Editorial: misterios que persisten

Agosto 2012

editorialagosto2012

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23 de agosto de 2012

Cuando en 1722 el almirante holandés Jacob Roggeveen se convirtió en el primer europeo que pisaba la isla de Pascua, halló huellas de una extraña civilización, una sociedad que vivía en cuevas y en viviendas rudimentarias, dividida por los enfrentamientos entre clanes rivales y que practicaba el canibalismo. En los casi 300 años que han transcurrido desde entonces mucho se ha escrito acerca de Rapa Nui, buscando una respuesta a los enigmas de una sociedad que floreció hace siglos y fue capaz de esculpir y trasladar los famosos moáis.

Una teoría propuesta por Jared Diamond, Explorador Residente de National Geographic, y otros autores ha sugerido recientemente que aquella civilización cometió un ecocidio, es decir, consumió más recursos de los que su ecosistema podía generar, reproduciendo a pequeña escala un escenario de devastación medioambiental que condujo inevitablemente a su colapso social y demográfico.

Sin embargo, hasta la argumentación más consensuada puede ser rebatida. Campañas recientes dirigidas por los arqueólogos Terry Hunt y Carl Lipo y financiadas por la Sociedad ofrecen otra explicación para la rápida degradación de los bosques que en otro tiempo cubrieron la isla de Pascua. Según los resultados de dichas campañas, a bordo de las canoas que llevaron a los polinesios hasta sus costas había otros pasajeros: ratas. Aquellos roedores, sin depredadores y con alimento abundante para prosperar en el nuevo hábitat, aceleraron la destrucción de la masa forestal y condenaron la isla.

¿Ecocidio o colapso medioambiental causado por una especie invasora?

No hay unanimidad al respecto, tal y como el lector observará en las páginas del reportaje de este mes «Si los moáis hablaran». Quizá no la haya nunca. Después de todo, parte de la fascinación de esta isla perdida en el océano Pacífico radica en su persistente misterio.