Las marismas de Luisiana en peligro

Desolación en el Bayou

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Las marismas de Luisiana son resistentes y ya se han repuesto de anteriores desastres ecológicos. Pero nadie sabe cuánto tardarán en recuperarse esta vez.

Donde la tierra se une al mar en el delta del río Mississippi, en Luisiana, la palabra «costa» pierde su sentido. La frontera entre tierra y mar no es lineal, sino que se disuelve en las pinceladas que describen las islas de barrera, una docena de estrechas playas y, más allá, un sistema de bahías abiertas, canales, marismas saladas y sa­­lobres y pantanos de agua dulce que se adentran entre 40 y 160 kilómetros en tierra firme.

Son los humedales de Luisiana: 32.000 kilómetros cuadrados de uno de los ecosistemas más productivos de América del Norte.

Un tercio de la producción de ostras y camarones de Estados Unidos procede de las aguas costeras del estado de Luisiana, y el 98 % de los peces, camarones, cangrejos y ostras capturados en la costa dependen del hábitat de las marismas del estuario de Barataria-Terrebonne (y alrededores), un área que abarca alrededor de 1,6 mi­­llones de hectáreas al sur y al oeste de Nueva Orleans. Sin esas marismas, bordeadas por el río Atchafalaya al oeste y por el Mississippi al este, no habría camarones ni ostras, ni juncos y hierbas para las aves residentes y las migratorias. Sin ellas, la rica cultura humana del bayou (las ciénagas de Luisiana) perdería su fundamento.

«Éstos son humedales explotados –me dijo Gay Gómez, escritora y naturalista que se crió en la costa de Luisiana–. La tierra, la fauna y la gente forman una unidad inseparable.» Por eso, a los 22 días del vertido de la Deepwater Horizon, Lisa Jackson, directora de la Agencia para la Protección del Medio Ambiente de Estados Unidos, declaró que el gobierno federal estaba ha­­ciendo cuanto podía para evitar que el crudo llegara a las marismas. Pero un mes después de la explosión, el petróleo alcanzó las marismas.

No llegó en una sola marea oleosa, sino en zarcillos fragmentados que se colaban entre las islas de barrera y flotaban hacia el norte, con las corrientes impulsadas por la cálida brisa del sur. El crudo fue cambiando de forma a medida que se movía. En una bahía ensució el agua con residuos marrones que parecían excrementos y escupitajos. En otra, cuajó en forma de balsas moradas del tamaño de pequeñas piscinas. Podía ser fino como una pátina o espeso como un caramelo toffee.

Y allí donde llegó, se quedó. Se pegó a los her­bazales de spartina y a las hojas de los mangles. Ennegreció la base de carrizos de tres metros de altura. En la isla Queen Bess, en la bahía Barataria, una de las colonias de nidificación de aves más productiva de América del Norte, espesas lagunas mareales de crudo que se formaron junto a la orilla embreaban las plumas de los pelícanos cuando se sumergían para pescar. Día tras día, el viento empujó el petróleo cada vez más hacia el interior de las marismas. Kilómetros de barreras absorbentes y de contención, a menudo tendidas sin orden ni concierto y abandonadas sin vigilancia, fueron insuficientes para contenerlo.

Las marismas del estuario de Barataria-Terrebonne están desapareciendo. Sin el aporte de los sedimentos del Mississippi y atravesadas por cientos de canales de prospección de petróleo y gas, están siendo sustituidas por mar abierto a un ritmo de 39 kilómetros cuadrados al año.

Mitch Jurisich y su hermano Frank, productores de ostras de la localidad costera de Empire, arriendan al estado de Luisiana 5.700 hectáreas de bancos de ostras. El 4 de junio, sus bancos eran de los últimos que aún quedaban abiertos en la bahía Barataria. El crudo estaba a unos diez kilómetros de distancia. «Tal como está so­plando el viento, seguirá empujándolo hacia la costa», pronosticó Mitch. Mientras el pozo de BP siguiera escupiendo decenas de miles de barriles al día, no había forma de saber si el cierre duraría días, semanas o años. «Es como trabajar mientras se acerca un monstruo», dijo. En realidad eran dos monstruos, pues además del petróleo había otra amenaza. «Por lo general, en junio el río lleva menos agua, y la mayor salinidad hace que las ostras expulsen sus larvas», explicó. Pero unas semanas antes, las autoridades estatales habían abierto los trasvases del Mississippi con el fin de llevar más agua dulce al estuario y mantener el crudo lejos de la costa. Las ostras toleran grandes variaciones de la salinidad, pero necesitan algo de sal. Si la inundación de agua dulce persistía, podían morir sin que las tocara el crudo.

