Editorial

Junto al mar traidor

editorialfebrer2012

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27 de enero de 2012

«Jamás vuelvas la espalda al mar», me decía mi madre por encima del rugido de las olas. En algún sitio ella había leído acerca de olas gigantes que de repente se habían tragado a niños. Pero a mí me encantaba la magia que sentía al borde del océano y nunca hice mucho caso de su advertencia mientras correteaba de punta a punta de la playa, explorando las pozas dejadas por la marea. Todo cambió el Viernes Santo de 1964, cuando tenía 12 años. A solo 40 kilómetros al sur de la casita que tenían mis abuelos en la playa de Harbor, Oregón, un tsunami generado por el mayor terremoto de los registrados en América del Norte recorrió en dirección sur la costa occidental de Canadá y Estados Unidos (desde la Columbia Británica hasta California) a la velocidad de un avión a reacción, y golpeó Crescent City, en California. Las imágenes del desastre, tan cerca de nuestra casa, eran escalofriantes. Fallecieron 10 personas de las 3.000 que vivían en la localidad. «Fue como una explosión violenta –describió un testigo–. La playa entera se movió, cambiando ante nuestros ojos.»

Este mes el autor Tim Folger disecciona la geofísica de los tsunamis y explica cómo han influido en la civilización humana durante milenios. Hace más de 3.500 años la erupción de un volcán en el mar Egeo generó un maremoto que asoló el litoral mediterráneo. El enorme tsunami que sacudió el año pasado el nordeste de Japón se cobró cerca de 16.000 vidas y barrió del mapa ciudades y pueblos enteros. A nadie, dice Folger, se le ocurrió jamás pensar que Japón, con sus sofisticados sistemas de prevención, fuese tan vulnerable. A veces, sin embargo, la furia de la naturaleza arrolla hasta las defensas que con más esmero hemos levantado. Tras leer este artículo, me apetece menos que nunca volver la espalda al mar.