Albertine Rift: biodiversidad y conflicto en África

Mientras la población mundial amenaza con llegar a los 9.000 millones en 2045, en el Albertine Rift, el brazo occidental del Gran Rift Valley, resume los desafíos que deberemos afronar en las próximas décadas. Los fotógrafos Pascal Maitre, Joel Sartore y Carsten Peter te llevan al Albertine Rift, una region de África rica en recursos, biodiversidad y conflictos violentos.

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Un león se despierta al amanecer sobre un árbol en el Parque Nacional de la Reina Isabel, en Uganda.

Joel Sartore

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El poder de las armas prevalece en Kivu del Norte, una provincia de la República Democrática del Congo desgarrada por los conflictos. Los mai-mai kifuafua, una de las muchas milicias rebeldes locales, hacen una demostración de poder en una carretera donde sacan dinero a los aldeanos y los viajeros. Desde hace casi 20 años las constantes luchas por la tierra, la riqueza mineral y el poder siembran el terror entre la gente.

Pascal Maitre

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Una caldera de lava que exhala constantes nubes de gas hierve dentro del cráter de kilómetro y medio de ancho del Nyiragongo, un volcán activo del Congo que amenaza a dos millones de personas. Las erupciones han moldeado la región durante millones de años, desde que la placa litosférica Africana empezó a separarse para crear el Albertine Rift .

Carsten Peter

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Goma, una metrópoli de tejados de metal, está emplazada en una encrucijada de conflictos: el este del Congo. A su población se ha sumado una marea humana de desplazados, soldados, especuladores y cooperantes. Construida sobre suelo volcánico, la ciudad se extiende entre el lago Kivu, cuyo lecho contiene gases peligrosos, y el volcán Nyiragongo, aún activo.

Pascal Maitre

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Los elefantes disponen de muchos kilómetros de sabana ininterrumpida en el Parque de la Reina Isabel, en Uganda, donde suman un total de 2.500 ejemplares, lo que significa un aumento espectacular tras la intensa caza furtiva de la década de 1980. Fuera de la reserva, los aldeanos matan a los elefantes que pisotean y se comen los cultivos, aunque los ataques han disminuido desde que se cavan zanjas para proteger los campos.

Joel Sartore

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Una mujer atraviesa una parcela quemada en la Reserva Forestal de Kagombe, en Uganda. Desesperadas por un poco de tierra, 3.000 personas viven en la reserva, donde desbrozan el bosque quemándolo para plantar maíz y otros cultivos. A causa de la presión política, los guardas no pueden expulsar a los ocupantes ilegales, muchos de los cuales no tienen otro lugar adonde ir.

Pascal Maitre

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La mano de un gorila de montaña asoma entre la vegetación del Parque Nacional de la Selva Impenetrable de Bwindi, en Uganda. El número de estos primates en peligro de extinción se ha estabilizado en torno a los 780 ejemplares en Bwindi y en los parques de los montes Virunga del Congo, Uganda y Ruanda.

Joel Sartore

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Desde el aire, el paisaje es idílico: un verde tapiz de sembrados, en los montes del noroeste de Ruanda. En tierra, el panorama es más sombrío. La tierra es tan escasa cerca de Musanze que los agricultores se afanan por cultivar hasta el último metro cuadrado de las laderas abruptas y erosionadas. La falta de tierra cultivable preparó el terreno para el genocidio de 1994, en el que un millón de personas fueron asesinadas.

Pascal Maitre

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Llegado directamente del bosque, el carbón se vende a 12 euros el saco, en un animado mercado cerca de Goma. A falta de electricidad, la mayoría de las familias de la región dependen del carbón vegetal para hervir agua y cocinar. Grupos armados controlan el sector y han invadido el Parque Nacional Virunga, donde docenas de guardas forestales han caído asesinados, mientras trataban de frenar la destrucción del bosque.

Carsten Peter

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La demanda de alimento y combustible sobrecarga los recursos de la región. Del lado ugandés del lago Alberto, donde la flota pesquera ha pasado de 760 embarcaciones a mediados de los años sesenta a casi 6.000 en la actualidad, un chico sólo consigue pescar peces pequeños, ya que las capturas de la gran perca del Nilo o la tilapia han caído en picado. Los bosques también retroceden, mientras los árboles de madera dura son transformados en carbón, como el que llena los sacos de estos hombres que se dirigen a toda prisa a un mercado del Congo.

