Una nueva era de exploración

Aislados en el techo del mundo

Los nómadas kirguiz de Afganistán sobreviven en uno de los parajes más remotos y fascinantes de la Tierra. Es una vida en el paraíso… y en el infierno.

El kan sueña con tener coche. No importa que no haya ni una carretera. Su padre, el anterior kan, se pasó toda la vida reclamando la construcción de una. Y lo mismo está haciendo el nuevo kan. Una carretera, razona, facilitaría la llegada de médicos, y de sus fármacos. Quizá de ese modo dejaría de haber tantas muertes. También podrían llegar maestros. Y comerciantes. Y verduras y hortalizas. Y entonces su pueblo, los nómadas kirguiz del Afganistán más remoto, tendría una posibilidad real de salir adelante. Conseguir una carretera es la misión del kan. Conseguir un coche es su sueño.

«¿Qué tipo de coche?», le pregunto.

«El que quiera regalarme», dice, y las puntas de su bigote se curvan en torno a una sonrisa.

Pero de momento, sin coche ni carretera, la realidad es un yak. Como el que sujeta el kan con una cuerda pasada por las narinas del animal. Es día de traslado; todas las pertenencias del kan han de amarrarse al lomo de un yak: una docena de teteras, un hornillo de hierro colado, una batería de automóvil, dos paneles solares, una yurta y 43 mantas. Le ayudan su hermano menor y otros conocidos. Los yaks corcovean, cocean, bufan; cargarlos es una lucha.

Trasladarse es lo propio de los pueblos nómadas. Los kirguiz de Afganistán lo hacen entre dos y cuatro veces al año, según el tiempo atmosférico y la disponibilidad de pastos para el ganado. Llaman a su patria Baam-i Dunya, que significa «el techo del mundo». El nombre quizás evoque paisajes llenos de poesía y belleza –esta es innegable–, pero también es un lugar que pone al ser humano al límite de su capacidad de superviven­cia. Su territorio son dos largos valles glaciares (llamados pamires) ocultos en el corazón de las grandes montañas de Asia Central. La mayor parte está por encima de los 4.250 metros de al­­titud. El viento sopla con furia. Es imposible cul­tivar nada en esa tierra. La temperatura puede ser inferior a cero grados durante 340 días al año. Muchos kirguiz no han visto un árbol en su vida.

Los valles están ubicados en un extraño apéndice de tierra que sobresale de la esquina nororiental de Afganistán. Esta franja, denominada corredor de Wakhan (o Wajan), fue el resultado de lo que Rudyard Kipling calificó como el Gran Juego: las luchas políticas llevadas a cabo en el siglo XIX por parte de los imperios británico y ruso por el control de Asia Central. Ambas po­­tencias crearon este territorio, mediante una serie de tratados firmados entre 1873 y 1895, como una «zona de amortiguación» que impidiera que la Rusia zarista tocase la India británica. En siglos anteriores la zona había sido parte de la Ruta de la Seda que conectaba China y Occidente, camino de ejércitos, exploradores y misioneros. Maco Polo la atravesó a finales del siglo XIII.

Pero las revoluciones comunistas (la de Rusia en 1917, la de China en 1949) acabaron sellando las fronteras. Lo que en su día fuera un pasillo devino en callejón sin salida. Hoy, en la era poscolonial, el corredor linda con Tadzhikistán al norte, Pakistán al sur y China al este. El resto de Afganistán, al oeste, puede parecer tan lejano (el corredor mide unos 320 kilómetros de largo) que algunos kirguiz aluden a él como un país extranjero. Se sienten encerrados en una avanzadilla remota, enjaulados por una valla de picos nevados, perdidos en el torbellino de la historia, la política y los desencuentros.

La carretera más próxima, la que el kan reclama que se prolongue en territorio kirguiz, está como mínimo a tres días de viaje por las montañas, por un camino infernal. Para llegar a la primera ciudad de cierta entidad, con comercios y un hospital básico, hay que sumar otro día de trayecto. Semejante aislamiento explica la altísima tasa de mortalidad que sufren los kirguiz. No hay médicos, ni dispensarios, y apenas hay medicamentos. En un entorno tan inhóspito, cualquier achaque sin importancia (un resfriado, una jaqueca) puede malignizarse rápidamente. La tasa de mortalidad infantil entre los kirguiz afganos quizá sea la más alta del mundo. Menos de la mitad llega a cumplir los cinco años. No es raro que los padres vean morir cinco, seis, siete hijos. Las cifras de mujeres que fallecen en el parto son alarmantes.

