Bangladesh: la amenaza del océano

Los habitantes de Bangladesh tienen mucho que enseñarnos acerca de la adaptación de un mundo superpoblado a la subida del nivel del mar. Para ellos, el futuro ya está aquí

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bangladesh01. A unos palmos sobre el nivel del mar

A unos palmos sobre el nivel del mar

Los habitantes de la costa sur de Bangladesh no solo tienen que soportar unas de las precipitaciones más copiosas del mundo; también viven en comunidades castigadas por los ciclones y asentadas en terreno blando, a apenas unos palmos sobre el nivel del mar.

Foto: Jonas Bendiksen

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bangladesh02. Mantener un país a flote

Mantener un país a flote

En el sur salobre, los agricultores han convertido los arrozales anegados en charcas para gambas y cangrejos que toleran la salinidad.

Foto: Jonas Bendiksen

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bangladesh03. Cosecha temprana

Cosecha temprana

Cogidos por sorpresa por una inundación temprana, el granjero Abdul Kadir (delante) y sus hombres cosechan el yute aún verde en una isla del Jamuna próxima a Kurigram. El cambio climático ha recrudecido las crecidas estacionales en las últimas décadas.

Foto: Jonas Bendiksen

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bangladesh04. A merced del clima

A merced del clima

Arrimados a un muro, los trabajadores de una fábrica de ladrillos se protegen de la furia de un aguacero juanto al río Turag, al oeste de Dacca.

 

Foto: Jonas Bendiksen

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bangladesh05. Hacia la ciudad

Hacia la ciudad

Bajo el cielo de la estación lluviosa, los migrantes regresan en tren a Dhaka tras visitar sus aldeas natales al norte de la capital. A cada lado hay arrozales; aquí están sanos, pero más al sur la salinidad causa estragos.

Foto: Jonas Bendiksen

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bangladesh06. Atestados de gente

Atestados de gente

Los taxis flotantes, llamados kheya nouka, cruzan el río Buriganga hasta Sadar Ghat, la principal terminal fl uvial de Dacca, ofreciendo transporte en una de las ciudades más densamente pobladas del mundo. Situada a muy baja altura, la capital de Bangladesh es una de las ciudades más amenazadas por el aumento del nivel del mar.

Foto: Jonas Bendiksen

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bangladesh07. A punto de reventar

A punto de reventar

Los barrios de chabolas de Dacca, como Korail (en primer término), están abarrotados de refugiados medioambientales, lo que supone una presión todavía mayor para una ciudad abrumada por el peso de unas infraestructuras obsoletas, la enorme pobreza y las frecuentes inundaciones.

Foto: Jonas Bendiksen

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bangladesh08. Dhaka

Dhaka

Tórridas, planas y abarrotadas, las calles de Dhaka absorben la multitud que no cabe en la mezquita para celebrar el final del Ramadán. Dhaka, una de las ciudades de crecimiento más acelerado del planeta, rebosa de migrantes que huyen del rural, castigado por inundaciones y tormentas.

Foto: Jonas Bendiksen

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bangladesh09. Río Jamuna

Río Jamuna

Que el agua llegue a la puerta de su casa ya es rutina para las familias de pescadores que viven en las islas del río Jamuna. Conocidos como los habitantes de los chars, se han convertido en los mayores expertos del mundo a la hora de adaptarse a cualquier circunstancia que la vida —y el cambio climático— les eche encima.

Foto: Jonas Bendiksen

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bangladesh10. Para no mojarse

Para no mojarse

Cuando crece el río, los hijos de Jabed Ali saben lo que hay que hacer: trepar al bambú del patio y agarrarse fuerte. Los habitantes de los chars (las islas en constante transformación que jalonan las llanuras de inundación de los tres grandes ríos de Bangladesh) están habituados a este tipo de calamidades, cada vez más frecuentes.

