la prohibición está en vigor y venderlas después como «madera recuperada» cuando el veto se suspende temporalmente. La trampa legal fomenta la tala ilícita en los parques nacionales, donde todavía se puede encontrar la mayor parte de las dalbergias.

Thunam insiste en que él sólo tala legalmente. Reconoce que sus almacenes están llenos de palo rosa, pero lo explica así: «Le costaría creer las cantidad de hombres que hay ahora mismo en el bosque talando. Son los mismos que antes practicaban la roza y quema. Nunca han ido a la escuela. No se preocupan por las generaciones futuras. Ellos son los que destruyen… Pero esa madera ya está cortada. Si no se la compramos nosotros, lo harán otros». Admite que los chinos, locos por el palo rosa, «son los principales compradores». (Un juego de muebles de comedor de palo rosa fabricado en China puede costar más de 3.500 euros.) Y aunque el nuevo Gobierno permitió que expirara la suspensión temporal de la prohibición durante el verano de 2009, los clientes chinos de Thunam siguieron mandándole pedidos. Dejar que la competencia se lleve todo el negocio iría en detrimento de su empresa, declara. «Al cabo de seis meses, seríamos muy pequeños.»

Posteriormente pregunto a Risy Aimé, alcalde de Antalaha, cómo se puede detener la deforestación. «Pararla es fácil –responde–. Hay que meter en la cárcel a 13 personas.» Se refiere a Ro­­ger Thunam y a los otros barones de la madera.

El Gobierno ya lo ha hecho en varias ocasiones, tras presentar cargos contra estos magnates de la madera sospechosos de tráfico ilegal. Pero su poder es enorme y aprovechan el caos legal imperante en el sector maderero. Según un informe de las organizaciones Global Witness y Environmental Investigation Agency, Thunam fue uno de los dos traficantes (de los seis casos conocidos) declarados culpables de exportar palo rosa. Salió en libertad en 2008 después de pagar lo convenido en un acuerdo extrajudicial. Imputado de nuevo en un juicio en 2009, al final fue absuelto. El barón de la madera vuelve a estar detrás de su escritorio de ébano, presidiendo un almacén donde la actividad no cesa.

Mi guía en Masoala, un antiguo empleado del parque llamado Rabe, ha visitado el bosque más de cien veces en los últimos diez años. Camina descalzo a buen ritmo entre la claustrofóbica maraña vegetal, que tiene para él una íntima familiaridad. Pero para su asombro, algo ha cambiado desde su última visita, unos meses atrás. «No hay lémures –dice–. Han desaparecido.»

Los ladrones de palo rosa son los responsables. Cansados de comer sólo arroz, han empezado a poner trampas. Nos cuentan que un grupo capturó 16 lémures en un día. No todos se comen allí mismo. En la ciudad de Sambava, al norte de Antalaha, tres restaurantes ofrecen carne de lémur en la carta, pese a las leyes federales. Así, el lémur rufo rojo, el de orejas ahorquilladas, el enano mayor y el aye-aye están desapareciendo de los bosques lluviosos del nordeste de Madagascar. No hay lémures en ningún otro lugar del planeta, a excepción de las islas Comores.

«No queremos conservar un bosque vacío, en el que sólo puedan verse árboles», dice el primatólogo Jonah Ratsimbazafy, del Durrell Wildlife Conservation Trust. Pese a la riqueza ecológica de Madagascar, los lémures son su emblema y una de las principales atracciones del multimillonario negocio del turismo, como demuestran los miles de visitantes que acuden a la Reserva Especial de Analamazaotra. Los primates arborícolas de ojos desproporcionados no sólo resultan fascinantes por encontrarse sólo en esta isla, sino por su extraordinaria diversidad. Aunque prácticamente las 50 especies de lémures tienen hábitos polígamos, poseen colas peludas y suelen gruñir como cerdos, también está el indri, blanco y negro, que es monógamo, no tiene cola y hace temblar el bosque con sus chillidos espectrales. Por increíble que parezca, los científicos aún siguen descubriendo especies nuevas de lémures en la isla. Pero cada una de ellas tiene pocos representantes, y mientras tanto, cinco lémures ya forman ahora parte de la lista de los 25 primates más amenazados del mundo.

