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El Orinoco

El Orinoco

El Orinoco

Los ecos del embrujo de El Dorado siguen acompañando al río más largo de Venezuela, mientras pasa frente a poblados de la selva, explotaciones ganaderas y centros mineros.

Es una medianoche sin luna del mes de julio y las estrellas brillan con la nitidez de los diamantes tallados. En la oscuridad, nuestra curiara, una canoa larga y ligera, se desvia silenciosamente de un caño ancho a un ramal secundario, a cinco kilómetros de la desembocadura en el Atlántico del gigantesco río Orinoco de Venezuela. A ambos lados de la curiara, unos bufeos o delfines del Orinoco, moteados de plata y rosa, resoplan y se balancean en la superficie, examinándonos con curiosidad a mi compañero Rogeli García y a mí.El caño se angosta. Rogeli, un indio warao, rema hacia las profundidades del bosque, inaccesible para las embarcaciones excepto ahora, durante las inundaciones de la estación lluviosa venezolana. Más adelante, los brillantes ojos rojos de un cocodrilo del Orinoco, un animal que puede superar los seis metros de longitud, están fijos en la línea de flotación. A medida que se acerca la curiara, la negra homogeneidad del caño adquiere destellos blancos y emite un ruido seco cuando el cocodrilo se sumerge. Al pasar por debajo de nosotros, docenas de gámaros, crustáceos de agua dulce, en su afán por escapar del predador, aterrizan en la barca.Lea el artículo completo en la revista.