Joel Sartore

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La demanda de combustible está esquilmando los bosques del Albertine Rift. La madera de los árboles es convertida en carbón, que se carga en sacos y se transporta al mercado del Congo.

Pascal Maitre

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Violadas en el campo o en sus casas, embarazadas y en muchos casos expulsadas por sus familias, mujeres destrozadas llevan a sus bebés a un puesto de ayuda en Shasha, en Kivu del Norte, provincia aterrorizada por lo que los activistas consideran una epidemia de violaciones como arma de guerra en el Congo. Los soldados y rebeldes han violado a más de 800 mujeres sólo en esta localidad.

Pascal Maitre

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En un Rift atestado de gente todavía quedan grandes espacios abiertos, como el Parque Reina Isabel, sembrado de lagos que ocupan cráteres formados por explosiones volcánicas. Según los conservacionistas, si no se hubieran protegido áreas del rift Albertino entre las décadas de 1920 y 1960, quizá no quedarían espacios naturales en la actualidad.

Joel Sartore

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Atento a los visitantes humanos, un joven gorila de montaña se abraza a su madre en el Parque de la Selva Impenetrable de Bwindi. Cuando se inauguró en 1991, los lugareños lamentaron perder acceso al bosque, donde recolectaban miel y madera. Hoy el parque comparte con ellos los ingresos que aportan las visitas guiadas para ver a los gorilas, una pequeña victoria en el interminable conflicto del Rift por el espacio habitable.

Joel Sartore

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Aquí no hay zona de amortiguación. El terreno deforestado para ampliar los cultivos llega hasta el mismo límite oriental del Parque Nacional de la Reina Isabel.

Joel Sartore

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El movimiento de unos búfalos africanos deja trazos visibles en un lodazal salado, a orillas del lago de un cráter del Parque Nacional de la Reina Isabel.

Joel Sartore

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Una enorme red de pesca se seca al sol en Kiryamboga, un poblado del lago Alberto. Mientras las capturas disminuyen a causa de la sobrepesca, sus habitantes se ven obligados a usar redes de malla más tupida e incluso mosquiteras, para extraer así la máxima cantidad de mercancía, incluyendo los peces inmaduros y esquilmando aún más las reservas del lago.

Joel Sartore

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Soldados gubernamentales patrullan las calles en un asentamiento del interior del Parque Nacional Virunga, cerca del lago Eduardo. Su misión es proteger a los civiles y guardas forestales de los ataques de las milicias.

Pascal Maitre

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En el puerto tanzano de Kasanga unos estibadores cargan cemento en la bodega del M.V. Liemba, un ferry que ha transportado pasajeros y mercancías en el lago Tanganyika a lo largo de casi un siglo.

Pascal Maitre

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Un pescador del lago Alberto dormita junto a los restos hundidos del S.S. Robert Coryndon, una reliquia del pasado colonial del Rift. Durante la década de 1930 el barco británico transportó gente y mercancías por el lago Alberto hasta que se hundió o fue abandonado, después de que Uganda lograra su independencia del Reino Unido en 1962.

Pascal Maitre

3 de noviembre de 2011

El mwami se acuerda de cuando era una especie de rey. Su dictamen era soberano; su poder, incuestionable. Desde 1954 ha sido, como también lo fueron su padre y su abuelo antes que él, el jefe del territorio de los bashali en el distrito de Masisi, una región de pastores del este de la República Democrática del Congo (RDC). Su nombre es Sylvestre Bashali Mokoto, pero los otros jefes lo llaman simplemente doyen, «señor superior». Durante la mayor parte de su vida adulta, dio la bienvenida a los recién llegados a su distrito, que le ofrecían ganado y otros regalos. Él, a cambio, les asignaba un trozo de tierra, que parcelaba según le parecía conveniente.

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Hoy el jefe se sienta en un sofá destartalado en una casucha miserable de Goma, una ciudad congoleña a varias horas en coche al sur de Masisi. Sus antiguos dominios son ahora el epicentro de una crisis humanitaria que empezó hace más de diez años. El este del Congo ha sido ocupado por miles de tutsi, hutu y hunde que combaten por lo que consideran legítimamente suyo, por milicias que intentan apropiarse de la tierra por la fuerza, por ganaderos en busca de prados y por hordas de refugiados de toda esta región fértil y peligrosamente superpoblada de África oriental que buscan un lugar donde vivir. Hace unos años un miembro de uno de los ejércitos rebeldes se apoderó de la finca de 80 hectáreas del mwami. Humillado y asustado, éste se vio obligado a retirarse a la sórdida choza de Goma.

