Esposas niñas

Demasiado jóvenes para casarse

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En muchos lugares del mundo las niñas se casan con 14 años, pero también con 10 y hasta con cinco. Aun siendo ilegal, el matrimonio infantil sigue en auge. En los países en desarrollo son forzadas a contraer matrimonio entre 10 y 12 millones de niñas.

Como la boda era ilegal y secreta, excepto para los invitados, y como los ritos de matrimonio en Rajastán a menudo se llevan a cabo a altas horas de la noche, la tarde estaba ya muy avanzada cuando tres novias de una granja del norte de la India empezaron a prepararse para hacer sus votos sagrados. Se agacharon sobre el polvo, y un grupo de mujeres que sujetaba un sari a modo de cortina virtió sobre sus cabezas agua jabonosa de una palangana. Dos de las novias, las hermanas Radha y Gora, tenían 15 y 13 años, edad suficiente para entender lo que estaba pasando. La tercera, su sobrina Rajani, tenía cinco. Llevaba una camiseta rosa con una mariposa dibujada en el hombro. Una mujer la ayudó a quitársela para el baño.

Los novios venían de camino desde su aldea, a muchos kilómetros de distancia. Ninguno se podía permitir un elefante ni los tradicionales caballos elegantemente enjaezados, por lo que llegaron en coche, y se esperaba que lo hicieran muy animados y algo bebidos. La única persona del lugar que los conocía era el padre de las dos niñas mayores, un granjero esbelto de cabello gris al que llamaremos señor M. Al observar cómo los invitados subían por el sendero rocoso hacia las brillantes sedas que, enganchadas a unos pa­­los a modo de toldos, daban sombra, el señor M se sintió orgulloso, a la vez que precavido; sabía que si un policía insobornable descubría lo que estaba sucediendo, la boda podía interrumpirse a mitad de la ceremonia, lo que acarrearía detenciones y vergüenza para su familia.

Rajani era nieta del señor M, hija de la mayor de sus hijas casadas. Tenía los ojos marrones y redondos, una naricilla ancha y la piel del color del chocolate con leche. Vivía con sus abuelos. Su madre se había trasladado a la aldea de su marido, como deben hacer las mujeres casadas en la India rural, y se rumoreaba que su marido, el padre de Rajani, era un bebedor y un mal granjero. Los aldeanos decían que quien más quería a Rajani era el abuelo, el señor M; eso quedaba claro por el modo en que le había buscado un novio de la misma respetable familia que el novio de su tía Radha. Así no se sentiría tan sola después de su gauna, la ceremonia india que marca el traslado físico de una novia, quien abandona la familia de su niñez para pasar a formar parte de la de su marido. Cuando las niñas indias se casan a corta edad, la gauna tiene lugar después de la pubertad, de modo que Rajani viviría unos años más con sus abuelos. Y el señor M había hecho bien al proteger a su nieta hasta que llegara ese momento, decían los aldeanos, al dejar claro públicamente que estaba casada.

Estábamos en una aldea de Rajastán y era la época del Akha Teej, un festival que tiene lugar durante los meses más cálidos de la primavera, justo antes de las lluvias del monzón, y que se considera un momento propicio para las bodas. Contemplamos con tristeza a la pequeña Rajani, de cinco años, cuando comprendimos que aquella niñita que correteaba descalza con unas gafas rosas de plástico sería también una de las novias de la ceremonia de medianoche. El hombre que nos había llevado a la aldea, un primo del señor M, nos había informado sólo de que iba a celebrarse la boda de dos hermanas adolescentes. Esta revelación ya era de por sí muy arriesgada, porque en la India las chicas no pueden casarse antes de los 18 años. Pero las técnicas utilizadas para que se haga la vista gorda ante las bodas ilegales (el silencio de los vecinos, la llamada al honor familiar) se manejan mejor cuando las prometidas han alcanzado al menos la pubertad. Las hijas más pequeñas suelen añadirse a la boda discretamente, sus nombres no aparecen en las invitaciones, y son la segunda o tercera novia no anunciada en su propia boda.

