Cada vez hay menos murciélagos

Visita las zonas afectadas por el síndrome de la nariz blanca en en esta galería de fotos

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murciélagos01. Murciélago con el ala desplegada

Murciélago con el ala desplegada

Los daños son visibles en la membrana alar de un murciélago marrón americano, víctima de una misteriosa enfermedad.

Stephen Alvarez

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murciélagos02. Un signo fatídico

Un signo fatídico

Los murciélagos marrones americanos que hibernan en la cueva Hellhole, el mayor hibernáculo de Virginia Occidental, presentan el hongo que dio nombre al síndrome de la nariz blanca. El contacto estrecho, como el que se observa en las colonias de hibernación, favorece la difusión del hongo.

Stephen Alvarez

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murciélagos03. Censo de murciélagos

Censo de murciélagos

El invierno pasado, para censar la población de murciélagos grises de la cueva Hubbard, en Tennessee, los biólogos contaron los ejemplares en áreas pequeñas y luego extrapolaron los datos. El cálculo estimado es de 300.000 en esta agrupación y 513.000 en toda la cueva. El hongo aún no ha afectado a esta especie en peligro.

Stephen Alvarez

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murciélagos04. Evidencias desconsoladoras

Evidencias desconsoladoras

Greg Turner, de la Comisión de Caza de Pennsylvania, y DeeAnn Reeder, profesora de biología de la Universidad Bucknell (a la izquierda), encuentran un fétido amasijo de murciélagos muertos delante de una mina de carbón en el este de Pennsylvania. «No soy nada alarmista –dice Reeder–. Pero para los murciélagos norteamericanos, esto es el Apocalipsis.»

Stephen Alvarez

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murciélagos05. Frío asesino

Frío asesino

En un laboratorio de la Universidad de Boston, el biólogo Jonathan Reichard ha preparado restos de murciélago para eliminarles la grasa mediante un tratamiento de calor. Pesándolos antes y después, determinará su contenido en grasa y deducirá en qué medida los había debilitado el hongo.

Stephen Alvarez

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murciélagos06. Invierno

Invierno

En Pennsylvania, un murciélago marrón americano se debate en la nieve tras un precoz despertar de la hibernación, causado por la enfermedad. Tal vez el hongo Geomyces destructans no mate a los murciélagos directamente, pero enfrentarse al invierno antes de tiempo les conduce al fatal desenlace.

Stephen Alvarez

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murciélagos07

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El autor David Quammen entra en la cueva Hubbard, en Tennessee, un hibernáculo para los amenazados murciélagos grises. David acompañó a los científicos que llevaban a cabo un censo poblacional y buscaban signos del síndrome de la nariz blanca, que el pasado invierno no había afectado a los murciélagos de esta cueva.

Stephen Alvarez

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murciélagos08

murciélagos08

El biólogo Tom Kunz inspecciona unos murciélagos marrones americanos en plena hibernación. Esta especie es la predominante en la mina de grafito de Kearsarge, en New Hampshire. En el reconocimiento que hizo en 2009 Kunz contó más de 700 murciélagos en la cueva; un año más tarde la enfermedad había reducido la población a unos 100 ejemplares.

Stephen Alvarez

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murciélagos09. Hibernación

Hibernación

Los murciélagos grises hibernan en la cueva Pearson, en Tennessee, donde los científicos los están examinando en busca de signos del hongo. Si algo les molesta demasiado, como la actividad humana o la incomodidad causada por el hongo, los murciélagos despiertan de la hibernación y consumen sus muy necesarias reservas de grasa. El resultado es que mueren de hambre o de frío.

Stephen Alvarez

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murciélagos10

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Un momento de alivo para la bióloga DeeAnn Reeder en la cueva Woodward, Pennsylvania: este ejemplar de murciélago moreno norteamericano, una de las seis especies encontradas en la cueva, no muestra signos del síndrome de la nariz blanca. La Comisión de Caza de Pennsylvania estimó que más del 90% de los 2.805 murciélagos de la cueva murieron el pasado invierno.

