Londres Este

East Side Story

El "otro Londres" –auténtico, sin adornos, lleno de graffiti, y cada vez más en boga– se prepara para ser el escenario de los Juegos Olímpicos.

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La zona de Stamford Hill, en el municipio de Hackney, es un ir y venir de gente muy diversa.

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En Hackney, hombres y niños de la Iglesia nigeriana de los Querubines y Serafines de Sion Imole, soldados al servicio de Jesucristo, avanzan para dejar su aportación en el cepillo.

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Para quienes viven en las casas flotantes que puntean la red de canales del Londres Este, su hogar es el puerto. Arriba, picnic en el Hertford Union Canal, cerca de la sede de los Juegos de 2012.

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La clientela de la barbería A1, en Commercial Road, es sobre todo paquistaní y bangladesí.

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A las generaciones de más edad les gustan los clubs Mecca Bingo de Hackney, donde por dos libras beben una pinta mientras esperan cantar línea. La mayoría de los barrios del Londres Este están a la cola de todos los datos estadísticos: desempleo, renta, esperanza de vida…

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Los fieles oran en un funeral celebrado en la mezquita turca Süleymaniye, en Shoreditch. «Los vecinos nos aceptan y nos consideran uno más», dice su máximo dirigente, Huseyin Hakan Yildirim.

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Los sábados, los recién llegados al Londres Este –jóvenes acomodados– se sientan en los cafés de moda y rebuscan en los puestos del Broadway Market. En este antiguo mercado de frutas y verduras hoy se venden calcetines ecológicos, solomillo de venado y salmón ahumado.

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El bar Joiners Arms celebra la Noche Gay en Cordy House, una sala de fiestas de Shoreditch.

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La chipriota Sibel Beliczynska, madre de dos niños, está en el paro, cobra el subsidio y busca trabajo.

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«El East End londinense es un mundo en sí mismo», escribió Dickens.Y el distrito financiero de Canary Wharf es un mundo dentro de ese mundo, construido en los muelles que se abandonaron en los años sesenta, cuando los barcos se trasladaron río abajo.

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Con una vida marginal, pero tirando para sobrevivir, John Cook, alias John el Furtivo, caza conejos en las marismas de la zona y los vende en su «oficina» personal, el pub Anchor and Hope. «No viviría en ningún otro lugar de Londres que no fuera Hackney», asegura.

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Jackie Murphy, su hija Teresa Watts, su sobrina Sharon Crow y su prima Phyllis Broadbent cantan en un pub de Leyton. Las Pearly Queens son una organización benéfica tradicional cockney.

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Muchos de los almacenes y fábricas de Hackney Wick, legado del pasado industrial del Londres Este, se han reconvertido en estudios y viviendas para jóvenes creativos como Conrad Steen y Katie Lambert. La conversión comercial de estos espacios se ha acelerado debido a la cercanía de la sede de los Juegos Olímpicos de 2012.

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Los transeúntes abarrotan Whitechapel Road y sus mercadillos en Tower Hamlets, municipio del East End, donde una tercera parte de sus habitantes son bengalíes. 

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En Haggerston, el Centro Comunitario VLC para Refugiados de Vietnam, Laos y Camboya ofrece, entre otros servicios, asesoramiento sobre subsidios, alojamiento y empleo, así como clases de inglés, un comedor para los miembros de más edad y clases de tai-chi.

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La parte alta de Brick Lane es la zona de marcha de una muchedumbre de jóvenes modernos que toman la calle los fines de semana por la noche; en cambio la parte baja de la misma calle es una aglomeración de restaurantes donde sirven curry, la mayoría de propietarios bengalíes.

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La luz añil del atardecer suaviza la dureza de una calle cerca de Brick Lane, un antiguo barrio judío que hoy acoge a muchos inmigrates del sur de Asia.

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Al acabar la jornada, los jóvenes profesionales de Canary Wharf van a tomar unas copas.

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El "otro Londres" –auténtico, sin adornos, lleno de graffiti, y cada vez más en boga– se prepara para ser el escenario de los Juegos Olímpicos.

