Editorial

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Por Chris Johns, director de National Geographic Magazine

Tendido en el suave y húmedo suelo del bosque, mirando a lo alto y perdida la noción del tiempo, me encuentro en uno de los lugares con más magia de la Tierra: el Parque Estatal de las Secuoyas de la Costa Jedediah Smith, en el norte de California. Puedo percibir el pánico en la voz de mi madre que me busca: su niño de 10 años tiene la costumbre de desaparecer en el bosque. Suelo gritar para tranquilizarla, pero todavía no. Quiero unos minutos más de soledad entre los árboles más altos que he visto en mi vida.
Seis años después, estoy tendido sobre un tablón de madera de secuoya junto a una casa en construcción. Es verano, es la hora de comer. Durante el descanso, la cuadrilla de carpinteros y yo levantamos la mirada hacia el nuevo techo. Las vigas y los tablones de secuoya son impresionantes, una imagen que explica a la perfección por qué la madera de estos árboles es tan codiciada y por qué se talan tantos de sus bosques.
Los lectores hallarán en el extenso reportaje de este mes otras personas que comparten mi fascinación por las secuoyas de la costa. El biólogo Mike Fay y su compañera de expedición Lindsey Holm pasaron un año recorriendo de norte a sur el ecosistema de estos gigantes del bosque, y estudiándolo.
Joel Bourne analiza las controversias en torno a estos árboles. «California revolucionó el mundo con el chip de silicio. Ahora podría hacer lo mismo con la gestión forestal», afirma Fay. ¿Podría ser que el biólogo, después de pasar décadas abogando en favor de los bosques de África, haya encontrado la solución para gestionar los de su propio país? Esperemos que sí.