Rajani se durmió antes de que empezara la ceremonia. Uno de sus tíos la sacó de la cuna y la llevó en brazos bajo la luz de la luna hasta donde se encontraban el sacerdote hindú, el hu­­mo del fuego sagrado, los invitados en sillas de plástico y su futuro marido, un niño de 10 años con un turbante dorado en la cabeza.

La reacción de un extraño ante una boda infantil puede ser rotunda: agarrar a la novia, dar un puñetazo a cualquier adulto que intente detenerlo y salir corriendo. Rescatar a la niña a toda costa. En la pared encima de mi escritorio he colgado una foto de Rajani tomada al atardecer, seis horas antes de la boda. Su rostro está vuelto hacia la cámara, los ojos abiertos y despreocupados, ajenos a lo que estaba ocurriendo, con el principio de una sonrisa. Recuerdo que mis propias fantasías rescatadoras estuvieron persiguiéndome aquella noche, por Rajani y por las hermanas de 13 y 15 años que iban a ser transferidas como mercancías requisadas de una familia a otra porque unos cuantos varones adultos habían organizado su futuro por ellas.

La gente que trabaja con cuerpo y alma tratando de evitar los matrimonios infantiles, y de mejorar la vida de las mujeres que viven en so­­ciedades de tradiciones rígidas, son los primeros que rechazan la absurda idea de que el propósito de acabar con este tipo de prácticas sea una empresa fácil. Las bodas forzadas a temprana edad son habituales en muchas regiones del mundo, dispuestas por los padres para sus propios hijos, a menudo desafiando las leyes nacionales, y consideradas por comunidades enteras como un modo adecuado de que una joven prospere cuando las alternativas, especialmente si suponen un riesgo de perder la virginidad con alguien que no sea su marido, son inaceptables.

Las bodas infantiles se dan en cualquier continente, idioma, religión o clase social. Lo normal en la India es que las niñas se prometan a niños cuatro o cinco años mayores; en Yemen, Afganistán y otros países con tasas altas de matrimonios tempranos, los maridos pueden ser hombres jóvenes, viudos de mediana edad o secuestradores que violan primero y reclaman después a sus víctimas como esposas, como se hace en ciertas regiones de Etiopía. Algunos de estos matrimonios son transacciones comerciales: una deuda saldada a cambio de una novia de ocho años, un conflicto familiar resuelto con la entrega de una virginal prima de 12 años. Cuando estos casos llegan a aflorar públicamente, se convierten en noticias que, procedentes de lugares muy lejanos, escandalizan al mundo. El drama de Noyud Ali, una niña yemení de 10 años que se abrió paso sola hasta un tribunal urbano para pedir el divorcio de un hombre de treinta y tantos con el que su padre la había obligado a casarse, generó en 2008 titulares en todo el mundo, y después, un libro, traducido a 30 idiomas: Me llamo Noyud, tengo 10 años y estoy divorciada.

Pero en el seno de algunas de las comunidades en las que las bodas tempranas organizadas por los padres son una práctica común (entre las mujeres de la comunidad de Rajani, por ejemplo, a las que escuchamos las tristes canciones que cantaban a las novias mientras las bañaban), resulta infinitamente más difícil determinar la naturaleza de los males que se causa a estas ni­­ñas. Su educación se verá truncada no sólo por el matrimonio sino también por los sistemas es­­colares rurales, que suelen ofrecer una escuela cercana sólo hasta primaria; a partir de ahí hay que hacer un viaje diario a la ciudad en un autobús atestado de hombres. La escuela secundaria que está al final del viaje en autobús puede que no tenga unos servicios privados que permitan a una adolescente cubrir sus necesidades higiénicas. Y la escolarización cuesta dinero, un dinero que las familias guardan casi siempre para los chicos, ya que éstos les reportarán unos beneficios directos más fáciles de medir. En la India, donde según la antigua tradición la mayoría de las recién casadas abandona su hogar para trasladarse con las familias de sus maridos, el término hindi para referirse a las hijas que aún viven con sus padres es paraya dhan, que literalmente significa «la riqueza de otro».