La ciudad es un avispero. Veinte años atrás la población de Goma rondaba los 50.000 habitantes. Ahora son por lo menos veinte veces más. Hombres armados y vestidos de uniforme recorren las calles, sin nadie a quien rendir cuentas. De los bosques cercanos fluye hacia el mercado de la ciudad una procesión constante de gente que transporta montañas de carbón en bicicletas o en chukudus, una especie de motos de madera. Al norte se cierne el volcán Nyiragongo, cuya última erupción, en 2002, envió a la ciudad una colada de lava que arrasó el distrito comercial. Al sur se extiende el lago Kivu, una caldera plateada tan saturada de dióxido de carbono y me­­tano que algunos científicos advierten que una erupción de gas en el lago podría matar algún día a toda la población de Goma y alrededores.

El mwami, como tanta gente menos favorecida que él, se ha quedado sin opciones. Su mirada es regia y distante, pero a pesar de los gemelos de su camisa y de su cuidada barba gris, en Goma no es un jefe. Es sólo Sylvestre Mokoto, un hombre empujado al centro del avispero, sin tierra que parcelar y repartir. Cuando lo visita este pe­­riodista occidental, el único regalo que le ofrezco son mis preguntas desagradables. «Sí, claro que mi poder se ha visto afectado –me suelta en tono seco–. Cuando la gente respalda sus pretensiones con las armas, yo no puedo hacer nada.»

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El reinado de los mwamis ya es historia en este rincón del África oriental. Durante las últimas décadas la región se ha convertido en escenario de una violencia de proporciones indescriptibles: el asesinato y secuestro de decenas de miles de personas en el norte de Uganda, la matanza de más de un millón en los genocidios de Ruanda y Burundi, y dos guerras en el este del Congo, la última de las cuales, conocida como la Gran Guerra Africana por la cantidad de países vecinos implicados, ha costado la vida a más de cinco millones de personas, sobre todo por el hambre y las enfermedades, lo que la convierte en la más mortífera desde la II Guerra Mundial. Algunos conflictos armados que han empezado dentro de un país han cruzado las fronteras y han derivado en guerras subsidiarias, en las que los diferentes Gobiernos de la región apoyan a grupos rebeldes que luchan por el poder y los recursos en una de las zonas más ricas de África.

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Los extremos de violencia que se han alcanzado en este lugar son incomprensibles para un extranjero. Pero sin duda la geografía ha desempeñado su papel. Si borramos las fronteras de Uganda, la RDC, Ruanda, Burundi y Tanzania, veremos lo que une a esas entidades políticas dispares: un paisaje modelado por la violenta fuerza de las placas litosféricas en movimiento. El Sistema del Rift de África Oriental secciona en dos el cuerno de África (la placa Nubia, al oeste, que se está separando de la placa Somalí, al este) antes de bifurcarse a ambos lados de Uganda.

El Rift Occidental abarca los montes Virunga y Rwenzori y varios de los Grandes Lagos de África, donde el profundo rift se ha llenado de agua. Llamado Albertine Rift (por el lago Alberto), se trata de una hendidura geológica de 1.480 kilómetros de largo, con bosques montanos, montañas nevadas, sabanas, lagos y humedales. Es una de las regiones más fértiles y con mayor biodiversidad del continente africano, el hogar de gorilas, okapis, leones, hipopótamos, elefantes y decenas de especies raras de aves y peces, poseedora de una enorme riqueza mineral, desde oro y estaño hasta coltán, componente clave de los microchips. En el siglo XIX, exploradores europeos como David Livingstone y John Hanning Speke recorrieron la región en busca de las fuentes del Nilo y quedaron impresionados por la exuberante vegetación y la extensión de los lagos.

