Editorial: el pasado es un arma de futuro

editorial_marzo_2013

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Marzo de 2013

«El patrimonio de una nación es esencial para que sus ciudadanos puedan preservar su identidad y su autoestima, se beneficien de su diversidad y de su historia y construyan por sí mismos un mejor futuro», afirmó en una ocasión la directora general de la Unesco, Irina Bokova. Su comunicado, emitido en París en agosto de 2011, dos meses antes del derrocamiento del régimen dictatorial de Gadafi en Libia, era una llamada a la salvaguardia del excepcional legado histórico, cultural y artístico de aquel país que entonces estaba librando una terrible guerra civil y escribiendo un nuevo capítulo de su historia tras décadas de aislamiento. No siempre fue así. Libia, en la orilla meridional del Mediterráneo, ocupó un lugar preeminente en el mapa de la civilización desde épocas tempranas: los mercenarios libios fueron muy apreciados en el Egipto faraónico, y sus materias primas fueron codiciadas por comerciantes fenicios y griegos, que fundaron prósperas ciudades. Libia dio a Roma un emperador, Septimio Severo, y abrazó con fuerza el islam desde que los árabes ocuparon el norte de África en el siglo VII de nuestra era. Diseminados por la geografía del país, restos de estas y otras presencias son todavía visibles, pese al desprecio que Gadafi sentía por todo aquello que no fuera «genuinamente beduino» y, en consecuencia, pese al subsiguiente abandono de los yacimientos arqueológicos. Casi de forma milagrosa este legado logró sobrevivir también a la revolución social que ha vuelto a colocar a Libia en el mapa del mundo, aunque hay noticias de expolios y de tráfico ilícito de antigüedades. En tiempos de paz, este legado es un arma de futuro, un ejemplo de convivencia en la diversidad que los libios, con el apoyo internacional, deberán custodiar para las generaciones venideras.