Recordemos también esto: la idea de que las jóvenes tienen derecho a elegir a sus parejas (escoger con quién casarse y dónde vivir debería ser una decisión personal, basada en el amor y la voluntad individual) sigue considerándose en algunas partes del mundo como una locura ab­­surda. En gran parte de la India, por ejemplo, la mayoría de los matrimonios todavía son organizados por los padres. Se considera que un ma­­trimonio fuerte es la unión de dos familias, no de dos individuos. Eso requiere una cuidadosa negociación por parte de numerosas personas mayores, y no debe dejarse en manos de jóvenes que siguen los impulsos pasajeros del corazón.

Por ese motivo, en comunidades sumamente pobres, donde se considera que las mujeres que han perdido su virginidad ya no sirven para el matrimonio (cuyas abuelas y tías abuelas urgen a los padres para que celebren las bodas de sus hijas lo antes posible, recordándoles que «si yo lo hice así, ella también»), es posible comprender por qué es tan difícil encontrar una estrategia para cambiar la tradición. «Uno de nuestros trabajadores tuvo que ver cómo un padre se dirigía a él, frustrado –cuenta Sreela Das Gupta, una experta en salud de Nueva Delhi que anteriormente trabajó en el Centro Internacional para la Investigación sobre Mujeres (ICRW), uno de las muchas ONG que trabajan activamente contra los matrimonios infantiles–. Aquel padre le preguntó: “Si acepto casar a mi hija tarde, ¿se hará usted responsable de protegerla?”. El trabajador vino a hablar con nosotros y dijo: “¿Qué se supone que debo decirle si la violan a los 14 años?” Son preguntas para las que no tenemos respuestas.»

Oí la historia de la rata y el elefante un día de principios de verano, después de llevar varias semanas entre niñas que supuestamente se casarían muy jóvenes. Estaba en el asiento trasero de un coche en un remoto lugar de Yemen, viajando junto a un hombre llamado Mohammed, quien se había ofrecido a llevarnos a cierta aldea.

«Lo que ocurrió en esa aldea me enfureció –dijo–. Había una niña. Su nombre es Ayesha.» La esposa más joven del profeta Mahoma también se llamaba Ayesha (Aisha), pero ese no era el tema de Mohammed en aquel momento. Estaba muy enfadado. «Tiene 10 años. Es muy menuda. El hombre con el que se casó tiene 50 años, con una barriga así de grande –movió el brazo alrededor de su cuerpo para dar una idea del enorme tamaño–. Como una rata casándose con un elefante.» Mohammed describió el acuerdo llamado shighar, en el que dos hombres se proporcionan mutuamente nuevas esposas intercambiando parientes femeninas. «Esos hombres se casaron cada uno de ellos con una hija del otro –dijo Mohammed–. Si las edades hubieran sido adecuadas entre los maridos y las nuevas esposas, creo que nadie lo hubiera denunciado. Pero las niñas no deben casarse a los 9 o 10 años. Quizás a los 15 o a los 16.»

Unas 50 familias viven en las casas de piedra y cemento de la aldea que visitamos, entre grupos de cactos y áridos campos de cultivo. El jefe del poblado, o jeque, era bajo, tenía barba pelirroja y llevaba un teléfono móvil encajado bajo el cinturón junto a su daga tradicional yemení. Nos condujo a una casa de techo bajo llena de mujeres, bebés y niñas. Estaban sentadas sobre los suelos alfombrados y las camas, y muchos críos gateaban hacia la puerta para colarse por ella; el jeque se colocó en el centro, frunciendo el ceño e interrumpiendo. Me miró dubitativo: «¿Tiene usted hijos?», me preguntó.

Dos, respondí, y el jeque pareció consternado. «¡Sólo dos!» Señaló con la cabeza a una joven que amamantaba a un bebé sosteniéndolo con un brazo mientras con el otro apartaba a dos pequeños. «Esta chica tiene 26 años –dijo–. Ha tenido 10.»