La paradoja del Albertine Rift es que su riqueza es el origen de su actual penuria. La población se ha concentrado en esta área atraída por el fértil suelo volcánico, las lluvias abundantes, la biodiversidad y la altitud, poco propicia para los mosquitos, las moscas tsetsé y las enfermedades que transmiten. Con el crecimiento de la población, aumentó la tala de bosques para destinar el suelo a la agricultura y la ganadería. Incluso en el siglo XIX, el paraíso que contemplaron los extranjeros ya estaba atormentado por una preo­cupación básica: ¿Habría suficiente para todos?

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Hoy esa pregunta flota sobre cada centímetro cuadrado del Albertine Rift, donde la tasa de fecundidad es una de las más altas del mundo y donde ha estallado la violencia entre la población y contra los animales, en una horrenda sucesión de expolios, oleadas de refugiados, violaciones en masa y saqueos de los parques nacionales, los últimos lugares de la Tierra donde la fauna salvaje intenta sobrevivir sin interferencias del género humano. Para los habitantes de la región la densidad demográfica ha originado una angustia omnipresente que hace que en todas partes resuene la misma demanda: ¡Queremos tierra!

El presunto envenenador de leones está sentado a orillas del lago Jorge, jugando con otro pastor a un juego de tablero llamado omweso. Levanta la vista y se presenta como Eirfazi Wanama; no puede decirme su edad ni cuántos hijos tiene. «Los africanos no contamos nuestra descendencia, porque ustedes los muzungu [como llaman a los blancos] no quieren que tengamos muchos hijos –sonrió irónico, y añadió–: No se ande con rodeos. Hace un tiempo mataron a unos leones y los guardas del parque me detuvieron.»

A finales de mayo de 2010, dos guardas del Parque Nacional de la Reina Isabel, en Uganda, vieron buitres volando en círculos a un kilómetro y medio de Hamukungu, la aldea de Wanama, y encontraron los cuerpos de cinco leones envenenados. A poca distancia hallaron los cadáveres de dos vacas atiborradas de pesticida. Las primeras investigaciones apuntaron a Wanama; otro sospechoso huyó de la zona. «Me tuvieron detenido un día –dice Wanama–, pero me han desvinculado de la investigación. Yo no huyo.»

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Hamukungu está dentro de los límites del parque, cuya principal atracción turística son los leo­­nes, que han disminuido en un 40% en menos de una década. «La población en la aldea ha au­­mentado –dice Wilson Kagoro, encargado de la conservación del parque–, y hay más ganado, lo que ha causado un gran conflicto entre ellos y nosotros. Por la noche se cuelan en el parque para que pazcan las vacas, y los leones se las comen.» Pero como es ilegal llevar el ganado al parque, los ganaderos perjudicados no disponen de ningún recurso legal para protestar. «Sobrevivimos porque Dios es misericordioso –responde Wanama cuando le pregunto cómo es posible que tanta gente viva con tan poca tierra–. El parque nos ha vuelto pobres. ¡La gente necesita tierra!» Es frecuente oír esa queja en las superpobladas aldeas que rodean los parques y reservas de la región.

El Parque Nacional Virunga, en el este del Congo (el más antiguo de África, fundado en 1925), es uno de los más amenazados, con mucha población humana ya asentada dentro de sus límites. Sus terrenos, donde antes abundaba la megafauna más emblemática, están espectralmente desiertos. Los albergues para turistas están destrozados. Desde el genocidio de Ruanda en 1994, casi todo el parque está cerrado al turismo.

El parque está en zona de guerra. Rodrigue Mugaruka es el jefe de los guardas de Rwindi, el sector central del Virunga. Fue uno de los niños soldados que en 1997 participaron en el derrocamiento de Mobutu Sese Seko, el dictador de la RDC (entonces Zaire). En el este del Congo, el vacío creado por la expulsión de Mobutu condujo a una competencia feroz entre diversos ejércitos y milicias por las reservas de oro, carbón, estaño y coltán. Ahora Mugaruka se enfrenta a las milicias de los combatientes mai-mai, que controlan la pesca ilegal y la producción de carbón vegetal en muchas de las aldeas que han crecido dentro del parque, en la costa occidental del lago Eduardo. Recientemente recuperó el control de su sector de manos de miles de soldados congoleños destacados en el parque para luchar contra los mai-mai. Como el Gobierno casi nunca les pagaba, los soldados acabaron cazando animales para comer.