Stephen Alvarez

28 de diciembre de 2010

En las afueras de Madison, en Wisconsin, hay una estructura baja de ladrillo equipada con filtros de ventilación y rodeada por una alta alambrada. Es el Edificio de Aislamiento Estricto del Centro Nacional de Salud de la Vida Salvaje (NWHC), un centro de investigación del gobierno federal dedicado a combatir las enfermedades de la flora y la fauna adscrito al Servicio Geológico de Estados Unidos. Dentro, un pasillo de bloques de hormigón rodea el Ala de Aislamiento de Animales y pasa por de­­lante de una serie de salas de experimentación herméticamente cerradas, visible cada una de ellas a través de una gruesa ventana. Una de las salas está llena de serrín, con tuberías que imitan galerías subterráneas para simular el hábitat de los perrillos de las praderas, participantes en la prueba de una vacuna contra Yersinia pestis, la bacteria causante de la peste bubónica. En otra hay diamantes mandarines que se están utilizando para desarrollar una vacuna contra el virus del Nilo Occidental. Dos salas están a oscuras, para mayor comodidad de los murciélagos en hibernación. La primera contiene ejemplares sanos de la especie Myotis lucifugus, cuyo nombre vulgar es murciélago marrón americano, que constituyen el grupo de control. La segunda alberga ejemplares expuestos a Geomyces destructans, un hongo blanco filamentoso de origen desconocido observado por primera vez en los murciélagos de América del Norte en 2006. En apenas cuatro años, el hongo ha alcanzado poblaciones de murciélagos en hibernación de Nueva York, Vermont y una lista creciente de estados y provincias canadienses, y ha sido más mortífero que Yersinia pestis en la Europa medieval.

El Salvaje Oeste de Canadá

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David S. Blehert, microbiólogo del NWHC, dirige los estudios de laboratorio del hongo nefasto. Provisto de traje blanco de protección biológica, botas de goma, guantes de látex, linterna frontal de luz roja filtrada y respirador, entra en el segundo cuarto oscuro y se asoma al interior de un armario grande con puertas de cristal en cuyo interior hay una jaula pequeña donde están los murciélagos. El armario es un frigorífico de florista que Blehert ha adaptado, porque los murciélagos en hibernación, al igual que los lirios, prefieren temperaturas bajas y una humedad elevada. El investigador revisa si los murciélagos presentan indicios de proliferación de hongos alrededor del hocico o en las alas. Una pelusilla blanca en el hocico es un signo de posible infección, y la causa de que la enfermedad se llame «síndrome de la nariz blanca».

¿Cómo mata el hongo a los murciélagos? «No lo sabemos –me dice–. Creo que es la primera enfermedad descrita que ataca específicamente a un animal en hibernación.» Por eso su forma de matar puede ser diferente de todo lo que se ha visto hasta ahora. Pero hay más incógnitas.

El hongo parece ser nuevo en América del Norte. Su presencia se documentó por primera vez (aunque no se reconoció) en una fotografía tomada en febrero de 2006 en la cueva Howes, al oeste de Albany, en el estado de Nueva York. Un año después empezó a repetirse un hecho insólito: se veían murciélagos marrones americanos volando fuera de las cuevas durante el día y en pleno invierno. Los ejemplares de esta especie son más pequeños que el pulgar de un humano, y dependen de sus dos gramos de grasa almacenada para sobrevivir durante el invierno. La hibernación es esencial para que sus recursos energéticos duren; si su «sueño» es interrumpido aunque sólo sea una vez, pueden perder la grasa necesaria para resistir todo un mes. Cuando un equipo del Departamento de Conservación Medioambiental de Nueva York hizo su inspección anual de la cueva Hailes, otro hibernáculo cercano, halló miles de murciélagos muertos por toda la cueva, en diferentes grados de descomposición. «Era una carnicería», afirma Al Hicks, uno de los especialistas en mamíferos del equipo.

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Desde entonces el problema se ha extendido mucho y con rapidez. Los biólogos calculan que en tres años se ha perdido más de un millón de ejemplares, y que algunas poblaciones han sido exterminadas. Seis especies padecen la enfermedad, y una de ellas, el murciélago de Indiana (Myotis sodalis), ya había sido declarada especie en peligro de extinción mucho antes del síndrome de la nariz blanca. Otras tres también corren peligro, entre ellas el murciélago gris (Myotis grisescens). Es difícil prever hasta dónde llegará Geomyces destructans y si acabará infectando a todas las poblaciones de murciélagos norteamericanos que hibernan. Más difícil aún es decir qué se puede hacer para mitigar la destrucción.

La hibernación es el quid de la cuestión. Por lo general los hongos no causan enfermedades graves en animales de sangre caliente porque la temperatura corporal elevada no favorece su proliferación descontrolada. Pero la hibernación implica la reducción de la temperatura y de otros parámetros del metabolismo, como el ritmo res­piratorio y el ritmo cardíaco. De las 45 especies de murciélagos residentes en Estados Unidos y Canadá, unas dos docenas hibernan. Se reúnen en cuevas, pozos de minas e incluso edificios, to­­dos ellos hibernáculos elegidos según los requisitos de temperatura y humedad de cada especie. El murciélago marrón americano prefiere una temperatura de entre 4 y 7 °C y una humedad del 90%, unas condiciones que también son óptimas para Geomyces destructans, como ha descubierto Blehert cultivando el hongo en el laboratorio.