Se llamaba Suad. El jeque era su padre. La había casado a los 14 años con un primo elegido por él. «Me gustaba –dijo Suad, en voz baja, mientras el jeque no le quitaba los ojos de encima–. Era feliz.»

El jeque hizo varias declaraciones sobre el matrimonio. Dijo que ningún padre obliga a su hija a casarse en contra de su voluntad. Dijo que se exagera mucho lo peligroso que puede ser dar a luz prematuramente. Dijo que la iniciación al matrimonio puede ser una experiencia difícil para la novia, pero que era una tontería preocuparse por eso. «Por supuesto todas las chicas se asustan la primera noche. Pero se acostumbran. La vida continúa», sentenció.

Su teléfono sonó. Lo sacó del cinturón y salió afuera. Yo me quité el pañuelo de la cabeza, algo que había visto hacer a mi intérprete cuando los hombres se iban y las mujeres empezaban a ha­­blar con más confianza. Rápidamente, preguntamos: «¿Cómo os preparáis para vuestra noche de bodas? ¿Os enseñan lo que va a pasar?».

Las mujeres echaron un vistazo a la puerta, donde el jeque estaba enfrascado en su conversación telefónica. Se inclinaron hacia delante. «Las chicas no saben –dijo una–. Los hombres saben, y las fuerzan.»

¿Podían decirnos algo de la joven Ayesha y su mastodóntico marido de 50 años? Todas em­­pezaron a hablar a la vez: ese matrimonio fue algo atroz; debería haberse prohibido, pero ellas no podían hacer nada. La pequeña Ayesha gritaba cuando vio al hombre con el que se tenía que casar, contó una joven llamada Fatima, que resultó ser su hermana mayor. Alguien avisó a la policía, pero el padre de Ayesha le ordenó que se pusiera tacones para parecer más alta y un velo para ocultar el rostro. Le advirtió que si lo mandaban a la cárcel, la mataría cuando saliera. La policía se marchó sin molestar a nadie, y en ese momento (las mujeres hablaban deprisa y en voz baja, porque al parecer el jeque estaba acabando de hablar por teléfono) Ayesha vivía en una aldea a dos horas de allí, casada.

«Tiene un teléfono móvil –dijo Fatima–. Me llama todos los días y llora.»

«Si hubiera algún peligro en el matrimonio temprano, Alá lo habría prohibido –me dijo un día un miembro del Parlamento yemení llamado Mohammed Al-Hazmi en la capital, Sanaa–. No podemos prohibir nosotros algo que Alá no ha prohibido.» Al-Hamzi, un religioso conservador, se opone firmemente a los esfuerzos legislativos que se están haciendo en Yemen para prohibir el matrimonio de niñas menores de una edad determinada (17 años, según una versión reciente). Hasta ahora esos esfuerzos han acabado en fracaso. El islam no permite las rela­ciones maritales antes de que una mujer esté físicamente preparada, dijo, pero el sagrado Corán no contiene restricciones específicas de edad, por lo que tales asuntos son cosa de los consejeros religiosos y familiares, no de las leyes nacionales. Además, está el caso de Ayesha, la amada del profeta Mahoma, que según el relato convencional tenía nueve años cuando se consumó el matrimonio.

Otros musulmanes yemeníes me hablaron de la teoría de historiadores y expertos en el Corán, según la cual Ayesha tenía más de nueve años cuando tuvo relaciones matrimoniales. Quizá fuera adolescente, o quizá tuviera 20 años o más. En cualquier caso, su edad concreta es irrelevante, afirmaron; cualquier hombre de hoy que pide en matrimonio a una niña deshonra a la religión. «En el islam el cuerpo humano es muy valioso, como una joya», dijo Najeeb Saeed Ghanem, presidente del Comité de Sanidad y Población del Parlamento yemení. Enumeró algunas de las consecuencias médicas que suponen obligar a una niña a practicar sexo y dar a luz antes de ser físicamente madura: paredes vaginales desgarradas; fístulas, las rupturas internas que pueden provocar incontinencia de por vida; niñas con contracciones a las que las enfermeras tienen que explicar la mecánica de la reproducción humana. «Las enfermeras empiezan por preguntar: “¿Sabes lo que te está ocurriendo? ¿Entiendes que esto es un niño que ha crecido en tu interior?”», me contó un pediatra de Sanaa. 