Cuando los últimos clientes acabaron de limpiarse las migas del pastel de carne, cuando engulleron la última anguila en gelatina, cuando apuraron la última taza de té, Fred Cooke, propietario del F. Cooke’s Pie and Mash Shop, en el número 41 de Kingsland High Street, Londres E8 2JS, fue a la puerta del establecimiento que había fundado su abuelo cuando Jorge V subió al trono y giró el cartel escrito a mano de abierto a cerrado.

«Y tanto que hubo lágrimas», dijo Cooke re­­cordando aquel día, 11 de febrero de 1997, mientras contemplaba con nostalgia una vitrina en el Museo de Hackney. La exposición incluía la red con la que sacaba las anguilas del acuario, las ollas en las que cocía las patatas para el puré, los moldes metálicos de los pasteles de carne y las bolsas de papel con el rótulo F. Cooke de los pedidos para llevar. Los adminículos de una empresa familiar de tres generaciones convertidos en piezas de museo.

«Éramos el Buckingham Palace de los pie and mash shops», añadió. El diamante que lucía en el lóbulo derecho y la gruesa pulsera de oro daban fe de los beneficios reportados. El pie and mash de Kingsland High Street, uno de los seis que poseía la familia Cooke, había sido el buque insignia de la flota, pero se había ido a pique con la transformación que había sufrido el paisaje humano del East End, el Londres Este.

El pastel de carne con puré de patatas nadando en salsa de perejil, y un cuenco de anguila en una salsa gelatinosa, es el emblema en extinción de la clase obrera blanca del East End, que ha sido sustituida por una oleada de emigrantes del subcontinente indio, legado de los muelles londinenses que antaño fueron puerta de salida hacia el resto del Imperio británico y hoy lo son de entrada para la inmigración. En el siglo XVII llegaron los hugonotes huyendo de la persecución religiosa. En los siglos XVIII y XIX lo hicieron los irlandeses acosados por la hambruna. Los siguieron los judíos de la Europa oriental que escapaban de los pogromos rusos. Ahora el grupo predominante es el de los bengalíes, mu­­sulmanes en su mayoría. En la década de 1960 empezaron a emigrar en masa por motivos econó­micos y hoy constituyen un tercio de la población, pero también hay africanos, antillanos, paquistaníes, indios, turcos, chinos y europeos del Este.

En Cambridge Heath Road, distrito de Bethnal Green, el supermercado Al-Rahman exhibe su cartel de «Carne Halal» puerta con puerta con el colmado polaco Polski Sklep Mini-Kos, justo en frente del Centro de Día Mayfield House somalí, algo más allá del lujoso Town Hall Hotel, con un par de BMW en la puerta y su suite De Montfort por 2.500 £ (3.125 €) la noche. A la vuelta de la esquina está York Hall, escenario de veladas de boxeo sabatinas, y unos pasos más allá, el Gallery Cafe, donde madres con cochecitos de bebé paladean caffellatte al lado de jóvenes profesionales inclinados sobre sus portátiles. Se respira energía, se palpa la diversidad; es un bazar en el que puedes escoger en función de tus gustos, tu estado de ánimo y tu cuenta corriente.

Hoy bastan los dedos de una mano para contar los pie and mash del East End; Cooke recordaba 14 o 15. «El Londres Este se ha vuelto cosmopolita –dijo–. Esta gente quiere guisantes con arroz, hermano, quiere kebabs.» Lo dijo con un vago asomo de intención, pero con humor.

A todos se nos extravían cosas. Se nos cae un guante. Perdemos el reloj. No sabemos dónde dejamos las gafas. A veces aparecen, otras se las queda alguien o no las vemos más. El Londres Este es así. Un paisaje de desapariciones; calles garabateadas con vestigios del pasado, una ma­­raña de reliquias misceláneas que se esfuman y reaparecen metamorfoseadas. Un comedor de beneficencia judío que a principios del siglo XX atendía a los pobres en Brune Street se reencarna en pisos de lujo. Una iglesia protestante francesa del siglo XVIII se convierte en la Gran Sinagoga de Spitalfields en 1897, y 80 años más tarde acaba siendo la mezquita de Brick Lane, refrendando el aforismo de Lavoisier de que la materia ni se crea ni se destruye, solo se transforma.