Conocí a una pareja, Halcha Kan y Abdul Me­­talib, que tuvo 11 hijos. «Cada año moría uno», me contó Abdul. A los meses, al año y pico, a los tres o cuatro años… Muchos por enfermedades fáciles de tratar. Para adormecer el dolor, Halcha y Abdul se dieron al opio. La facilidad para acceder a esta droga ha creado una epidemia de adicción entre los kirguiz. Solo uno de los niños cumplió cinco años. Y también falleció.

El kan conoce el mundo exterior. Ha salido de Wakhan dos veces, e intercambia noticias con los comerciantes que se aventuran en territorio kirguiz, con los que troca sus animales por telas, joyas, opio, gafas de sol, sillas de montar, alfombras y, últimamente, teléfonos móviles, no para hablar (no hay cobertura), sino para escuchar música y hacer fotos.

El kan es consciente de que el resto del planeta, día a día, está dejando atrás a su pueblo. Los nómadas kirguiz, con una población total de unas 1.100 personas, apenas han empezado a implantar un rudimento de sistema educativo. El propio kan es analfabeto. Sabe que casi todo el mundo, menos ellos, tiene acceso a una atención médica, que el planeta está conectado por automóviles y ordenadores. Sabe que los niños no tienen por qué morir como mueren los suyos.

Es mucha carga para un joven líder. El kan solo tiene 32 años; ni siquiera su fino bigote a lo Fu Manchú disimula su rostro de muchacho. Además es bajito (menos de 1,70 metros) y se mueve con la energía de una ardilla. Tiene los ojos castaños, la tez encarnada y castigada por el viento. Viste, como la mayoría de los hombres kirguiz, de negro integral, desde la cazadora hasta los calcetines, pasando por los pantalones. Y de vez en cuando cuenta algún chiste verde.

Se llama Hayyi Roshan Kan. Su esposa, Toiluk. Son padres de cuatro hijas. El «Hayyi» de su nom­bre es honorífico: significa que ha peregrinado a La Meca. Los kirguiz son musulmanes sunníes, y en 2008 su padre, Abdul Rashid Kan, lo llevó a Arabia Saudí; fue el único de los 14 hermanos en acompañarlo. Era la primera vez que salía de Wakhan. La otra fue la primavera pasada, cuando viajó a Kabul y se entrevistó con ministros del Gobierno afgano y con el presidente Hamid Karzai con objeto de pedir financiación para una clínica, dos escuelas y, cómo no, la carretera.

Aunque su padre fue el kan, el puesto de líder tribal no es hereditario. Debe ocuparse por consenso de los ancianos de la comunidad. Cuando Abdul Rashid Kan falleció en 2009, estaba claro a quién quería como sucesor. Ese verano Er Ali Bai, uno de los kirguiz más respetados, invitó a los ancianos dirigentes a su campamento. El campamento es la principal estructura de la vida en comunidad de los kirguiz: de tres a diez familias que migran juntas y comparten el pastoreo de yaks, ovejas de cola gruesa y cabras de pelo largo.

Los kirguiz no son pobres. Aunque el papel moneda es casi inexistente, los rebaños de mu­­chos campamentos tienen cientos de animales valiosos, entre ellos los caballos y burros que se usan para el transporte. La unidad monetaria básica es la oveja. Un teléfono móvil cuesta una oveja. Un yak, alrededor de 10 ovejas. Un buen caballo, 50. Una novia se cotiza a 100 ovejas. Las familias pudientes poseen el máximo símbolo de riqueza: un camello bactriano.

Er Ali Bai tiene seis camellos. A sus 57 años, padece una cojera pronunciada y se apoya en un bastón metálico de senderismo que le regaló un visitante. Cuando está de buen humor le gusta bastonear al prójimo con ánimo juguetón, aunque les haga daño. Le encanta charlar por walkie-talkie. Estos transmisores-receptores por­tátiles, recientemente introducidos por comerciantes itinerantes, permiten la comunicación de noticias de un campamento a otro, aunque a menudo la información resultante es tan fidedigna como en el juego del teléfono. Er Ali Bai tiene la única gallina del territorio kirguiz. Solo tiene una pata; la otra la perdió por congelación.

