París y el Sena

Amor y muerte en el Sena

La arteria central de París acumula los estratos depositados por el tiempo. Hoy el corazón líquido de París es un reclamo turístico, y sus riberas se transforman en playas improvisadas.

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París y el Sena

El Sena es el corazón líquido de París: arteria comercial, fuente de inspiración artística y lugar de ensueño para el romanticismo, con el barco-restaurante 60 Le Calife como escenario.

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Foto: William Albert Allard

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El río, visto aquí desde la torre Eiffel, discurre bajo 37 puentes en su camino hacia el oeste a su paso por París.

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En París, hasta el acto de saborear un helado destila elegancia. En verano, ciertos tramos de las márgenes fluviales se transforman en playas de palmeras, una iniciativa conocida como Paris Plages.

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Las florituras musicales del violinista David Vinitzki aderezan el ambiente en el Pont Saint-Louis.

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En el Pont des Arts, un músico toca el acordeón contra un telón de fondo de candados grabados con los nombres de los enamorados que los han colocado, una moda que empezó hace unos cinco años.

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Las playas que se materializan en las orillas del Sena en julio y agosto tienen todo lo necesario: arena, tumbonas y sombrillas.

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El Sena discurre a la sombra de la torre Eiffel, construida hace 125 años y éxito de la ingeniería francesa decimonónica.

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«El Sena es como un pueblo –dice un hombre que vive en un barco en el río–. Una ciudad dentro de la ciudad.» Gente que hace footing, picnic o pasea a su perro comparte espacio en el Quai de Conti.

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La Île de la Grande Jatte, inmortalizada en la obra de Georges Seurat, ofrece aún hoy un respiro de verdor.

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«En París sientes todo el tiempo pasado», escribió James Baldwin. Enmarcando el tejado abuhardillado del Louvre en la otra orilla del Sena, un reloj del Museo de Orsay marca ese curso inexorable.

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La ciudad del amor: el romanticismo y el río convergen en la Île de la Cité, con el Pont des Arts de fondo.