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Los esfuerzos de Mugaruka para aplicar los reglamentos del parque no encuentran buena acogida entre las decenas de miles de congoleños que han huido de las áreas en conflicto y se han establecido en las aldeas. En el poblado de pescadores de Vitshumbi, el jefe del parque ordena a los guardas que quemen los barcos sin licencia, las redes ilegales y los sacos de carbón, mientras los aldeanos contemplan la escena con amargura. En un barco pesquero nos lleva hasta Lulimbi, y desde allí conducimos por carretera hasta el río Ishasha, en la frontera con Uganda, donde desde 1976 el 96% de la población de hipopótamos del parque ha sido sacrificada y vendida a los soldados y guerrilleros. Después vamos a otro sector del parque, el del monte Tshiaberimu, donde una patrulla armada protege las 24 horas del día a 15 gorilas orientales de llanura de las milicias y los pobladores que, animados por los políticos, reclaman tierras de cultivo.

Mugaruka sabe que es un hombre marcado. Los mai-mai (y los empresarios congoleños que los financian) lo tienen en el punto de mira. «Su objetivo es echarnos del parque para siempre –dice–. Cada vez que confiscamos un barco o una red, los empresarios les dicen a los mai-mai: “Antes de meter otra red en el agua, tenéis que matar a un guarda”. Tres de los míos han sido asesinados en el lago. Si hablamos de toda el área, han matado a más de 20 guardas.»

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El pasado enero sus hombres fueron sorprendidos por unos guerrilleros en una emboscada con lanzacohetes en un camino que atraviesa el centro del parque. Resultaron muertos tres guardas y cinco soldados congoleños. Poco después, el Gobierno recibió una petición firmada por 100.000 aldeanos en la que solicitaban una reducción de casi el 90% de la superficie del Parque Nacional Virunga. Los firmantes daban al Go­­bierno un plazo de tres meses para dejar libre la tierra. Transcurrido ese plazo, advertía el documento, los aldeanos cultivarían la tierra del parque y defenderían con armas sus sembrados.

«¡Queremos tierra!»

Quien así habla es un hombre de 24 años llamado Charles. Machete en mano, está sentado sobre un tronco que acaba de talar. No es de aquí, de la Reserva Forestal de Kagombe, en Uganda. O puede que sí. Un decreto presidencial ha detenido el desalojo de los que se han instalado de forma ilegal en reservas forestales y humedales.

Charles y otros jóvenes se trasladaron a este bosque en 2006. «Vivíamos en la tierra de nuestros abuelos, pero había demasiada gente –cuenta–. Oímos decir que aquí había tierra gratuita.» Un grupo foráneo, el de los bakiga, ya había em­­pezado a instalarse en Kagombe, y cuando la Autoridad Forestal Nacional intentó expulsarlo, el presidente de Uganda, Yoweri Museveni (en plena campaña electoral), emitió el decreto que prohibía los desalojos. Ante eso, varios políticos locales instaron al grupo autóctono, el de los banyoro, al que pertenecen Charles y sus amigos, a apropiarse de parte de la tierra para que Kagombe no acabara poblado por forasteros.

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Charles y sus amigos reclamaron unas tres hectáreas de bosque cada uno y empezaron a talar. Construyeron chozas con techumbre de paja, cobertizos para guardar las provisiones, un camino y una iglesia. Plantaron maíz, plátanos, mandioca y patatas. Después mandaron a buscar a sus esposas y tuvieron más hijos. Actualmente Charles es uno de los 3.000 habitantes de la re­­serva forestal y no tiene intención de marcharse.

Mientras tanto, el bosque parece a veces un yermo humeante, porque la gente recurre al fuego para desbrozarlo y cultivar la tierra. El daño va mucho más allá de una cuestión puramente estética. Kagombe forma parte de una serie de bosques que constituyen un corredor forestal para los chimpancés y otros animales. Como señala Sarah Prinsloo, de la Wildlife Conservation Society: «La salud de la fauna de estos parques depende de corredores como Kagombe». La destrucción del hábitat ha contribuido al re­­troceso de la población animal en la región. En el propio Kagombe la mayor parte de la fauna salvaje ha sido abatida por los cazadores.