A su campamento acudieron unos 40 hombres para investir al nuevo kan. Se sentaron al raso sobre unas mantas, formando un gran círculo. Hubo sacrificios de ovejas y de cabras, la forma tradicional de inaugurar las grandes ocasiones kirguiz. La reunión se prolongó más de ocho horas. Al final se decidió por unanimidad que el nuevo líder sería Hayyi Roshan Kan.

Que hubiese consenso no implica que el kan goce del aprecio universal. Es más, a muchos inspira recelo. No es de extrañar. Los kirguiz tienen fama de quisquillosos e independientes. No suelen congregarse en torno a un líder, dice el investigador en antropología Ted Callahan, que convivió más de un año con ellos. Un chiste kirguiz dice que si metes a tres personas en una yurta y vuelves al cabo de una hora, te toparás con cinco kanes.

Hay quien asegura que el nuevo kan es demasiado joven. O demasiado inexperto. Dicen que fuma opio. (Él insiste en que lo ha dejado.) Dicen que no es sangeen, que significa «como una roca», en alusión a la fuerza y la dureza que los kirguiz buscan en un líder. Una facción aduce que el kan debería ser un rival del otro extremo del valle. Otra insiste en que ya no hace falta kan alguno, puesto que es una figura obsoleta.

Con todo, el mayor paladín del nuevo kan es Er Ali Bai. Algunos detractores se quejan de que no se haya elegido a un aksakal, un «barba cana». «Sí –responde Er Ali Bai–, hay hombres de barba larga. Y cabras de barba larga. ¿Tendríamos que haber elegido una cabra?» No hay que preocuparse, añade. «Llegará a ser un gran kan.»

El día de traslado, el kan debe concentrarse en que los yaks cargados lleguen a su campamento de verano. Aunque junio toca a su fin, está nevando. Bajo las nubes se forman remolinos de copos, pero el kan no puede esperar. La hierba de su campamento de invierno precisa hasta el último día de la breve estación de crecimiento para renovarse.

En invierno, el kan y su familia viven en una lúgubre cabaña de gruesos muros de adobe, y en una yurta el resto del año. Todos los campamentos kirguiz siguen un patrón de migración relativamente sencillo: en invierno viven en la ladera sur del valle, más cálida, y en verano recorren los aproximadamente ocho kilómetros que los separan de la ladera contraria. Consigo montarme en uno de los yaks más mansos del kan y me sumo a la procesión.

Dondequiera que poso la vista, hay un pico de imponente perfil que interrumpe el horizonte. Aquí, en el techo del mundo, confluyen varias de las cordilleras más importantes de Asia: el Hindu Kush, el Karakorum, los montes Kunlun; la orografía es tan intrincada que el lugar se conoce como el Nudo del Pamir. En el corredor de Wakhan también nacen ríos que fluyen tanto al este como al oeste, entre ellos el Amu Darya, o «río madre», uno de los principales cursos flu­viales de Asia Central.

Llegamos a la orilla del río Aksu. En esta época del año, con el deshielo en aceleración, baja caudaloso y rápido. Los yaks del kan entran en el agua. Dos de ellos pierden pie y son arrastrados río abajo a merced de la corriente, con el hocico erguido sobre el agua y los ojos llenos de pavor.

El cuñado del kan, Darya Bai, se lanza al agua a lomos de su caballo. Con las riendas en una mano e inclinado de lado sobre la silla, agarra a un yak por el pescuezo e intenta tirar de él hasta la orilla. Por un instante parece que los yaks, los víveres y el cuñado se perderán río abajo, pero son arrastrados hasta un brazo muerto de aguas someras y pronto emergen, con Darya Bai, en la otra orilla, chorreando y temblorosos.