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Foto: William Albert Allard

20 de junio de 2014

Casi todas las mañanas, a eso de las nueve, el personal de emergencias asignado al Sena se enfunda el traje de neopreno y rodea a nado la Île de la Cité. En su circuito alrededor de este islote con forma de lágrima que asoma del río en pleno centro de París, los bomberos-buzos rastrean el lecho fluvial, del que extraen bicicletas, cubiertos, teléfonos
móviles, monedas antiguas, crucifijos, pistolas y, en una ocasión, hasta una fíbula romana digna de ser expuesta en un museo.
En la zona del Pont des Arts, donde los enamorados cierran candados metálicos en los que escriben sus nombres o algún que otro mensaje («Steve and Linda Pour la Vie»), rescatan las llaves que las parejas arrojan al agua como símbolo de que el amor entre ambos será eterno. En el siguiente puente río arriba, el Pont Neuf, cerca del Palacio de Justicia, en cuyos tribunales se fallan los divorcios, los buzos encuentran alianzas de boda, desechadas cuando el amor eterno resulta tener fecha de caducidad.
Arteria central de París, el Sena acumula los restos de la civilización y de las relacio­nes humanas. A lo largo de los siglos ha servido de vía de comunicación, foso, depósito de agua, alcantarilla y lavadero. Su curso, que describe un arco en forma de cimitarra, rebana la ciudad por la mitad, dividiéndola en la Rive Gauche y la Rive Droite. En su día la margen izquierda era bohemia, la derecha, aristocrática, pero esa distinción se ha ido desdibujando con el tiempo.
En la Île de la Cité, ante la pétrea exuberancia gótica de la catedral de Notre Dame, hay una rosa de los vientos de bronce encastrada en el losado. A partir de aquí –el point zéro– se miden todas las distancias desde París. El Sena es el cen­tro de la ciudad, su corazón líquido. «Para los parisinos el Sena es una brújula, un instrumento de orientación», afirma Marina Ferretti, historiadora del arte y conservadora del Museo de los Impresionismos de Giverny.
También es, como dicen los franceses, fluide, un término cargado de implicaciones filosóficas. Ríndete a la transitoriedad y al fluir, susurran sus aguas. Nada permanece. Es inútil ordenar al Sena que se detenga. Un río represado deja de ser un río. Cambia con las horas del día y con las estaciones del año. Sus corrientes arrastran los restos de la vida y de la muerte –juguetes de plástico perdidos, globos que se han escapado, colillas (de Gauloises, por supuesto), botellas de vino vacías, a veces incluso un cadáver– mientras discurren a los pies de la monumental arquitectura de París. No puedes bañarte dos veces en el mismo río, dice Heráclito. C’est fluide.
Los impresionistas destilaron la luz del Sena para crear sus obras. Claude Monet pintaba en un estudio flotante cerca de Argenteuil. El postimpresionista Henri Matisse tenía el suyo en el Quai Saint-Michel. Las aguas grises e inertes plasmadas por el pincel de pintores anteriores cobraron nueva vida y movimiento a través de la mirada de los impresionistas. Su arte refleja el fluir no solo del Sena, sino del propio universo.
«Los impresionistas, testigos de la metamorfosis que experimentaba el mundo, pintaron en consecuencia», dice Ferretti. Había llegado la revolución industrial. La electricidad tachonaba de perlas de luz la oscuridad de la noche. La construcción del metro parisino era inminente. El rit­mo de la vida se aceleraba. «Era rápido y fluido», explica. Como el pincel de los impresionistas.
En homenaje a aquellos genios, hagamos, mediante una serie de bosquejos, un retrato del río que atraviesa y rodea las vidas de los parisinos y sirve de escenario a historias de amor y de muerte. No faltará en este cuadro un guiño de humor, en la figura de los vendedores ambulantes que ofrecen reproducciones made in China de la torre Eiffel. A veces el comprador es un turista chino que regresa a casa con la baratija en la maleta, cerrando el círculo sin saberlo. Además de ser testigo de la felicidad y la tristeza, el Sena también lo es de la ironía.
J’aime Mon Bateau
Un coup de foudre es vivir un enamoramiento súbito y apasionado. Como entre un hombre y su barco. Un buen día de hace 34 años Claude Tharreau, un joven investigador de mercados, caminaba por la orilla del Sena cuando, en las inmediaciones del Quai de Conti, reparó en el Cathare, una barcaza holandesa de 21 metros de eslora armada en 1902. Estaba a la venta.
«En realidad estaba buscando un apartamento», dice. Era un domingo. El miércoles siguiente firmó el contrato. «Hasta después de firmar no reparé en que era un barco sin luz ni agua.»
En París hay amarradas 199 viviendas flotantes, sin duda 199 flechazos. En los años setenta, cuando el transporte de mercancías en ferrocarril y en tráiler era más económico que en barcaza, estas se vendían por cuatro duros. Vivir en un barco fue una opción barata y exenta de regulaciones hasta que en 1994 el Ayuntamiento im­­plantó un impuesto de residencia, una tasa de atraque y una serie de normas, entre ellas la obligación de firmar un contrato de ocupación.
Frédéric Chaslin, compositor y director de orquesta, tiene un Stainway de cola en el salón de su barco, el Caracalla, y en la cocina, un trío de cafeteras italianas que silban la misma nota al unísono cuando empieza a hervir el agua.
«Me enamoró –explica del primer barco que adquirió–. A mi mujer no. Pensé: mujer, barco, mujer… Barco.»
«Comprar un barco es algo fuera de lo normal –dice Eric Piel, psiquiatra jubilado y propietario del Orion, una barcaza atracada enfrente de la torre Eiffel–. No es como comprar un piso. En­­traña sus riesgos. Pero… ¡tienes vivienda en propiedad y la posibilidad de moverte!
»Un apartamento es una caja de cerillas. ¿Pasarte la vida trabajando para poder pagarte una caja de cerillas? ¿Le parece un signo de buena salud? Por lo menos no estoy atrapado en una caja de cerillas. Aunque sí en otras trampas.»


