Birmania: Cambios en un país enigmático

Mientras emerge de su aislamiento, la antigua Birmania se ve atrapada entre la reforma y la represión, entre la luz y la oscuridad. Entra en Myanmar, un país en transición, de la mano del fotógrafo Chien-Chi Chang.

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Con fusiles y escudos, la policía patrulla una zona industrial de Yangon. Momentos antes había disuelto una protesta obrera que reclamaba mejores condiciones laborales y una modesta subida salarial. La población birmana también está vigilada por una red clandestina de informantes.

Chien-Chi Chang

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Esta gigantesca estatua de hormigón con la figura reclinada de Buda fue erigida en 2003 en Bago. El lugar es considerado un santuario en un país donde el 89 % de la población profesa el budismo, presente desde hace 2.000 años. Antaño era el rey el guardián de la religión, que hoy controla de cerca el Gobierno.

Chien-Chi Chang

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El móvil de la derecha muestra a Aung San Suu Kyi, líder de la Liga Nacional por la Democracia, el partido de la oposición, y figura venerada en Myanmar. Quienes exhiben su imagen se arriesgan a sufrir alguna represalia. A la izquierda, un símbolo de Occidente, la modelo y actriz sueca Victoria Silvstedt.

Chien-Chi Chang

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Las vallas publicitarias dan fe de que la cultura del consumo ha llegado a Yangon, la que fuera capital con el nombre de Rangún. La urbe es un bullicioso centro comercial, pero su pasado se hace visible en monumentos religiosos como la bimilenaria pagoda de Sule (fondo de la imagen) y en la arquitectura británica colonial.

Chien-Chi Chang

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La megalomanía, incluso paranoia, de la junta militar hizo que en 2005 el Gobierno se trasladara desde la costera Yangon a un lugar en el interior de difícil invasión. Para legitimar la nueva capital, la pomposa Nay Pyi Taw, los altos cargos construyeron una réplica de la venerada pagoda de Shwedagon, de Yangon.

Chien-Chi Chang

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La líder de la oposición y premio Nobel Aung San Suu Kyi sostiene a Taichido, un perro que le regaló su hijo menor, mientras conversa con el asesor Win Htein en su casa de Yangon. Tras haber estado bajo arresto 15 de los últimos 21 años, fue liberada de nuevo el pasado mes de noviembre. Win Htein fue liberado meses antes tras pasar 20 años en la cárcel.

Chien-Chi Chang

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Estos soldados no pertenecen a las fuerzas armadas birmanas, sino al Ejército por la Independencia Kachin. Los kachin son una de las 135 minorías étnicas del país, todas ellas orgullosas de su identidad y cuyos ejércitos pretenden mantener la autonomía de sus territorios, ricos en recursos, frente a la injerencia del régimen.

Chien-Chi Chang

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Jóvenes procedentes del campo y de la ciudad abarrotan la pasarela durante un desfile de modelos en un bar de Mandalay, mientras los hombres del público pasan flores a las que más les gustan. Algunos observadores creen que se trata de prostitución, ilegal pero cada vez menos oculta en Myanmar.

Chien-Chi Chang

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Una madre cuida de su hijo, Kyaw Kyaw Win, de 33 años y seropositivo, en un hospital de las afueras de Yangon. Al poco tiempo de tomar esta foto falleció. Unos 240.000 birmanos padecen actualmente la enfermedad, a menudo contraída por el consumo de droga y que se cobra 17.000 vidas al año. El bajo presupuesto para antirretrovirales hace del sida «una dolencia que suele ser mortal», apunta Chris Beyrer, epidemiólogo de la Johns Hopkins. Myanmar gasta casi el doble en defensa que en sanidad y educación.

Chien-Chi Chang

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Una superviviente del ciclón Nargis, que en 2008 mató a tres cuartas partes de la pequeña población de Pyinsalu, trabaja en una nueva escuela que también hará las veces de refugio de futuros ciclones. Las ayudas del Gobierno para la reconstrucción del pueblo se han hecho esperar.

Chien-Chi Chang

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Remando con las piernas para mantener libres las manos, estos pescadores del lago Inle, en el norte del país, seducen a los turistas para visitar un paisaje apenas tocado por la modernidad. 