¿Cómo ha llegado esta tierra de abundancia a una situación de caos tan peligrosa? Si profundizamos en la historia, veremos que una serie de ideas erróneas sobre las identidades étnicas ha conformado el Albertine Rift. Los in­­dicios arqueológicos y lingüísticos señalan que ya en el año 500 d.C. habían llegado a la región varios pueblos y habían forjado una sociedad heterogénea que hablaba lenguas bantúes similares y se dedicaba a la agricultura y la ganadería. En el siglo XV surgieron reinos centralizados, co­­mo el de Bunyoro y el de Ruanda, así como grupos privilegiados de pastores, una élite que se distinguía de los agricultores por su vestimenta y su dieta de leche, carne y sangre. Con el tiempo, estos pastores se diferenciaron aún más del resto de la población, y su influencia fue en aumento.

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A finales del siglo XIX, el explorador británico John Hanning Speke se sorprendió al encontrar unos reinos caracterizados por una organización muy compleja, con cortes reales y diplomáticos. Dio por sentado que la élite de pastores (los hima o los tutsi) era una raza «superior» de origen ni­­lótico (procedente de lo que hoy es Etiopía) que habría invadido la región de los Grandes La­­­gos y subyugado a los agricultores bantúes, co­­mo los iru y los hutu, a quienes consideraba «in­­fe­­riores». «Los reinos de los Grandes Lagos desafiaban las peyorativas ideas raciales sobre la capacidad intelectual y organizativa de los africanos», dice el arqueólogo Andrew Reid. La idea de una invasión nilótica era un modo de justificar la existencia de reinos avanzados en el co­­razón de África. El problema es que no era verdad.

Sin embargo, los tutsi y otros grupos privilegiados asumieron la historia de sus orígenes exóticos para diferenciarse aún más de la mayoría hutu. Y cuando a finales del siglo XIX las po­­tencias europeas se repartieron el África oriental, los alemanes y los belgas aprovecharon lo que les pareció una jerarquía social natural y dieron preferencia de trato a la minoría tutsi.

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Pese a las pretendidas diferencias físicas entre los dos grupos (se suponía que los tutsi eran más altos, de piel más clara y de labios más finos que los hutu), era tan difícil diferenciarlos que en 1933 los belgas recurrieron a la emisión de tarjetas de identidad étnica. El 15% de la población que po­­seía ganado o presentaba determinados rasgos físicos fue definido como tutsi, y el resto se consideró hutu. En algunos casos, miembros de una misma familia fueron asignados a grupos diferentes. Aquellas tarjetas de identidad, destinadas a oficializar un sistema de castas que separaba un pueblo en dos, serían utilizadas durante el genocidio de Ruanda para decidir entre la vida o la muerte de sus titulares. Cuando los colonizadores dieron la independencia a esos países a principios de los años sesenta, las hostilidades étnicas entre los tutsi y los hutu ya habían producido matanzas y sucesivas oleadas de represalias. Actualmente, las tensiones entre ambos grupos siguen causando conflictos en el Congo.

Pero sin duda el genocidio de Ruanda fue con­­secuencia de algo más que el odio étnico entre los hutu y los tutsi. Los últimos años del siglo XX trajeron consigo la evidencia de que realmente en el Albertine Rift no había suficiente para todos, y con ella, la catástrofe. Con un alarmante au­­mento de la población coincidió un descenso en picado de los precios del café y el té en los años ochenta, lo que causó una penuria generalizada. La pobreza condujo a una mayor presión sobre la tierra. Aunque es cierto que una nación como los Países Bajos tenía una densidad demográfica tan alta como la de Ruanda entonces, también lo es que practicaba una agricultura mecanizada de alto rendimiento. La dependencia de Ruanda a la agricultura tradicional de subsistencia significaba que el único modo de producir más ali­­mentos era dedicar más tierra a la agricultura.

A mediados de los años ochenta, cada hectárea de tierra arable fuera de los parques nacionales era explotada. Los hijos heredaban parcelas cada vez más pequeñas, o ninguna. El suelo estaba agotado. La tensión crecía. En un estudio sobre disputas por la tierra en una región de Ruanda antes del genocidio, los economistas belgas Ca­­therine André y Jean-Philippe Platteau observaron que cada vez más familias trataban de subsistir con muy poca tierra. En entrevistas a ruandeses efectuadas tras el genocidio, era frecuente oír el argumento de que «la guerra es necesaria para eliminar el exceso de población y situar el número de habitantes en un nivel más acorde con los recursos disponibles». Thomas Malthus, el economista inglés que pronosticó que el crecimiento demográfico superaría la capacidad del planeta para mantenerlo a menos que el hambre, la guerra o las enfermedades le pusieran freno, no habría podido decirlo más claro.