Tradicionalmente la sociedad yemení es muy cerrada en lo que se refiere a hablar de sexo, incluso entre madres e hijas cultivadas. La realidad de esos matrimonios (la muda aceptación de que algunos padres están dispuestos a entregar a sus hijas a hombres mayores) no se comentaba sino rara vez hasta hace tres años, cuando de repente Noyud Ali se convirtió a los 10 años en la rebelde en contra del matrimonio infantil más famosa del mundo. Para los yemeníes, lo más sorprendente de su historia no era que su padre la hubiera obligado a casarse con un hombre que le triplicaba la edad; ni que ese hombre la hubiera forzado la primera noche, a pesar de que supuestamente había prometido esperar hasta que fuera mayor, de modo que por la ma­­ñana la suegra y cuñada de Noyud examinaron con aprobación la sábana ensangrentada antes de levantarla de la cama para darle un baño. No. Ninguno de esos detalles era especialmente notable. La sorpresa fue que Noyud se rebeló.

«Su caso dio a conocer al mundo la cruda rea­lidad de esta práctica», dice uno de los periodistas yemeníes que empezaron a escribir sobre Noyud después de que apareciera sola un día ante un tribunal en Sanaa. Había escapado de su marido y regresado a su casa. Había desafiado a su padre cuando le gritó que el honor de la familia dependía de que ella cumpliera con sus obligaciones maritales. Su propia madre estaba demasiado asustada para intervenir. Fue la se­­gunda esposa del padre quien finalmente dio a Noyud su bendición y dinero para un taxi, y le dijo a dónde tenía que ir. Y cuando un atónito juez le preguntó qué hacía sola en el tribunal de la gran ciudad, ella dijo que quería divorciarse. Una importante abogada yemení se ocupó de su caso. Empezaron a aparecer artículos en inglés, primero en Yemen y después en todo el mundo. Tanto los titulares como Noyud eran irresistibles, y cuando al fin le concedieron el divorcio, la multitud que había en los juzgados de Sanaa rompió en aplausos. Fue invitada a Estados Unidos, donde un público entusiasta la acogió encantado.

Todos aquellos que conocieron a Noyud quedaron impresionados por su sorprendente combinación de gravedad y seguridad. Cuando la conocí en las oficinas de un periódico en Sanaa, llevaba una abaya negra, la prenda que las mujeres yemeníes usan para cubrirse en público después de la pubertad. Aunque ya había viajado al otro lado del Atlántico y había sido acribillada a inquisitivas preguntas, fue tan dulce y directa como si mis preguntas le resultaran totalmente nuevas. A la hora de la comida se acurrucó junto a mí sobre unas alfombrillas de oración y me enseñó cómo mojar mi torta de pan en el guiso de una olla compartida. Me dijo que volvía a vivir en su casa y que iba a la escuela (su padre, criticado públicamente, la había admitido de mala gana), y en sus cuadernos de notas estaba escribiendo una carta abierta a los padres yemeníes: «No dejéis que vuestros niños se casen. Echáis a perder su educación y echáis a perder su infancia si dejáis que se casen tan jóvenes».

La teoría del cambio social tiene una bonita etiqueta para nombrar a personas como Noyud: «rebeldes constructivos», los únicos actores de una comunidad que son capaces de desafiar la tradición. En las campañas internacionales contra el matrimonio de niñas, entre los rebeldes constructivos hay ahora algunas madres, padres, abuelos, maestros, trabajadores sanitarios de las aldeas, y así sucesivamente; pero algunas de las más duras son las propias niñas. Cada una de sus historias desencadena nuevas rebeliones a su paso. En Yemen conocí a Reem, de 12 años, quien obtuvo el divorcio unos meses después que Noyud; al hacerlo, venció a un juez hostil que curiosamente insistió en que una novia tan joven no era lo bastante madura para tomar decisiones sobre el divorcio. En la India conocí a Sunil, de 13 años, quien a los 11 juró a sus pa­­dres que rechazaría al novio que estaba a punto de llegar; dijo que si la obligaban, los denunciaría a la policía y le rompería la cabeza a su padre.