El F. Cooke’s Pie and Mash Shop de Dalston fue adquirido por un empresario chino que lo rebautizó como Shanghai. En vez de anguila, la carta ofrece langosta al horno con jengibre y cebolletas. En vez de pastel de carne, wonton de cerdo. «Yo aguanté lo que pude –dijo Cooke–, pero era un esfuerzo en vano. Así que decidí dejarlo, con enorme dolor de mi corazón.»

Trace una línea desde Tower Bridge hasta el río Lea a lo largo de la margen septentrional del Támesis; gire hacia el norte, rodeando el munici­pio (borough) de Tower Hamlets y parte de Hackney; siga rumbo sur hasta las murallas romanas de la City, y habrá delimitado el clásico East End de Charles Dickens, Jack el Destripador y los célebres gánsteres de los años cincuenta y sesenta, los hermanos Kray, Reggie y Ronnie.

Este es, históricamente, el Londres marginal, la cara más pobre y menos glamurosa de la capital. Por su ubicación cerca del Támesis, se con­virtió en centro de exportación y manufactura. Extramuros de la City podía prosperar la industria más nociva (curtidurías, mataderos, fundiciones de plomo) sin apenas vigilancia. Como el viento soplaba de poniente, el hedor atravesaba directamente el East End, respetando el aire per­fumado del elegante West End, la zona oeste. La revolución industrial y la expansión del Imperio británico en vida de la reina Victoria exacerbaron sus condiciones insalubres y su sordidez. La enorme demanda de estibadores intensificó aún más el hacinamiento de la clase trabajadora en una zona ya saturada de inmigrantes, donde las epidemias se propagaban porque el saneamiento era deficiente. Como observa el Sam Weller de Dickens en Los papeles póstumos del Club Pickwick: «No es muy buen barrio que se diga».

A diferencia de la grandiosidad del Londres Oeste, con su Parlamento, sus palacios y barrios majestuosos y bien cuidados, el paisaje urbano del Londres Este era, y sigue siendo, todo lo contrario. Pero en medio de ese East End desordenado, de aspecto sucio y descuidado, también hay oasis de belleza llenos de encanto: la plácida serenidad de las casas flotantes alineadas sobre el Regent’s Canal; las armoniosas, y carísimas, casas georgianas de Fournier Street, donde viven las figuras más destacadas del panorama artísti­co británico; el verdor de Victoria Park, inaugura­do en 1845 en atención a una solicitud firmada por 30.000 habitantes del East End, y a petición de residentes del West End deseosos de cortar el paso al aire infecto del Este. Sin embargo, tam­bién hay miseria y fealdad en el cemento brutal de las viviendas sociales, cuyos pasillos sin luz ocultan las transacciones furtivas de los camellos y cuyas escaleras apestan a orina; en las bandas callejeras; en los campos oscurecidos por los detritos tóxicos de las fábricas moribundas; en las marismas desfiguradas por hileras de torres de alta tensión y plantas de gas herrumbrosas.

Hoy el Londres Este se amplía, según a quién se pregunte, hasta abarcar los municipios de Newham, Barking y Dagenham, Redbridge, Waltham Forest y Havering. Con independencia de sus límites, y a pesar de más de un siglo de regeneración, de los barrios colonizados por profesionales cualificados, de las más de 170 ga­­lerías de arte y museos, de la prosperidad del distrito financiero de Canary Wharf y sus rascacielos del HSBC, Barclays y Citibank, el Londres Este continúa siendo la zona de la ciudad más castigada por la pobreza.

De 1889 a 1903 el sociólogo victoriano Charles Booth publicó una serie cartográfica de la pobreza londinense que perfilaba la división Este-Oeste. En su mapa, el West End de Kensington y Belgravia brilla con rectángulos dorados que indican «clases media-alta y alta. Acomoda­dos». El East End está cuajado de manchas negras, que significan «clase baja», y de cuadrados azules, que reflejan bolsas sociales con «carencias crónicas». Si hoy se cartografiase el índice de pobreza en Londres, no habría muchas diferencias.