Foto: Jonas Bendiksen

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bangladesh11. En casa, de momento

En casa, de momento

Con el agua hasta casi las rodillas, la familia Uddin se reúne para comer. Hacía poco que habían trasladado su casa a este lugar, huyendo de las inundaciones en una isla cercana a Kurigram. Poco después de tomar esta fotografía, la familia decidió desmontar la casa para volver a trasladarla.

Foto: Jonas Bendiksen

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bangladesh12. En busca de terreno más elevado

En busca de terreno más elevado

Unos aldeanos aúnan esfuerzos para trasladar los edificios construidos en Sirajbag, un islote de arena y lodo del río Jamuna donde las inundaciones son frecuentes. Desmantelada a mediodía, esta mezquita fue reconstruida a tiempo para las oraciones vespertinas.

Foto: Jonas Bendiksen

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bangladesh13. Asentamientos efímeros

Asentamientos efímeros

Nada dura demasiado en Sirajbag, una población de varios miles de habitantes asentada en una de las islas sedimentarias efímeras del río Jamuna, al norte de Dhaka. Unos voluntarios reerigen la mezquita del pueblo; la desplazan periódicamente para evitar que la barra el río.

Foto: Jonas Bendiksen

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bangladesh14. Una mano amiga

Una mano amiga

El barco hospital de una organización de cooperación llamada FriendshipBd da asistencia a los cientos de miles de bangladesíes que viven en las islas sedimentarias efímeras del río Jamuna.

Foto: Jonas Bendiksen

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bangladesh15. Soluciones autóctonas

Soluciones autóctonas

Un ejército de sanitarios formados por una ONG bangladesí llamada BRAC han contribuido a reducir tanto la tasa de mortalidad infantil como la tasa de natalidad.
 

 

Foto: Jonas Bendiksen

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bangladesh16. Soluciones autóctonas

Soluciones autóctonas


Amarrado seis días a la semana, un buque escuela de propulsión solar colabora en la educación de los niños cuyos hogares sufren inundaciones periódicas.

Foto: Jonas Bendiksen

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bangladesh17. Lecciones para el futuro

Lecciones para el futuro

Los niños acuden durante todo el año a una escuela flotante. Para las niñas, que tradicionalmente se quedan en casa, es una ventaja que la escuela vaya a su encuentro. Varios estudios demuestran que las niñas más instruidas (y también los niños) tienen menos hijos de mayores.

Foto: Jonas Bendiksen

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bangladesh18. Mantener un país a flote

Mantener un país a flote

Los emprendedores isleños del distrito de Gaibandha crean con jacintos jardines flotantes en los que plantarán cucurbitáceas, ocra y otros cultivos alimentarios.

Foto: Jonas Bendiksen

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bangladesh19. Fortaleza de espítiru

Fortaleza de espítiru

Unos niños juegan en Jaliakhali, una localidad devastada por el ciclón Aila en 2009. Al llegar la tormenta captada por esta imagen, los habitantes del pueblo buscaron protección en uno de los miles de refugios recién construidos contra los ciclones (arriba), muchos de los cuales funcionan además como centros comunitarios.

Mantener un país a flote

Los habitantes de Bangladesh tienen mucho que enseñarnos acerca de la adaptación de un mundo superpoblado a la subida del nivel del mar. Para ellos, el futuro ya está aquí

Puede que seamos 7.000 millones de puntitos sobre la faz de la Tierra, pero en Bangladesh, uno tiene a veces la sensación de que la mitad de la especie humana se ha concentrado en un espacio equivalente a una tercera parte de España. Dacca, la capital, es una ciudad tan poblada que cada parque y cada vía peatonal son colonizados por los sin techo.

Un paseo al amanecer entre la niebla se convierte en una carrera de obstáculos entre camas improvisadas y niños dormidos. Más tarde, las húmedas calles se inundan del caos de unos 15 millones de personas, la mayoría va­­radas en los atascos de tráfico. En medio de todo este alboroto se mueve un pequeño ejército de mendigos bengalíes, verduleros, vendedores de palomitas de maíz, conductores de rickshaws y buhoneros, que van a la deriva por la ciudad como partículas arrastradas por una crecida. El campo, a lo lejos, es una vasta y cenagosa llanura de inundación con manchas intermitentes de tierra verde y exuberante, completamente llana y atestada de gente. En los lugares donde uno esperaría encontrar soledad, no la hay. No hay carreteras solitarias en Bangladesh.