Los esfuerzos por llegar a muchas más niñas menores y a sus familias, a través de programas educativos e iniciativas apoyadas por Gobiernos o por diversas ONG, pretenden ir más allá de los matrimonios prepúberes, que suscitan fácilmente la indignación general de la sociedad. «A la gente le encanta este tipo de historias, en las que hay buenos y malos claramente definidos –dice Saranga Jain, especialista en salud, física y emocional, de adolescentes–. Pero la mayoría de las menores que se casan tienen entre 13 y 17 años. Queremos reconducir la visión del problema y que la gente comprenda que no sólo las niñas más pequeñas necesitan protección.»

Desde el punto de vista del ICRW, cualquier matrimonio de un menor de 18 años es un matrimonio infantil, y aunque no es posible disponer de cifras exactas, los investigadores calculan que cada año entre 10 y 12 millones de niñas se casan a esas edades en países en desarrollo. Las estrategias destinadas a reducir este número tienen en cuenta las diversas fuerzas que empujan a una adolescente a casarse y empezar a tener hijos, acabando así con la posibilidad de acceder a una mayor educación y, por ende, a tener unos ingresos económicos decentes. La coerción no siempre está causada por unos padres dominantes. A veces las niñas abandonan su infancia y eligen el matrimonio porque eso es lo que se espera de ellas o porque sus comunidades no tienen otra cosa que ofrecerles. Cuando se establecen programas para retrasar la edad del matrimonio, los incentivos locales parecen ser más efectivos que las sanciones: inducciones directas a que las niñas permanezcan en la escuela (a cambio de dinero o comida a las familias), junto con escuelas a las que les sea posible asistir de manera realista (construcción de más escuelas cerca de las aldeas). La India forma a trabajadoras sanitarias sociales llamadas sathins, que se ocupan del bienestar de las familias de la zona; entre sus deberes está recordar a los aldeanos que el matrimonio infantil no sólo es un delito sino también un daño profundo que se inflige a las hijas. Fue una sathin de Rajastán, apoyada por sus propios parientes políticos, personas de mentalidad progresista, quien convenció a los padres de Sunil para que abandonaran sus planes de casarla con 11 años y la dejaran volver a la escuela.

Dado que la fantasía de coger a la niña y salir corriendo es imposible, la pregunta es: ¿qué ha­­cemos entonces? «Si apartamos a una niña y la aislamos de su comunidad, ¿cómo será su vida?», pregunta Molly Melching, fundadora de una or­­ganización con base en Senegal llamada Tostan, que se ha ganado el reconocimiento de la comunidad internacional por su promoción de programas dirigidos por los propios habitantes de las aldeas para convencer a la gente de que abandone el matrimonio infantil y la mutilación genital femenina. Los trabajadores de Tostan animan a las comunidades a hacer declaraciones públicas sobre sus aspiraciones para con sus hijos, de modo que ninguna niña quede apartada por ser diferente si no se casa joven.

«El modo de cambiar las normas sociales no es luchando contra ellas o humillando a las personas y diciéndoles que están atrasadas. Hemos comprobado que una comunidad entera puede decidir cambiar muy rápidamente. Es reconfortante», afirma Melching.

La persona que me explicó de manera más elocuente el difícil equilibrio necesario para crecer como persona independiente y al mismo tiempo respetuosa dentro de una cultura en la que el matrimonio infantil es habitual fue una chica de 17 años de Rajastán llamada Shobha Choudhary. Estaba en el último año de instituto y era una estudiante destacada; en su aldea había sido localizada hacía unos años por el Proyecto Veerni, que reparte a sus trabajadores por el norte de la India en busca de chicas inteligentes cuyos padres les permitan abandonar sus casas para recibir educación gratuita en los internados que la ONG tiene en la ciudad de Jodhpur.