PLAYA INSTANTÁNEA (AÑADIR AGUA Y LISTO)
A las 22.58 horas del 19 de julio un remolque con 36 palmeras, escoltado por cuatro motocicletas y un coche de la policía, avanzó a paso de tortuga por los Campos Elíseos procedente del Bois de Boulo­gne, donde las palmeras habían invernado, y se detuvo en el Pont Neuf, que pese a su nombre es el puente más antiguo de París.
Veintiséis minutos después se izaron con grúa los 7,50 metros del primer árbol, que se posó sobre la playa materializada a orillas del Sena, delante del ayuntamiento, en apenas tres días. Las palmeras son la guinda de la tarta de Paris Plages, un tour de force que tiene lugar cada verano, cuando en la capital francesa se instalan tres playas improvisadas a lo largo del río.
La iniciativa surgió hace 12 años con el alcalde Bertrand Delanoë. Para acomodar las playas, durante cuatro semanas se cierra la Voie Georges Pompidou, paralela a la margen derecha del Sena.
Damien Masset, coordinador del proyecto, enumera los ingredientes de la playa instantánea: 5.500 toneladas de arena, 250 sombrillas azules, 350 tumbonas, 800 sillas, 250 chaises longues, 40 hamacas, 200 mesas, cuatro puestos de helados, ocho cafés, 800 metros de valla de madera, 250 empleados para el montaje y 450 para el mantenimiento.
Durante un mes de verano, el Sena parisino se metamorfosea en una Riviera urbana, un ciclo de mareas de jugadores de vóley-playa, arquitectos de castillos de arena, bailarines de samba, tango y break dance, músicos de rock, jazz y soul, y aficionados a ligar bronce que demuestran la variedad infinita de la morfología humana.


¿DE QUÉ COLOR ES EL SENA?
«Cuando está nublado, durante unos minutos es blanco como la sal –dice Jean Esselinck, un diplomático retirado que vive en la barcaza Soleil–. Pero luego se ennegrece. Mírelo ahora; es verde.»
«Transparente», apunta Marie-Jeanne Fournier, alcaldesa de Source-Seine, el pueblo de la Borgoña situado a 290 kilómetros de París y en cuyas inmediaciones brota el río. Pese a la distancia, se puede decir que el Sena nace en París, porque el abetal en el que se encuentran sus fuentes e inicia los 775 kilómetros de viaje que concluirán en el mar pasó a ser territorio de París en 1864 por orden de Napoleón III. Allí, recién nacido, el Sena es transparente: cristalino cual eau-de-vie y sito en París. Técnicamente.
El río de Monet en Orillas del Sena, isla de la Grande Jatte es rosa, blanco y azul; el que pintó Matisse en Pont Saint-Michel lleva rojo, pero, atención: tal y como advierte Doris Alb, una pintora domiciliada en el Sun Day, junto al Pont des Arts, hay que tener cuidado cuando uno se refiere a los colores en francés. «En alemán el rojo es rojo, pero en francés el rojo podría ser… bueno, tal vez sí es rojo, pero con un toque de amarillo… o frisando el rosa… o quizá tan solo una ilusión de rojo.» Alb es una mujer recia que utiliza calzado recio y posee una melena dorada que flota a su alrededor como en una pintura de Botticelli. El sol la obliga a entornar los ojos. Se niega a protegerse con gafas oscuras. «Apagarían los colores del mundo.»
¿De qué color es el Sena?
«C’est compliqué. El Sena refleja la vida y todo lo que la rodea. Por eso sus colores son infinitos.»