Chien-Chi Chang

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Un cuarteto de gaiteros ensayan para el festival anual que celebra la autonomía kachin, concedida en 1948 pero eliminada después del golpe militar de 1962. «Tras un principio tremebundo –dice un asistente al ensayo–, los muchachos consiguieron tocar algo parecido a una melodía armoniosa».  

Chien-Chi Chang

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Un monje camina por un camino polvoriento de Bagan, la antigua y floreciente capital birmana. En el recinto urbano llegó a haber 13.000 pagodas, algunas de las cuales se remontan al siglo II d.C. Los seísmos y las crecidas del río Ayeyarwady han destruido más de 10.000.

Chien-Chi Chang

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En 2007 los monjes budistas encabezaron unas protestas contra el Gobierno conocidas como la Revolución Azafrán. En un monasterio unos jóvenes devotos budistas se afanan en el lavado personal y de la ropa.

Chien-Chi Chang

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En la pagoda Maha Myat Muni de Mandalay abundan los mendigos de todas las edades.

Chien-Chi Chang

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En Lashio, una parabólica y un coche de juguete caro indican que esta familia, que huyó de China durante la Revolución Cultural, pertenece a la exigua clase media birmana. El país sufre la «maldición de los recursos»: los dirigentes ingresan sus réditos pero no los comparten. Gran parte de la población sobrevive a duras penas.

Chien-Chi Chang

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Esta niña de una escuela privada en Myitkyina probablemente asistirá a clase hasta más allá de los ocho años, la edad media a la que la mayoría de estudiantes birmanos abandonan el colegio, ya que los padres tienen poco dinero para gastar en educación. El gobierno ha privado de apoyo financiero a la escuela pública, convirtiendo a los colegios privados y los monasterios en los únicos lugares donde los niños y niñas pueden recibir una buena enseñanza.

Chien-Chi Chang

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Los niños convierten una fábrica a medio construir en terreno de juego, en el área industrial de Hlaing Thaya, a las afueras de Yangon.

Chien-Chi Chang

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Los adivinos son moneda corriente en Myanmar. Muchos birmanos creen en los espíritus y la magia, y tienen una fe ciega en determinados números, que traen suerte. La junta militar trasladó la capital de Yangon a Nay Pyi Taw en una fecha supuestamente propicia, el 6 de noviembre de 2005.

Chien-Chi Chang

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Con un océano de velas encendidas los birmanos rinden homenaje a sus antepasados durante el Thadingyut, el festival de las luces en octubre, de tres días de duración, que marca el final del equivalente budista de la Cuaresma.

Chien-Chi Chang

1 de agosto de 2011

Es la hora mágica en Yangon, cuando los últimos rayos de sol, menos abrasadores, sumergen el ruinoso centro de la ciudad en un dorado resplandor, incitando a la gente a salir a las calles: los niños corren a comprar zumo fresco de caña de azúcar; las mujeres, con las mejillas untadas con una pasta de corteza de árbol (la crema protectora solar birmana), regatean con el pescadero. Unos adolescentes echan una partida de chinlon, una especie de fútbol acrobático, mientras unos hombres en camiseta y longyi, el sarong birmano tradicional, mascan betel sentados en la acera.

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El ambiente festivo no dura mucho. La noche cae con rapidez en los trópicos, y los cortes de suministro eléctrico, tan frecuentes en Myanmar, dan al repentino anochecer un aire inquietante. Un destartalado edificio público de la era colonial se queda a oscuras. El callejón contiguo emite el resplandor azulado de televisores alimentados por generadores portátiles. Bajo los árboles los vendedores son invisibles, pero la mercancía está alumbrada con velas: pescados plateados dispuestos en círculos, montones de flores violáceas de banano, pilas de hojas de betel. Y, alineados en una caja azul de madera, DVD pirateados de música y cine americanos.