En 2005 el Comité Olímpico Internacional concedió a Londres la organización de los Juegos de 2012. El Ayuntamiento anunció que aprovecharía la oportunidad para transformar el Londres Este y actuar contra «la pobreza, el paro, la infracualificación y los problemas sanitarios». Los Juegos Olímpicos serían, prometió Jack Straw, entonces ministro de Asuntos Exteriores, «un motor para la regeneración».

las diferencias entre ricos y pobres son muy evidentes en el Londres Este. En Bethnal Green puedes tomarte una salchicha en hojaldre (1,40 £) con un té (70 peniques) en las mesas de formica y las sillas de escay de Hulya’s, o cruzar la calle y sentarte cómodamente en el Viajante, restaurante con una estrella Michelin cuyos muebles están hechos a mano, y catar el tartar de calamares con granizado de tinta, para continuar con, por ejemplo, corazón y lengua de pato con hilos de champiñón y caldo especiado (seis platos con su vino correspondiente, 115 £).

«Londres es la capital de las desigualdades», afirma Danny Dorling, catedrático de geografía humana de la Universidad de Sheffield. Como recuerda la megafonía del metro londinense («Mind the Gap»), hay una distancia peligrosa.

Girar a la derecha en Hanbury Street viniendo por Brick Lane para ir a Bethnal Green Road es adentrarse en uno de los peores barrios de viviendas sociales de todo Londres. Si por el contrario giras a la izquierda, te diriges al distrito de Shoreditch, lo más de lo más, donde hay 300 empresas de alta tecnología digital.

«Los emprendedores necesitan cuatro cosas: electricidad, una conexión rapidísima, café ilimitado y mentes creativas a su alrededor», explicó Elizabeth Varley, una de las fundadoras de TechHub, un espacio de trabajo situado frente a Old Street donde los desarrolladores de aplicaciones web y productos de computación en la nube que sueñan con inventar la siguiente revolución tecnológica pueden alquilar un sitio para trabajar por 3.300 £ al año. El Londres Este se ha convertido en un centro de alta tecnología, dijo Varley, porque es asequible, céntrico y «está repleto de artistas, restauradores y minoristas, gente que quiere hacer las cosas a su manera».

Gente como David Tenemaza Kramaley, un creador de juegos para ordenador de 24 años que vendió su primer producto digital a los 13 por 1.000 £, contaba con ingresar 300.000 £ con su último proyecto y acababa de mudarse a un apartamento de una sola habitación, un sótano sin ventanas, a cinco minutos del trabajo, por el que pagaba encantado 1.000 £ al mes.

«Me gusta vivir aquí porque es práctico y me permite interactuar con gente del sector», dijo. Kramaley, cuyo peinado a lo Beatle enmarca su cara redonda, disfruta con esa especie de montaña rusa que significa montar una startup. «Ya sé que podría encontrar un puesto bien pagado en programación o en márketing, pero a mí me gusta controlar mi propio destino.» ¿Su meta? «Ganar dos millones de libras.»

«Todo el mundo está pendiente de quiénes serán los nuevos inmigrantes –decía Sotez Chow­dhury, bengalí de 22 años que trabaja de organizador comunitario en Shoreditch Citizens–. No dejan de preguntarse qué etnia será la próxima en llegar. Y yo no dejo de decir que los nuevos inmigrantes son estos, y que no se puede decir que estén fuera de lugar.» Se refería a los jóvenes profesionales que se han trasladado a este lugar atraídos por su dinamismo y modernidad.

Una noche Sotez, su madre (Rowshanara, terapeuta familiar) y yo caminamos por Brick Lane, el corazón de Banglatown, como la gente llama coloquialmente al corazón de este distrito. El final de la calle, lleno de restaurantes donde sirven curry (más de 50), resplandecía con el rosa chicle, el verde flúor y el amarillo chillón de los letreros de neón; el aire prácticamente vibraba con esos olores a curry, clavo y brasas de carbón y la música de Bollywood a todo volumen.