RECUPERAR EL RÍO
En los años sesenta Georges Pompidou dio el coup de grâce a la relación de París con el Sena. El primer ministro construyó vías rápidas en ambas márgenes del río. «París debe adaptarse al coche», declaró al estilo del «Pues que coman pasteles» que pronunció María Antonieta. La desconexión de los parisinos y su río se remonta al siglo XVIII. Hasta entonces sus orillas habían sido un espacio comercial y social de gran vitalidad, explica la historiadora Isabelle Backouche. A partir de 1750 la Corona y el municipio empezaron a despejarlas de mercados, barcos lavaderos y talleres de artesanos para facilitar la navegación. Los altos diques construidos en el siglo XIX afianzaron ese divorcio. «El río fue abandonado como un espacio lleno de vida para transformarse en un museo ajeno por completo al día a día de los parisinos», añade Backhouche.
Saltemos a 2013. Entra en escena el que ha sido alcalde socialista de París hasta el mes pasado, Delanoë, impulsor de Paris Plages, los sistemas de bicicletas y coches eléctricos compartidos y un programa piloto que emplea cuatro ovejas «cortacésped» para mantener a raya la hierba en los Archivos de la capital. En junio de 2013, tras años de controversia política, Delanoë clausuró casi dos kilómetros y medio de vía rápida en la Rive Gauche y abrió Les Berges, un paseo fluvial con jardines flotantes, restaurantes y parques infantiles. «El aire viciado de la autovía se desva­nece, y aparece un entorno abierto del que todos pueden disfrutar», anunció con entusiasmo.
Pero no todos estaban tan entusiasmados. «Yo me opuse», afirma Rachida Dati, alcaldesa de distrito del acomodado 7e Arrondissement. Hija de un albañil marroquí, Dati es una indomable política de derechas. «Les Berges han costado 40 millones de euros –aduce–. Con ese dinero habríamos podido atender a los 27.000 niños que no pueden ir a una guardería o mejorar el transporte público. Tres cuartas partes de los parisinos utilizan el metro, pero hace años que no se invierte en su infraestructura.»
¿No hace el nuevo espacio más placentera la vida en París?
«Nada de placeres. Lo que necesitamos es trabajar.»
En la renovada margen que domina el Museo de Orsay, muchos parecen encantados de entregarse a esos placeres.
«Somos parisinos pero no tenemos la sensación de estar en París», dice ilusionada Bertine Pakap, una esteticista vecina de Batignolles, ba­­rrio de un distrito municipal periférico. Ha venido a pasar un día en familia. Su hija contempla arrobada la actuación de un dúo de mimos; su madre descansa en una mesa de merendero. «Nunca habríamos venido a un barrio tan chic como este –dice–. Para nosotros es casi inaccesible. Ahora es más democrático. Y gratis.»


PASAJEROS
A las 18.20 tres hombres hacen cola frente a la pasarela del Fleuron St. Jean, un barco de color verde amarrado en las afueras de la ciudad. Se disponen a embarcar para un viaje de una noche en el que no se moverán un centímetro: solo disfruta­rán de una cena caliente y un lecho confortable.
«Los llamamos pasajeros por respeto», me explica Adrien Casseron, director del albergue flotante para vagabundos creado por la Orden de Malta francesa y la Fundación 30 Millones de Amigos, una organización protectora de ani­males (los pasajeros pueden embarcar con sus perros). La singladura es un interludio en una vida embarrancada en el desempleo y la pobreza.
«Si vives en un pueblo y te quedas en el paro, los vecinos te echan una mano. En la gran ciudad tienes que apañarte solo. Pierdes el trabajo, la familia y, cuando te das cuenta, estás en la calle.
»No crea que el barco solo acoge franceses –añade–. Si hay un conflicto en Mali o en Afganistán, aquí lo notamos.»
Los hombres son recibidos con un apretón de manos y se les muestran los catres. A las 19.45 se sientan a cenar. El menú de hoy: judías verdes, pescado, queso, yogur y fruta.
«Yo soy de Martinica», se presenta René, de 58 años. Con una voz cargada de tristeza y nostalgia, explica cómo perdió su último empleo, de fabricante de armarios para sistemas electrónicos. «Subcontrataron lo que yo hacía. Viví en el piso de mi hermana un par de meses. Hasta que me echó. Las historias familiares pueden ser complicadas.» No quiere decir más.
Los pasajeros comen rápido, no hablan demasiado. Buscan con afán el segundo, el tercero, el cuarto trozo de pan. En la sobremesa, tres hombres hacen una partida de Scrabble. Otros juegan a cartas. René rellena la pipa. «De día voy a exposiciones o a la biblioteca. Pero nunca me rindo. Hay que ser fuerte. Es fácil abandonarse. Dos cervezas, un porro. Y ya está. Te hundes.»
El antropólogo Patrick Deckerck, autor de Les Naufragés, calculaba que en 2001 vivían en París entre 10.000 y 15.000 personas sin techo. Según el Instituto Nacional de Estadística, desde entonces la cifra ha aumentado un 50 por ciento.
Casseron sale para recibir a un rezagado. «No hay plazas suficientes nunca. Me pregunto si hago bastante. Esto –dice, refiriéndose al refugio flotante– es una gota de agua. Pura. Impoluta. Pero solo una gota de agua en este río que es el Sena.»