A continuación el kan cruza a caballo con su hija de cinco años, Rabia, que se aferra a la cintu­ra de su padre y levanta los pies para no mojarse. Arizo, la benjamina de dos años, hace lo mismo en el caballo de su madre, mientras que las otras dos hermanas, Kumush Ai, de seis años, y Jolshek, de tres, comparten montura con su tío.

Alcanzan una zona herbosa en la boca de una estrecha garganta tributaria, llena de hielo glaciar. Arrecia el viento, el brutal e implacable baad-i Wakhan. Los copos de nieve se precipitan horizontalmente, golpeándoles la cara. Descargan los yaks y amontonan los fardos.

La mujer y las hijas del kan se acurrucan mientras los hombres empiezan a levantar la yurta al ritmo de la música que emite un teléfono móvil, una melodía interpretada por un laúd de tres cuerdas llamado komuz. Montar una yurta es un rompecabezas cuya resolución exige horas de trabajo. Vista desde fuera, una yurta no tiene un aspecto muy prometedor; tiene el aspecto de una patata cocida amorfa, cubierta por todos lados con unos fieltros blancos y sucios que confeccionan los propios kirguiz.

Los kirguiz no destacan precisamente por sociables. Ni por risueños. No tienen libros, ni naipes, ni juegos de mesa. Su única danza consiste en poco más que agitar suavemente un pa­­ñuelo. Salvo una excepción –un muchacho que había llenado un cuaderno con unos maravillosos retratos a lápiz–, no encontré ningún kirguiz interesado en las artes plásticas. En una ocasión asistí a una boda que me impresionó por su seriedad; el único momento de júbilo llegó cuando se disputó un partido de buzkashi, un deporte rápido y violento que se juega a caballo con una cabra decapitada a modo de pelota.

Los modales de los kirguiz son algo bruscos. Para ellos, es admisible dejar a alguien con la palabra en la boca. Más de una vez un hombre me metió la mano en el bolsillo para ver qué llevaba. O me arrancó las gafas de la cara para examinarlas. Cuando comen carne, van cortando trozos y se guardan los sobrantes en el bolsillo.

Los kirguiz no son muy aficionados a cantar. Quizá sea comprensible. Hablamos de un lugar donde, en palabras del kan, «se envejece deprisa». Tal vez cuando vives permanentemente muerto de frío, cuando entierras a media docena de hijos, algunas emociones se atrofian. Tal vez esta tierra es demasiado ventosa, demasiado remota, demasiado dura. Cuando no te mata, te daña; te arrebata cierta capacidad de exteriorizar alegría.

Hasta que entras en una yurta kirguiz. Franqueas la gruesa puerta de fieltro. Y de pronto todo cambia. El mundo exterior desaparece y te ves transportado a un país de las maravillas en versión kirguiz. Mantas, alfombras, colgaduras y techumbres están decoradas con alambicados diseños de cachemir, estampados florales y lentejuelas. Ahí, en medio de esa explosión de color, es donde la familia come, duerme y se evade.

En el centro de la yurta se enciende la lumbre, o se coloca una cocina de hierro. En el país de los kirguiz no hay madera, y para suplir esa carencia queman excrementos de yak, que en realidad desprenden un olor dulce. En todo mo­­mento hay una tetera al fuego. A menudo más de una. El té es su alimento básico; lo toman con leche de yak y sal, y lo beben constantemente.

Los kirguiz también consumen yogur de yak, espumoso y denso, y un queso duro llamado kurut, que hay que ablandar dentro de la boca unos minutos antes de poder masticarlo. Y tortas de pan ácimo del tamaño de una pizza. La carne se reserva para las reuniones especiales. Lo más parecido a una verdura es una cebolla silvestre diminuta, del tamaño de un guisante.

Hay una cosa más expresiva de esta cultura que una yurta kirguiz: una mujer kirguiz. Los hombres visten como si fuesen perpetuamente de camino a un funeral, pero las mujeres son obras de arte. Van tocadas con altos gorros cilíndricos cubiertos de pañuelos gigantescos: rojos las solteras y blancos las casadas, que ondean a su paso cual capas de superhéroes.