Es matemáticamente imposible que una persona esté sola

No es de extrañar. Bangladesh es uno de los países más densamente poblados del planeta. Tiene más habitantes que Rusia. Es un lugar en el que, con 164 millones de habitantes, es matemáticamente imposible que una persona esté sola. Y acostumbrarse a ello requiere su tiempo.

Imaginemos por un momento Bangladesh en el año 2050, cuando su población probablemente alcance los 220 millones y buena parte de su actual territorio se encuentre sumergida de forma permanente. Esa perspectiva se basa en la suma de dos previsiones: un crecimiento demográfico que, pese al acusado descenso de la fecundidad, seguirá produciendo millones de bangladesíes en las próximas décadas, y un aumento del nivel del mar que para 2100 puede ser de casi un me­­tro o incluso más como resultado del cambio climático. Tal situación podría determinar el desplazamiento forzoso de entre 10 y 30 millones de habitantes del litoral del sur del país, lo que obligaría a los bangladesíes a apiñarse todavía más o a huir del país en calidad de «refugiados climáticos», un colectivo humano que según las previsiones alcanzará 250 millones de personas en todo el mundo hacia mediados de siglo, muchas de ellas procedentes de países pobres y situados a escasa, o nula, altitud.

«A escala planetaria, estamos hablando de la mayor migración masiva de la historia humana –dice el general Muniruzzaman, ya retirado del ejército–. Para 2050, los millones de desplazados serán una carga abrumadora no sólo para nuestro limitado territorio y nuestros recursos, sino para el gobierno, las instituciones y las autoridades fronterizas

Muniruzzaman cita un reciente estudio de la Universidad Nacional de Defensa, en Washington, D.C., que prevé el caos geopolítico que una emigración masiva de Bangladesh podría causar en el sur de Asia. Millones de refugiados huirían a la vecina India, lo que causaría brotes epidémicos, conflictos religiosos, escasez crónica de alimentos y de agua potable, y aumento de las tensiones entre la India y Pakistán, estados rivales que disponen de armamento nuclear.

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Protestas en Cachemira



Semejante catástrofe encajaría en la trayectoria histórica de Bangladesh, que desde su independencia en 1971 ha vivido guerras, hambrunas, epidemias, ciclones destructivos, inundaciones devastadoras, golpes militares, atentados políticos y un doloroso nivel de pobreza. Sin embargo, hay mucha gente en Bangladesh que no está dispuesta a desmoralizarse. De hecho, muchos están preparando un desenlace muy distinto, uno en el que las penurias del pasado den paso a una sólida esperanza.

La adaptación a un nuevo mundo

Pese a todos sus problemas, Bangladesh es un lugar donde la adaptación al cambio climático parece posible, y donde ya se están poniendo a prueba todas las medidas imaginables que no requieran tecnologías avanzadas. Con el apoyo de algunos países industrializados (cuyas emisiones de gases de invernadero son en gran me­­dida causantes del cambio climático que está haciendo que suba el nivel del mar), y llevadas a cabo por una larga lista de ONG internacionales, dichas innovaciones están ganando credibilidad, gracias a un recurso que la población bangladesí posee en abundancia: resiliencia. Antes de que acabe este siglo, el mundo, en lugar de compadecer a Bangladesh, podría tomar ejemplo de él.

Más de un tercio de la población mundial vive a menos de 100 kilómetros de la costa. Durante las próximas décadas, a medida que aumente el nivel del mar, muchas de las grandes ciudades del mundo serán cada vez más vulnerables a las inundaciones, según predicen los expertos. Un estudio reciente de 136 ciudades portuarias reveló que las poblaciones más amenazadas se encuentran en países en desarrollo, sobre todo en Asia. Las dos ciudades que para 2070 registrarán un mayor aumento proporcional de habitantes amenazados por fenómenos climáticos extremos están en Bangladesh: Dacca y Chittagong. Aunque algunas partes de la región del delta podrán contrarrestar el aumento del nivel del mar gracias a los sedimentos fluviales que hacen que el litoral gane terreno, otras áreas probablemente quedarán sumergidas.

