Cisnes cantores

Cisnes cantores, serenata en blanco

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Con dos metros y medio de envergadura alar, el cisne cantor es el Jumbo de las aves acuáticas. Desafiante cuando defiende su territorio, majestuoso y sereno cuando reposa, el cisne es el paradigma de la elegancia, aunque su belleza a menudo enmascara el lastre que la fuerza de la gravedad impone a su cuerpo de grandes dimensiones.

Todo en el cisne sugiere elegancia, hasta la propia grafía de la palabra, con la sinuosa curvatura de sus consonantes y la suave sonoridad de sus vocales. A fin de cuentas, si Piotr Ilich Chaikovski no compuso La charca de los patos, por algo será. El cisne cantor (Cygnus cygnus), al igual que sus onomatopéyicos primos,el silbador y el trompetero, pertenece a una distinguida estirpe cuyas filas incluyen también al cisne vulgar, el chico, el negro y el cuellinegro. Descrito por primera vez en 1758 por Carlos Linneo, Cygnus cygnus puede considerarse un primus inter pares, la especie tipo, el arquetipo de los cisnes. Es también un ave de superlativos. Con una población de unos 180.000 ejemplares, el cisne cantor, aun siendo vulnerable a la pérdida de hábitat, se cuenta entre los cisnes más abundantes y se lleva la palma en cuanto a la extensión de su área de distribución.

En la Antigüedad, la aparición de un cisne, nadando en la superficie espejada de un lago o desplegando sus alas para emprender un vuelo mayestático, era señal de evanescencia e inspiraba los anhelos de inmortalidad. Convertido en esta ave y simulando huir de las garras de un águila, Zeus logró seducir a Leda, hija del rey de Etolia. Según Platón, Sócrates oyó el canto de un cisne el día de su muerte. Las valquirias de la mitología nórdica se vestían de cisne para conducir al Valhalla a los héroes caídos en combate. Y Pitágoras creía que las almas de los poetas se encarnaban en cisnes.

El cisne, escribe la poetisa rusa Anna Ajmátova, «boga a través de los siglos» y sobrevuela el ciclo interminable de las estaciones. Cuando la bandada levanta por fin su vuelo migratorio otoñal (un revoloteo de alas celestial, una flecha plateada que surca los cielos) evoca una poética melancolía. Las sombras se alargan. Los días se acortan. Empieza la lenta agonía de otro año. Los fríos del norte se apoderan del paisaje y es tiempo para los cuentos de Hans Christian Andersen, cuyo patito feo acaba por transformarse en un cisne majestuoso.

Sensaciones agridulces, las que dejan estas hermosas aves. Porque su belleza física enmascara el lastre que la gravedad impone a sus cuerpos de grandes dimensiones y el esfuerzo que implica su supervivencia cotidiana. Los trabajosos despegues, el frenético chapoteo de las patas palmeadas, la pesada batida de alas previa al ascenso a las alturas, y una agresividad contra sus congéneres y otras aves acuáticas por defender su territorio (a veces con saña, de vez en cuando con resultados fatales) sugieren que la belleza es más cara y menos amable de lo que nos gustaría creer.