«Welcome to the Hotel California», pregona una voz desde las sombras en un inglés perfecto. Sentados en plena calle sobre taburetes de plástico, tres jóvenes ríen la gracia del saludo. El vendedor de DVD, un hombre enjuto de 29 años con gafas de fina montura metálica y camisa rosa desabotonada, se incorpora con una sonrisa. Aunque abandonó el colegio en cuarto curso, habla inglés en una avalancha de frases hechas aprendidas en las películas de Hollywood y en los libros de gramática de los años cincuenta. Conocer a un estadounidense, dice, hace que se sienta «a tope, en el séptimo cielo, como un niño con zapatos nuevos».

Los tres «amigos del alma», Tom, Dick y Harry, como ellos mismos se hacen llamar, se reúnen casi todas las tardes para practicar modismos ingleses. Hoy, mientras toman una taza de té con mucha leche, bromearán durante horas, exhibiendo expresiones nuevas como si de pepitas de oro se tratase. Ahora, en la oscuridad, los tres amigos vacilan un segundo, pues no acaban de entender la letra de una vieja canción de los Eagles. «Oiga, a lo mejor usted puede ayudarnos –dice Tom–. ¿Qué quieren decir cuando cantan “Somos todos prisioneros de nuestro propio hacer”?»

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Myanmar es una tierra de sombras, un lugar donde incluso la pregunta más inocente deja entrever una segunda intención. Durante la mayor parte del último medio siglo esta nación mayoritariamente budista de unos 50 millones de habitantes fue modelada por el poder (y la paranoia) de sus dirigentes militares. El tatmadaw, el estamento militar nacional, fue la única institución capaz de imponer su autoridad sobre un país fracturado tras la independencia de Gran Bretaña. En parte lo consiguió sumiendo a Myan­mar en un terrible aislamiento del que aún hoy apenas empieza a asomar.

Este aislamiento, agravado por dos décadas de embargos económicos por parte de Occidente, quizás ha preservado la imagen nostálgica de Birmania como un país congelado en el tiempo, con sus lagos sumidos en la niebla, sus templos milenarios y una mezcla de culturas tradicionales apenas corrompidas por el mundo moderno. Pero también ha ayudado a acelerar el declive de la otrora llamada «joya de Asia». Los sistemas sanitario y educativo de Myanmar han sido desmantelados, mientras el ejército, con sus cerca de 400.000 soldados, absorbe casi una cuarta parte del presupuesto nacional. Y como es tristemente sabido, la brutal represión de las insurgencias étnicas y de la oposición civil por parte del tatmadaw ha hecho de Myanmar un paria entre las naciones, distinción que ahora parece ansiosa por dejar atrás.

En este escenario de sombras ha asomado algún que otro rayo de luz. Las primeras elecciones al Parlamento celebradas en 20 años, que tuvieron lugar el pasado mes de noviembre, anunciaron la llegada de lo que los dirigentes militares llaman «democracia de floreciente disciplina». Aunque desvirtuados por el fraude y la intimidación, los comicios han dotado a Myanmar de su primer gobierno civil (al menos de nombre) en 50 años. El eterno caudillo militar Than Shwe se retiró oficialmente en abril, si bien el nuevo presidente no es otro que su leal lugarteniente de toda la vida, el general Thein Sein, sólo que sin uniforme y vestido de paisano.

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Si uno de los objetivos de las elecciones era legitimar el régimen en el país y en el extranjero, el otro era borrar el recuerdo de lo ocurrido en los comicios de 1990. En aquella cita electoral, celebrada dos años después del ametrallamiento por parte del tatmadaw de cientos de ciudadanos que se manifestaban contra el Gobierno, la junta militar negó la arrolladora victoria del principal partido de la oposición, la Liga Nacional para la Democracia (LND). A continuación dedicó buena parte de las dos décadas siguientes a encarcelar a las figuras prominentes de la oposición y recluir bajo arresto domiciliario a la líder del partido, Aung San Suu Kyi.

La Dama, como se la conoce, presionó a la LND para que boicotease los comicios del pasado noviembre, a los que a ella (todavía bajo arresto domiciliario) se le prohibía concurrir. Participar en un ejercicio tan «injusto», aducía, sería legitimar un régimen que en 2007 volvió a hacer uso de la violencia letal (disparando contra los monjes budistas que protestaban) y un año después abandonó a su suerte a las víctimas del ciclón Nargis, una catástrofe que se saldó con cerca de 140.000 muertos y casi un millón de damnificados sin hogar. No todos estaban de acuerdo con Suu Kyi; varias figuras de la oposición creían que la transición a un gobierno civil, por imperfecta que fuese, constituía su última esperanza de conservar cierta voz en el país.