Antes de que acabe este siglo, el mundo, en lugar de compadecer a Bangladesh, podría tomar ejemplo de él

Pero los bangladesíes no necesitan esperar décadas para saber cómo será ese futuro transformado por el avance del mar. Desde su privilegiado puesto de observación en el golfo de Bengala, ya saben lo que es vivir en un mundo superpoblado y alterado por el cambio climático. Han visto subir el nivel del mar, han perdido acuíferos costeros por efecto de la salinización y han sufrido riadas cada vez más destructivas y ciclones que se han abatido sobre sus costas con creciente intensidad, todo lo cual guarda relación con los cambios del clima mundial.

El 25 de mayo de 2009, los 35.000 habitantes de Munshiganj, un pueblo de la costa sudoccidental, vivieron un avance de lo que puede pasar si el nivel del mar aumenta de forma drástica. Esa mañana, el ciclón Aila soplaba cerca de la costa a 110 kilómetros por hora, ocasionando una ma­­rea de tempestad que se acercó silenciosamente al litoral, donde la gente trabajaba en los arrozales y reparaba sus redes de pesca.

Poco después de las diez, Nasir Uddin, un pescador de 40 años, vio que el río cercano crecía «mucho más rápido de lo normal». Volvió la vista justo a tiempo para percatarse de que un muro de agua fangosa se abatía sobre los diques de tierra que protegen el pueblo y que constituyen su última línea de defensa contra el mar.

Unos segundos después el agua anegaba su casa, llevándose por delante las paredes de barro y todo lo demás. Sus tres hijas pequeñas se subieron a la mesa de la cocina, mientras el agua formaba remolinos en torno a sus tobillos, y luego, a sus rodillas. «Creí que íbamos a morir –me con­tó meses después–, pero Alá tenía otros planes.»

Como por milagro, una barca de pesca vacía pasó a su lado, y Uddin consiguió aferrarla y meter dentro a sus hijas. La barca volcó al cabo de unos minutos, pero la familia logró permanecer agarrada a la embarcación zarandeada por las olas. Finalmente el agua se retiró, dejando cientos de muertos a lo largo del litoral y miles de personas sin techo. Uddin y la mayoría de sus vecinos de Munshiganj decidieron quedarse y reconstruir el pueblo, pero otros miles partieron para empezar una nueva vida en ciudades del interior, como Khulna o Dacca.

Bangladesh es una especie de laboratorio donde experimentar soluciones innovadoras destinadas al mundo en vías de desarrollo

Miles de personas llegan diariamente a Dacca, huyendo de las crecidas de los ríos del norte y de los ciclones del sur. Muchas acaban hacinadas en las chabolas del barrio de Korail. Tras recibir centenares de miles de inmigrantes, Dacca no está en condiciones de acoger a más, pues ya le resulta muy difícil ofrecer las infraestructuras y los servicios más básicos a sus habitantes.

Precisamente por tener tantos problemas, Bangladesh es desde hace tiempo una especie de laboratorio donde experimentar soluciones innovadoras destinadas al mundo en vías de desarrollo. Se ha recuperado de una crisis tras otra y ha demostrado tener muchos más recursos de lo que habrían imaginado los escépticos. En Dacca se encuentra la sede de BRAC, la mayor organización sin ánimo de lucro del mundo en desarrollo y, para muchos, un modelo de cómo ofrecer atención sanitaria básica y otros servicios con todo un ejército de «trabajadores de campo». En Bangladesh nació también el movimiento mundial de los microcréditos, iniciado por el laureado con el Premio Nobel de la Paz Muhammad Yunnus y su Banco Grameen.