NO PRACTICARÁS ESQUÍ ACUÁTICO
En uno de esos días infernales, cuando el calor veraniego se eleva del asfalto en ondas que resultan visibles, el río que se ve desde la jefatura de la policía que patrulla el Sena ofrece un tentador aspecto refrescante.
¿Pueden nadar en el Sena?, le pregunto a la severa y seria comandante de policía que dirige la Brigade Fluviale, Sandrine Berjot.
Non, responde rotundamente. «Treinta y ocho euros.» A eso asciende la multa.
¿Y meterse en el agua? ¿O remojarse los pies?
«Ni un dedo.»
Otras infracciones: practicar esquí acuático en según qué zonas. Amarrar el barco a un árbol. Manifestarse y colgar pancartas. («Eso, que lo hagan en la calle», dice Berjot.)
Más grave es la omisión del deber de socorro. La sanción: hasta 75.000 euros y cinco años de cárcel.
«Si alguien se está ahogando, tú no tienes que tirarte al agua, pero sí estás obligado a llamar a la policía», explica Berjot. Y menos mal: los salvavidas que solían equipar los puentes han pasado a la historia. Muchos de ellos birlados por coleccionistas. Hoy la aplicación práctica del sentido de la fraternité gala pasa por marcar el número de emergencias indicado en el cartel a tal efecto. En Francia, ser un buen samaritano es imperativo moral.
«Naturalmente –me dijo una vez un abogado parisino–, eso no nos obliga a cumplir con cortesías más sencillas, como dar la hora.»


¿PICAN?
La pesca urbana –echar el sedal a la sombra de la torre Eiffel o del Louvre– se ha convertido en un deporte popular, aunque, en palabras de Damien Bouchon, de la Casa de la Pesca y la Naturaleza, «pescar en el Sena es difícil porque los diques de las márgenes son altísimos. Y los peces se las saben todas: han visto demasiados anzuelos».
En los años de la posguerra la contaminación redujo el número de especies a cinco, pero las normativas implantadas en la década de 1960 han aumentado la cifra a 32, entre ellas la perca, el lucio y el siluro, un bicharraco (el récord alcanza los dos metros) con morro de aspiradora, piel del color del lodo y textura de goma. El siluro se alimenta de otros peces, patos y palomas que se han posado a beber al alcance de sus mandíbulas.
«Pero cuando pescas uno, es un subidón de adrenalina», se apresura a añadir Bouchon, no vaya a ser que me induzca a odiarlos.


INTERLUDIO
A las tres de la mañana el Sena está inmóvil y negro como la tinta china. Una hilera de barcazas desfila por delante del Quai de Conti. Las sombrillas azules de Paris Plages frente al edificio del ayuntamiento aguardan plegadas, como si de dondiegos de día se tratasen, a que salga el sol.
El semáforo del Pont Neuf en la Rive Droite se pone en rojo, aunque no hay coches que detener. La boya de seguridad que señala la punta de la Île de la Cité emite un mensaje en morse en verde esmeralda. Las casas flotantes se balancean suavemente en la estela de las barcazas.
Se enciende la luz en una ventana del último piso del Louvre. ¿Será un guarda verificando que las obras maestras de la pintura están a salvo?

