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El Fuji-Yama

El Fuji-Yama

El Fuji-Yama

Símbolo emblemático del Imperio del Sol Naciente y volcán activo cuyo cono perfecto cubierto de nieve fascina y amenaza al pueblo nipón, la montaña más alta de Japón es también su epicentro espiritual, un célebre lugar de peregrinación a cuya cumbre ascienden cada año 400.000 personas.

Había transcurrido un cuarto de siglo desde que ascendí al Fuji-Yama, y mis rodillas de 51 años me recordaron el antiguo dicho: "Sólo un necio escala dos veces el monte Fuji". Pero allí estaba yo, a las 2.35 de la madrugada, aferrado a las negras laderas con mi viejo amigo Gerry Curtis. Sólo se veían las luces de los ubicuos refugios de montaña, dispuestos en una hilera serpenteante hasta la cumbre, mientras caminábamos bajo un viento frío y cargado de arena. Para Gerry, neoyorquino y eminente profesor de política japonesa en la Universidad Columbia, era su primera ascensión. Exhausto, apoyado en el bastón, tenía un gesto ceñudo. "Somos afortunados", comenté, tratando de evitar un motín. "¿Ah, sí? ¿Por qué lo dices?", farfulló Gerry, en el momento en que unos montañeros japoneses pasaban por nuestro lado vociferando vehementes palabras de aliento. "Porque no sufrimos el mal de altura –respondí [esa aguda cefalea que se produce cuando la falta de oxígeno obliga al cerebro del alpinista a dilatarse contra el cráneo]–. Resulta que, al hacernos mayores, se nos encoge el cerebro... y tenemos menos dolores de cabeza." "¿De verdad? –dijo Gerry. Inhaló una bocanada de oxígeno de la botella y me miró–. Desde luego, se me tiene que haber encogido el seso para dejar que me metieras en este lío." Lea el artículo completo en la revista.