Y aunque parezca mentira, el país también está teniendo éxito en la cuestión demográfica. Para reducir su elevada tasa de natalidad, Bangladesh puso en práctica en los años setenta un programa de planificación familiar gestionado desde la base que ha hecho que la tasa de fecundidad descienda de 6,6 hijos por mujer en 1977 a 2,4 en la actualidad, un récord histórico para un país con tanta pobreza y analfabetismo. En general, el descenso de la fecundidad suele ir aso­­ciado a la prosperidad económica, que lleva a las familias a limitar el número de hijos para po­­der ofrecerles educación y otras oportunidades. Pero Bangladesh ha sido capaz de reducir la fe­­cundidad pese a la falta de desarrollo económico.

«Al principio fue muy difícil –asegura Begum Rokeya, de 42 años, una trabajadora social del distrito de Satkhira que ha visitado miles de ho­­gares para convencer a las parejas de recién casados de la conveniencia de planificar el número de hijos y usar medidas anticonceptivas–. Este país es muy conservador, y los hombres presionan a las mujeres para que tengan muchos hijos. Pero han empezado a darse cuenta de que si vacunan a los niños, no es necesario que tengan muchos para asegurarse de que sobrevivan unos pocos, y les gusta la idea de tener menos bocas que alimentar.»

La participación femenina en el mercado de trabajo se ha duplicado desde 1995

Bangladesh ha avanzado mucho en la educación de las mujeres y ha dado importantes pasos para brindarles una oportunidad en el mundo laboral; la participación femenina en el mercado de trabajo se ha duplicado desde 1995. La economía está creciendo, gracias a la industria textil. Y el país ha logrado uno de los objetivos del milenio de la ONU: la mortalidad infantil se ha reducido de forma espectacular de 1990 a 2008, de 100 muertes por cada 1.000 a 43.

En Dacca, esos éxitos quedan empañados por la abrumadora pobreza y la constante llegada de inmigrantes, que han llevado a varias organizaciones a ayudar a la población de las zonas rurales a hallar el modo de sobrevivir en un entorno cada vez más deteriorado. «Nuestro objetivo es evitar que la gente emigre a Dacca, ayudándola a adaptarse y a hallar nuevas maneras de salir adelante en sus pueblos de origen», explica Babar Kabir, director de los programas de gestión de catástrofes y cambio climático de BRAC.

La carrera contra el cambio climático

Ibrahim Khalilullah ha perdido la cuenta de las veces que ha tenido que mudarse: treinta, cuarenta… Cree haberlo hecho una vez al año a lo largo de su vida, y ya ha cumplido los 60. Entre mudanza y mudanza, su mujer y él criaron siete hijos, «que nunca se quedaron sin comer», señala con orgullo. Es un hombre amable, y en todo lo que dice hay una nota de alegría.

Khalilullah es uno de los cientos de miles de habitantes de los chars, las islas en constante transformación que jalonan las llanuras de inundación de los tres grandes ríos de Bangladesh: el Padma, el Jamuna y el Meghna. Estas islas, muchas de ellas de apenas tres kilómetros cuadrados, aparecen y desaparecen constantemente siguiendo los dictados de las mareas, las estaciones, las fases de la luna, las precipitaciones y el caudal de los ríos. Los habitantes de los chars pueden salir un día en barco para visitar a unos amigos de otro char y descubrir que éste ha desaparecido por completo. Después se enteran, a través de conocidos comunes, de que sus vecinos se han mudado a otro char que ha surgido un par de kilómetros río abajo, y que allí han construido una casa en un día y han plantado un huerto antes de la puesta de sol.

Vivir en los char es como ganar una medalla olímpica en la carrera de la adaptación.