Cuando llegamos a los bancos de ostras, Jurisich arrojó dos dragas, parecidas a unas bolsas de malla metálica con un marco de acero. «¡Aquí vienen!», gritó poco después, mientras unas ca­­denas las izaban y su contenido se esparcía sobre una mesa metálica de clasificación. Jurisich saboreó el momento. «Si ese petróleo nos obliga a cerrar, no sólo perderemos el medio de ganarnos el pan, sino también nuestro estilo de vida.»

Como la mayoría de los lugareños, Jurisich detesta el petróleo, pero no a la industria que provocó el vertido. «Los productores de ostras y las compañías petroleras llevamos trabajando juntos, en este mismo lugar, más de 50 años. Tenemos buena relación. ¿Si quiero que se de­­tenga la producción de gas y petróleo a causa de este vertido? –se preguntó, e hizo una pausa para reflexionar–. No, no me gustaría. El marisco no basta para dar de comer a este estado.»

Esa noche, una nueva marea de crudo llegó a la bahía Barataria. Al día siguiente, el departamento de sanidad del estado clausuró los bancos de ostras. Los Jurisich se quedaron sin trabajo.

Experiencias anteriores han enseñado varias cosas, por ejemplo, que eliminar de una marisma los sedimentos conta­minados con crudo puede destruirla por completo (vertido del Amoco Cádiz, marisma de île Grande, Francia, 1978); que quemar el petróleo que contamina una marisma no siempre acelera su recuperación (vertido del oleoducto en la marisma de la bahía de Copano, Texas, 1992), y que cortar y apisonar la vegetación contaminada puede acabar con la marisma mucho más deprisa que el propio petróleo (vertido del Esso Bayway cerca de Port Neches, Texas, 1979).

Y hay otra lección: la frase «después del Katrina» puede tener muchos significados en la costa de Luisiana, pero durante el vertido se convirtió en la expresión del convencimiento de que el gobierno federal no iba a acudir al rescate. Si los habitantes de Luisiana querían proteger sus ma­­rismas, tendrían que hacerlo ellos mismos.

Mark Kulp, profesor de geología en la Universidad de Nueva Orleans, es uno de ellos. Cuando se produjo el vertido de la Deepwater Horizon, fue contratado por la división de limpieza de la costa de BP (la SCAT) para encabezar uno de sus equipos técnicos de evaluación. Todos los días a las seis de la mañana, seis equipos de la SCAT se dispersan por el litoral de Luisiana a bordo de hidroplanos para estudiar los informes de contaminación de crudo a lo largo de la línea de costa y recomendar planes de limpieza.

«Quiero ir a ver un lugar de la bahía Timbalier que estaba muy contaminado hace dos semanas», dijo Kulp la mañana del 12 de junio en la sala de la SCAT, en el cuartel de mando de Houma, mientras me mostraba unas fotos del crudo marrón rojizo que ennnegrecía la costa de Devils Point.

Kulp no había recomendado ninguna intervención radical. «Les dijimos que tendieran unas barreras a lo largo de la costa para absorber el petróleo del agua. Espero que la marea aleje lentamente el crudo de la vegetación y lo lleve hacia la barrera.» El material de la barrera es hidrófugo (repele el agua) y oleofílico (absorbe el petróleo).

Tres horas después, un hidroplano nos dejó en Devils Point. Fuimos chapoteando por la costa con la marea alta. Casi toda la península estaba bajo 15 centímetros de agua. «Quiero saber si el crudo avanza hacia el interior o si se queda en el borde», dijo Kulp. Nos llevó unos cinco minutos atravesar la península. Los resultados fueron bastante alentadores. La acción de la marea y el oleaje habían actuado como el bombo de una lavadora, separando el crudo de las plantas y dirigiéndolo hacia las barreras absorbentes, que eran blancas y ahora se habían vuelto negras.

De vuelta en el cuartel general de la SCAT, el jefe de la división, Ed Owens, convocó a los 45 miembros de su grupo para una reunión. Cada equipo debía informar de sus hallazgos. Kulp lo resumió en pocas palabras: «Hemos vuelto a Devils Point y hemos visto que las mareas están limpiando lentamente el crudo. Si seguimos cambiando las barreras sucias, creo que las mareas altas nos seguirán beneficiando».