André y Platteau no dicen que el genocidio haya sido el resultado inevitable de la presión demográfica, ya que las matanzas fueron claramente instigadas por las decisiones de políticos hambrientos de poder. Pero varios estudiosos, entre ellos el historiador francés Gérard Prunier, están convencidos de que la escasez de tierra preparó el escenario para la masacre. El genocidio dio a los hutu, carentes de tierra, el pretexto para emprender una guerra de clases. «Al menos una de las razones por la que fue llevado a cabo de manera tan concienzuda por campesinos corrientes […] fue la sensación de que había demasiados habitantes para tan poca tierra –observa Prunier en The Rwanda Crisis (La crisis de Ruanda)–, y que reducir su número supondría más tierra para los supervivientes.»

Shasha, un pueblo del este del Congo, se ha convertido en una triste encrucijada en el camino hacia diversos puntos de la provincia de Kivu del Norte para grupos armados en busca de tierras, minerales y venganza. Las minas que contienen las abundantes reservas de estaño, coltán y oro están casi exclusivamente bajo el control de esas bandas de forajidos (paramilitares hutu y tutsi, milicias mai-mai y soldados del ejército) que caen sobre Shasha una tras otra, mes tras mes, en una macabra y caótica sucesión.

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Una mujer llamada Faida llora mientras re­­cuerda lo sucedido un año atrás. Es menuda, tiene la mirada cansada y su voz es apenas un susurro. Sostiene una carta de su marido en la que le pide que se vaya de la casa familiar porque teme que haya contraído el sida cuando fue violada. Aquel día nefasto, Faida iba por el mismo camino que siempre tomaba después de trabajar en los campos de cacahuetes. Caminaba una hora y media hasta el mercado de Minova con los cacahuetes a la espalda, y volvía a casa con leña. Tenía 32 años, pertenecía al grupo étnico hunde, tenía seis hijos, y durante 16 años aquella había sido su rutina diaria. Los tres hombres que la atacaron a plena luz del día eran rebeldes hutu. Faida intentó huir, pero la carga pesaba demasiado. Le dijeron que escogiera entre la vida y la muerte. Luego la arrastraron hasta un prado, donde perdió el conocimiento.

Ahora ella y sus hijos viven con unos vecinos, y ella no puede trabajar. Su marido tiene otra mujer. El daño físico es considerable. «Me duele mucho –dice–. Ayúdeme con alguna medicina.»

Shasha tiene unos 10.000 habitantes, el doble que en 1994, y su historia es un reflejo, en menor escala, de la del este del Congo. Bastión hunde desde la antigüedad, la localidad recibió una oleada hutu en la década de 1930, cuando los ocupantes belgas los llevaron como mano de obra a sus plantaciones. Posteriormente, en vísperas del genocidio de 1994, miles de hutu más llegaron como refugiados. Las disputas por la tierra, cada vez más tensas, empezaron a resolverse a punta de pistola. La vasta riqueza mineral de la zona empeoró aún más la situación. Allí, la escasez y la abundancia conviven una junto a otra, lo que alimenta los rencores y la codicia, que a su vez desembocan en una espiral de violencia injustificable contra víctimas inocentes.

Alrededor de 200.000 mujeres fueron violadas en el Congo entre 1996 y 2008, y más de 8.000 en las provincias orientales de Kivu del Norte y Kivu del Sur sólo en 2009. Y pese a la atención internacional suscitada por la visita a la región de la secretaria de Estado Hillary Rodham Clinton en 2009, las violaciones continúan. Del mismo modo que los ruandeses partidarios del «poder hutu» intentaron acabar con los tutsi en 1994 masacrando a mujeres y niños, los invasores de Shasha son misiles humanos programados para atacar a las mujeres de la aldea.

Estoy en algún lugar de Ruanda cuando de pronto se me avería el coche. Un hombre de­­tiene su vehículo junto al mío y me ofrece llevarme los 100 kilómetros que faltan hasta Kigali. «Si esto fuera el Congo, ahora tendría serios problemas», me dice sonriendo.