Woodseer Street, una suerte de Línea Maginot, marca un cambio. El Brick Lane del curry se transforma en el Brick Lane de las boutiques, con tiendas de ropa vintage, clubs de música y bares abarrotados de chicos con barba de tres días y chicas en leggings y escuetísimos tops.

Un anciano bengalí pugnaba por avanzar a contracorriente entre una marea de jóvenes. «Este era su barrio», dijo Sotez de la zona de moda de Brick Lane, más allá de Woodseer Street. La calle estaba tomada por una generación nueva con dinero en la cartera. ¿Tenían idea de las privaciones que soportaban los vecinos que vivían a la vuelta de la esquina?, pregunté a Rowshanara. «No tienen ni idea», me respondió.

«Yo venía por aquí con los amigos de la uni –dijo Sotez–. Hay mucho ambientazo. Es lo más. Nos dábamos una vuelta. Desde aquí se ven las luces de Canary Wharf… pero resultaron ser un espejismo.» Calló y pareció que se le endurecía el semblante: «Todos mis compañeros querían ser gestores de inversiones. No lo es ninguno».

En una de esas rutilantes torres de cristal de Canary Wharf, Jerome Frost, jefe de diseño de la Olympic Delivery Authority (la autoridad encargada de las infraestructuras olímpicas), se inclinó sobre una mesa de un blanco impoluto, de esas que pregonan a gritos que son lo último en diseño, y explicó cuáles son los objetivos más allá de la celebración de los Juegos Olímpicos: «Los Juegos ofrecen a Londres una oportunidad única. Queríamos reinventar el acontecimiento. Hacerlo más sostenible. La candidatura que presentamos al Comité Olímpico se basaba en lo que quedaría después de la clausura». La cita olímpica de Londres sería «el legado de los Juegos».

Para construir el parque olímpico se limpiaron 2,5 kilómetros cuadrados de tierra contaminada, se soterró el tendido eléctrico y se crearon 80 hec­táreas de zona verde. Se consideró hasta el último detalle relacionado con el medio ambiente: 2.000 tritones fueron reubicados en una reserva natural cercana para protegerlos de las obras.

Después de los Juegos los edificios se utilizarían como polideportivos públicos, y la villa olímpica, como viviendas privadas, la mitad de ellas, se dijo, reservadas a ciudadanos con rentas bajas. La iniciativa de regeneración se contagiaría a los barrios cercanos. Impresionante, si bien el cacareado «legado» inspiraba escepticismo en ciertos foros. «“Legado” es una de esas palabras como “tendencia” y “valor marca” usadas en la jerga del márketing –dijo Stephen Bayley, crítico de diseño londinense–. Los legados no se crean. Que nadie se engañe: levantando grandes edificios no se deshace un gueto.»

«¿Saldrá bien esta vez? ¿Dejarán estos Juegos tras de sí algo positivo para el East End?», insistí a Jerome Frost. El lado positivo, dijo, era que se había limpiado una buena parte de la zona en tiempo récord y sin salirse del presupuesto. Pero, ¿se beneficiarían de ello los vecinos? ¿O acabaría siendo un segundo Canary Wharf que solo marcaría una frontera entre ricos y pobres?

«Si esto no funciona –dijo Frost con un suspiro–, entonces no hay nada que hacer.»

Quizás habría que modernizar el menú…

Así se lo sugirieron a Bob, primo de Fred Cooke, que sigue al frente de su pie and mash en Broadway Market, distrito de Hackney. Bob me sirvió un cuenco con un pedazo de anguila flotando en un mar de salsa verde y se sentó frente a mí. Comer aquello tenía su ciencia.

«Un amigo me dijo: “¿Por qué no haces pizzas? A los chicos les encantan”. Y yo le contesté: “Tú ocúpate de tu tintorería, que de mi restaurante ya me ocupo yo”.»

Cooke se puso en pie y se limpió las manos en el mandil de rayas azules.