Llevan vestidos largos de color rojo intenso, por lo general con chalecos a tono a los que adhieren un sensacional mosaico de adornos y ornamentaciones. Alrededor del cuello llevan cosidas decenas de botones de plástico, y en el resto de la prenda lucen broches metálicos con forma de sol y bolsitas de cuero que contienen versículos del Corán. Llegué a distinguir monedas, llaves, conchas, frascos de perfume y garras de águila. Una mujer llevaba siete cortaúñas prendidos del pecho. Cada vez que se mueve una kirguiz, se oye un campanilleo. Se peinan con dos o más trenzas largas prendidas con adornos de plata. Llevan múltiples collares y al menos un anillo por dedo excepto en el corazón, incluso en los pulgares. Innumerables pulseras. Pendientes largos. Rara vez un solo reloj; llegué a contar hasta seis juntos.

Las mujeres trabajan todo el tiempo: ordeñan los yaks dos veces al día, cosen, cocinan, limpian, atienden a los niños. Casi nunca hablan si hay hombres delante. Con la esposa del kan no llegué a cruzar una sola palabra, y eso que estuve una semana alojado en su campamento.

La mayoría de las mujeres que conocí no se habían movido más que unos kilómetros de su lugar de nacimiento; el viaje más largo de su vida era la mudanza al campamento del marido después de la boda. Todos los matrimo­nios kirguiz son concertados, casi siempre cuando la novia todavía es una adolescente. Tanto el kan como su esposa tenían 15 años cuando se casaron.

Una de las pocas mujeres que charlaron conmigo fue una viuda llamada Bas Bibi, a quien no le preocupaban los convencionalismos. Ella calculaba que tendría unos 70 años. Había parido cinco hijos y dos hijas. Ninguno había sobrevivido. «Los hombres nunca ordeñan –dijo–. Ni hacen la colada. Ni cocinan. Si no fuese por noso­tras, ¡aquí nadie resistiría un día entero!»

A lo largo de toda su historia, los kirguiz siempre se han negado a someterse al control de un gobierno o a rendir pleitesía a un rey. «No nos dejamos domar», me informó con orgullo un kirguiz. El origen de este pueblo no está claro. Aparece menciona­do en un documento chino del siglo II y se cree que es originario del macizo del Altái, en lo que hoy es Siberia y Mongolia. Según el antropólogo Nazif Shahrani, es posible que el término kirguiz sea un compuesto de kyrk («40») y kyz («muchacha»), una etimología que los kirguiz interpretan como «descendientes de 40 doncellas».

Los kirguiz afganos, que nunca fueron una tribu muy numerosa, vagaron durante siglos por Asia Central –donde se ganaron la infausta fama de saqueadores de las caravanas de la Ruta de la Seda– y hacia el siglo XVIII ya habían empezado a explotar como pastos de verano los valles donde ahora viven. Cuando el invierno se les echaba encima, se desplazaban a zonas más cálidas, librándose así de la larga y cruel estación con la que deben bregar actualmente. Pero entonces llegaron los grandes imperios, y su Gran Juego, seguido de la expansión del comunismo. En 1950 se cerraron todas las fronteras y, «por defecto –dice Ted Callahan–, los kirguiz pasaron a ser ciudadanos afganos», atrapados el año entero en el corredor de Wakhan. En 1978 un golpe militar revolucionó Kabul, y la amenaza de una invasión soviética se cernió sobre Afganistán. Los kirguiz temían que en el país también se implantase el comunismo. Casi todos los kirguiz, unos 1.300, votaron a favor de seguir al kan que había en aquel momento (Rahman Kul) y escapar a Pakistán a través del Hindu Kush.

En su primer verano como refugiados, cien de ellos sucumbieron a las enfermedades. Aunque Rahman Kul instó a su pueblo a permanecer en Pakistán –los militares soviéticos desplegados en Afganistán, advirtió, prohibirían su religión y aplastarían sus libertades–, muchos kirguiz se sentían desilusionados con su líder. Añoraban su vida en el techo del mundo.

Pronto llegó el cisma. Abdul Rashid Kan, el padre del actual kan, condujo a unos 300 kirguiz, entre ellos a Er Ali Bai, de vuelta a Afganistán. Entonces fue investido kan. Cuando llegaron las tropas soviéticas, estas depararon a los kirguiz un trato cordial, y en los últimos 30 años la po­­blación ha aumentado hasta el millar y pico que son hoy, pese al elevado índice de mortalidad.