De momento, no ha surgido ninguna corriente nacional de simpatía hacia los lémures. Según Ratsimbazafy, los malgaches deberían sentirse orgullosos de estos animales porque son únicos de Madagascar. «Pero a algunas personas no les importan –insiste–. Los malgaches que no viven cerca de zonas turísticas piensan que los lémures son sólo para los vazaha [los blancos]; no les ven los beneficios.» De hecho, aunque para algunas tribus ciertas especies de lémures son sagradas, hay otras, como el aye-aye, de ojos y orejas enormes y aspecto alarmante, que las tribus del norte consideran de mal agüero y por eso los matan en cuanto los ven.

Tales tabúes rigen la conducta de los malgaches desde hace siglos. Son advertencias de los antepasados, quienes según las creencias permanecen en la Tierra como intermediarios con la vida de ultratumba, por lo que es preciso prestarles atención y aplacar su ira, a veces, como yo mismo tuve ocasión de presenciar, mediante la famadihana: una ceremonia que consiste en desenterrar los huesos de los antepasados y en­­volverlos en sábanas blancas nuevas, bailar con ellos alrededor de la tumba y devolverlos a la sepultura. En diferentes tribus, es fady tocar un camaleón, mencionar a los cocodrilos, comer cerdo o trabajar los jueves. Numerosos tabúes prohíben profanar una montaña, un peñasco grande, un grupo de árboles o incluso un bosque entero, todo lo cual apunta a una conexión profunda, aunque compleja, con la tierra y a un interés espiritual por su buena salud. Con todo, los fady que más suelen respetarse son los que no chocan con el refrán malgache según el cual es preferible morir mañana que hoy.

«¿Ve esa zona pelada? –dice Olivier Behra, señalándome una franja notoriamente deforestada en medio de varias hectáreas de árboles–. Hay un tipo que ha estado talando por ahí, y yo voy a tratar de detenerlo.»

«¿Cómo piensa conseguirlo?», le pregunto.

Sonriendo, me responde: «Dándole trabajo».

Los esfuerzos de Behra representan una solución inteligente, aunque localizada, al dilema de los recursos en Madagascar: promover los beneficios inmediatos que el bosque puede ofrecer a los lugareños. El francés llegó a Madagascar en 1987 en el marco de un proyecto de la ONU para salvar a los cocodrilos, poco queridos y gravemente diezmados. Se dio cuenta de que había que dar algún valor a los cocodrilos para que la gente se interesara en ellos, por lo que empezó a pagar a los lugareños por los huevos que recolectaran. Desde 2000, Behra ha seguido aplicando la misma fórmula a los bosques amenazados de Madagascar a través de su ONG, L’Homme et l’Environnement. En Vohimana, 160 kilómetros al este de la capital, Behra encontró un bosque que en los últimos 40 años se había reducido a la mitad. Aprovechando los conocimientos de los lugareños, catalogó 90 plantas medicinales y organizó su comercialización en el extranjero. Los perfumistas de Chanel se interesaron por algunos extractos vegetales, como el marungi. En 2007 había cesado la deforestación en Vohimana. Hay cientos de aldeanos que ya no practican la roza y quema, sino que recogen y venden hojas que antes no tenían valor económico.