UN VIEJO MARINERO
Como el lema de París –Fluctuat nec mergitur, «batida por las olas pero jamás hundida»–, hay personas que encajan el embate de las olas con obstinado aguante. René Ballinger, de 87 años, vive en el Siam con su mujer, Nenette, de 86, junto al Port de Grenelle. Su abuelo construyó el barco. René nació en él, como su hijo, Marc. De joven surcó con él los ríos de Bélgica, Holanda, Alemania y Suiza, transportando grano, carbón y acero.
Nenette no proviene de una familia marinera. «Era secretaria en el norte de Francia –cuenta–. Vivía al borde del agua. Un día llegó él en barco.»
«La vi», interviene René. Su mirada dice todo lo demás. Se casaron en 1947. Ella lo llama «viejo bribón». Él dice que ella es su mejor amiga. Su hija asegura que discuten demasiado.
«Discutimos porque estamos vivos –le dijo un día Nenette–. Ya nos callaremos cuando estemos muertos.»
«Él era marinero. Yo, una chica de tierra. Cuando nos casamos me pregunté en qué clase de tribu me había metido.»
Aprendió a vivir como un marinero. Ayudaba a pintar la barcaza, a pilotarla; se resignó a los ratones polizones y a vivir en nueve metros cuadrados. La aventura de una existencia fluida y sin cadenas compensaba las incomodidades. Cada día traía nuevas ciudades, nuevos paisajes y una libertad que desconocen quienes trabajan amarrados a una silla de oficina. «Trabajábamos como si estuviésemos de vacaciones», recuerda.
Se jubilaron hace 27 años.
«En ese momento pudimos mudarnos a tierra firme, pero él no quiso», dice Nenette.
Sus hijos tienen su vida, familia propia. El Siam no entra en sus planes.
¿Qué será del barco cuando ellos falten?
«Tal vez cuando muramos los chicos no puedan hacer nada. Las autoridades les dirán que aquí no pueden dejarlo. Que deben llevárselo», dice René. Se refiere a un astillero de Conflans, a 32 kilómetros al noroeste de París, donde lo desguazarán. Usa el verbo déchirer. Destrozar.
Se le humedecen los ojos.
«Imaginar que destrozarán mi barco es como arrancarme el corazón. Son tantos recuerdos… Mi vida entera está en este barco. Supongamos que nos compramos un apartamento. Lo vaciamos todo. Ponemos las maletas en tierra. El marinero ve su embarcación y sabe que todo ha acabado. Como en la muerte.»
Una enfermedad reciente lo ha dejado cojo. Su mujer tiene sus achaques. A la hija le preocupa que no puedan valerse por sí mismos.
«¿Hasta cuándo podrá seguir aquí?»
Me dirige una mirada dura: «Tendrán que sacarnos con los pies por delante».


BARCO SOBRE AGUAS TURBULENTAS
«El Sena es la avenida más bella de París», dice Eric Piel, quien antes de jubilarse fue jefe de psiquiatría de los hospitales del centro de París y hoy vive en el Orion. «Pensé que por qué no podrían experimentarlo otros, en especial los enfermos mentales, quienes más exclusión sufren en la vida cotidiana.» Imaginó una clínica psiquiá­trica flotante: abierta pero protegida. Médicos, enfermeros y pacientes colaboraron con un ar­quitecto, y hace cuatro años se botó el Adamant, una estructura con paredes de cristal. Los pa­cientes se acercan a tomar un café, picar algo, entrevistarse con el personal médico, crear arte o simplemente disfrutar de las vistas.
Desde el primer día se esfumó toda agresividad. ¿Por qué? Nadie se lo explica, dice el director de la clínica, Jean-Paul Hazan.
«Tal vez –sugiere Jacqueline Simonnet, la jefa de enfermería– se deba al balanceo del barco.»
«Tradicionalmente los hospitales psiquiá­tricos siempre se han ocultado a la vista de la gente –apunta Hazan–. Desapareces tras unas puertas cerradas con llave. Aquí no hay puertas cerradas, todo está abierto. Hablamos de pacientes muy enfermos, pero no ha habido la menor violencia –hace una pausa–. Creo que también nos ha cambiado a nosotros, pero no sabría decirle cómo.»
Cuatro moreras que hay en el muelle marcan las estaciones. Amarillas en otoño, peladas en invierno, verde claro en primavera, verde oscuro en verano. Pasa un cormorán, insinuando la elegancia de la naturaleza. La luz reflejada del río motea el interior. La distribución es diáfana. El espacio, dice Simonnet, es fluide. El cristal borra la frontera entre interior y exterior.
Y también, al menos metafóricamente, desdibuja la separación entre «ellos»» y «nosotros», entre los enfermos mentales marginados y los supuestamente normales. «Estamos todos en el mismo barco», me dijo Gérard Ronzatti, el ar­quitecto que lo diseñó.
El espacio, como el agua, es mutable, cambia con el curso del tiempo y el devenir de los acontecimientos. «Después de la Revolución muchos monasterios se convirtieron en cárceles –prosiguió–. En el mismo espacio puedes tener libertad o encierro.» Un edificio, una sala, puede confinar o liberar, permitiendo al espíritu expandirse. Al diseñar la clínica flotante, Ronzatti optó por lo segundo. El Adamant es tan bello y fluido como el río en el que flota.