Shobha está casada desde que tenía ocho años. Imaginemos cómo fue su boda: una ceremonia múltiple, una docena de niñas de la aldea, una gran emoción en un lugar muy pobre. «Ropas nuevas y preciosas –me contó Shobha, con una sonrisa sin alegría–. No conocía el significado del matrimonio. Era muy feliz.»

Sí, dijo, había visto a su joven esposo después de la boda. Pero sólo brevemente. Él es unos po­­cos años mayor que ella. De momento ha podido posponer la gauna, el paso a la vida marital en casa del esposo. Cuando le pregunté qué pensaba de él, miró hacia otro lado y dijo que no era una persona educada. Nos miramos la una a la otra, y ella negó con la cabeza. No, no había nin­guna posibilidad, ninguna, de que deshonrara a sus padres posponiendo la gauna indefinidamente: «Tengo que estar con él. Le haré estudiar y que entienda cosas. Pero no lo dejaré».

Quería ir a la universidad. Su mayor deseo era incorporarse a la policía de la India para especializarse en la aplicación de la ley que prohíbe el matrimonio infantil.

Cada vez que visitaba la aldea de Shobha, sus padres servían chai, un té muy especiado, en sus mejores tazas, y las historias que me contaban acerca de su hija iban complicándose. ¡No había sido una boda, sólo una fiesta de compromiso! De acuerdo, fue una boda, pero eso sucedió antes de que la gente de Veerni hiciera su amable oferta y la inteligencia de Shobha hubiera admirado a todos. Fue Shobha la que descubrió cómo obtener electricidad para la casa, y que así ella y sus hermanos pequeños pudieran estudiar después del anochecer. «Puedo firmar cosas –me dijo la madre–. Ella me enseñó a escribir mi nombre.» Y ahora, recalcaron sus padres, este agradable episodio iba a concluir, y ya era hora. El marido había llamado al móvil de Shobha pidiendo una cita. Su abuela quería que la gauna tuviera lugar lo antes posible. Las clases en Jodhpur eran a la vez la pasión de Shobha y su táctica disuasoria, pero el apoyo de Veerni se limita al instituto; para seguir los estudios y costear la universidad, Shobha necesitaba un patrocinador. El email llegó cuando yo ya había regresado a Estados Unidos. «Cómo está la echo de menos señora. Señora quiero licenciarme en arte. El primer año también quiero hacer un curso de inglés hablado y un curso de ordenador. Por favor señora responda rápido es urgente para la fecha de admisión en universidad.»

Mi marido y yo hicimos la donación. «Veamos lo que ocurre –me había dicho Shobha la última vez que la vi en la India–. Sea lo que fuere, tendré que adaptarme. Porque las mujeres tienen que sacrificarse.» Estábamos en la cocina de la casa de su familia, y mi voz se alzó más de lo que pretendía. Por qué han de sacrificarse las mujeres, pregunté, y la mirada que Shobha me lanzó me hizo comprender que sólo ella entendía ese mundo en el que vivía. «Porque nuestro país es para los hombres», dijo.

Ahora lleva más de un año de estudios desde que acabó el instituto: estudios informáticos y preparación para los exámenes de ingreso en la policía. De vez en cuando recibo emails suyos y hace poco mi intérprete hindi de Jodhpur pidió prestada una videocámara y se sentó con ella para grabarla en un café de la ciudad. Shobha dijo que estaba estudiando para el siguiente examen. Tenía alojamiento en un albergue seguro para chicas en la ciudad. Su marido seguía llamándola con frecuencia. Todavía no había tenido lugar la gauna. En determinado momento miró fijamente a la cámara y, en inglés y con una enorme sonrisa en la cara, dijo: «Nada es imposible, señora Cynthia. Todo es posible».

Dos días después de recibir el vídeo, me llegó un despacho de Yemen. Los periódicos informaban de que alguien había dejado en el hospital de Sanaa a una novia de una aldea cuatro días después de su boda. Al parecer, la relación sexual había destrozado los órganos internos de la niña, decían los portavoces del hospital. Se había de­­sangrado hasta morir. Tenía 13 años.