Editorial: regreso al hogar

Junio de 2013

editorialjuny2013

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24 de junio de 2013

Para un aborigen australiano, la patria no es solo el lugar de nacimiento. Es donde un día tendrás que morir y recibir sepultura. Es el centro de gravedad, el corazón y el alma, el principio y el final. Quien conserva su tierra natal y toma decisiones sobre ella controla su vida. Pero la colonización desplazó a las comunidades aborígenes de sus tierras y les arrebató el control sobre ellas. La suya es una historia de desposeimiento. Aunque la relación con la tierra perduró. Los aborígenes son supervivientes espirituales.

¿Cómo puede un extraño acceder a un mundo tan distinto? Para Amy Toensing, fotógrafa de «Los primeros australianos», la respuesta pasa a menudo por sentarse y esperar. Aprendió a valorar los momentos entre foto y foto. Hacer planes no tenía sentido en un mundo donde el reloj es un mero adorno. Lo importante eran las relaciones: conocer a alguien que tenía un primo que tenía un amigo que se prestaba a ayudar. Contactos y relaciones se conjugaron para que Amy pudiera acceder a las comunidades aborígenes de la Tierra de Arnhem. Asistió al enterramiento de los restos de tres aborígenes hallados en una expedición científica de 1948 y repatriados al fin por la Smithsonian Institution. Fotografiar restos mortales está prohibido, pero los ancianos querían dejar constancia de un ritual que no se había celebrado en 35 años. Pidieron a la fotógrafa que dejase constancia de la inhumación de los huesos a condición de que las fotos nunca se publicaran. «Así lo hice –dice Amy–. Algún día quizás esas imágenes ayuden a otras comunidades a perpetuar la tradición.»