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El Transiberiano

El Transiberiano

El Transiberiano

De Moscú a Vladivostok, el ferrocarril más largo del mundo une un territorio que sigue adaptándose al fin de una era.

En una soleada tarde de junio la estación Yaroslavskii aparece atestada de viajeros, buscavidas y mercachifles de todo el antiguo imperio soviético. A la sombra de la estación, una bella construcción prerrevolucionaria de ladrillo situada en el centro de Moscú, los pasajeros arrastran por el oscuro andén de asfalto unos sacos de plástico repletos de ropa y comida. Las gitanas piden unos rublos sueltos a los viajeros. Cerca, una falange de rusos se alza detrás de unas mesas bajas de metal vendiendo perritos calientes, pan y fruta. Los pasajeros, muchos de ellos vestidos con chándales baratos confeccionados en China, bañan sus salchichas en ketchup y beben de un trago sus botellas de cerveza. Entre el hormigueante gentío, una joven habla por su teléfono móvil bajo la perpleja mirada de una fornida babushka.Deposito el equipaje en el andén y me impregno de la escena. En el aire flota el olor que, tras años de trabajo como corresponsal de prensa en la Unión Soviética, he llegado a asociar con los viajes en trenes rusos: humo de carbón. Emana no de las locomotoras, que ahora son diesel o eléctricas, sino de unos anacrónicos recipientes utilizados para calentar el agua del té, sin los cuales ningún ruso que se precie recorrería la menor distancia. Lea el artículo completo en la revista.