Otro de los equipos informó de que la playa de East Grand Terre, una isla de barrera, seguía llena de charcos de petróleo. «En este momento es el lugar más afectado –dijo el jefe del grupo–. Necesitamos mandar una brigada de limpieza».

Limpiar el petróleo de las marismas es una cosa. Limpiar a los animales que viven en ellas es otra cosa muy distinta. BP había contratado a decenas de expertos en fauna para recoger aves y tortugas contaminadas, pero la carga de trabajo muchas veces los superaba.

Todos los días de principios de junio, P. J. Hahn, director del departamento de costas de la parroquia de Plaquemines, se reunía a las cinco menos cuarto de la mañana con el guía de pescadores Dave Marino en Port Sulphur, localidad conocida por su refinería, y salían a observar las manchas de crudo. Hahn necesitaba saber qué puntos estaban siendo afectados por el petróleo, y Marino, que había perdido su fuente de ingresos por culpa del vertido, se alegraba de tener el empleo.

La mañana del 5 de junio, Hahn dijo a Marino: «No sería mala idea echar un vistazo en Queen Bess». La isla, un cúmulo de conchas de moluscos y herbazales de spartina de 39 hectáreas de extensión, es una de las frágiles joyas de la bahía Barataria. Cuando a finales de la década de 1960 las autoridades de Luisiana reintrodujeron al de­­saparecido pelícano alcatraz, Queen Bess se convirtió en una de las principales colonias de cría.

Mientras nos aproximábamos a la isla, Hahn recorrió la costa con los prismáticos. «La situación empeora», dijo.

Decenas de pelícanos alcatraces se alineaban en la orilla, intentando limpiarse el petróleo de las plumas. Algunos tenían desplegadas las alas, pesadas por la carga de crudo, a la espera de que la brisa marina las secara. Otros las batían en el agua, tratando de limpiarlas. Marino divisó un ave atrapada cerca de la orilla y Hahn se acercó. Era un pelícano alcatraz, varado en una laguna de crudo de 15 centímetros de profundidad de­­jada por la marea. Estaba tan impregnado que apenas podía moverse. El parpadeo era el único signo de que aún vivía.

«Llamaré para que vengan», dijo Marino.

Pasó una hora, y después, dos. El calor iba en aumento a medida que avanzaba la mañana, pero la ayuda no llegaba.

Las aves petroleadas no suelen morir por intoxicación, sino a causa del frío o el calor. El petróleo anula las propiedades aislantes de las plumas, y las aves mueren de hipotermia cuando baja la temperatura por la noche o de hipertermia cuando el sol eleva su temperatura corporal. Aquel pelícano se estaba cociendo lentamente.

Hahn empezaba a echar humo.

Desde hacía semanas, funcionarios como él y su jefe Billy Nungesser, presidente de la parroquia de Plaquemines, se quejaban de la desorganización de las operaciones dirigidas por BP y el gobierno federal. Miles de guardias nacionales, reservistas del servicio de guardacostas y profesionales subcontratados habían acudido a las localidades pesqueras, pero en medio del caos pocos parecían capaces de sacar mucho petróleo o dispuestos a hacerlo. Los funcionarios federales parecían más preocupados por aplicar los reglamentos burocráticos que por limpiar el vertido.

«Me lo llevo», dijo Hahn.

«Vas a meternos en un lío», contestó Marino. Según las normas, estaba prohibido tocar las aves.

«No puedo dejarlo aquí. Se va a morir.»

Hahn levantó el pelícano por un ala (fotografía, páginas 4-5). No era el mejor modo de manipularlo, pero tenía que arriesgarse. Le sujetó el pico y lo envolvió con una bolsa de plástico para que se calmara. Lo llevamos al barco de Marino. Empapado y abrasado por el sol, el pobre animal ardía como un pan recién sacado del horno. Veinte minutos después, iba de camino al centro de rehabilitación al sur de Empire.

El resto del día fue igual, y también el día si­­guiente. En una isla de Bay Ronquille, los cangrejos ermitaños se escabullían entre los charcos de petróleo y morían. En Bay Long, el crudo se acumulaba en balsas flotantes tan espesas que dos lachas tiranas saltaron del agua, quedaron atrapadas en él y murieron. Hahn llamó a su oficina. «Estoy en Bay Long y hay mucho petróleo. Acabamos de cruzarnos con unas embarcaciones con skimmers junto a la isla Cat. Necesitamos que vengan hacia aquí. Hay un montón de petróleo a punto de invadir las marismas.»