Pero además de un ambiente cómodo, un hongo necesita nutrición, y la consigue de otros seres vivos. En condiciones normales, el sistema inmunitario de los mamíferos combate la invasión del hongo parásito, aunque no siempre lo hace si el mamífero está hibernando. El trabajo de laboratorio realizado por Tom Kunz, investigador de la Universidad de Boston, sugiere que la hibernación (estado en que los murciélagos reducen su tasa metabólica) podría tener como efecto secundario la supresión de la respuesta inmunitaria. Marianne Moor, bióloga del laboratorio de Kunz, se pregunta si esa supresión inmunitaria, combinada con las bajas temperaturas, será lo que permite a Geomyces destructans extenderse de manera tan agresiva entre los murciélagos que están hibernando. (No afecta a los humanos.) Esta especie de hongo recién descubierta parece haber dado con el grupo de mamíferos menos capaz de defenderse de sus ataques.

Murciélago de cueva (Miniopterus schreibersii)

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Murciélago de cueva (Miniopterus schreibersii)

Pero, ¿de dónde ha venido? Nadie lo sabe. El mismo hongo se ha observado en murciélagos de Europa, pero ahí no ha causado muertes ni daños destacables. En otras palabras, el hongo está presente pero no el síndrome. El síndrome de la nariz blanca no sólo produce una escarcha de hongos en el hocico sino también lesiones blancas corrosivas en las alas y un despertar precoz de la hibernación, posiblemente porque los hongos causan irritación, calor o picores. Las lesiones en las alas reducen la capacidad de volar, y el despertar precoz consume las reservas, por lo que los murciélagos se exponen a morir de hambre o de frío, tanto si se quedan en la cueva como si salen en un intento desesperado de encontrar comida. ¿En qué momento, y por qué, una infección mi­­cótica molesta se convierte en el peligroso síndrome de la nariz blanca? Tampoco lo sabe nadie.

Los murciélagos no atraviesan el Atlántico. Por eso, si G. destructans llegó a la cueva Howes desde Europa, el portador fue probablemente un humano, quizás un turista con los zapatos sucios.

Visto así, el hongo es el último recién llegado de una larga lista de destructivas especies invasoras. Hace un siglo el culpable fue otro hongo, Cryphonectria parasitica, causante del chancro del castaño. Antes de su llegada, los bosques norteamericanos estaban llenos de castaños, altos y majestuosos, pero en 1940 prácticamente no quedaba ninguno.

«Esto es el chancro del castaño de los murciélagos», me dice el biólogo y espeleólogo Jim Kennedy. Nos dirigimos a la cueva Hubbard, el lugar donde hiberna el murciélago gris, en el centro de Tennessee. Kennedy está contratado por Bat Conservation International, y su trabajo consiste en enseñar a otros biólogos y espeleólogos a realizar censos de murciélagos en sus hibernáculos causando un mínimo de interferencias, y vigilar al mismo tiempo la difusión del síndrome de la nariz blanca. Su punto de vista es el de un ecólogo. No sólo se preocupa por los murciélagos sino también por los ecosistemas en los que participan: las cuevas, los bosques y las tierras agrícolas. Se ha calculado que el millón de murciélagos muertos por el síndrome habría consumido unas 700 toneladas de insectos al año. «Es posible que veamos cambios muy grandes», añade Kennedy.

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La cueva Hubbard, escondida al final de un camino de montaña, es propiedad de Nature Conservancy. Por una cañada boscosa baja una corriente, que forma una cascada y cae en una dolina, al fondo de la cual hay tres entradas. Las tres están bloqueadas por unas verjas de acero que dejan entrar y salir a los murciélagos pero son una barrera para los humanos. Bajamos por una escalerilla, y nuestro anfitrión abre una de las verjas. Ocho de nosotros entramos arrastrándonos. Todo lo que llevamos se meterá en bolsas de plástico a la salida para su posterior desinfección. Si el hongo vive en esta cueva, Kennedy y sus colegas no quieren llevarlo a la siguiente.

Exploramos varias galerías rodeados de miles de murciélagos grises en reposo, ninguno de los cuales (hasta donde podemos ver) tiene la nariz blanca. Pero Kennedy no es optimista. «La pregunta no es si llegará el hongo, sino cuándo», dice.

Mientras Kennedy y los otros trabajan, me quedo mirando un conglomerado inerte de cuerpos vivos de murciélagos, uno junto a otro, con las patas enganchadas a la roca vertical. Forman una mancha continua e irregular. Sólo en esa mancha puede haber 300.000 murciélagos. Parece una piel de bisonte. Me hace pensar en una imagen del test de Rorschach, que estuviera poniendo a prueba nuestra visión del futuro.

Los murciélagos son esenciales para los ecosistemas: devoran insectos, dispersan semillas y polinizan las flores. Pero en Estados Unidos, un nuevo e insidioso enemigo está causando una gran mortandad.