El peso de un nombre

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No volverá a haber otro Sandy. La tormenta de 2012 –de 1.500 kilómetros de ancho, 147 víctimas mortales y al menos 45.000 millones de euros en pérdidas– lleva uno de los 78 nombres de huracanes atlánticos retirados desde 1953.

Los catálogos por región asignan nombres a las tormentas para prevenir confusiones en caso de alertas sobre eventos meteorológicos simultáneos. Los nombres se reutilizan años después, a no ser que el huracán haya causado daños graves (como es el caso de Sandy, sobre estas líneas) o que se trate de un nombre controvertido.

Hoy los nombres de las tormentas se toman de numerosas lenguas y culturas. En los setenta se añadieron nombres masculinos a una lista en la que hasta entonces solo figuraban femeninos. La asignación de sexo quizás haya tenido un efecto sorprendente: un estudio de 2014 de la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign revela que la población se toma menos en serio los huracanes con nombre femenino, lo que podría poner en riesgo vidas humanas. Los críticos atacaron el hallazgo, pero Sharon Shavitt, coautora del estudio, declara que su equipo de investigación lo mantiene y sigue recabando nuevas pruebas.

Liz Skilton, historiadora de huracanes, cuestiona la práctica de etiquetarlos con antropónimos masculinos o femeninos: «Damos nombres sexuados a una realidad no biológica. ¿No deberíamos adoptar otro sistema? Un ejemplo: la mayoría de los tifones del Pacífico occidental llevan nombre de plantas o animales.