«Me hice una casa por aquí –me dice Behra–. La gente ve que no pienso irme mañana, y por eso confía en mí.» Ha aportado muchos recursos pero pocas imposiciones. Consciente de que «no es posible coger a un leñador de toda la vida y enseñarle a ser agricultor», convenció al Gobierno de Madagascar de que permitiera a los lugareños seguir utilizando una parte del bosque para la producción de carbón de leña de uso doméstico. Cuando se enteró de que había un cazador de lémures en el pueblo, lo contrató para que hiciera de guía a turistas obsesionados con esos animales. Otro hombre que antes se ganaba la vida recolectando orquídeas raras en el bosque es ahora director del invernadero de orquídeas de Behra. Hace un tiempo, Behra consideró la posibilidad de abrir un criadero de cerdos salvajes del bosque, que hacían estragos en los campos de mandioca que él mismo había organizado, pero los miembros de la tribu betsimisaraka le informaron de que los cerdos eran fady, y «hay que respetar esas cosas», asegura. También ha conseguido que Chanel done dinero para contratar personal médico y para los comedores escolares de Vohimana.

«El trabajo a pequeña escala como el que hace Behra es quizá más eficaz que esos grandes sueños de salvar bosques enteros –dice Jean-Aimé Rakotoarisoa, director del Museo de Arte y Ar­­queología de la Universidad de Antananarivo desde hace 30 años–. La mayoría de los programas medioambientales advierte a la población de que no queme el bosque porque ése es su futuro. Pero esas personas no pueden esperar al futuro. Tiene hambre ahora. Hay que ofrecer un beneficio inmediato para la comunidad.»

Esa idea empieza a inspirar la actividad de un puñado de compañías que extraen recursos a gran escala. Rakotoarisoa hace ahora de asesor del proyecto Ambatovy, una iniciativa para explotar yacimientos de níquel y cobalto dirigida por un consorcio extranjero. Aunque objeto de controversia por no haber dado aún los resultados prometidos, el proyecto ha evitado los lugares fady, ha compensado a los lugareños afectados y mantiene una colaboración permanente con la comunidad. Rakotoarisoa se apresura a reconocer que esos esfuerzos no son altruistas. «Para bien de la imagen de la compañía, tienen que cuidar los aspectos ambientales y sociales.»

En el extremo sudoriental de la isla, cerca de Tôlanaro, la compañía minera angloaustraliana Rio Tinto está llevando a cabo una ambiciosa política de buena vecindad para compensar su proyecto de extracción de ilmenita, un mineral rico en titanio ampliamente utilizado en pinturas, papel y plásticos. La actividad ha provocado la destrucción de bosques litorales únicos que contenían 19 especies endémicas, así como gran variedad de plantas medicinales y mimbres para cestería. Aun así, a diferencia de los magnates de la madera que operan varios cientos de kilómetros costa arriba, Rio Tinto está tratando de conservar las especies afectadas. La compañía ha reservado áreas de bosque para la conservación, ha iniciado un programa de capacitación agraria, ha construido un puerto de mar de uso público y tiene previsto iniciar la rehabilitación del territorio el año próximo.

Aunque los habitantes de Tôlanaro tienen una carretera nueva, escuelas nuevas o reformadas y, en algunos casos, empleo en la mina, se mantiene el escepticismo local respecto a los verdaderos intereses de la compañía. «Rio Tinto está haciendo cosas buenas –dice el etnólogo Rakotoarisoa–, pero he oído los rumores que circulan en esa comunidad, y desde el punto de vista social, los rumores son más importantes que los hechos. No puedes negociar únicamente con los ingenieros y los expertos. Tienes que saber exactamente qué piensa la gente.»

El aeropuerto de antalaha es pequeño y carece de adornos. Decenas de personas aguardan la llegada del vuelo procedente de Antananarivo. Por la puerta entra Roger Thunam. El barón de la madera recorre el edificio, estrechando manos y diciendo a todos una palabra amable. Luego sale a la calle y espera la llegada del avión apoyado en un quiosco de frutas con los otros lugareños. No se diferencia de ellos; es un hombre del pueblo, que sabe lo que piensan… y les da lo que necesitan, al menos para hoy.