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Fiordland

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Fiordland

Los montañosos brazos rocosos de los fiordos se tienden hacia el mar de Tasmania en el mayor parque nacional de Nueva Zelanda. El autor se interna en busca de especies animales y vegetales en este impresionante paisaje, declarado en 1990, junto a otras reservas, Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Las nubes de tormenta se ciernen sobre las cumbres de los montes Darran, y en el valle de Hollyford el bosque está brumoso y oscuro. Una lluvia de hojas de haya cae desde las copas de los árboles, moteando el camino de rojo y oro. De cada rama cuelgan trenzas de musgo bordadas con gotas de lluvia. Me encuentro en la ruta que conduce al lago Marian, uno de los cientos de lagos que salpican el Parque Nacional de Fiordland como si fueran lágrimas azules. Más allá de las montañas, que en esta zona norte del parque tienen parecida profusión que en el Himalaya, está el mar de Tasmania y los fiordos: 14 cortes desiguales a lo largo de la línea de costa que dan nombre a la región.Junto al camino, una fucsia se despoja con suavidad de sus flores de color rojo oscuro. A sus pies recojo finas tiras de corteza anaranjada. Un robin de Nueva Zelanda, cuyo color gris ahumado le da un aspecto elegante, salta al camino con sus patas delgadas como cerillas e inclina la cabeza en mi dirección. Las frondas de los helechos levantan sus apretadas puntas como si fueran pequeños puños en alto. Los maoríes se comen estas jóvenes frondas, que denominan koru, cocinadas al vapor. Con un ligero regusto a pimienta, el sabor de esos helechos no es desagradable.Lea el artículo completo en la revista.