Se llama Samuel, tiene 41 años y vive en la comunidad agrícola de Rwamagana, aunque su vocación es la carpintería. Para los criterios de la región, tiene una familia pequeña. «Sólo cuatro hijos –dice–. Me parece el número ideal.» La escuela le cuesta unos 480 euros por curso y niño. «Creo que la educación es la solución. Los que no estudian no encuentran trabajo. Se llenan de hijos y tienen que robar para sobrevivir.» Esboza una sonrisa y añade: «Soy optimista respecto a mi país. El futuro se presenta brillante».

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Bioko, paraíso del África ecuatorial

No deja de ser un milagro que el país donde las tensiones y los resentimientos del Albertine Rift degeneraron en genocidio esté emergiendo, menos de 20 años después, como el faro de esperanza de la región. Paul Kagame, presidente de Ruanda, derrotó a los líderes hutu responsables de las matanzas y estableció un régimen tutsi que desde entonces se mantiene en el poder. Si bien muchos le atribuyen el mérito de llevar la estabilidad y el crecimiento económico a esta conflictiva región, varios historiadores consideran su régimen como una autocracia represora que favorece a la minoría tutsi. Kagame ha recibido duras críticas por no respetar los derechos humanos de los disidentes y por usar grupos paramilitares para desviar a Ruanda las riquezas minerales del este del Congo. Aunque en general Ruanda ha detenido el saqueo de recursos producido durante la última guerra del Congo y después, los planes de Kagame para el desarrollo de su país seguramente dependen de la explotación encubierta de la riqueza mineral del Congo.

Aun así, es imposible negar la larga lista de éxitos de Kagame en un lugar increíblemente empobrecido. En la actualidad Ruanda es uno de los países más seguros y estables de esta región de África. Las carreteras están asfaltadas, el paisaje presenta un aspecto ordenado y el Gobierno ha lanzado una ambiciosa campaña para conservar los escasos bosques que aún subsisten. Hay programas gubernamentales que ofrecen formación a los cazadores furtivos para que se ganen la vida de otra manera. Cada año se celebra una ceremonia denominada Kwita Izina para poner nombre a los gorilas de montaña recién nacidos, lo cual ha despertado un mayor interés por la protección de la fauna, y se ha aprobado una ley el pasado mes de junio que otorga indemnizaciones en caso de que un animal doméstico (o un ser humano) resulte muerto o herido por animales salvajes. Cientos de miles de hectáreas pertenecientes a terratenientes de la provincia Este del país fueron redistribuidas entre la población en 2008, antes de la reelección de Kagame, aunque éste y otros influyentes miembros del Gobierno siguen teniendo en su poder fincas enormes.

A diferencia de Uganda, donde el presidente Museveni ha declarado que el elevado índice de fecundidad es una herramienta para disponer de una gran fuerza productiva, Ruanda está combatiendo la elevada natalidad con una enérgica política de planificación familiar. «Cuando contemplo el problema de población de Ruanda, veo que todo empieza con el elevado índice de fecundidad de nuestras mujeres pobres. Y eso afecta a todo lo demás: el medio ambiente, las relaciones entre nuestra gente y el desarrollo en general del país –declara Jean-Damascène Ntawukuliryayo, vicepresidente de la Cámara de Diputados de Ruanda–. Pese a los progresos visibles que está haciendo el país, si no nos ocupamos de ese tema, el problema creará un cuello de botella, y nuestro desarrollo será insostenible.»

Pero aunque la tasa de fecundidad de Ruanda caiga por debajo del nivel de reemplazo, como está proyectado para 2050, su población se triplicará con respecto a la de antes del genocidio de 1994. El 43% de los ruandeses tienen menos de 15 años; el 30% son analfabetos, y el 81% viven en zonas rurales. Para alimentar a la población y proteger la fauna que queda en los parques, Ruanda tendrá que encontrar la manera de producir más comida con menos tierra, algo casi imposible en esta parte del mundo. Ni siquiera el Go­­bierno fuerte de Kagame puede obrar milagros.

«La familia media de seis miembros tiene poco más de una quinta parte de hectárea –dice Pierre Rwanyindo Ruzirabwoba, director del Instituto de Investigación y Diálogo para la Paz de Ruanda–. Y, naturalmente, esos niños tendrán hijos. ¿Dónde sembrarán? Su pequeña parcela ha sido sobreexplotada y ya no es fértil. Temo que se esté preparando otra guerra.»