Menos de una semana después de las elecciones de 2010, cuando los partidos apoyados por el ejército se atribuían una victoria aplastante, llegó otro rayo de esperanza: la puesta en libertad de Suu Kyi. A sus 65 años, la premio Nobel había pasado 15 de los últimos 21 años detenida. La imagen de la Dama rodeada de masas de jó­­venes partidarios llevó a algunos a creer que nacía una nueva era. Pero Suu Kyi no se hace tales ilusiones. «La sociedad ha cambiado mu­­chísimo –dijo cuando la entrevisté en febrero, maravillada por la omnipresencia de la telefonía móvil, Twitter y Facebook–. Pero en el plano político todo sigue exactamente igual.»

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Es fácil caer en la tentación de ver en Myanmar una simplista historia moral, la batalla entre la luz y la oscuridad, el bien y el mal. Pero la Dama y los generales no representan los únicos polos en pugna por el futuro del país. Tanto en las filas del ejército como en las de la oposición hay voces, aún silenciadas, que reclaman apertura y reformas. Más allá de las batallas en las altas esferas existen las minorías étnicas, que representan aproximadamente un tercio de la población y ocupan más de la mitad del territorio. La gobernabilidad de este caleidoscopio de grupos descontentos ha dado quebraderos de cabeza a los dirigentes birmanos desde los tiempos de los monarcas antiguos, y de su acomodación dependerá que se materialice algún avance. «Si se excluye a los grupos étnicos, el país podría de­­sintegrarse», opina un diplomático extranjero.

El futuro de Myanmar es más importante que nunca, ya que, encajado entre China y la India, vuelve a ser una pieza clave del tablero geopolítico. Mientras Occidente persevera en la imposición de sanciones para castigar al régimen por sus violaciones de los derechos humanos, China, Thailandia y otras potencias asiáticas rivales invierten muchísimo dinero en Myanmar para explotar sus recursos: petróleo y gas, madera, gemas, minerales y energía hidroeléctrica. Las inversiones extranjeras, miles de millones de euros al año, atenúan el impacto de las sanciones pero también exacerban las tensiones en ciertas zonas étnicas especialmente ricas en recursos. Por ahora nada ha logrado aflojar la mano con la que el Gobierno se aferra al poder, ni el temor y la paranoia que éste inspira, pero Myanmar, por fin, comienza a salir de su hibernación.

El mago descalzo enrolla una cuerda alrededor del cuello de un voluntario, y el público murmura, expectante. Filas de niños y niñas alcanzan la entrada del edificio ruinoso. Al otro lado de la calle, los clientes de un salón de té al aire libre alargan el cuello para ver algo. Myanmar es un país impregnado de magia, un lugar donde en cada baniano habitan espíritus animistas, los llamados nats, y donde las decisiones importantes se consultan con astrólogos. El mago sabe, aunque los niños no, que algunos de los hombres de la puerta no son parte del público invitado, sino espías de la División Especial de la policía.

Porque el de hoy no es un espectáculo de ma­­gia corriente. Sentada en primera fila, con una diadema de jazmines en el pelo, está la Dama en persona, Aung San Suu Kyi. Se celebra el Día de la Infancia en la sede central de la LND en Yangon, una festividad que se hace coincidir con el cumpleaños del padre de Suu Kyi, el general Aung San, héroe de la independencia birmana asesinado en 1947. Hay imágenes del padre y la hija en la entrada de la LND, en las paredes y en las insignias que llevan en la camisa los niños.

Pero ahora todas las miradas están clavadas en el mago, que poco a poco enrolla la cuerda alrededor de las piernas, los brazos y el tronco del voluntario. Una niña lanza una mirada a Suu Kyi, quien la tranquiliza guiñándole un ojo. Este señor no está preso de verdad, le sugiere con su sonrisa, aunque los veteranos del partido que la flanquean sí han pasado más de un decenio en las cárceles de la junta militar. El mago grita una orden, y con un tirón repentino, la cuerda se suelta. El prisionero queda libre. La sala prorrumpe en aplausos y vítores, y Suu Kyi suelta una carcajada.