Hay trucos que facilitan la vida en un char, dice Khalilullah. Él construye su casa por secciones, que se pueden desmontar, trasladar y volver a ensamblar en cuestión de horas. Siempre edifica sobre una plataforma elevada de tierra de dos metros de altura como mínimo. Utiliza chapas de metal ondulado para los muros exteriores y paneles de paja para el techo. Deja las maletas de la familia listas y apiladas junto a la cama por si hubiera que llevárselas de un momento a otro. Y tiene documentos, heredados de su padre, que ratifican su derecho a establecerse en las islas nuevas a medida que emergen, lo cual forma parte de un complejo sistema de leyes y costumbres que impide, por ejemplo, que el millón de inmigrantes procedentes del sur se establezcan en los chars. El secreto, dice, es no pensar demasiado. «Estamos sometidos a una fuerte presión, pero no tiene sentido preocuparse. Trabajamos esta tierra durante el tiempo que podemos, y luego se la lleva el río. Por mucho que nos preocupemos, el final siempre será el mismo.»

Una vida precaria, y unos tiempos no precisamente buenos. En Bangladesh el cambio climático amenaza no sólo la costa sino también poblaciones del interior como la de Khalilullah. Podría alterar los ciclos naturales de las precipitaciones, en las que se incluyen las lluvias monzónicas y las nevadas del macizo tibetano, dos fenómenos que nutren los grandes ríos que van a morir al delta.

Pero precisamente porque la geografía del país es proclive a inundaciones y ciclones, los bangladesíes han partido con ventaja en la carrera de adaptación al futuro cambio climático. Hace décadas empezaron a desarrollar variedades de arroz más resistentes a la salinidad del agua y a construir diques para evitar que las tierras bajas se inundaran con el agua del mar. Como resultado, el país ha duplicado su producción de arroz desde principios de los años setenta. Del mismo modo, la frecuencia de los ciclones ha impulsado la construcción de refugios y el desarrollo de sistemas de alarma para anunciar la inminencia de desastres naturales. Más recientemente, varias ONG han instalado escuelas, hospitales y bibliotecas flotantes, capaces de seguir funcionando durante la temporada del monzón.«Le diré cómo somos los bangladesíes –dice Zakir Kibria, analista político de 37 años que trabaja para Uttaran, una ONG dedicada a temas ambientales y a la erradicación de la pobreza–. Puede que seamos pobres y parezcamos desorganizados, pero no nos gusta el victimismo. Cuando las cosas se ponen feas, aquí la gente hace lo que ha hecho siempre: encontrar la ma­­nera de adaptarse y sobrevivir. Somos maestros de la “resiliencia climática”.»

Muhammad Hayat Ali es agricultor y vive río arriba, al este de Satkhira, a unos 50 kilómetros de la costa pero dentro de la zona de influencia de las mareas de tempestad y la salinidad provocada por el lento ascenso del nivel del mar. «Antes esta tierra era fértil, todo eran arrozales –dice, abarcando con el brazo todo el paisaje–. Pero ahora el clima ha cambiado. Los veranos son más largos y calurosos que antes, y ya no llueve cuando debería. Los ríos son más salados y el agua de los pozos es demasiado salobre para el arroz. Por eso ahora crío camarones en estos estanques y cultivo hortalizas en los diques de tierra que los rodean.» Hace diez años este tipo de estanques habrían sido una novedad; ahora todo el mundo cría en ellos camarones o cangrejos para venderlos a los mayoristas.

A veces, sin embargo, las adaptaciones salen mal. En el sur de Bangladesh, los pueblos y los campos están protegidos de los ríos por una red de diques que el gobierno construyó en la década de 1960 con la ayuda de unos ingenieros holandeses. Durante las crecidas, a veces los ríos desbordan los diques e inundan los campos, que acaban convertidos en soperas. Cuando el río se retira, el agua queda atrapada y la tierra, anegada, queda inutilizada durante años.

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Hace décadas la situación llegó a ser tan mala en Satkhira, con tantos campos anegados y tantos agricultores sin trabajo, que los lugareños echaron mano de picos y palas para abrir una brecha de 20 metros en un dique y drenar así un terreno que llevaba casi tres años inundado. En realidad no hacían más que imitar a los antiguos campesinos bengalíes, que periódicamente echaban abajo sus diques y dejaban que el río inundara sus campos, en alternancia con las mareas, hasta que el sedimento depositado elevaba el nivel del suelo. Pero en esa ocasión los agricultores fueron acusados de quebrantar la ley.