Los que se quedaron en Pakistán con Rahman Kul acabaron reasentados en el este de Turquía, donde actualmente viven en un pueblo de casas adosadas, todas idénticas, con electricidad, televisión por cable, carreteras asfaltadas y automóviles. Se les asignaron apellidos turcos. Disfrutan de las ventajas de una vida más cómoda. Se han dejado domar.

En su reciente viaje a Kabul, el kan sufrió una apendicitis. Fue a un hospital y lo operaron. Nada grave. Pero aquel suceso le afectó profundamente. «Si me hubiese ocurrido en casa, habría muerto –reconoce–. Aquí muere mucha gente de eso.»

A veces, entre los kirguiz de Afganistán –a menudo de noche, mientras paladean un té en su cálida yurta– surge la pregunta: ¿estarían mejor en otro lugar? Aunque sus valles se han librado de los combates que arrasan el resto de Afganistán, en algunos momentos vivir aquí es como estar inmerso en una perpetua partida de dados. La idea de marcharse de nuevo, esta vez para no volver, parece estar siempre en el subconsciente de todos. Algunos hablan de reasentarse en Kirguizistán, donde se habla el mismo idioma y a cuya población los une un vínculo étnico. Pero, ¿hasta qué punto es una posibilidad real?

Ni siquiera el joven kan se sustrae a tales pensamientos. En un momento de franqueza reconoce que ha pensado en mudarse con su familia, establecerse en alguna ciudad de Afganistán fuera del corredor. Llevar una vida más normal. Quizá, piensa el kan, llega un momento en que hay que renunciar a la patria.

Al día siguiente de llegar al campamento de verano se recibe una noticia importante. Dos ingenieros del Estado han llegado, procedentes de Kabul, al punto donde acaba la carretera para estudiar posibles rutas por las que prolongarla a través de las montañas hasta internarse en territorio kirguiz. El kan debe ir a saludarlos, lo que supone tres días a caballo, de sol a sol.

La mujer del kan saca de un baúl metálico sus mejores galas: un traje de lana de raya diplomática, botas de montar de piel y una bufanda blanca y negra. El kan está emocionado. A lo mejor la suerte de su pueblo está a punto de cambiar. Su esposa le da un frasco azul oscuro de colonia y un pequeño recipiente metálico de naswar, el potente tabaco de mascar afgano. El kan monta. Hay un «cien por cien de posibilidades», dice, de que se construya la carretera. Y atiza con la fusta la parte trasera del caballo.

Lo observo mientras se aleja a galope valle abajo. Su confianza no concuerda con la realidad. En un país sumido en la pobreza y el caos, construir una carretera que costaría millones de euros (seguramente cientos de millones) para beneficio de unas mil personas no tiene mucho sentido. «No van a hacer carretera alguna», dice Er Ali Bai, quien recuerda que en la época del padre del actual kan también se presentaron en la zona unos ingenieros y también dijeron que estaban haciendo estudios topográficos para construir una carretera. Todo quedó en nada.

Una carretera, observa Er Ali Bai, traería su dosis de problemas. Sí, facilitaría el acceso a médicos y maestros, pero también a los turistas. Y a los ejércitos. El mundo exterior llegaría en masa, y eso podría inducir a las nuevas generaciones a desear una vida más fácil. A querer marcharse con más afán todavía. «Hay quien cifra su felicidad en conducir un coche –dice Er Ali Bai–. Pero este lugar es precioso. Vivimos en amor y en familia. Este es el lugar más pacífico del mundo.»

Las vistas son magníficas, y durante un buen rato me dedico a contemplar cómo se aleja el kan, a seguir con la vista el polvo rojizo que levantan los cascos de su montura. Hace un día espléndido, cálido y casi sin viento. Imagino al kan al volante de un coche, las ventanillas bajadas, el pelo alborotado, dejando atrás los picos cuya blancura centellea al sol. Pero también comprendo que si el kan puede viajar así, si sus esfuerzos se ven recompensados, si la carretera se construye y se cumple su sueño, entonces la era del nómada kirguiz tradicional, la tribu de gentes inquebrantables y orgullosas que ha sobrevivido casi dos milenios, habrá llegado a su fin.