«Sí, tenemos clientes, pero cada vez son menos y más viejos. Los yuppies no entran aquí. Pero lle­vamos más de cien años. Seguiremos otros cien.»

Se acercaba la hora de comer. La calle estaba atestada de jóvenes que tomaban Broadway Market –el mercado donde en tiempos se vendían las patatas, cebollas y repollos de toda la vida– a la caza de bizcocho orgánico de plátano y nueces sin gluten, buey de Devon con denominación de origen y aceite de oliva al aroma de trufa. Se oía música y se respiraba el aroma de pan artesano recién horneado. En el pie and mash solo había cinco clientes.

En el Londres Este se oyen más de 200 lenguas: bengalí, gujaratí, urdu, tamil, swahili o letón, entre otras. La inmigración se percibe tanto con el oído como con la vista, pero hay sonidos que ya no se oyen, como el yiddish, lengua franca de Brick Lane a principios del siglo XX. Por los mismos motivos que la clase obrera blanca cockney se marchó al este y se instaló en diversos lugares de Essex, los judíos del Londres Este se trasladaron a barrios del norte de la ciudad como Golders Green y High Barnet. Cuestión de aspiraciones: mudarse y prosperar. Hasta la década de 1950 Brick Lane era una calle comercial judía. Hoy prácticamente el único vestigio de aquella época son dos panaderías donde venden bagels.

«Este es mi East End judío», me confesó Mildred Levison al mostrarme el apartamento en el que se crió durante la Segunda Guerra Mundial y que está junto a Brick Lane. («Seguro que sigue habiendo animalejos. En Londres siempre hay una rata cerca.») Paseamos hasta el mercado de Spitalfields, refugio antiaéreo durante el Blitz y hoy área aburguesada con una alta concentración de yuppies, boutiques y restaurantes. Levison, de 72 años y jubilada, vive ahora en el Londres Norte. Recordó los seis peniques que costaban los baños públicos y cómo jugaba en los escombros de los bombardeos, y por supuesto el calor de la comunidad y la familia. «Brick Lane parece distinta pero a la vez extrañamente idéntica, porque soy nieta de inmigrantes. Aquí ya no queda nada de eso –hizo una pausa y se tocó el corazón–. Pero aquí sí.»

De hecho el East End sigue ahí, aunque con otro aspecto. El Londres Este no ha dejado de ser un continuo ir y venir, aparecer y desaparecer, una procesión humana que, a veces, simplemente sigue adelante con su vida. Generaciones que llegaron con poco o nada en las manos y levantaron un negocio, una familia, una vida. Alveena Malik, directora de UpRising, un programa de formación de jóvenes con talento del Londres Este, dice que aunque esas personas hoy siguieran siendo pobres, deberíamos recordar que «las carencias económicas no se traducen en carencias espirituales».

«Vine de Bangladesh en 1973 para ampliar mis estudios –me contó Shahagir Bakth Faruk una noche mientras cenábamos–. Me los pagaba mi tío, pero no había dinero, así que me puse a trabajar de dependiente en un comercio de electrónica de Brick Lane.» Con el tiempo se forjó una vida nueva. Abrió un negocio que prosperó. Se presentó dos veces a las elecciones parlamentarias como candidato conservador por Bethnal Green y Bow. («Y dos veces perdí. Bethnal Green es laborista desde siempre.») Faruk, que hoy tiene 64 años, se nacionalizó británico. Y algo más…

«En Bangladesh, si una chica quiere casarse fuera de la fe musulmana, tiene una posibilidad entre un millón de que sus padres lo autoricen. Pero cuando llegó mi hijo diciendo que quería casarse con una chica de madre cristiana y padre hindú, yo ni pestañeé. Ahora mi hijo menor lleva pendiente; cuando un amigo me hizo un comentario al respecto, le dije: “¿Y qué?”.»

Entonces le sonó el móvil. Era el hijo casado, preguntándole cómo estaba. «Esta ciudad me ha enseñado una cosa importante –dijo Faruk después de colgar–: tolerancia.»

 

Fotografías de Alex Webb