Editorial: La herencia del caballo

caballo editorial

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Abril de 2014

Me crié en la pequeña localidad de Central Point, en el estado de Oregón. Desde mi casa veía Upper Table Rock, una meseta que en otro tiempo estuvo habitada por los pueblos nativos del río Rogue. De niño había oído muchas historias sobre una turba de hombres blancos que emprendió un cruento ataque contra ellos, y de cómo estos prefirieron despeñarse antes que ser capturados. El relato era parte de la mitología del lugar, aunque nunca he podido confirmar su veracidad.
Lo que sí me consta es que mi padre, profesor de ciencias sociales, se preocupó siempre de enseñarme la verdadera historia de los nativos americanos y de su cultura, más allá de los mitos. Entre los logros y habilidades de aquellas tribus, me decía, estaba la adopción del caballo y su estrecho vínculo, casi místico, con este animal.
Cuando ya de mayor trabajé como fotógrafo para un diario de Seattle, tuve ocasión de ver con mis propios ojos esas habilidades: me tocó retratar la Carrera Suicida que se celebra durante el rodeo de Omak Stampede, el mismo que describe David Quammen en el reportaje de este mes.
Es una historia con alma, y así lo muestran las fotografías de Erika Larsen. Los caballos, explica Quammen, transformaron la cultura de los indios. Más que un mero símbolo de riqueza y orgullo, el caballo encarnaba valores tales como la disciplina, el respeto por las demás criaturas y la transmisión del conocimiento de generación en generación.