Ojalá fuese tan fácil. Incluso con su libertad recuperada, Suu Kyi parece seguir presa por unas cadenas invisibles. Sobre ella pesan enormes expectativas, y su partido, ilegalizado por haber boicoteado las elecciones del año pasado, corre ahora el riesgo de infringir las estrictas leyes de asociación del país cada vez que se reúne. Hasta con la celebración del Día de la Infancia, dice Win Htein, uno de los hombres de confianza de Suu Kyi, «estamos desafiando las restricciones».

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Desde su despacho, un segundo piso que asoma a una transitada calle en el corazón de Yangon, Suu Kyi alcanza a ver a los hombres de la División Especial en el salón de té de enfrente. A veces añora la intimidad perdida. «No dejo de preguntarme cuándo volveré a tener tiempo para leer y pensar», dice. Suu Kyi se ha lanzado a una vorágine de reuniones con diplomáticos, periodistas, minorías étnicas y organizaciones civiles. Hasta la fecha, sin embargo, los hombres con quien más necesidad tiene de entrevistarse, los generales, han hecho oídos sordos a sus tentativas de acercamiento. «Nosotros tenemos la puerta abierta –declara Suu Kyi–. Sin diálogo no se conseguirá nada.»

Todos estos años las viñetas de la prensa oficial han presentado a la elegante Dama como un ogro de grandes colmillos alimentándose de dádivas occidentales. Los ataques cesaron durante unos meses tras su liberación. Pero cuando en febrero la LND emitió un comunicado en defensa del embargo occidental contra el régimen, el editorial de un periódico oficial, el New Light of Myanmar, advirtió que Suu Kyi y su partido iban a «acabar muy mal». Una amenaza retórica tal vez, pero pocos olvidan el atentado que sufrió su convoy la última vez que fue puesta en libertad, en 2003: al menos doce seguidores murieron.

Las sanciones podrían ser una de las últimas bazas de Suu Kyi. Muchos observadores internacionales (entre ellos la secretaria de Estado estadounidense, Hillary Clinton) las han tildado de ineficaces en Myanmar, en gran medida porque otros países, como China, no tienen reparos en hacer negocios con el Gobierno. Después de dos décadas de sacrificio, Suu Kyi se niega a pedir la atenuación de los embargos si no es a cambio de algunas concesiones, como la liberación de los más de 2.000 presos políticos birmanos. «Si las sanciones no sirven para nada –pregunta–, ¿por qué el régimen y sus amigos están tan de­­sesperados por verlas desaparecer?» Se diría que el Gobierno codicia el único activo de la Dama que ellos jamás han poseído: legitimidad a los ojos del mundo.

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Cuando uno visita Nay Pyi Taw, lo primero que encuentra es un inquietante vacío: modernas avenidas de 10 carriles con rotondas cuidadísimas pero sin apenas vehículos; complejos de viviendas oficiales sin niños a la vista; una reproducción de la pagoda de Shwedagon de Yangon, pero ni un solo monje entonando oraciones. La sensación es de estar en un plató cinematográfico abandonado hasta que el coche avanza hacia la zona militar, un área vedada en la que Than Shwe tiene su residencia y su secretista alto mando. Allí, tras el rugido de los camiones militares y el vasto patio de armas, se yerguen los símbolos del régimen: colosales estatuas de los tres reyes más venerados de la historia birmana.

Bienvenido a la Morada de los Reyes, capital de Myanmar desde 2005, una extraña utopía forjada a fuerza de miedo y megalomanía. Than Shwe, un ex cartero que hizo carrera en el llamado «departamento de guerra psicológica» del ejército, decidió empuñar de nuevo el cetro de los antiguos monarcas birmanos, hasta el punto de que, según se dice, para dirigirse a él o a su esposa era imprescindible el tratamiento regio. Los reyes de Birmania eran aficionados a levantar capitales nuevas como legado de su reinado, desde las pagodas de Bagan hasta el palacio real de Mandalay. Hoy tenemos Nay Pyi Taw.