En los pueblos pequeños a lo largo de las autopistas 23 y 1, principales arterias de las marismas, los restaurantes cambiaron los carteles del cocido de camarones típico de la zona por otro de cangrejo de río. (Los humedales de agua dulce casi no se han visto afectados por el petróleo.) En la lonja de Westwego, donde los lugareños compran las capturas de una veintena de vendedores, no había nadie. «No tenemos ca­marones, ni nadie que los compre –me dijo un vendedor–. La gente tiene miedo de comerlos.»

En los puertos se palpaba el temor a que el petróleo matara todo cuanto tocara. Es indudable que contaminará las marismas durante años. Aun así, en los últimos 30 años hemos aprendido mucho sobre los efectos de los vertidos de crudo en diversos ambientes, y la investigación indica que las marismas de Luisiana tienen probabilidades de recuperarse. De hecho, en la bahía Barataria hay factores que juegan a su favor. El crudo dulce de Luisiana que encharca sus orillas se ha visto sometido a la acción de los elementos, lo que significa que parte de sus componentes tóxicos se han degradado en el recorrido desde el origen del vertido. Como el crudo degradado es muy viscoso, es menos probable que penetre en los sedimentos de las marismas. Esto es positivo, porque el calor superficial, el sol y el agua ayudarán a disociar algunos componentes del petróleo, al igual que las bacterias que digieren el crudo.

Esos microbios naturales son abundantes, en parte porque en la región son relativamente comunes los vertidos menores. Aunque no hay precedentes en aguas de Estados Unidos de un vertido de la magnitud del que se produjo en la Deepwater Horizon (unos 750 millones de litros hasta que se detuvo el flujo a mediados de julio, sin que la mayor parte del volumen vertido llegara a las marismas), en los últimos 40 años los oleoductos, plataformas y pozos han vertido en el golfo de México un promedio anual de un millón y medio de litros de crudo. A ese volumen hay que sumar los 155 millones de litros anuales que emanan de forma natural del fondo del mar.

Antes de ser director del Programa Nacional del Estuario de Barataria-Terrebonne, Kerry Saint-Pé estuvo 25 años al frente del servicio de limpieza de vertidos del Departamento de Calidad Medioambiental de Luisiana. Tras pasar un día en la bahía Barataria, parecía más aliviado que alarmado. «He visto vertidos mucho más amenazadores para el ecosistema que éste», dijo.

«El crudo no es un herbicida sistémico», me explicó. Puede matar la parte aérea de plantas como la spartina o el carrizo, sofocando los tallos. «Pero el sistema de raíces no muere», puntualizó. El mangle negro corre mayor peligro porque el crudo puede bloquear los neumatóforos, los largos tubos de respiración que proporcionan oxígeno a las raíces sumergidas del árbol.

Mientras navegábamos junto a la orilla de la isla Cat, tortas de petróleo flotaban a nuestro alrededor y se deshilachaban por los bordes a una temperatura ambiente de 36 grados. «Se está degradando con relativa rapidez –dijo Saint-Pé–. El clima soleado de Luisiana puede inducir mucha fotooxidación y evaporación –añadió–. Además, las bacterias consumidoras de petróleo se multiplicarán rápidamente.»

Para las marismas del estuario de Barataria-Terrebonne, los daños del vertido no pueden compararse con los destrozos causados por decenios de construcción de canales y privación de sedimentos, según Saint-Pé. «Los efectos ecológicos del accidente se suavizarán poco a poco, pero las repercusiones socioeconómicas serán devastadoras. No habrá ostras, al menos en un futuro próximo, ni cangrejos de mar, ni pesca, ni marisco en los restaurantes. Nadie comprará hielo, ni cebo, ni suministros para la navegación. Se perderán empleos por la moratoria sobre las perforaciones fuera de la costa. Esos efectos durarán mucho tiempo.»

Una tarde de principios de junio fui a Grand Isle. La playa de esta isla se ha hecho famosa por las visitas del presidente Obama y por las brigadas de limpieza que retiran el crudo de la arena. Pero esa noche estaba desierta. De pronto, dos rayadores, unas aves que cazan peces pequeños deslizando el pico por la superficie del agua, pasaron a mi lado. Los vi rozar el agua manchada de petróleo. Quise ahuyentarlos, darles la voz de alarma. Pero ya era tarde. Siguieron recorriendo la orilla, rozando una y otra vez el agua contaminada.