Entonces sucedió algo curioso. El campo, que había quedado abierto a las aguas del río, recibió toneladas de sedimento fluvial y aumentó su nivel en más de un metro. El lecho del río ganó en profundidad y los pescadores volvieron a capturar peces. Finalmente, el gobierno envió un grupo de estudio para analizar la situación, y acabó recomendando aplicar el mismo método en otros campos. Los agricultores se salieron con la suya, e incluso fueron aclamados como héroes. En aquel campo se cultivan actualmente muchas hectáreas de arrozal.

«Los ríos son la savia de esta región, y nuestros antepasados lo sabían –dice Kibria, mientras ca­­mina por el dique–. Si se abren los campos, todo se conecta. Sube el nivel del suelo para compensar el aumento del nivel del mar. Se protegen los distintos medios de vida y se diversifican los cultivos. Y se evita que miles de agricultores y pescadores tiren la toalla y emigren a Dacca.»

Pero toda adaptación, hasta la más ingeniosa, es sólo temporal. Incluso con un crecimiento demográfico reducido drásticamente, la población de Bangladesh seguirá creciendo (hasta alcanzar quizá más de 250 millones a principios del próximo siglo) y parte de su territorio seguirá desapareciendo bajo el agua. ¿Dónde vivirá toda esa gente y qué hará para ganarse la vida?

Millones de bangladesíes trabajan ya en el extranjero, tanto en Occidente como en países como Arabia Saudí o en la Unión de Emiratos Árabes. También en la India, adonde huyeron en masa durante la guerra de la independencia contra Pakistán en 1971 y de donde nunca regresaron. Varios millones más han cruzado ilegalmente la frontera desde entonces, alimentando la tensión social y los conflictos.

Si diez millones de refugiados climáticos cruzaran la frontera con la India, «esos guardias fronterizos indios no tardarían en quedarse sin balas»

Hoy la India parece decidida a protegerse ante la eventualidad de una futura migración masiva. El país está le­­vantando una valla de seguridad de 4.000 kilómetros a lo largo de la frontera, y no es un hecho esporádico que los guardias fronterizos disparen a personas que aspiran a entrar ilegalmente. Entrevistas con los familiares de las víctimas revelan que algunos de los muertos eran adolescentes desesperados que intentaban ayudar económicamente a sus familias. Su propósito era pasar reses de contrabando desde la India, donde las vacas están protegidas por la fe hinduista, al Bangladesh musulmán, donde es posible venderlas a unos 28 euros por cabeza.

Pero si diez millones de refugiados climáticos cruzaran la frontera con la India, «esos guardias fronterizos indios no tardarían en quedarse sin balas», señala el general Muniruzzaman, quien sostiene que los países desarrollados (y no sólo la India) deberían liberalizar las políticas de in­­migración para prevenir tal posibilidad. En todo Bangladesh hay gente brillante, ambiciosa y con excelente formación dispuesta a irse del país.

Y no es una mala idea, opina Mohammed Ma­­bud, profesor de sanidad pública en la Universidad North South de Bangladesh. Mabud cree que la inversión en educación para los bangladesíes no sólo contribuirá a formar profesionales que trabajen en el país sino también a convertirlos en inmigrantes más cotizados en otros países, una especie de fuga de cerebros planificada. La emigración podría aliviar parte de la presión que seguramente soportará el país en las décadas venideras. También es una forma de impulsar la economía nacional, ya que el dinero enviado por los emigrantes representa actualmente el 11% del PIB. «Si la gente puede ir al extranjero a trabajar, comerciar o estudiar y quedarse varios años, muchos se quedarán definitivamente», afirma Mabud. Cuando los efectos del cambio climático alcancen su peor momento, la población de Bangladesh podría haberse reducido entre 8 y 20 millones de habitantes si el gobierno establece la migración como una prioridad urgente.