La nueva capital puede parecer un lugar sin alma, pero para un poder que recela de su propio pueblo, representa una obra maestra de la planificación urbanística con fines defensivos. Preocupado por un ataque inminente en Yangon, Than Shwe inyectó varios miles de millones de euros para levantar la ciudad en una zona de vegetación baja del centro de Myanmar, a salvo de tormentas letales, invasiones extranjeras y protestas internas. El trazado urbano de Nay Pyi Taw no es tanto el de una ciudad como el de una serie de zonas aisladas diseminadas en un área más extensa que Luxemburgo. Los ministerios, antaño concentrados en la populosa Yangon, se alzan en medio de grandes explanadas, y sólo se accede a ellos por avenidas muy vigiladas. La zona militar es una burbuja dentro de una burbuja, de acceso prohibido excepto a los más altos cargos, y según se cuenta, socavada de búnkeres.

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En una urbe construida por obreros que ga­­naban menos de un euro al día, los generales no repararon en gastos ni en extravagancias: tiene un estadio olímpico de fútbol, un zoo con pingüinario climatizado, un safari park y hasta un «jardín monumental» de 194 hectáreas con reproducciones en miniatura de los lugares más famosos de Myanmar, y con casas de madera habitadas por minorías étnicas con su atuendo nativo: lo más parecido a un zoológico humano.

La nueva capital hace, eso sí, una concesión a la democracia: cuenta con un complejo parlamentario consistente en 28 gigantescos edificios con tejados en forma de pagoda que se alzan sobre dos falsos puentes colgantes. Cuando en febrero se inauguró el Parlamento, la primera sesión en 22 años, los 659 flamantes diputados fueron conducidos en rebaño hasta él y aislados durante semanas. Se vedó la entrada a los medios y al público; a los propios parlamentarios se les prohibió usar los móviles y el correo electrónico. «Fue tan triste como cómico –dice un hombre de negocios birmano en Yangon–. Todos aquellos diputados poniendo en marcha una democracia y recluidos como presos.»

En el corazón de las montañas del nordeste del país una joven con sombrero de bambú camina por una ribera hacia un lugar sagrado: la con­vergencia de dos ríos que da lugar al Ayeyarwady (conocido en el resto del mundo como Irawadi), la arteria vital de la nación. Birmanos de todas las creencias veneran el lugar, pero está vinculado de manera muy especial a la minoría étnica kachin, cuyos antepasados se asentaron en la zona hace siglos. En su boda, la joven kachin y su esposo (quienes pidieron permanecer en el anonimato) prometieron emular la unión de los ríos Mali y Nmai. La familia de la joven acude a la confluencia para hacer ofrendas la primera mañana del año nuevo.

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Todo esto desaparecerá pronto. En la siguiente curva del Ayeyarwady unos obreros chinos acometen los trabajos preliminares de una presa hidroeléctrica de 152 metros de altura, la primera (y más alta) de las siete que hay programadas. Fruto de una joint venture entre China Power Investment (CPI) y Asia World, adicta al régimen de Myanmar, la presa de Myitsone tendrá una capacidad de 6.000 megavatios, más de lo que hoy produce todo el país en su conjunto. Para cuando se termine en 2019, la presa anegará una zona mayor que la ciudad de Nueva York, engullendo decenas de aldeas, entre ellas Tang Hpre, hogar de la joven kachin. Desde la ribera, me señala un cartel blanco en una colina cercana. «El agua llegará hasta ahí. ¿Se imagina usted vivir con semejante amenaza encima?»

La ira que provoca la presa se extiende mucho más allá de Tang Hpre. «La presa se ha convertido en un grito de cohesión del pueblo kachin», dice Gun Maw, general del Ejército por la Independencia Kachin (EIK), un grupo rebelde cuya tregua con el Gobierno birmano empezó a hacer aguas el año pasado, tras 17 en vigor. Junto con soldados de otras etnias, el EIK se ha resistido a la exigencia del régimen de transformarse en una fuerza de defensa fronteriza bajo mando militar birmano. La polémica de la presa no hace sino alimentar la tensión creciente. «Llevamos meses solicitando a las autoridades birmanas que aclaren adónde irá la electricidad, pero seguimos sin respuesta –afirma el líder rebelde–. Creo que todos lo sabemos. China necesita energía eléctrica desesperadamente.» En efecto, un documento de CPI confirma que la mayoría del suministro irá directamente a China.