De momento, el gobierno parece más interesado en hacer de la adaptación climática una cuestión prioritaria en su estrategia nacional de desarrollo, lo que en la práctica se traduce en utilizar los problemas medioambientales del país como argumento para persuadir al mundo industrializado de que aumente las ayudas. Tras el acuerdo alcanzado en la Conferencia de la ONU sobre el Cambio Climático celebrada en Copenhague en 2009, los países desarrollados se han comprometido a llegar al objetivo de 100.000 millones de dólares anuales antes de 2020 para atender las necesidades de los países pobres más afectados por el cambio climático. Muchos en Bangladesh opinan que su parte debería ser proporcional a su posición como uno de los países más amenazados.

«El cambio climático se ha convertido en una especie de negocio, con un montón de dinero circulando y muchísimos asesores –dice Abu Mostafa Kamal Uddin, ex director del programa de la Dirección de Cambio Climático del gobierno–. Durante la última crisis financiera mundial se movilizaron billones de dólares para salvar a los bancos del mundo. ¿Qué hay de malo en ayu­dar a la población pobre de Bangladesh a adaptarse a una situación que no hemos creado?»

Dos años después del ciclón, Munshiganj se sigue secando. Nasir Uddin y sus vecinos se es­­fuerzan por olvidar el agua salada, reconstruir sus vidas y evitar que los devoren los tigres que salen por la noche de los cercanos manglares de Sundarbans en busca de presas fáciles. Los ataques son más frecuentes con el aumento de la población y de la presión ambiental. Decenas de habitantes de Munshiganj y alrededores han muerto o resultado heridos en los últimos años (dos personas murieron durante mi estancia allí).

«Aquí estamos mal, pero, ¿adónde podemos ir?», se pregunta Uddin, mientras contempla la plataforma de metro y medio de altura donde piensa reconstruir su casa con un crédito sin intereses concedido por una ONG. Esta vez no hará las paredes de barro, sino de madera, que flota. Los arrozales que rodean su casa están anegados, muchos con agua salobre, y la mayoría de los campesinos de la zona han empezado a criar camarones o cangrejos en el agua de mar. Los pozos profundos del pueblo también se han salinizado, cuenta Uddin, lo que ha obligado a la gente a recoger el agua de lluvia y pedir agua a las ONG, que la envían en camiones al depósito del pueblo; luego se la lleva a casa en jarras de aluminio, que suelen cargar sobre la cabeza las mujeres jóvenes. «Debería hacer fotos de este lugar y enseñárselas a la gente que conduce coches grandes en su país –dice Samir Ranjan Gayen, un vecino de Uddin que dirige una ONG local–. Dígales que es un adelanto de lo que será el sur de Florida dentro de 40 años.»

Como puede atestiguar la gente de Munshiganj, con el mar no se discute; tarde o temprano el océano vendrá a reclamar este territorio. Aun así, es difícil imaginar a millones de bangladesíes haciendo las maletas y huyendo en masa a la India, por muy mal que se pongan las cosas. Acabarán por adaptarse, y entonces, cuando la situación se vuelva imposible, se adaptarán todavía un poco más. Es cuestión de mentalidad nacional: un feroz instinto de supervivencia y una ca­­pacidad de sobrellevar unas condiciones que para la mayoría de nosotros serían intolerables.

Abdullah Abu Sayeed, un activo en los programas de alfabetización, lo explica así: «Un día iba conduciendo por una de las calles más transitadas de Dacca (miles de vehículos, todos con prisa) y estuve a punto de arrollar a un niño de no más de cinco o seis años que dormía en la divisoria de los carriles en medio del tráfico. Los coches le pasaban silbando a escasos centímetros de la cabeza. Pero él dormía tranquilo en una de las calles con el tráfico más enloquecido del mundo. Así es Bangladesh. Estamos acostumbrados a la precariedad, y nuestras expectativas son muy, pero que muy modestas. Por eso podemos adaptarnos prácticamente a todo».