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De todos los países extranjeros lanzados a la carrera por la explotación de los recursos de Myanmar, China ha sido el más agresivo. Parte de sus 7.000 millones de euros invertidos se dedica al tendido de oleoductos y gasoductos que partirán de la costa birmana rumbo a la frontera china, un atajo que, además, también evita los riesgos del transporte en barco por el estrecho de Malaca, infestado de piratas. En el territorio kachin, que comparte más de 950 kilómetros de la frontera en cuestión, las compañías chinas se apresuran a extraer oro, jade y teca, así como energía hidroeléctrica. «Los chinos no pararán hasta dejarnos secos», dice un activista kachin.

Desde hace año y medio el Gobierno birmano viene exigiendo que los 1.400 habitantes de Tang Hpre se trasladen a un asentamiento nuevo, a 16 kilómetros, y dejen sitio a la presa. La resistencia ha sido prácticamente unánime. El año pasado estalló una serie de bombas en distintos lugares del valle relacionados con la presa; varios cientos de obreros chinos se vieron obligados a evacuarlo y paralizar la obra. Las autoridades detuvieron a unos 70 jóvenes kachin en relación con los atentados.

Río abajo, la joven escudriña un hoyo profundo de arena y roca. Hoy su misión no es rezar ni protestar, sino colaborar en la búsqueda de oro. En los últimos meses los aldeanos han detectado más barcos llenos de obreros birmanos y chinos que remontan el Ayeyarwady para dragarlo en busca de oro. La joven se pregunta si el reasentamiento forzoso de Tang Hpre no será una artimaña para poner en manos chinas el control de otro de los preciosos recursos de los kachin. «No queremos perder nuestro hogar –dice–, pero es que además esto es nuestro.»

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Por un momento el locuaz vendedor de DVD se queda sin palabras. Tom y sus dos jóvenes amigos cantan en la oscuridad las alabanzas de Yangon, su diversidad étnica, su aire hip-hop, su decadente arquitectura colonial. La conversación deriva, irremisiblemente, hacia el futuro: «Estoy con el alma en un hilo», dice Tom al cabo. Esta vez no es una frase hecha. Los últimos cortes de luz han perjudicado los escasos ingresos con los que mantiene a su mujer y su hija (unos 35 euros al mes), y trabajar en el mercado negro lo pone muy nervioso. Aun teniendo sobornada a la policía, recientemente estuvo a punto de caer en una redada. De no haber escapado, podría haber acabado en un calabozo con las existencias requisadas, incluido el estimadísimo disco recopilatorio de películas de Tom Cruise.

Más tarde, mascando una bola de betel, Tom confiesa su gran ambición: marcharse al extranjero. No es el único. Todos los años decenas de miles de trabajadores birmanos parten rumbo a Singapur y Malaysia, donde pueden ganar hasta 210 euros al mes. Dick, profesor de inglés en situación de precariedad laboral, dice que quizá busque un trabajo de vendedor en Singapur. Tom piensa en Estados Unidos. «Es la tierra de las oportunidades –dice–. Y de Angelina Jolie.»

Pese a su inglés efervescente, Tom carece de los estudios superiores y los activos económicos que podrían granjearle un visado para Estados Unidos. Pero parece tan eufórico con la idea (¿o acaso es el efecto del betel?) que se desinhibe. «¡Con esta dictadura vivimos como cerdos gruñendo a oscuras!»

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El arrebato pone nerviosos a sus amigos. «Se va de la lengua –murmura Dick cuando Tom va a atender un cliente–. No debería lavar sus trapos sucios en público.»

Al final de la velada, Tom recoge sus DVD, y los amigos lo acompañan por la calle desierta hasta la parada del autobús. «Las cosas están mejorando un poco –dice Harry–. Ahora todos tenemos móvil y correo electrónico, podemos estar en contacto con el mundo exterior.» Tom no parece escuchar. Mientras sube al autobús, pronuncia una despedida sediciosa: «¡Nos vemos después de la insurrección!»